[NÚMERO VII]
LA PAYA Y LA MEXICANA
Que tratan sobre asuntos que sabrá el que los leyere
MEXICANA: Conque, mi alma, ¿qué le ha parecido a usted México?
PAYA: Muy bueno; sólo la porquería de las calles y los muladares de frente de Palacio y otras partes me enfadan mucho.
MEXICANA: ¿Y ha ido usted a la Catedral?
PAYA: Sí, me llevaron una noche que era la función de los Martínez.
MEXICANA: De los maitines, dirá usted.
PAYA: ¿Qué sé yo? Como no conozco a esos señores no sé cómo se llaman a derechas; pero lo que sí, que estaba la iglesia cuajadita de velas por donde quiera y una música allá, en aquel cuarto cercano que está enfrente del altar mayor, que se hacían pedazos. Pero lo que más me cuadró fue ver a tantas señoras que iban muy decentes y algunas llevaban los brazos, las espaldas y los pechos al aire; ya se ve, sería por la calor y darse fresco. Y si viera aquel garbo con que se paseaban muchos con las señoras, y platicando recio mientras tocaban aquellas trompetas de plomo, ¡eso sí era bueno!, porque, la verdad, como esa iglesia es tan grandota, da ganas de pasearse, platicar y divertirse; que aunque el cura de mi tierra dice que la iglesia no es casa de conversación; pero yo pienso que ésas serán locuras de su mercé, como ya es tan viejo y tan histérico, por eso es tan regañón; porque si juera verdá lo que dice, aquí donde hay tantos suidadanos lo sabrían mejor y tendrían más respeuto que nosotros los payos; porque siempre he uido decir que los de las suidades son muy destruidos y nosotros muy tontos. Conque esos serán chongos.(2)
MEXICANA: No, mi alma, el cura de su tierra de usted predica la verdad, y usted no debe hacer aprecio del mal ejemplo que ve, sino de la buena doctrina que oye.
PAYA: Yo no la quero creer. ¿Cómo usted ni el cura habían de saber más que tantos señores muy decentes que yo veo aquí platicar en la iglesia, y señoras muy guapas hasta con unas tiras o estolas blancas de mirriñaque en los pescuezos, y no digo, hasta padres he visto platicar mano a mano en la Catedrá y otras iglesias? Conque mire agora si me hará creer en un güeso.
MEXICANA: Mire usted Tulitas, eso no le haga fuerza; todos esos señores, señoras y padres, que hacen eso, hacen muy mal, y escandalizan a los pobres y a los ignorantes, que tal vez no se atreven a hacer otro tanto; pero ya digo, hacen muy mal, más que sean condes, marquesas, canónigos u obispos, y más mal, en cuanto están obligados a dar buen ejemplo al pueblo por razón de su empleo o dignidad; y así usted no tome sus ejemplos, sino siga los consejos de su cura; que aunque viejo y melarchico(3) debe ser mejor cristiano que todos esos platicones.
PAYA: Pues sabe que dice muy bien, y desde ahora le he de decir cuanto yo no pueda entender para que me lo explique y me destruiga.
MEXICANA: Pues yo, usando de esa licencia y agradeciendo la confianza de usted, la veré desde hoy con mucho más cariño, no sólo porque es usted muy niña y amiga mía, sino porque creo que tiene un alma dócil, sin soberbia, y que se sujetará a aprender cuanto ignore y le puedan enseñar.
PAYA: Ansina es: yo soy una tonta y muy paya; jamás he salido de la hacienda de mi señor padre, ni he visto nada. Agora es cuando vine a México la primera vez y todo me coge de nuevo, porque dirán: ¡qué paya tan tonta!, y ansí veo muchas cosas al cabo del día y me quedo en ayunas. Ya se ve, he visto muy poco, porque mi señora madre es muy celosa, no me deja salir sino con mi tía que es tan tonta como yo, y tal vez con usted que es con quien yo tengo más confianza de platicar.
MEXICANA: Pues yo haré porque su madrecita de usted la permita salir conmigo siempre que quiera, y pregúnteme usted cuanto dude y platíqueme con toda confianza, que yo la quiero mucho y sólo siento no tener capacidad para satisfacer a sus dudas completamente; pero, sin embargo, no le será inútil mi amistad del todo, pues le responderé y le enseñaré lo que pueda; y cuando me pregunte alguna cosa que yo ignore, lo preguntaré a varias personas instruidas que vienen a mi casa, y tendrá usted el gusto de desengañarse.
PAYA: Dios se lo pague doña Inacita; y dígame ¿no podré yo venir cuando estén aquí esos señores? Porque me gusta oyir a los señores que saben hablar. De noche, cuando iban allá en casa el señor cura y se ponía a platicar con el mestro de la escuela, que dicen que es muy leyido, me quedaba yo con la boca abierta escuchando tantas cosas buenas como platicaban.
MEXICANA: Pues sí, mi alma, venga usted cuando quiera, que ésta es su casa.
PAYA: Pues ya me voy que está mi madre sola. El jueves vengo para que me lleve a ver la procesión de Corpus.
MEXICANA: Pues espero a usted, Tulitas.
PAYA: Sí, vengo, vengo. A Dios.
Se continuará
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) chongos. Quizá una errata por changos: listos.
(3) melarchico. Se ignora qué clase de padecimiento es éste. Cf. Santamaría, Dic. mej.