[NÚMERO XIV]

Jueves 22 de junio de 1815(1)


Continúa Birján sus lecciones

Ya me tenéis en la cátedra por segunda vez, amados hijos y discípulos míos. ¡Ojalá y mis tareas no os sean de todo infructuosas, ni me escuchéis por mero pasatiempo!, sino que aprovechando alguno de vosotros mis lecciones, experimentéis con el tiempo el beneficio que os resultará espiritual y corporal.

Yo me contentaré con esto sólo, y diré que he logrado el fruto de mi enseñanza; y más que vosotros jamás agradezcáis mis deseos o ya me insultéis con el ridículo, aunque justo epíteto, que me conviene, del diablo predicador.

Os dije el otro día que una de las principales circunstancias que se requieren para jugar lícitamente, es jugar sin aquellas ventajas maliciosas que conocemos con los nombres de drogas, trampas o fullerías. Os advertí cómo la vehemente codicia del interés hace trastabillar a los hombres más timoratos y arreglados, y os propuse hablar hoy sobre los demás requisitos que los moralistas señalan para la licitud del juego; y asimismo del reato(2) criminal que llevan los jugadores tramposos, y lo difícil que es, moralmente hablando, que se salve ninguno de éstos. Y habiendo llegado el día señalado para esta lección, no resta más sino que, después de tomar un polvillo, limpiar la garganta y despejar el pulmón con una grave tosida, me prestéis vuestra política atención.

Después de jugarse legalmente es menester que la cantidad que se juega sea corta y a proporción de las facultades de los jugadores. Ya veis generalmente traspasado este precepto, pues no sólo no se juega según él, sino que se juegan cantidades excesivas y escandalosas y quizá todos juegan sin proporción a sus haberes y arbitrios, y muchas veces a costa de lo ajeno.

¡Qué de veces habréis visto apostar en un albur cuarenta o cincuenta pesos a un hombre que no tiene sino cuarenta o cincuenta drogas, ocho o diez hijos, y que tal vez ese mismo día ni tiene capa en el hombro, ni le queda un real en la bolsa si pierde el albur, ni ha dejado en su casa un medio para pan a su familia! Vaya, confesad de buena fe que lo habéis visto mil veces, y que quizá alguno de vosotros, a la presencia de esta lección, dirá, no hay duda: yo he hecho semejante hazañería tal y tal ocasión. Pues hijos míos, esto es ilícito y una grosera majadería, por más que os adulen con los especiosos renombres que se dan a iguales necios llamándolos: buenos tahures, buenos tacos,(3) jugadores abiertos, trepadores,(4)etcétera, cuyos títulos sólo prueban que son unos mentecatos desbaratados y de una codicia excesiva; pero que, por lo común, un día en el año hacen una ganancia de nombre, que a poco se funde en la misma fragua de donde se sacó. En ese día se visten, comen, beben, brindan, cortejan, se pasean, gastan y triunfan con aquella profusión propia de un necio holgazán o fullero, esto es en un día del año; mas con la continuación del oficio y sus imprudentes francachelas, se queda sin blanca al instante y perecen los trescientos sesenta y tres, o sesenta y cuatro días restantes del año.

Otra circunstancia es que los jugadores estén lícitamente habilitados entre sí para ganarse; y de aquí resulta lo arriesgado que es jugar indistintamente con cuantos se presentan, pues se puede ganar a personas irritas(5) por la ley que lo que pierden no es suyo sino, tal vez, del amo, del padre o del marido. Ésta es una verdad como todas las que os digo. Cada rato se ven unos reclamos terribles hechos por los legítimos dueños de tanta o cuanta cantidad que han perdido sus dependientes furtivamente; y a esta clase de ladrones y jugadores de lo ajeno conocéis con el nombre de llamados.

Pues si este reato trae el jugar indistintamente y sin una clara noticia, o, a lo menos, prudente conjetura de la habilitación de los jugadores ¿qué será cuando, procediendo con toda mala fe, se le gana a sabiendas al cajero, al hijo de familias, a la mujer casada y a otras personas de quienes no se duda de que lo que juegan no es suyo? ¿Qué será cuando el padre juega con sus hijos y la mujer con su marido?, y ¿qué será, por fin, cuando la mujer roba al marido para que juegue el galán? ¿Qué ha de ser?, sino un cúmulo de crímenes e iniquidades. ¿Y creeréis que éstas son mentiras o exageraciones? ¡Ah!, que son unas verdades tan ciertas como funestas, y tan abominables como repetidas.

La última de las principales circunstancias que se necesitan para licitar el juego es la clase de bienes de que se debe jugar. ¿Sabéis de cuáles? De los propios, de los legítimamente adquiridos, y de aquella parte que se juzga superflua o sobrante. ¡Válganos Dios!, diréis, pues si se observaran estas reglas, no habría ni un solo jugador. Ya se ve que no; pero ni se observan estos preceptos y sobran jugadores infinitos, siendo los peores los fulleros y ladrones a ojos vistas, que tanto abundan.

