[NÚMERO XVIII]
LOS PASEOS DE LA VERDAD
A imitación de los que el doctor Villarroel hizo entre sueños
con el fantasma de don Francisco Quevedo
Luego que para descansar de las fatigas que me aflijen entre día me recojo de noche, por ver si duermo, suelo muchas veces no encontrar ni este inocente alivio; porque cuando reposa la familia y se señorea de mi pobre casa aquel silencio que tanto apetece el dormido, cuanto repugna el desvelado, se vienen paso a paso y se introducen en mi fantasía las imágenes del casero, del acreedor, de la cocinera, del zapatero y otras visitas tan impolíticas y necias como éstas; siendo entremeses de sus incómodas conversaciones otros títeres de peor o igual calaña, que bailan alrededor de mi cabeza con un compás, el más desagradable. Tales son una camisa hecha tiras, un túnico agujerado, una silla rota y otra sarta de muebles despilfarrados que piden unos su relevo, otros su retiro, y todos, sus inválidos, alegando por tantas bocas los méritos que tienen contraídos con sus dilatados servicios. A esta música tan desentonada, hacen el bajo setecientas ochenta y cuatro mil pulgas y pulgos que bailan alegremente sobre mi triste cuerpo sin olvidarse ninguno de estos malditos insectos de aforar la poca sangre que no se ha podrido, introduciéndome para este efecto sus envenenados aguijones por el cuello, brazos, espaldas y por cuantas partes hallan proporción, que por todas partes la hallan estas malditas sabandijas.
Considere ahora el lector ¿quién será capaz de dormir con estas visitas, con estos títeres, ni con estos danzantes aforadores? Pero es la fortuna que algunas noches es el sueño tan bueno (ya se ve, como que me coge en deseo) que embargándome el cerebro al punto que me acuesto, me quedo hecho un tronco, sin sentir en aquel dulce tiempo pulgas ni pulgos, y sin acordarme de caseros, cobradores, trapos, necesidades, pobrerías, ni de cosa alguna de esta vida.
Una de estas felices noches me pareció que tiraban suavemente de la colcha, y que yo, despertando al movimiento, me incorporaba en la cama, y apenas abrí los ojos, cuando se me presentó a la vista una mujer de lo más lindo del mundo, vestida con tanta sencillez como decencia. Yo quedé sorprendido con tal visita; pero ella me calmó aquella turbación diciéndome ¿qué, no me conoces? Mírame con cuidado y acuérdate que soy tu amiga vieja. Yo entonces la vi con reflexión, y la respondí: señora, perdonad mi sorpresa porque no os había conocido; pero ya sé que sois la Verdad, mi muy amada, cuyas inspiraciones he seguido en mis escritos, y me acuerdo que otra vez habéis tenido la bondad de dejaros ver de mí, y aun me habéis obligado a acompañaros a la prisión y residencia que hicisteis (ya como diez meses) de dos espectros formidables.(a)
Me alegro que te acuerdes, me respondió, porque estoy segura que abandonarás todo temor, y te resolverás a acompañarme otra vez a unos paseos que quiero hacer contigo. Sí señora, la dije, os acompañaré de buena gana, ya porque os amo y he de amar toda mi vida, y ya porque conozco lo útiles que me son vuestras visitas. Pues bien, vístete, me dijo, que quiero que salgamos ahora mismo para que no se pierda tiempo.
Mientras me vestía, le pregunté ¿señora y dónde vamos? Vamos, me dijo, a sorprender a los hombres, a cogerlos, como dicen, con la masa en las manos, esto es, a verlos cometiendo sus delitos, a reprenderlos yo misma, y a darte a ti estas saludables lecciones, tanto para que te aproveches, cuanto para que las comuniques a tus hermanos por medio de tu pluma para que se enmienden.
Señora, le dije, mucho os agradezco vuestras buenas intenciones; pero temo que serán infructuosas porque yo y los demás hombres, mis compañeros, somos muy necios y muy mal inclinados, pues por más que hagáis y que digáis no os creemos, y si os creemos, no os hacemos caso; y así, que vos me doctrinéis a mí, y que yo comunique a los demás vuestras doctrinas, me parece en vano, y lo mismo que escribir en la agua y predicar en desierto.
Eso ya lo sé yo, me dijo, pero no obstante, yo cumpliré con mi obligación, y vosotros, en caso de despreciar mis avisos, tendréis mayores cargos de que responder ante el tribunal de la divina justicia en el último día de vuestra vida. Ven.
