[NÚMERO IV]
EL RANCHERO Y SU HIJO
Sobre la amistad
Un viejo aldeano o ranchero, como aquí entendemos, tenía un hijo a quien había criado en el temor de Dios, sin descuidarse de inspirarle las mejores máximas de moral que había aprendido del mismo mundo en el largo discurso de sus años.
Tratando de la amistad le decía: Hijo mío, si alguna vez por una desgracia tuvieras que separarte de estos recintos deliciosos, depósitos de la abundancia y sencillez de las costumbres, y hubieres de vivir en las ciudades populosas, lo primero que te encargo es que te guardes de unas fieras que hay en ellas que se llaman amigos.Son tanto más dañosas cuanto su exterior en nada se distingue del hombre... ¿Pues qué hablan, señor padre?, decía el muchacho. Sí, proseguía el buen viejo, hablan, ríen, lloran, cantan, bailan, se gozan y se entristecen, según advierten las pasiones que agitan a aquellos a quienes tratan de perjudicar; pero esta clase de fieras o amigos sólo esgrimen sus armas contra los que tienen dinero o cosa que lo valga, y por eso se llaman amigos lisonjeros.
Hay otra clase de amigos falsos, y éstos son unas bestias ferocísimas, pues al mismo tiempo que delante de ti usan mil mieles y te hacen un sinfín de zalemas y caravanas, apenas te separas de ellos, te despedazan el honor sin caridad. Como tú tengas la debilidad de creerlos amigos fieles y los lleves a tu casa y les fíes tus secretos, ya puedes contar con que todo el pueblo sabrá cuál es tu origen, cuál tu mujer, quiénes tus padres; y aun sabrá si juegas, si debes, si estás pobre, si te excedes en el vino, y, en fin, todo el método y centros de tu vida; y no contentos con decir lo que saben, publicarán como ciertas cuantas calumnias quieran imputarte.
—¡Ay, padre, Dios me libre de tales amigos!
—Sí, hijo, Dios es poderoso para librarte de las garras de los leones como a Daniel; mas no te debes atener en estas cosas sólo a Dios, porque es tentarlo pretender sin necesidad esta clase de milagros. Dios te ha dado un entendimiento, si no relevante a lo menos no arrastrado: sabes distinguir y comparar; tienes un padre que sabe algo más que tú, y no ha cesado de instruirte lo mejor que ha podido. Además, tienes conocimiento de lo bueno y de lo malo, razón que te dirija, y albedrío para que tomes el camino que quieras; así no hay que fiar que Dios te librará de los malos amigos, si tú no pones los medios necesarios para librarte.
—Pero, padre, una vez que los malos amigos son hombres, y que es fuerza tratar continuamente con los hombres, ¿será demasiado difícil distinguir los buenos de los malos, vistiéndose todos igual traje? Es cierto que es difícil, decía el viejo, pero no imposible. La experiencia siempre enseña, el caso es no desaprovechar sus lecciones y caminar con mucha precaución en la elección de los amigos; pues a lo menos yo soy de opinión que así como hay en las ciudades grandes cátedras de latinidad, filosofía, teología, leyes, medicina, etcétera, así había de haber cátedras de amistad.
—Pues, padre, decía el muchacho, ¿qué tan difícil es conocer a los amigos? ¿Es acaso ciencia la amistad? ¡Ay, hijo, y cómo que es!, decía el viejo, ¡pero de las más difíciles de aprender! Muchos autores han escrito acerca de ella, y señalado reglas para conocer a los amigos, tales han sido Cicerón, Horacio, Ovidio, Marcial, Juan Owen,(2) Caracciolo,(3) Rochefoucauld y otros varios; mas yo, que no pretendo confundirte con multitud de reglas, ni cansarte con largas lecciones, me contentaré con decirte pocas cosas, y aun me daré los plácemes si las conservas en la memoria.
Has pues de saber que hay dos géneros de amigos: unos falsos, de que hay harta abundancia, y otros verdaderos, que son tan raros como los cometas en el cielo. El amigo falso es aquel que te ama por algún interés, de modo que faltando éste, se acabó su amistad.
El amigo verdadero es aquel que no mirando a tus haberes, sólo dirige su amor a tu persona. Éstos te edificarán con sus ejemplos; te amonestarán con sus avisos; te reprenderán tus extravíos; guardarán tu honor en tu ausencia, te socorrerán en tus necesidades, sus bienes serán tuyos, sin conocer la distinción del tuyo y mío; se complacerán en tus dichas; se dolerán en tus aflicciones; y por último, ellos te amarán lo mismo que a sí se aman. De manera, y para que no se te olvide, que el verdadero virtuoso es el verdadero amigo, hombre sin virtud sólida, mal amigo. Mal amigo, señal clara de falta de virtud.
Una de las señales más ciertas de la verdadera amistad es la constancia del amigo, de suerte que ni te abandone por infeliz, ni te aborrezca por algún crimen que cometas; pues el amigo verdadero en ambos casos correrá más alegre a favorecerte con sus auxilios temporales o espirituales, esto es, o con su plata, o con sus advertencias.
No así el amigo falso, quien luego que te juzgue con algún delito, o sumergido en alguna calamidad, te abandonará para siempre. Por eso el agudo Juan Owen aconseja que tengamos amistad una sola vez, y rota que sea por algún motivo de éstos, no la volvamos a soldar, por lo expuestos que quedamos con semejantes amigos veleidosos. El que salga bueno, lo debemos conservar a toda costa.
Nulli inimicus ero; sed nec bis amicus amico:
Nam cuicumque semel, semper amicus ero.
En pluma de su traductor don Francisco de la Torre(4) dice en nuestro idioma:
El amigo ha de ser uno
siempre con igual compás,
y no quiero que sean más
porque el ser dos ya es ninguno.
Tenga con modo oportuno,
de novedades bien raras,
para ver tus penas claras
y socorrer tus enojos,
muchas manos, muchos ojos;
pero no tenga dos caras.
¡Linda décima, señor padre! Protesto que se me quedará en la memoria. Estos amigos de dos caras deben ser sin duda unas bestias ferocísimas, y si el amigo ha de ser otro yo ¿qué mayor tiranía se dará que fingirse lo mismo que yo a mi presencia, y ser detrás de mí mis peores tenazas? Pues de estos falsos amigos está el mundo lleno, dijo el viejo.
Concluirá
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui. Calle de Santo Domingo.
(2) Juan Owen (1560?-1622). Poeta inglés llamado "El Marcial Británico". SusEpigrammata (en latín) influyeron en la poesía francesa, inglesa y española del siglo XVII.
(3) Caracciolo. Domingo Caracciolo, marqués de Caracciolo (1715-1789). Político, diplomático y economista. Virrey de Sicilia. Abolió el tormento como medio de prueba. Escribió Reflessioni sull'economia e l'estrazione dei frumenti della Sicilia y otras obras.
(4) Francisco de la Torre (1534-1594?). Poeta y traductor español. Sus poesías fueron publicadas por Quevedo para contraponerlas, como las de fray Luis de León, al culteranismo. Las composiciones de De la Torre se agrupan en tres: Libros primero y segundo de los versos líricos; Libro tercero de los versos adónicos; y Bucólica del Tajo(ocho églogas). En los tres primeros figuran odas, canciones y sesenta y cuatro sonetos, varios de ellos traducciones de Torcuato Tasso, Benedetto Varchi y Giambattista Amalteo.