[NÚMERO XII]
SOBRE LA EDUCACIÓN POPULAR
Viernes 16 de junio de 1815 (1)
Gratum est quod patriae ciuem populoque dedisti,/
si facis ut patriae sit idoneus, utilis agris,/
utilis et bellorum et pacis rebus agendis.
¡Qué agradable es que hayáis dado
un ciudadano a la patria; pero que digno será
de nuestra gratitud si lo hacéis útil y a propósito
para el cultivo de los campos,
para la paz y para la guerra!
JUVENAL Sátira IV(2)
Señor corregidor, señores regidores, en quienes está depositado el cuidado de la educación popular, a vosotros dirijo este papel con el mayor respeto, solicitando el remedio que amenaza a este reino infeliz por la revolución espantosa en que está envuelto. A vosotros dirijo humildemente mis pobres reflexiones, considerando que nada de cuanto digo es extraño a vuestra noticia, ni menos falta en vosotros aquella ardentía o deseo vehemente de hacer felices a los americanos, en cuanto está de vuestra parte; pero, señores, muy bien sabéis que a vosotros, y no a otro alguno, os ha de hacer un estrecho cargo el gran Padre de familias en el último día, de la crasa ignorancia en que yacen aquellos cuya cultura se os ha encomendado.
La ignorancia de la plebe de México es escandalosa, me consta. He repetido mis experiencias ya fortuitas, ya deliberadas. Entre todos esos cargadores, vagos, e infinitos artesanos y gente común apenas saben que hay un Dios. Son unos necios, señores, son unos hombres que parecen brutos; pero, al fin, son unos hombres, unos vasallos del rey y unos semejantes nuestros, y por sólo esta última razón están en el caso de exigir de nosotros su instrucción con una indisputable justicia. Durísimo juicio, dice el Espíritu Santo, que se hará a los que gobiernan. San Gregorio dice que son reos de cuantos por su omisión se condenan, y santa Brígida añade que los súbditos clamarán en el infierno contra los superiores que no cuidaban más de ellos que de los perros.
Hay mucha ignorancia en este reino, y, a proporción, hay infinita en México. Si se discurre por los barrios y arrabales de esta Ciudad, se verá cumplido al pie de la letra el proloquio del espíritu de verdad, que el número de necios es infinito.
La América, como la España y otros lugares del mundo, debe a Dios una multitud innumerable de talentos que han ilustrado los puntos de sus nacimientos en toda clase de ciencias y erudición. La América ni ha envidiado ni envidiará jamás los talentos de París: ha rebosado en ciencias en todas facultades, y ha dado unas pruebas tan claras que ponerlas en cuestión sería hacer un conocido agravio a la justicia; pero esto no destruye la verdad constante de que en el pueblo hay una ignorancia torpe, por efecto de poca y mala educación.
La representación que tiene Vuestra Excelencia en la nobilísima ciudad de México, en el tiempo de su devastación horrorosa, en el tiempo que más lo necesita y en el tiempo (por otra parte feliz) en que su augusto monarca reinante desea con ansia la ilustración de sus dominios, la autoriza y obliga para desembrutecer e ilustrar al pueblo que se ha puesto a su cuidado. ¿Qué falta? La aplicación de los medios. ¿Cuál es la más oportuna? El tesón para multiplicar las primeras escuelas, y para que no quede muchacho por pobre, por desarrapado que sea, que no vaya a ellas. ¿Será fácil la consecución de tan laudables proyectos? No tengo autoridad para responder como se debe; pero como un particular diré que se prueben los medios que tengo indicados en los números 7, 8 y 9 del tomo 3° de mi Pensador Mexicano.
Es menester creer y confesar que mientras no haya cuidado en un pueblo católico de instruir a su mayor parte en los principios de nuestra religión, en la sana moral, y en aquellos primeros rudimentos de leer y escribir bien, jamás sabrá usar de su razón y sus potencias, ni menos las obligaciones que lo ligan con Dios, con el rey, consigo mismos, ni con los demás hombres.