Azoréme con una verdad tan espantosa como cierta y la dije (tratando ya de excusarme a acompañarla), señora ¿cómo podré yo escribir vuestras doctrinas, cuando éstas deben ser opuestas a los vicios que notemos en los paseos que tratáis hacer? Es necesario ridiculizar los mismos vicios en común. Eso es lo que quiero, me dijo. Pero, señora, eso es sátira, y la sátira creo que descredita a quien la escribe, porque lo hace pasar por un truhán entremetido, mordaz y murmurador, le dije. A lo que me contestó: la sátira, no señalando personas ni con sus nombres ni con unas señas individuales, lejos de probar una alma baja ni un corazón corrompido, manifiesta todo lo contrario; esto es, un entendimiento no vulgar y un alma noble. Lo primero porque prueba que el que la escribe sabe distinguir la virtud del vicio, y esto no lo hacen los talentos someros. Lo segundo, porque escribiéndolas únicamente con el fin de poner en ridículo los vicios para que se detesten y abandonen y logren los mortales por este medio su felicidad verdadera, prueba, en el que así lo haga, un deseo del bien de sus semejantes y una intención de serles útiles de la manera que pueda; lo que es propio y peculiar de un alma generosa que, rompiendo las barreras de las antiguas preocupaciones, procura que sus coetáneos sean ya menos ignorantes que sus antepasados, o ya menos perjudiciales que otros a la sociedad en que viven, por medio de la reforma de sus costumbres; y esto te digo otra vez, que no se queda para las almas comunes.
Todo esto está muy bien, le dije, pero si en este mundo de mi tierra, luego dicen que uno es de mal genio, que es hipócrita, que escribe con mala intención y con el fin de señalar personas. Mira, me contestó la Verdad, no hay mejor fiscal en lo moral que la conciencia propia, porque ésta nunca adula y rara vez se equivoca en su opinión. Ordinariamente es mi correo y por su medio le hablo yo a los hombres sin cesar, y así, cuando tu conciencia no te acuse de crimen cuando escribas, ríete de las críticas de tus lectores, y hazles tanto aprecio como el que hace la luna a los perros que le ladran. Continúa tu camino sin parar, y advierte que Dios y los buenos agradecerán tus afanes. Sábete que los que piensan que toda sátira es retrato suyo están complicados infaliblemente en los mismos vicios que ridiculiza, y como les viene el vestido, se lo ponen luego luego; se advierten entonces ridículos y feos a la vista de los hombres de bien, y claman que el autor los retrató, cuando tal vez ni los conoce.
Son como aquellos que ven todas las cosas verdes, porque tienen anteojos verdes. Así ellos, como están plagados de todos o de muchos vicios, se creen originales de las sátiras que los rebaten, y se persuaden que fue estudio del autor lo que no ha sido sino efecto de su depravada malicia; pero los que así juzgan, son a más de viciosos, ignorantes.
Hasta hoy se han equivocado los nombres de sátira y de libelo, siendo así que la primera sólo trata de ridiculizar el vicio para corregir la persona, y el segundo trata de manifestar el vicio para odiar o ridiculizar la persona, señalándola. El que esto haga, hará muy mal, y no será satírico, sino libelista, y por lo mismo digno de la reprobación de los sensatos.
Mas no escribiendo así, y teniendo cuidado de observar el parcere personis, dicere de vitiis,(2) de Marcial, cualquier autor será apreciable entre los virtuosos y sabios.
La sátira tuvo su cuna en la Grecia, de allí pasó a Roma, y de aquí se extendió por todas partes. Persio, Juvenal y Horacio fueron los príncipes antiguos de la sátira. Después cada nación ilustrada ha tenido los suyos, y sin salir de casa tenemos primorosos satíricos en España, tales como Quevedo, Cervantes, Villegas, Torres, Santos, Iriarte, Feijoo, Gil Blas (o el autor de esta novela),(3) Amato(4) y otros muchos que han merecido el aprecio de los doctos. Conque, mira tú, si deberán los satíricos cargar con las notas de maledicientes y retratistas que les achacan los zoylos viciosos.
