[NÚMERO X]
GRITOS O LAMENTOS QUE LOS POBRES ENFERMOS
DEL HOSPITAL DE SAN LÁZARO DIRIGEN A SUS HERMANOS LOS PUDIENTES DE ESTA CAPITAL
Hominibus prodesse natura jubet...
ubicumque homo est, ibi beneficio locus est
La naturaleza nos manda ser útiles a los demás hombres...
dondequiera que se presente un hombre necesitado,
allí tenemos lugar de aprovecharlo con nuestros beneficios.
(SÉNECA: capítulo 24 de La vida feliz).
Desde este abominable recinto, rodeados del dolor y la miseria, elevamos, ¡oh, ricos piadosos!, nuestros ayes a vuestros oídos compasivos en pos del alivio que tanto necesitamos.
La misma mano del Señor, que se ha dignado tocarnos con una enfermedad horrible y contagiosa, nos señala la fuente a donde debemos ocurrir, ya que no es por la salud, cuya consecución es tan difícil, a lo menos por el socorro para nuestras más precisas indigencias.
Aquella mano sabia, que nos aflige por sus justos e inescrutables decretos, nos señala con el dedo de su providencia vuestras arcas y vuestros piadosos corazones.
Aquí, en este espantoso lugar, yacemos no solamente atormentados de unos ardores insufribles; no únicamente privados de toda sociedad, y abandonados de nuestros deudos y amigos, sino oprimidos por la más cruel indigencia.
Aquí vivimos o morimos lentamente a impulsos del veneno que corrompe la masa de nuestra sangre; aquí vemos separarse los miembros podridos de nuestro cuerpo de lo restante que falta de pudrirse, a costa de unos dolores inauditos. Aquí nos vemos retirados de nuestras casas, abandonados de nuestros parientes y vistos con horror de todo el mundo; aquí carecemos del consuelo de la esperanza, del que gozan infinitos enfermos, y del que no se apartan hasta la última hora de su existencia; pero nosotros aquí sabemos que jamás nos veremos restituidos a la salud, sino por un caso rarísimo; aquí, en fin, la naturaleza nos aflige, los deudos nos desamparan, los extraños nos abominan, los médicos nos desahucian, y sólo tenemos delante de los ojos la sensación amarga del dolor y la imagen terrible de la muerte.
En los más pobres hospitales y en las alcobas más miserables tienen los enfermos dos consuelos, de los que aquí carecemos sin remedio. Uno es la esperanza que tienen de sanar, y otro, la asistencia de sus deudos.
Sólo la consideración de estos males particulares que padecemos debe excitar de un modo singular, señores y hermanos nuestros, vuestra compasión y dirigirla hacia nuestra desventura de un modo más eficaz e interesante.
¿Y qué será, si sobre este torrente de desdichas sabéis que en este hospital, en esta casa que edificó y sostuvo la caridad de vuestros predecesores por tanto tiempo, hoy llegamos a padecer la miseria y la indigencia aun en peor estado que los mendigos de esas calles?
Así es, queridos hermanos: las rentas de este hospital son muy escasas,(a) no bastan para los gastos indispensables, la caridad se ha entibiado; los bienhechores han desaparecido;(b) las limosnas públicas son demasiado cortas,(c) y, por decirlo de una vez, se han obstruido todos los conductos por donde recibíamos algún bien.
Estas pocas líneas pintan fiel y compendiosamente el triste cuadro de nuestra deplorable situación. Todos sabéis, señores, cuánto se aumenta el gasto de vuestras casas cuando tenéis en ellas un solo enfermo. ¡Pues considerad, ahora, las miserias que padeceremos, no contando el hospital sino con ciento y pico de pesos cada mes y teniendo que distribuir esta pequeña cantidad en la curación, alimentos, y ropa y asistencia de cincuenta y tantos enfermos que padecemos molestados de una tan prolija y asquerosa enfermedad!