Estos ladrones son los que tienen muy difícil y casi imposible su salvación: porque roban mucho, roban a muchos, roban todos los días y jamás restituyen lo que roban; y como el que no restituye lo robado no queda absuelto del robo, se sigue que, no restituyendo éstos, jamás quedan absueltos, aunque por un descuido se confiesen una y otra vez.

Vuestro catecismo conciliar pregunta, ¿al que hurtó o dañó, bástale confesar su pecado? Y responde: no, si no paga lo que debe, etcétera. Conque ya veis, hijos míos, cómo aun cuando un tahur de éstos se confiese, no queda perdonado mientras no restituya lo que ha robado con sus habilidades. Y decidme: ¿habéis visto alguno que restituya?, porque si yo viera que un jugador hacía semejante heroicidad, me llenaría de santa emulación y le besaría los pies como un justo; pero creo que no me veré en ese espejo, porque es muy fácil afianzar o avanzar, como ahora dicen; pero restituir es muy difícil. Cuentan que un loco, muy agudo de ingenio, estuvo en una iglesia oyendo un sermón que el orador hizo sobre la restitución; luego que se bajó del púlpito, el loco se empinó sobre la gente y esforzando el grito lo mejor que pudo, le dijo: oyes, tú, gran predicador, ¿crees que has dicho algo de provecho después de tanto hablar? Pues, majadero, te has cansado en vano. Predica que no hurten, pues el que hurtó es más fácil que se deje llevar del diablo, que no que restituya. Aplicad el cuentecillo, hijos míos, y advertid que son reos de restitución todos aquellos que van al juego a ingeniarse, esto es, a dibujar las paradas,(6) a cogerse las apuestas ajenas al descuido, que llaman enterrar muertos(7) y a otras diligencias de éstas, que no son más que hurtos o hurtillos a proporción de su cantidad y del sujeto a quien se defraudan.

Por tanto: el primer consejo que os doy es que no seáis tramposos ni diligencieros, lo uno porque así tendréis buen nombre entre los jugadores honrados, y lo otro, porque carecéis del reato de la restitución, que no es poca carcoma.

El segundo consejo es que no os dejéis ganar mal; sino que os informéis de quiénes son los fulleros del número para libraros de ellos como del diablo, procurando al mismo tiempo aprender el significado de las voces, amarrar,(8)empalmar,(9) rastrillar,(10) dar boca de lobo, zapotear, hacer la hueca, florear(11) y otros. Sabréis también qué cosa es floreo fino y ordinario: qué quiere decir oreja de ratón y pegües;(12) sin descuidaros de informaros mucho de cómo se marcan los naipes con cerdas, con tinta de china, margagita,(13) goma, alfileres, y aun pavesas de velas; no olvidéis que hay también un vaciado que hacen en las esquinas de las barajas por encima o por debajo con unas navajitas muy amoladitas. En fin, sabed que hay barajas floreadas para conocerlas por el tacto que llaman de pulso, otras por los ojos y se dicen de vista; y creo que llegará tiempo en que inventarán floreos de oídos y de olfato también.

Si barajareis vosotros, sea siempre con naipes vuestros, y si estuviereis en lugares no muy seguros, jamás prestéis la baraja, porque en una pasada os la marcarán, os robaran una carta u os harán otra diligencia de éstas.

Jamás barajéis muy alto, ni tengáis sin seguridad las espaldas, pues, donde os descuidéis, os espiarán una puerta y os dejarán sin blanca en el albur. El modo es agacharse uno tras de vosotros, espiaros la carta y avisar a todos. Esto se llamahacer el conejo.

Procurad no tener comercio en el juego, pues no es igual. Cuando tengáis dinero, todos os lisonjearán, os pedirán prestado y os arrancarán baratos,(14) pero el día que estéis sin blanca, ni hallaréis quien os preste, ni quien os dé, pero ni quien os haga caso: antes incomodaréis y procurarán que desocupéis el asiento.

Si por accidente y reconociendo los extravíos de esta maldita carrera, os apartareis de ella, sea con tal firmeza vuestro propósito que no juguéis ni medio, ni por diversión, ni para fruta; pero ni os acerquéis a ver jugar, pues ya habréis oído decir: que el que es picado de sarna, de ver rascar se rasca; y así sucede a estos arrepentidos muchas veces, que se ponen a ver jugar, y poco a poco se enredan y pervierten.

No os fiéis, sin mucha experiencia, de los jugadores bien vestidos, pues en clase de tales, regularmente todos los que saben y pueden, hacen sus droguillas cuando se proporciona.