Sólo los tiranos han procurado en todos tiempos destruir los caminos que conducen a los pueblos a su mayor ilustración. Tan[to] déspotas como bárbaros han creído que en la ignorancia de aquellos hombres infelices, que trataban como esclavos, consistía la seguridad de sus ensangrentados tronos. Por esto unos desterraron a los filósofos de sus Estados, otros quemaron las más preciosas bibliotecas y todos conspiraron contra aquellos pocos hombres que se decidían a desengañar a sus semejantes de algunos errores; pero... ¡loor y prez inmemorial anuestro católico monarca del señor don Fernando Séptimo y sus gloriosos antecesores!, nosotros que siempre hemos sido vistos como hijos, y no como esclavos miserables de unos tronos tiranos, hemos sabido que en todos tiempos(a)se han afanado los reyes españoles por proporcionarnos los medios de ser sabios, y aun han mandado a Vuestra Excelencia la nobilísima ciudad de México(b) y a vuestra misma solicitud, que cada dos años enviasen los señores virreyes, relación de los hijos beneméritos del país para premiarlos.
Esto prueba a fondo que los reyes de España jamás han tratado de ofuscar nuestras luces, ni menos de impedirnos el ejercicio de nuestros entendimientos; antes han querido, deseado y mandado que se cultiven e ilustren cuanto puedan. ¿En qué ha consistido, pues, la infinita ignorancia de nuestra gente común? Yo lo diría, si me lo permitieran la escasez de este periódico y las deplorables circunstancias del tiempo en que escribo; pero sólo digo que los reyes han hecho cuanto debían y podían. Que los señores virreyes no lo han embarazado; pero de la Ciudad, a cuyo cargo está encomendado este económico, prolijo, obligatorio y necesario cuidado, es menester suspender el juicio, pues decir que se ha desentendido es agraviar la memoria de los antecesores de Vuestra Excelencia, y afirmar que en este punto han llenado los sagrados deberes de su instituto, es una mentira declarada y una infructuosa lisonja.
Por tanto, considerando que en las épocas revolucionarias, como la presente, abren los ojos los superiores para enmendar aquellos yerros (tal vez inadvertidos) que han entrado a la parte en la fascinación de los incautos, elevo el grito cuanto puedo a Vuestra Excelencia, recordándole con Platón(c) "que el más importante y principal negocio público es la buena educación de la juventud." Sí, señor intendente y señores regidores, padres conscriptos de la patria, depositarios de la confianza pública, un gentil, un pagano que no conoció ni la caridad cristiana, ni lo terrible de un Dios único, juez inexorable y vengador de nuestros culpables descuidos en el postrímero día de nuestra existencia, es quien os acuerda este precioso precepto. El padre don Nicolás Jamín,(3) aquel sabio eruditísimo y cristiano, a quien jamás se hará (en mi concepto) su justo elogio, añade sobre este texto(d) "Que lo que más necesita un Estado son buenos ciudadanos, y éstos no los forma la naturaleza, sino la buena educación."
Y en efecto ¿no da lástima ver, aun sin salir de México, tantos miserables plebeyos tan viciosos, tan prostituidos que ningún cuidado se les da de andar desnudos, de producir sus obscenidades y sus blasfemias, si se ofrece, en medio de una calle, de no tener oficio ni beneficio, como dicen, de disipar cuanto adquieren a costa de un miserable y mal pagado trabajo en las pulquerías y tabernas, de ser para sus pobres mujeres unos tiranos y para sus desgraciados hijos unos escándalos continuos? ¿Y en qué consistirá este desorden pernicioso, y aun infinitamente pernicioso a la sociedad? ¿En qué ha de consistir? En su ignorancia. Sí, señores, en su ignorancia consiste únicamente su inmoralidad, su inutilidad, y, lo peor de todo, el gravamen que ocasiona, al Estado según que pueden.
