[NÚMERO VI]
LAS SOMBRAS
De Chicharrón, Pachón, Relámpago y Trueno(2)
Conferencia
CHICHARRÓN: ¿Qué, ya por fin estamos todos por acá, camaradas?
PACHÓN: Ya, amigo, ya; los crueles hombres nos destinaron a estos países imaginarios, fuera del tiempo.
RELÁMPAGO: Y lo peor es que sin esperanza de nueva futura existencia.
CHICHARRÓN: Ése es mi dolor... ¡Ah, si yo pudiera resucitar algún día, y cómo me había de vengar de los malditos mexicanos!
TRUENO: Pues ¿qué tanto te han agraviado, hermano?
CHICHARRÓN: ¡Ay, Trueno amigo!, tanto y tan sin qué ni para qué, que no tengo aliento de acordarme de tan atroces injurias.
PACHÓN: Si lo dices por las estocadas que te dieron los lanceros (digo, los picadores, que como no nos picaban, sino que nos alanceaban y despedazaban con los rejones, que no gorguces(3) de las garrochas, pensé que eran lanceros). Si lo dices por los saetazos de las banderillas, por la mofa con que nos maltrataban, por las repetidas estocadas con que los chulos(4) nos hacían exhalar el postrer aliento, o por la insensibilidad con que los mirones celebraban nuestra muerte. Si lo dices o te quejas por algo de esto, no tienes más motivo para quejarte que nosotros y millares de nuestra especie, que han sufrido igual suerte de tiempo inmemorial a esta parte; pero ¿qué hemos de hacer? Hemos nacido toros, y esto absuelve toda la ferocidad de los hombres.
RELÁMPAGO: Dice bien el Pachón. Aunque el Criador no nos hizo vivir sino para la utilidad del hombre; aunque nuestras duras cervices arrastran el corvo arado para cultivar la tierra, y por lo mismo debíamos ser respetados de aquellos que reciben, los primeros, tanto beneficio; y por último, aunque por éstas y otras mil consideraciones deberían los hombres estimarnos, ya que no adorarnos, como se ha visto,(a) es menester conformarnos con nuestra suerte, y servir a los hombres en el campo, en la caza, en el plato, y lo más doloroso, en los circos; pero, hermano de mi alma, ¿qué hemos de hacer? Somos toros, somos toros, somos toros; y más que se repita cien veces, no hay otra razón que canonice las crueldades que los hombres usan con nosotros.
TRUENO: ¡Bravo, bravo! Ha dicho muy bien el compañero. Por eso yo el día de mi muerte, valiéndome del concepto de Calderón, exclamaba lleno de dolor:
Apurar, hombres, pretendo
ya que me tratáis así;
¿qué delito cometí
contra vosotros naciendo?
Mas, pues no hay culpa, ya entiendo
el delito cometido.
Frívola causa ha tenido
vuestra fuerza y rigor,
pues el delito mayor
de un toro es haber nacido.
CHICHARRÓN: Todo eso, lejos de endulzar, agria más mi sentimiento; porque no sólo no son justas excusas a los hombres, sino la última prueba de su crueldad, pues se complacen en atormentar a un animal que les es tan útil y necesario; pero después de esto, yo me quejo, y estoy ardiendo contra los mexicanos por los particulares agravios que me infirieron antes y después de mi muerte.
PACHÓN: Sí, cuéntanos cómo ha estado eso, porque nosotros, como estábamos en ejercicios, ignoramos todo.
CHICHARRÓN: Espérate ¿cómo es eso de ejercicios?, que me escandalizas.
PACHÓN: Así, estábamos ayunando en el potrero o ciénaga.
RELÁMPAGO: ¡Y cómo!, que ayunábamos rigorosamente.
TRUENO: ¡Cómo!, que cuando salíamos, muchos de los compañeros hasta se caían, no por la furia con que embestían, sino por la debilidad de sus estómagos vacíos; y por esto también había toro que se inclinaba a las capitas verdes más que a las encarnadas, porque le parecían zacate.
PACHÓN: Es así, tú, querido Chicharrón, cuéntanos tus particulares desgracias, que tanto te han irritado contra los mexicanos.
