[NÚMERO XIX]
Miércoles 23 de agosto de 1815(1)
Continuación de los paseos de la Verdad
Va la Verdad a casa de un egoísta
Fuéronse los serenos a sus respectivos destinos, sintiendo los buenos la desgracia, y sintiendo los malos que no cupiera en ellos la mal habida parte del robo que suponían había tocado a su compañero. Los dueños de la casa robada se retiraron tristes y perdidos, el cabo se fue creyendo muy inocente al sereno solapador de tal maldad, y éste se quedó contento con su ganancia y ciertamente muy sereno; mas no le duró mucho esta serenidad de espíritu, porque la Verdad se le acercó al oído sin que él la viera, y le dijo: tú eres un pícaro; más ladrón que los que han hecho el robo y más necio pues a ti te ha tocado menos interés, y cargas con toda culpa, pues si hubieses cumplido con tu obligación, ellos jamás robaran. A ti te paga la ciudad para que cuides, no para que entregues las casas de los vecinos, ni para que las facilites a los pícaros ladrones; tú te quedas impune a los ojos del mundo, pero no a los de Dios que te ha visto; tú mañana triunfarás con cuatro reales que te han tocado; pero si no los restituyes, y restituyes todo el robo que se ha hecho por tu causa (lo que es casi imposible), te llevarán los diablos, y aunque te confieses será muy dudosa tu salvación.
Quedóse el sereno muy confundido, y me dijo la Verdad: ya con esto tiene este miserable bastante carcoma que lo atormentará toda la vida. Vámonos.
Sin saber cómo, ni cómo no, eran ya las ocho de la mañana y nos fuimos andando mano a mano. Llegamos a la calle Ancha,(2) y, avistando la casa de un comerciante rico, me dijo mi compañera: entra, que éste es el primer paseo que hemos de hacer; aquí vive un comerciante rico, pero egoísta como él solo, y como tú lo vas a ver.
En efecto, entramos (sin ser vistos) hasta su gabinete, donde estaba el tal hombre en ropón y chinelas, esperando al peluquero, sin más compañía que su escribiente, a quien dijo ¿ha visto usted los papeles públicos que han traído hoy, y están sobre la mesa? Sí, señor, respondió el escribiente. Pues bien, dijo él, ¿de qué trata la Gaceta? Señor, trae las noticias de que Napoleón se escapó de la isla de Elba, donde lo había confinado el inglés, y ha sido tal su astucia y la actividad de sus pérfidos aliados que, habiendo salido de la isla con un puñado de hombres en una escuadrilla miserable, dentro de poco se ha hecho un ejército de respeto, de suerte que ya en el día se halla en París, habiendo tenido que salir huyendo de este monstruo Luis XVIII; pero las potencias, interesadas en conservar la tranquilidad de la Europa, han rejurado su exterminio y han organizado para el efecto un formidable ejército de combinación compuesto de un millón de combatientes, con lo que se espera que dentro de breve tiempo darán cuenta de Napoleón y sus secuaces.
Hombre, ¿para qué habla usted tanto?, dijo el rico. ¿Qué cuidado se me da a mí de que Napoleón se salga o se quede en Elba? ¿Qué tengo con que domine o no domine a la Europa? ¿Qué beneficio me resulta de que lo maten o lo dejen vivo? Ni qué me interesa, por fin, el equilibrio soñado que pretenden las potencias beligerantes, cuando haya que no haya Napoleón, jamás faltarán entre ellas la guerra ni la división, como ha faltado desde el principio del mundo, pues siempre que los potentados sean hombres, han de tener pasiones y, teniendo pasiones, han de sobrar envidias y desuniones entre los gabinetes, las que no pueden producir sino guerras y más guerras eternamente; y así, todas esas noticias me importan tres caracoles. ¿Qué trae el Diario?
—Un cuento de no sé qué autor, de una muchacha que mató a un oficial que hospedó su padre en la casa, y la violó contra su voluntad; pero —basta, dijo el rico, ¿qué tengo yo con que violen a fuerza a todas las doncellas del mundo?, mientras no suceda igual desgracia a mi hija, todas las demás que se rasquen con sus uñas. ¿Qué otra cosa?
—Un acta de fidelidad a nuestro soberano, de la ciudad de Toluca. Esto lo trae laGaceta de hoy.
—Pues no la diga usted, que todas ésas son hipocresías y faramallas de por fuerza. Si mañana exigen los rebeldes iguales actas, las darán con la misma franqueza, porque cuesta poco escribir un pliego de papel. Fuera de que ¿a mí qué me interesa que en esta lucha sucumban los insurgentes al gobierno, o éste a los insurgentes; ni que en América mande Fernando VII, la junta revolucionaria o Perico el de los Palotes? Nada me importa seguramente; lo mismo tiene que me muerda perro que perra. Al fin me ha de mandar alguno. Lo que me importa es que me dejen hacer mi negocio quieto y sosegado y que no me perjudiquen, que lo demás lo tengo por friolera. ¿Qué más?