Estos bárbaros, máquinas u hotentotes (por hacerles favor) que ignoran si existe un Dios, quién es Éste, ni cuáles son sus atributos; estos necios que no saben qué cosa es ser vasallo; qué cosa es rey; qué cosa es ser cristiano, ni qué cosa es ser hombre; estos hombres, insisto, que totalmente ignoran los vínculos que nos ligan con Dios, con el rey, con nuestros semejantes ni con nosotros mismos ¿qué podrán ser en el mundo?, sino unos semibrutos para sí, unos ateístas para Dios, unos rebelados para el rey, unos asesinos para los hombres, unos verdugos para sus infelices mujeres, y unos maestros del diablo para sus hijos?
No son estas pinturas poéticas, excelentísimo Ayuntamiento, no, no son ficciones, ni agregaciones hiperbólicas: son verdades evidentes; nosotros las vemos, las palpamos y las lloramos; no pueden esconderse a la amorosa y patriótica vista de Vuestra Excelencia a menos que no quiera cerrar voluntariamente los ojos, lo que sería un arrojo pensar.
¿Y qué remedio será el propio, el único, el justo, el mandado por nuestros reyes, el sancionado por las leyes y el dictado por la razón y la justicia? La multiplicación de las escuelas, el cuidado así de dotarlas, como de que sus directores sean hábiles, y, lo más importante, el celo y actividad para que nadie pueda tener excusa para mandar sus hijos a las dichas escuelas.
Todo esto tengo arbitrado en los números citados de mi Pensador. Vuestra Excelencia sabrá lo que le importa hacer. El Dios justo que me permite escribir estos renglones os compensará vuestros desvelos; y también os demandará vuestra indolencia, de la que no juzgo susceptible el piadoso corazón de Vuestra Excelencia, cuya vida guarde Dios muchos años.
J[osé] F[ernández] [de] [Lizardi]
FÁBULA II
LA NIÑA Y SU PERRITA
Un día a la niña Clarita
se le antojó retozar,
haciendo desesperar
a una pequeña perrita.
La hacía una y otra mamola,(4)
tirábala de una oreja,
de un bigote, de una ceja
y alguna vez de la cola.
La perra se enardecía
con juegos tan imprudentes:
gruñía, sacaba los dientes,
y Clarita se reía.
El pobre animal ladraba,
y aun la saltaba a los ojos;
mas Clara de sus enojos
neciamente se burlaba.
Por acaso estaba allí
una vieja cucaracha,
y le decía a la muchacha:
mira, no juegues así.
¡Ay tía! ¿Pues qué me ha de hacer
este escuintlillo infeliz?
Arrancarte la nariz,
y a un descuido puede ser.
¿Qué ha de hacer?, dijo la loca
de Clarita, y prosiguió;
mas cuando menos pensó,
la perra afianzó su boca.
Lloraba la pobre Clara,
y la vieja la decía:
no llores tanto hija mía,
que esto no es cosa muy rara.
Tú, ya creerás lo que digo,
pues te enseña la experiencia,
que no es valor ni prudencia
mofarse del enemigo.
Por más que sea despreciable,
el burlarlo no es cordura,
porque ¿quién nos asegura
de la fortuna variable?
Antes la misma confianza
con que lo solemos ver,
quizá puede hacernos caer
en manos de su venganza.
La lección de esta vieja, si se entiende,
me parece que a muchos les comprende.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) Es la "Sátira XIV", vers. 70.
(a) Son muchas para citarse las cédulas y reales órdenes que han dirigido nuestros soberanos sobre el cultivo de sus vasallos de América.
(b) Cédula librada a este Ayuntamiento en 16 de abril de 1538.
(c) Adolescentia recta instituto est publicorum negotiorum omnium maxime serium.Platón, lib. VI de Legibus.
(3) Nicolás Jamín (1732-1782). Escritor ascético francés. Benedictino de la congregación de san Mauro. Escribió Frutos de mis lecturas o pensamientos sacados de diferentes autores profanos relativos a las diferentes órdenes de la sociedad (1775).
(d) En su tomito titulado El fruto de mis lecturas, capítulo 151.