Suponed que tuviera el hospital para el socorro de los enfermos, entre rentas y limosnas, dos mil pesos anuales (que no los tiene) y que los enfermos sólo fueran cincuenta (que son más). En este caso tenía el hospital mensualmente 166 pesos, 5 reales, 4 gs.(2) de los que tocaban a cada enfermo 3 pesos 3 reales al mes. Considerad ahora si con esta trivialidad podrá alimentarse, curarse y asistirse un infeliz cada mes (y en el día), por más económico que sea el administrador de esta limosna; ¿y qué será siendo (como son) los pesos menos, y los enfermos más? ¿Qué ha de ser, sino que precisamente hemos de carecer no sólo de la limpieza, chiqueo y medicinas que alivian al paciente, sino aun de los alimentos necesarios para la vida?, estando como hemos dicho, en peor estado que los mendigos de esas calles.
Éstos son pobres, es verdad, serán algunos enfermos; pero tienen su libertad, andan por donde quieren y tienen el arbitrio de excitar con sus gemidos la caridad de sus hermanos. Pero nosotros, ¡miserables!, confinados a las tristes paredes de este hospital, arrancados del comercio de los hombres, y entredichos a toda sociedad, carecemos aun de esa mezquina esperanza; y sumergidos entre la soledad y los dolores sufrimos, sin recurso, los horrores de la hambre e indigencia.
¿A cuántos de vosotros, corazones piadosos y dispuestos a socorrer la humanidad afligida, a cuántos de vosotros sorprehenderán por nuevas estas noticias? ¿Cuántos de vosotros creeréis que son hipérboles o exageraciones abultadas las narraciones sencillas de nuestras infelicidades? Pero, ¡ah!, ésta sería la mayor de todas.
Bien conocemos con un antiguo "que los que vienen de esa ciudad os contarán cosas que apenas creeréis. ¡Oh, qué desdichado es aquel que libra su socorro en una fe dudosa!"(d) Pero acercaos, amigos, acercaos a estos lugares opacos y os informaréis con dolor de nuestra situación; venid y veréis de cerca nuestra ropa, nuestros lechos, nuestros remedios, nuestra limpieza, nuestros asistentes y alimentos. Venid y sabréis cómo carecemos de médico y enfermeros.(e) Venid y os llenaréis de lástima al saber que ha habido día que a las cuatro de la tarde aún no habíamos tomado una taza de caldo.(f) Venid y veréis... pero ¿qué habéis de ver sino desdichas, enfermedades y miserias?
No, no oprima la sensibilidad de vuestros corazones la presencia de un espectáculo tan horroroso. Apartad, sí, apartad la vista de nuestras inmundas camas y de nuestras llagas canceradas; pero socorrednos, hermanos, socorrednos que perecemos en medio de nuestros semejantes, minorad vuestro lujo en nuestro obsequio; dispensaos de algunas superfluidades para nuestro provecho; economizad algo a vuestros gastos para nuestro beneficio.
¿Será posible que sobre para un coche, para un palco o una lumbrera, y no alcance para aliviarnos con un corto socorro mensualmente? ¿Es creíble que haya para mantener seis u ocho mulas, y no haya para alimentar a un pobre semejante vuestro? No, lejos de nosotros tan bastardos sentimientos. Acaso no nos socorréis porque ignoráis el extremo de nuestra necesidad; pero ya la sabéis y sabéis también los preceptos de la caridad y las obligaciones que os impone la misma naturaleza; sabéis que la limosna ata (por decirlo así) las manos del Dios irritado contra nosotros. Daniel decía al impío rey Nabuco que redimiera sus pecados con la limosna; sabéis, por último, que la compasión hacia el género humano afligido no sólo es una virtud teologal por cuanto respecta a Dios que nos la manda, sino una virtud moral que la misma naturaleza nos inspira, y para cuya observancia nos han dejado los paganos ejemplos y preceptos admirables.
Ea, pues, ricos de México, hermanos nuestros, compadeced nuestra infeliz situación; abrid vuestras arcas para nuestro alivio, seguros de que no perderéis vuestro dinero. Aquel Señor que vela sobre vuestros pensamientos os retribuirá superabundantemente la caridad que ejercitaréis con nosotros. En esta vida os colmará de felicidades, bendecirá vuestras fatigas, multiplicará vuestros tesoros, prosperará a vuestros hijos y, en la hora inevitable de vuestra muerte, os abrirá las puertas del Paraíso.
México 30 de mayo de 1815
A nombre de los pobres de San Lázaro
ADICIÓN
RESUÉLVESE LA CUESTIÓN SIGUIENTE
¿Si será posible señalar algunos arbitrios para socorrer a estos pobres enfermos en unos tiempos tan calamitosos como los presentes?