—Una orden superior para que los pudientes se franqueen a un préstamo por las urgencias del Estado, asegurando el rédito de los capitales.
—Pare usted, hombre, eso sí me importa. ¿Conque después que trabajamos, hemos de prestar nuestro dinero atenidos a un rédito miserable? ¿Pues con diez mil pesos que yo dé en empréstitos no podré lucrar al cabo del año dos o tres mil? ¿Pues qué necesidad tengo de invertirlos en favorecer al gobierno por el débil interés de quinientos? Que busque el gobierno otros arbitrios y no nos incomode.
—Pero, señor, todos están apurados y no se hallan.
—Pues más apurado estoy yo que tengo que pagar mis libranzas y cubrir mis créditos.
—Es que estos arbitrios los exige la Corona, la tranquilidad del reino y los mismos intereses de los ricos.
—Todos ésos son chismes. La Corona que conquiste otro reino, si pierde éste. El reino que se tranquilice cuando quiera, o se lo lleve el diablo, y los ricos que entierren su dinero y cuide cada cual sus intereses como pudiere, que yo veré lo que hago en cualquier caso.
—Es que como buenos vasallos debemos todos contribuir a las mejoras del Estado no sólo con nuestros haberes, sino hasta con la última gota de nuestra sangre.
—Pues es, señor hablador, que si vuelve usted a replicarme sobre esto, le estrellaré el tintero en la cabeza por patarato(3) y entremetido. Siga usted dándome cuenta del contenido de los papeles que le pregunté, sin meterse a darme lecciones ni consejos. ¿Qué dice el Noticioso?
—Avisa quién fue el jefe de día; quién dio la guardia del hospital; qué números sacaron los premios principales de lotería; que comedia fue ayer...
—Basta, basta, todas ésas son noticias que nada me importan. ¿Qué dice laAlacena de Frioleras?
—Trae una alegoría de un sueño en que su autor hizo unos paseos con la Verdad; explica la utilidad de la sátira; la distingue del libelo, y trae un cuentecillo con el que prueba que hay serenos que ayudan a los robos de la ciudad, especialmente de noche y a la luz de sus faroles.
—El autor de ese papelucho ¿no es el mismo Pensador Mexicano?
—Sí, señor.
—¡Valiente tuno, un pelado, ocioso y hablantín! Días ha que debía comer casabe(4) en el morro de La Habana. No hay autorcillo más tonto, ni papeles más insulsos y desinteresados que los suyos. ¿Qué partes de la Gaceta copia elNoticioso?
—El primero es de una derrota que dio [el] señor Iturbide en Huasca a los insurgentes en que les mató diez hombres con la pérdida de uno suyo.
—Son once ¿y qué tengo yo con que mueran once mil, sean insurgentes o soldados del rey? Que se los lleve al diablo a todos ¿Qué cuidado se me da? Nada me importa, ni la vida ni la salvación de todo el mundo; pero ni la de mi padre. Como no me maten a mí, lo demás es patarata ¿Qué más dice?
—Dice que el diez y nueve del presente, esto es, la semana pasada, entraron los insurgentes en la hacienda de Campo Verde y mataron al administrador y a seis vaqueros.
—¡Voto a los diablos!, que es mía esa hacienda; pero ¿qué no hicieron otro daño? Porque si sólo hicieron esas muertes, no me da cuidado ¿Quién les mandó no saber defenderse? A más de que de algún mal habían de morir mis dependientes: no eran eternos; me hacen falta; pero al fin me servían por el dinero; murieron en su oficio; eran hombres de bien, pero por el dinero todo se halla; buscaremos otros. ¿No hay más que eso?
—Sí, señor, saquearon la hacienda, se llevaron quince mil pesos que iba a remitir a usted el administrador; quemaron todas las trojes de trigo y se llevaron el ganado.
—Cállese usted hombre, que eso sí me ha llegado al alma. ¡Voto a los demonios! ¡Mal hayan los insurgentes! Ladrones, viles, infames, asesinos. ¿Qué hace este gobierno que no los aniquila? ¿Para qué son los cañones y las bayonetas? Perezca todo el reino y toda España en tropas, pero acábese con esta maldita raza.
Sí, decía el egoísta, con tal que se acabe la raza de estos perros insurgentes, traidores, herejes, y rebelados, más que perezca medio mundo. Yo bien conozco lo difícil que es, por no decir imposible, que se salve el soldado vicioso y relajado, que muere en campaña enredado entre un millón de vicios, y agitado de la ira, la venganza, y demás tropa de pasiones; sin embargo, Dios es misericordioso y, pensando con piedad, debemos creer que puede ser que se salven algunos; pero aun si yo supiera con evidencia por medio de un ángel, que cuantos soldados mueren en la guerra se condenaban, no se me daría un cuarto por la condenación de todo el mundo, con tal que despacharan a los apretados infiernos a cuanto perro insurgente anda en esos campos.
