[NÚMERO XVI]
SOCIEDADES PÚBLICAS
El modo más seguro para introducir abusos en las cosas es mudarles sus nombres propios o atribuirles otros que no les convienen. Tal método me parece que se ha adoptado para hacer honesta la disipación de tiempo y para paliar el vicio con la capa de la virtud, lo que no es raro.
Contrayéndome bajo este principio a nuestras casas públicas de sociedad, digo que en mi concepto tienen el tal nombre muy mal puesto, si no se entiende gramaticalmente, pues entonces no sólo las casas que tienen vidrieras merecen este nombre, sino también las casas donde se juega monte e imperial, las casas de bailes y hasta las tabernas y pulquerías pueden llamarse sociedades, porque en todas ellas se asocian o se acompañan los concurrentes; pero no creo que tome nadie esta voz sociedad en un sentido tan literal; y si es así, ¿no habrá quién me diga qué quiere decir casa de sociedad?
Ello no significa casa donde se junta gente indistintamente como hemos visto; tampoco significa casa de diversión, pues entonces las plazas de gallos, los coliseos y cualesquiera billares se llamarían casas de sociedad; menos debo suponer que esta voz signifique casas donde se bebe y se juega, pues claro es que serían sociedades las últimas tepacherías y arrastraderos, como que son casas destinadas a los mismos efectos.
Conque si estos títulos no bastan para lograr el nombre de casas de sociedad, se deducen dos consecuencias naturalmente. La una, que casa de sociedad quiere decir otra muy distinta que lo que entendemos en México, y la otra que, según esto, nuestras casas de sociedad no merecen este nombre.
Pues para que no confundamos los establecimientos y a cada uno le demos el nombre que legítimamente le conviene, examinemos ¿qué significa casa de sociedad?, y ¿qué son en realidad las casas que en México llevan y han llevado hasta hoy este honroso título, sin más razón que por un abuso del verdadero significado de esta voz?
Yo, para mi capote, siempre he entendido por casas de sociedad aquellas en que se han congregado en las ciudades más cultas de la Europa algunos señores, caballeros, eclesiásticos y ricos para tratar, o bien de fomentar la industria y agricultura, o bien de adelantar o ilustrar en las ciencias a la juventud. Estas últimas sociedades han llevado también el nombre de academias.
Estos ilustres establecimientos sí merecen llamarse, como en efecto se han llamado, sociedades patrióticas, económicas y de los amigos del país. Los sabios del primer orden y los caballeros del rango más brillante se han honrado en nombrarse individuos de la sociedad T. de N., miembros de la academia de las ciencias de R. y aun los mismos reyes no se han desdeñado de asociar sus grandes nombres a aquellas respetables asambleas; antes se han dedicado a ser sus protectores colmándolas de gracias y privilegios.
¿Pero acaso estas casas se han establecido para fomentar la pereza y la ociosidad, disipando de camino la salud y el dinero? Nada menos: sus institutos han sido los más loables y dignos de sus beneméritos concurrentes.
En unas se ha tratado sobre el fomento de la agricultura; en otras, sobre el adelantamiento de las fábricas; en éstas, sobre facilitar al pueblo las industrias y arbitrios honestos para subsistir de su trabajo; en aquéllas, sobre ilustrar a la juventud, ya en la marina, ya en el comercio y ya en las bellas letras; y aún yo sé de una sociedad de señoras ricas establecida en Londres en el sagrado instituto de proyectar arbitrios para socorrer a los pobres enfermos en los hospitales, a los presos en las cárceles y a los infelices vergonzantes.
Éstas sí son sociedades útiles al pueblo, o más bien congregaciones patrióticas de las que resulta beneficio a la sociedad común del pueblo, o ciudad en donde se establecen, sin quedar este beneficio circunscripto solamente a aquellos puntos, pues por su misma naturaleza es preciso se difundan por todo el reino donde se hallen semejantes establecimientos, siendo, aún más, capaces de extenderse fuera de él.
Y digo ahora ¿nuestras decantadas sociedades podrán darnos algún provecho? Examinemos ligeramente lo que son; mas ¿qué tenemos que examinar, cuando sabemos que no son más que unos garitos, o casas (por honrarlos) donde se come, se bebe (y no agua) se juega y se platican impertinencias cuando menos? Éstas son nuestras casas de sociedad, que mejor se debían llamar de ociosidad.
¿Y qué provecho traerán al labrador las mesas de tresillo? ¿Qué beneficio resultará al comerciante de los billares? ¿Qué utilidad al artesano de las botellerías? ¿Qué luces al joven aplicado de los cafés? ¿Ni qué bien a nadie, de nada de cuanto se trata en estas casas, por más que estén llenas de pinturas y vidrieras?
No me opongo a que haya tales casas, ni soy tan arreglado que me escandalicen. Conozco que son unos arbitrios muy oportunos para comer a costa de los ociosos y viciosos. Advierto que no todos los concurrentes lo serán, pues no todos abusan ni de los licores ni del juego, y confieso, últimamente, que son toleradas y aun necesarias estas públicas distracciones en las ciudades populosas siquiera pro vitanda pejora; pero no estoy bien con el nombre que se han arrogado abusivamente.
Ya que nuestra desgracia no nos proporciona casas de verdaderas sociedades patrióticas donde se discuta y se proyecte sobre la felicidad del pueblo, no tengan la osadía las casas, donde se pela al próximo, de usurpar un nombre que no les toca. Llámense casas públicas de diversión y quedaremos los coimes y yo amigos usque ad aras.
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IMPRESO. Representación pública al excelentísimo Ayuntamiento de esta capital, en la que se le hace ver la falta de instrucción que padece este pueblo. Se proponen los medios para que se ilustre poco a poco fomentando nuevas escuelas, etcétera, su precio un real, se hallará en la librería de Jáuregui y puestos acostumbrados.