Antes de responder es necesario sentar tres principios inconcusos.
I. Que cuanto se ha dicho de las miserias que sufren estos pobres, no sólo no es una ficción, sino que aun no está bien detallada su situación respecto a los trabajos que toleran, como podrá saberlo el que quiera imponerse a fondo de su estado, ya por el padre prior, ya por el capellán y ya, en fin, por ellos mismos.
II. Que de justicia y por ley de la naturaleza exigen nuestros socorros, aun cuando no tuviéramos el poderoso e infalible aliciente de la recompensa que se nos promete de parte de Dios.
III. Que el deseo verdadero de hacer bien y una voluntad decidida por la caridad no se embarazan con dificultades, pues las supera, y aun nuestro común refrán dice que: quien bien quiere, facilita.
Conque siendo evidentes las necesidades de estos pobres enfermos, exigiendo de justicia nuestros auxilios y pudiendo proporcionárselos una piedad cristiana, debemos asentar que: a pesar de las calamidades presentes, es fácil hallar arbitrios para el socorro de aquellos infelices. Señalaremos uno u otro, dejando la solicitud a los padres comendadores de aquel hospital, que son los que deben hacerla por razón de su instituto.
Un beneficio, cada mes, dado por el Coliseo en favor del hospital, me parece un arbitrio fácil de conseguir de la caridad del asentista y que les haría muy buen provecho.
Unas alcancías con la efigie de san Lázaro y noticia de las innumerables indulgencias que hay concedidas a quienes socorran a estos pobres, para estimular a los piadosos a que dieran uno o dos cigarros a su favor, puestas, con las licencias necesarias, en los estanquillos: al fin de cada mes habían de producir alguna cosita que aliviaría bastante sus indigencias.
Últimamente, los señores monteros(3) pudieran tener sus alcancías también, y, a la hora del fervor birjánico, pedir su limosna en la mesa para estos pobres.
Es increíble lo que mueve el ejemplo, y en tales casos, con uno que dé, dan todos los que tienen. Reflexiónese sobre el número de individuos que juegan en México y se verá cuánto se pudiera colectar por este ramo.
A este modo se pueden discurrir otros arbitrios que ojalá se practiquen porque cedan en favor de unos pobres hermanos nuestros que tanto lo necesitan.
AVISO: El profesor de medicina, don Bruno Jurado, se ha mudado a la Alcaicería, callejón de la Olla(4) número 4.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(a) No llegan a mil pesos al año y hay más de cincuenta enfermos en el día, para cuya asistencia se necesitan, lo menos, quinientos pesos mensuales.
(b) No cuenta el hospital con ninguno, sino con uno u otro convento de religiosas, que lo socorren tal cual mes con diez o doce reales.
(c) Apenas colectan los dos demandantes 8 o 10 pesos semanarios.
(2) gs. Es la "contramarca que aparece en los segmentos duros hispanoamericanos circulantes en la isla de Guadalupe. Se tiene noticia de un real de a ocho columnario de la ceca de Lima del año 1757 que lo ostenta." Cf. Humberto F. Bruzio. Diccionario de la moneda hispanoamericana, Fondo histórico y bibliográfico, Santiago de Chile, 1958, p. 232.
(d) Qui veniunt istine, vix vos ea credere dicunt, quam miser est, qui fert asperiora fide! Ovidio 4 de Ponto. [Ex ponto, lib. IV, Eleg. X, vers. 35-36].
(e) La escasez de las limosnas no sufre médico, enfermeros ni mozos, el actual prior fray José Ramón López suple todos estos oficios, asistiéndolos y curándolos con sus mismas manos.
(f) No ha mucho tiempo que sucedió esto, teniendo el prior a esta hora que salir a buscarles alimento, y muchos días que endrogarse el padre Provincial para el mismo fin.
(3) monteros. Los que tienen el "monte" o la banca en los juegos de baraja, y suelen llevar la mayor ganancia. Hay un refrán que dice: "de enero a enero, el dinero es del montero."
(4) callejón de la Olla. El segundo callejón del Cinco de Mayo era el de la Olla. Tiene entrada por la avenida del Cinco de Mayo y salida en ángulo recto a la calle de La Palma.