¿No es bravo dolor que después que uno ha sudado y ha trabajado lo que no es decible, para hacerse de un caudalito, venga un pícaro insurgente acaudillando una flota de zaragates(5) ladrones, y con sus manos limpias dejen a uno pereciendo, de la noche a la mañana? Y este gobierno ¿qué hace? ¿Para qué mantiene tanto soldado flojo? ¿Para qué tiene maestranzas? ¿Para qué fusiles y cañones? ¿Para qué hay fierro en Vizcaya y tanta mina de plomo en el reino? ¿Para qué son las salitreras, la villa del carbón, y los depósitos sulfúreos que se esconden en las entrañas de la tierra, sino para hacer millones de cañones, fusiles, pólvora y balas para aniquilar de una vez a los enemigos de nuestros caudales? ¿Le falta gente al gobierno? Bastantes vagos viven entre nosotros, y si se esconden o se acaban, échese mano de los paisanos honrados, de los muchachos, de los colegiales, frailes y clérigos, que en caso de necesidad todos los bienes son comunes. ¿Falta dinero?, échese el gobierno sobre los caudales de los ricos, sobre las fundaciones pías, sobre los santos lugares, sobre la redención de cautivos y sobre la plata de los templos. ¿Qué le hace que las custodias y los cálices sean de estaño u hoja de lata? No será la primera vez que se ha visto depositado el sacramento en tales vasos, y aun en cestillas de mimbres. Últimamente, como a mí no me lleguen, atropéllese lo más sagrado, perezca el mundo, que mientras yo no perezca nada hay perdido.
Señor, dijo el escribiente, me parece que el superior y paternal gobierno que nos rige tienen otras consideraciones más prudentes y legales. Sabe muy bien hasta donde llega su autoridad; pero trata de combinar la quietud del reino economizando la sangre y caudales de los súbditos, y ésta es la causa de que pida suplicando lo que pudiera tomar por fuerza. El gobierno vela sobre la conservación general; pero en esta conservación ningunos más interesados que los ricos, como que tienen más que perder, de manera que yo leo sin susto las gacetas, porque no tengo nada que me lleven los insurgentes, y sin susto también los vería entrar en México, en una hipótesis imaginada, porque a mí, como no soy visible, no me habían de buscar, y aunque me encontraran, nada me habían de quitar; porque nada tengo que me quiten. Ustedes, los ricos, los que atesoran y entierran, si se habían de ver prietos en este caso; y así ustedes, como que (con relación a las monedas) son los más interesados, son los primeros que deben auxiliar al gobierno con sus haberes, ya porque más vale perderla sencilla que no doble, ya porque la guerra se hace con plata, según Montesquieu, y si el gobierno no la tiene y ustedes se la esconden, él hará lo que pueda y hasta donde pueda; pero no puede hacer milagros. La tropa come, viste, se consume, y se releva, y todas estas diligencias se hacen con plata; y así, si usted y los ricos quieren que se exterminen los insurgentes, y que queden seguras sus haciendas, minas y almacenes, aflojen la plata, pues sin plata nada se hace; pero querer que el gobierno acabe con los insurgentes, que se los lleve el diablo, que se sacrifiquen las tropas, que a ustedes no les toquen en un pelo, y que las talegas se estén vírgenes en los cofres, es una poca consideración.
Se continuará
ANUNCIO. Compendio de la Historia Universal por Anquetil,(6) 17 tomos en pasta, con 408 estampas, en 60 pesos. Se hallará en el Portal junto al cajón de Valiente.(7)
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) calle Ancha. Hoy Luis Moya entre Ayuntamiento y Victoria, y Victoria y Artículo 123.
(3) patarato. O pataratero: el que usa pataratas, demostración afectada y ridícula en la conversación. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(4) casabe. Nombre que se da, en Cuba, al pez antillano de color amarillento y de un palmo de largo. Cf. Santamaría, Dic. mej. O bien se refiere al pan casabe o de harina de yuca, del que se hablaba desde los conquistadores.
(5) zaragates. Cf. nota 7 al número 1.
(6) Pedro Anquetil L. (1732-1808). Historiador francés. Fue director del seminario de Reims, del colegio Senlis y, por último, sacerdote en París. Fue preso en la época de terror y liberado relativamente pronto. Se le nombró miembro del Instituto y agregado al Ministerio de Negocios Extranjeros. Sus obras principales son: El espíritu de la Liga; Resumen de historia universal, compendio de la gran historia universal de los ingleses; Motivos de las guerras y de los tratados de paz en tiempos de Luis XIV, XV y XVII e Historia de Francia.
(7) cajón de Valiente. Cajón era y es la tienda o comercio de ropa. Sigue en uso en gran parte del país y en la capital de la República, aun era de uso corriente en el primer tercio del siglo XX.