CHICHARRÓN: ¡Ay, amados compañeros! ¿Quién podrá contener el torrente de lágrimas que inunda los ojos al referir tamañas bribonadas como yo he sufrido? Pero, pues es gusto vuestro, comenzaré. No sé por qué falsos informes, por qué astrología judiciaria o por qué demonios, dieron y cavaron en que yo era un toro valientísimo y ferocísimo en extremo; fiados acaso en que tenía un cuerpo abultado (como si la grandeza del cuerpo fuera prueba de la actividad del espíritu), y sin más datos que los de los vaqueros, según dicen, me cascaron(5) el retumbante título de Chicharrón, tan análogo a la fiereza que se prometían de mi cuerpazo como lo son las peras a los plátanos pasados; pero vamos al caso, me alabaron en lo privado, y tuve el alto honor de verme, aunque sin el mejor informe, ponderado y celebrado públicamente en letras de molde que las vio Dios y todo el mundo. De esta alabanza pasaron a las mentiras y exageraciones calumniantes, diciendo que yo era bravísimo y terrible; unos, que debía no sé qué tantas muertes; otros, que había herido quince o veinte caballos; éstos, que no me había tocado lazo; aquéllos, que era de una fuerza espantosa; y todos a una voz, que el Chicharrón era y debía ser más famoso que ninguno de los toros de Guisando.(6) Ya ustedes verán, amigos y compañeros míos, qué estómago me habrán hecho tantos y tan falsos testimonios como me han levantado. ¿Yo bravo? ¿Yo feroz? ¿Yo homicida? ¿Cuándo en la vida he tenido corazón para matar a un perro? ¡Voto a bríos! ¡Ah, pícaros mexicanos! ¡Ah, vaqueros mordaces! ¡Ah, contratistas zaragates que os supisteis aprovechar a costa de mi honor! ¡Ah, mirones simples, que pagasteis a buen precio vuestras creederas! Yo os juro, amigos, si me es lícito, por la laguna Estigia y por Júpiter tonante —que se dignó revestirse de mi figura para robarse a la graciosa Europa— yo os juro, digo, que siempre he sido de un natural dulce y pacífico, enemigo de riñas y pendencias; que jamás he tratado de hacer mal a los hombres, antes he tenido, mil veces, la prudencia de disimularles sus provocaciones, y los he perdonado de corazón, procurando huir las ocasiones de reñir, por más que me lo sugería la venganza, cosa que no harán muchos de ellos seguramente. Así lo vieron la tarde de mi muerte, pues yo, a pesar de verme tan agraviado y hostigado con garrochas, burletas, banderillas y malos tratamientos, no trataba sino de ver por dónde me libraba de la crueldad de mis perseguidores, por lo que corría y más corría, por todas partes; pero no me valió mi excesiva prudencia, al fin no pararon esos bárbaros hasta quitarme la vida... ¡Ah!, se me olvidaba deciros que antes de salir al circo me colgaron, según dicen, que yo no me acuerdo, más de dos horas, a modo de ahorcado, para platearme las astas, como si esta diligencia no pudiera haberse hecho sin tanto martirio, y como si el adorno de las armas probara jamás valor en el que las maneja. Finalmente, yo morí, y no acabé de padecer; pues han hecho una mofa de mí los mexicanos, que si pudiera volver a morir, muriera mil veces de coraje y vergüenza. ¡Qué de pláticas! ¡Qué de bufonadas! ¡Qué de versitos han producido contra mí en estos días! Con deciros que hasta a los miserables copleros de las banquetas de la plaza he dado materia para esgrimir sus tiñosas plumas de guajolote, está todo dicho. Pero quien me tiene hecho un diablo es ese maldito Pensador... y ¡ah, pícaro, pícaro! Este perro escribió, el primero, públicamente, una sátira contra mí, de los demonios, tratándome de bravo irónicamente, y concluyendo con que yo había sido un buey cobarde y corredor. ¡Ay, amigos! ¿Cómo quieren que yo esté con estas cosas?
PACHÓN: Tienes mil razones, pero a nosotros casi nos ha sucedido lo mismo.
RELÁMPAGO: Así nos ha sucedido, hermanos, cual más cual menos todos hemos sido chicharrones.(b)
TRUENO: En efecto. A todos nos han puesto nuestros nombres, nos han maltratado y desacreditado bastante. Pero ¿qué hemos de hacer, amigos? Mal de muchos, consuelo de tontos.
CHICHARRÓN: Pero vayan con Dios los hombres habladores. El cielo no les tome en cuenta ni les demande lo que han hecho con nosotros. ¡Agur!
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) Antes de la aparición de la Alacena de Frioleras, Fernández de Lizardi publicó El mentado Chicharrón (pliego suelto, 4 pp. en 4°, imprenta de doña María Fernández de Jáuregui), poema con el mismo tema. El "Epitafio de Chicharrón" dice:
"Aquí yace el más valiente
toro que México vio;
y aunque tan bravo, corrió
de miedo de tanta gente.
¡Oh, pasajero! detente,
mira, advierte, considera
que es el vulgo de manera
que, a pesar de su pobreza,
gasta con suma franqueza,
para ver... una friolera."
Cf. José Joaquín Fernández de Lizardi, Poesías y fábulas, op. cit., p. 250.
(3) gorguces. Puyas de las garrochas
(4) chulos. Cf. nota 4 al número 3.
(a) El buey Apis era uno de los que tenía este honor de ser adorado por Dios en Egipto.
(5) cascaron. De cascar: endilgar, dar.
(6) Guisando. Villa capital del municipio español de su nombre, en el partido judicial de las Arenas de San Pedro, Ávila. Sus esculturas probablemente celtíberas, llamadas "toros de Guisando", han tenido gran renombre.
(b) Es menester decir en obsequio de la verdad, y en honor de los toros, que la última tarde estuvieron famosos. Ello hubo sus muertes y averías; pero ¿cómo ha de ser?, todo entró en la diversión.