Siempre que jugareis sed fieles, atentos y bien criados, pues el juego es el espejo de la educación de los hombres.

No os preocupéis con reglas, que son falsas, ni tengáis más afición a una carta que a otra, que son boberas; ni hagáis cóleras contra los naipes, ni los mordáis ni los despedacéis, que son unos pobres papeles inocentes que no saben lo que hacen con ellos, ni tienen la culpa de vuestra mala elección.

Últimamente, amados hijos míos y para acabar esta lección, que será la última, oíd el postrer consejo que voy a daros, asegurándoos que es el mejor y más importante. No juguéis nunca. Esto es lo más acertado, pues lo mejor de los dados dicen que es no jugarlos, y tened presente la siguiente decimita que me dijo un condiscípulo vuestro, días hace.

 

Si soy tahúr, el caballo
me despeña y me alborota;
apasióname la sota,
y el rey me hace su vasallo.
Hambre en los manjares hallo,
por rudo al basto condeno,
de liga el oro está lleno,
y por diversos estilos
en las espadas hay filos
y en las copas hay veneno.

 

FÁBULA III

EL BALANDRÓN

 

¡Oh, bien hayan mis brazos!,
bastantes para hacer diez mil pedazos
a un débil enemigo...
¿a uno nomás?... ¡Qué digo!,
a veinte o veinte y cinco, y con donaire
átomos los haré que sean del aire,
y si empuño mi sable,
no habrá perro que me hable,
porque de un solo tajo
diez hombres hendiré de arriba abajo.
Así hablaba un valiente,
en un concurso de infinita gente,
arrogante y ufano,
con la espada en la mano,
sin que hubiera ninguno
 que le hablara palabra, hasta que uno
cansado de escuchar tanta parola,
sacando una pistola
le dijo: ¡vive Dios, so botarate,
que si no calla usted aquí lo mate!
Sumióse el valentón en el momento,
trató de irse de allí, y acabó el cuento.
Muchos imitan a este camarada
que suelen hablar mucho y no hacen nada.

 

 

(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.

(2) reato. Cf. nota 11 al número 13.

(3) buenos tacos. Buenos jugadores del billar.

(4) trepadores. Que cometen trepas o engaños, fraudes. Góngora usó esta palabra con el mismo sentido: "Trepan los gitanos/ I bailan ellas". "I si unos dan brincos/ De rubíes, ¡perlas,/ Otros como locos/ tiran estas piedras/ Otro nudo a la bolsa/ Mientras que trepan". Cf. Bernardo Alemany y Sielfa, Vocabulario de las obras de don Luis de Góngora y Argote, Madrid, Tip. de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1930, p. 961.

(5) irritas. Perseguidas, invalidadas.

(6) dibujar las paradas. En El Periquillo Sarniento repite esta expresión: "o bien procura uno dibujar las paradas, marcar un naipe, arrastrar un muerto": Cf. J. J. Fernández de Lizardi, El Periquillo Sarniento, op. cit., p. 119. La nota del editor aclara que dibujar las paradas es: "dividir las apuestas de modo que no les toque por completo la rebaja de lo que el montero quita por estar la carta que gana a la puerta". Cf. Ibidem.

(7) enterrar muertos. La única expresión que he encontrado es arrastrar muertos, y significa: "...hurtarse una parada a sombra del descuido de su legítimo dueño." Cf. J. J. Fernández de Lizardi, op. cit., p. 27.

(8) amarrar. Cf. nota 12 al número 13.

(9) empalmar. Cf. nota 16 al número 13.

(10) rastrillar. También emplea varios de estos vocablos en El Periquillo: "Para entrar en esa carrera y poder hacer progresos en ella es indispensable que sepasamarrar, zapotear, dar boca de lobo [no dejar ver la intención que se lleva en el juego], dar rastrillazo, hacer la hueca, dar empalmada, colearte, espejearte y otras cositas." Cf. J. J. Fernández de Lizardi, op. cit., p. 121.

(11) florear. Cf. nota 15 al número 13.

(12) oreja de ratón y pegües. En El Periquillo dice: "Hacerlas al modo de los jugadores quiere decir hacerlas floreadas: esto se hace sin más que estos pocos instrumentitos que has visto, y con sólo ellos se recortan, ya anchas, ya angostas, ya con esquinas que se llaman orejas, o bien se pintan o se raspan (se dice vaciar) o se trabajan de pegües o se hacen cuantas habilidades uno sabe o quiere; todo con el honesto fin de dejar sin camisa al que se descuide." Cf. J. J. Fernández de Lizardi, op. cit., p. 121.

(13) margagita. Por magajita o marmajita: del polvillo de salvadera.

(14) baratos. Lo que se da voluntariamente o por fuerza al baratero. Dar barato es una especie de propina o gala que, en las casas de juego, debía dar el ganador a uno o varios de los presentes