[NÚMERO XI]

FÁBULA I

EL MONO Y EL PERICO

Martes 13 de junio de 1815(1)

 

Al que juzgue fingimiento
que un bruto puede enseñar
,
si no se ha de incomodar,
le quiero contar un cuento.

 

En una casa había
un demontre de un mono que tenía
demasiada viveza
para imitar al hombre con destreza.
A cualquier concurrente
observaba el monillo atentamente,
y luego procuraba
remedar las acciones que miraba;
pero con tanto empeño,
que era todo el encanto de su dueño.
Sucedió, pues, que el mono
confiado en su destreza, varió tono,
y con temeridad bien importuna
trató, como otros, de mudar fortuna.
Un día que su amo estaba descuidado,
hizo de sus trapillos un atado,
y antes que amaneciera
ya estaba el mono fuera
de la casa, y aún más, de aquella tierra.
Tomó luego el camino de la sierra;
y aunque su libertad lo lisonjeaba,
mucho más anhelaba,
como humana criatura,
por hacer en el mundo su figura.
En estos pensamientos divertido
llegó desvanecido,
ya creyéndose gente,
a un arroyuelo, cuyo fresco ambiente
lo convidó a sestear y hacer cocina
a la sombra de una alta y verde encina.
Sentóse fatigado
el monillo, y comió de lo robado;
o no lo fuera, que esto no lo arguyo;
bien que no todos comen de lo suyo.
Luego que hubo llenado la barriga,
se le alivió del todo la fatiga,
pues es sabido cuento,
que a vientre lleno, corazón contento.
Alegre discurría
¿de qué se vestiría
o qué ropa tomara
con que mejor al hombre remedara?
Miraba así su atado
y ya se figuraba ser soldado,
ya paisano, ya paje,
ya caballero... en fin, no hallaba traje
el pobre que elegir, y así confuso
lo primero vistió que se le puso.
Encajóse con maña
su camisita que era de bretaña;
calzoncillos no había,
¡gracias a la señora economía!,
que de este mueble a muchos los excusa,
y dicen: calzón blanco, ya no se usa.
Menos llevaba medias ni calcetas,
porque los pobres monos en pernetas(2)
calzan muy bien sin estas nimiedades,
y acaso dicen: son superfluidades.
Púsose su botita o zapatón,
y sobre él un planchado pantalón,
con sus largos tirantes,
y se quedó tan mono como era antes.
Vistióse su chaleco,
su casaca y pañuelo este muñeco.
Calóse su sombrero
loco de gusto ya nuestro viajero.
Ciñóse su espadita
tomando en la una mano su varita
y comenzó a pasearse como gente
y a hacer diez mil monadas juntamente.
Fuera de sí el monito
se veía en el arroyo de hito en hito,
y creyéndose hermoso,
se tornaba a pasear, y muy garboso
la patita sacaba,
y ya el cuello estiraba,
ya miraba al soslayo,
ya sacaba la espada como un rayo,
ya hacía mil cortesías,
y cuántas monerías...
lector, no me critiques ni te asombres,
el pobre había aprendido de los hombres:
sin ganas escupía,
y juzgándose solo, así decía.
¡Oh, gracias a mi industria soberana!,
ya yo parezco gente cortesana;
¡qué digo!, caballero
parezco, y aun si quiero
pareceré señor o potentado,
que mejores vestidos me han quedado.
¿Qué importa no sea gente,
si todos lo han de creer precisamente?
Y entre los hombres sé por experiencia
que lo que más se aprecia es la apariencia.
Conque estando de corte yo vestido
¿quién ha de creer que un pobre mono he sido?,
y si alguno advirtiere que soy mono
no será tal su encono,
pues fuera cosa rara
que se atreva a decírmelo en mi cara.
Conque ¡gracias al cielo!,
ya escrúpulo no tengo ni recelo
de este mi gran proyecto:
me presentaré al mundo, y en efecto,
mientras esté decente y bien lucido
yo lograré partido
con los grandes señores,
con los duques y condes, con los lores,
y con las señoritas
a las que haré, sin duda, mis visitas
sin temor de desdenes ni abandonos,
pues siempre quieren más a los más monos.
En fin, si fuera rico...
Ya está, ya está, señor, gritó un perico
que estaba encaramado.
Y cuanto el mono hablaba había escuchado.
Ya está, señor don mono, le decía:
me ha divertido bien su algarabía;
remeda usted maravillosamente
todos los ademanes de la gente:
anda usted, escupe, tose, y lo hace todo
de un excelente modo,
de suerte, que parece por delante
un hombrecillo o currutaco andante;
el traje es a propósito, está bueno:
capaz de dar el lleno
al sistema que usted se ha imaginado
porque le viene a usted que ni pintado;
pero, amigo, después de esta parola,
dígame usted ¿qué haremos con la cola?,
porque, según está larga y peluda,
no le dejará duda
al menos entendido
que es usted un monito bien vestido,
y por más que lo adulen
y que le disimulen
todos los defectillos
de usted se burlarán a dos carrillos,
sin que quede tertulia ni asamblea
en donde usted no sea
su plato favorito,
despedazando la honra del monito.
Conque, amigo, no sea tan majadero,
déjele usted la espada al caballero,
el bastón al señor, y ese vestido
al hombre que lo tiene merecido;
pues es una quimera
el pretender salirse de su esfera.
¡Locura manifiesta!,
dijo el loro, y voló sin la respuesta.
Avergonzóse el mono, mas al cabo
volvió la cara atrás, se miró el rabo,
y advirtiendo su error y su simpleza,
el sombrero arrancó de la cabeza
tiró la espada, la casaca, todo,
y dijo con chillidos a su modo:
¡oh buen perico, tú, me has enseñado,
confieso mi pecado,
mas pues me has corregido
mono he de ser no más, pues mono he sido.
 
¡Cuántos hombres soberbios no lo fueran
si su cola de vista no perdieran!

 


(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.

(2) pernetas. Adverbio: con las piernas desnudas.