Fuera de estas recomendaciones, tiene la sátira esta obra que es muy particular y no has advertido. El hombre naturalmente, esto es, según la propensión de su naturaleza corrompida (y, entre paréntesis, este trabajo debe tener todo escritor de este tiempo: explicar y desmenuzar su sentido para que no se lo interpreten maliciosa o ignorantemente), vuelvo a decir, que el hombre por naturaleza es más fácilmente llevado por mal que por bien. De aquí es que mejor se docilita(5) por medio de la sátira dura, que por el suave consejo, con tal que no entienda que aquélla se le dirige a él mismo, porque entonces se obstina. Lee la sátira con gusto y le sabe lo picante, cuando se persuade que es contra los demás, y no contra él; pero si se examina con cuidado, advierte que también él es tan ridículo como los que ha visto pintados, y entonces, más por no parecer ridículo a los hombres, que por adaptar una virtud, enmienda un vicio y se refrena. ¡Efecto admirable de la sátira!, que mil veces no lo logran los mejores libros ni los sermones morales.
Conque, así, no temas: escribe sátiras, raja a los vicios de medio a medio sin señalar personas, que aquí tienes a mí que te defenderé, y si fuere preciso, te dictaré una apología de la sátira.
Durante esta conversación me vestí y salimos a la calle. Inmediatamente me dio la Verdad un cintillo, y me dijo: ponte este anillo, y anda con la confianza de que serás invisible a los ojos de todo el mundo, y con este auxilio te introducirás en todas partes con la seguridad de no ser visto.
Púseme mi anillo y nos fuimos calle arriba, esto es, a la derecha de mi casa; y lo primero que vimos fue un sereno o guarda nocturna de la ciudad que, con un vaso de aguardiente en la mano, estaba con unos cuatro o cinco amigos, de éstos que llaman de la chiche pelada, tratando en buena conversación de ir a asaltar la casa del teniente coronel don Facundo Tobías (que se hallaba en campaña) para robarla. En efecto, ajustaron sus condiciones; pusieron la escalera del sereno en el balcón; escalaron la casa; hicieron su robo, y partieron a prorrata con el sereno que se había quedado entre tanto de vigilancia.
Ves, me dijo la Verdad, éste es el modo con que cumplen con su obligación muchos de estos serenos solapadores de las mayores infamias.
De suerte que en ellos no se verifica hacer del ladrón fiel, sino hacer que los que sin ser serenos fueran fieles. Luego que se hallan con el farol en la mano, se vuelven ladrones. Ahora verás lo que sucede.
Se alborotó la casa robada; dieron voces; se juntaron varios serenos; corrió la noticia; llegó el cabo y comenzó a hacerle cargos al sereno alcahuete, y éste dándole un empujón a la Verdad, que estaba junto a mí, juró, rejuró, por toda la corte del Cielo; se anatematizó, y se maldijo más que Judas asegurando que estaba inocente, que no sabía cómo había sido tal desgracia, que sin duda sería mientras él había ido a atizar un farol que se apagaba. Los demonios carguen con mi alma, decía,si yo sé de tal cosa; fui a encender el farol, y en esto cumplí con mi obligación; pero mal rayo me parta si yo vi tal cosa: quién hizo esta infamia.
Con éstas y otras imprecaciones semejantes, la casa se quedó robada; los ladrones riendo; él con su propina; el cabo satisfecho; los dolientes llorando; la mentira con triunfo, y la Verdad oculta y desairada; pero antes de antes de apartarnos de allí, me dijo la Verdad: así suceden mil cosas en el mundo; se engañan a los jueces y superiores, se fabrica la trampa, el dolo y la iniquidad a su vista (sin poderla remediar), se perpetran las mayores infamias a la sombra misma de la justicia, triunfa la mentira, y a mí me ultrajan. Sólo un consuelo me queda, y es que yo, con mis silenciosas voces, atormento el corazón de los perversos, y no pueden dejar de conocer su maldad en fuerza de mis gritos.
Se continuará
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(a) Alude a mi papel número 13 del último tomo de El Pensador Mexicano, titulado "Causas formadas a la muerte y al diablo por la Verdad, etcétera."
(2) Marcial, Epigramas, X, 33, vers. 10.
(3) Gil Blas. Historia de Gil Blas de Santillana. Error de Fernández de Lizardi al suponer que la novela de Alain-René Lesage (1668-1747) es del marqués de Santillana o bien la copia de un documento español.
(4) Amato. Cf . nota 3 al número 3.
(5) docilita. Forma verbal de docilitar: reducir a la docilidad.