[NÚMERO III]
Concluye la materia del anterior,
Mariquita y Serafina
MARIQUITA: ¿Cómo te ha ido, mi alma?
SERAFINA: Bien, Mariquita, ¿y a ti?
MARIQUITA: No hay novedad. ¿De dónde vienes?
SERAFINA: De los toros.
MARIQUITA: Eso sí, de los toros. ¿Y qué tales han estado?
SERAFINA: De los perros: ni un caballo destripado ha habido, ni un torero muerto.
MARIQUITA: ¿Pues qué, sólo cuando hay toreros muertos o caballos heridos están los toros buenos?
SERAFINA: A lo menos es la señal más segura; y si no, mira: cuando sale un toro corredor que a ninguno embiste, ni trata más que de ver por dónde escapa, a nadie le gusta; todos gritan cola, cola,(2) y manifiestan su desagrado de a legua. Luego que sale el embolado (como lleva las astas embarazadas y es remoto que mate a alguno) se va la mayor parte de las gentes; pero si sale un toro feroz que atropella a un torero por aquí, que amenaza a otro por allí, que tira un caballo por este lado, que destripa otro por aquél, y hace diez mil averías por todas partes; si sale un toro de éstos, vuelvo a decirte, ¿no ves toda la complacencia pintada en los semblantes de los espectadores?
MARIQUITA: Es verdad.
SERAFINA: Pues entonces es cuando dicen que está el ganado bueno, y que son los toros excelentes; y si hubiera toros que todos los días mataran cuatro o cinco hombres y diez o doce caballos, estas tales fieras serían en boca de sus alabadores, no digo excelentes, sino excelentísimas, ilustrísimas, y aun no sé si te diga si venerables; porque estos señores gradúan la excelencia o bondad del ganado por su mayor ferocidad. Con razón nos tratan de bárbaros las naciones extranjeras y los sabios de la nuestra por esta cruel y sangrienta diversión.
MARIQUITA: Pues yo creo que los que dicen eso no saben lo que dicen. Yo no advierto en estas diversiones ninguna barbaridad; antes sí, una cosa muy lícita y honesta, demasiado halagüeña a nuestro carácter y a la época del siglo diecinueve, que dice don Crisanto que es el siglo de la ilustración y bello gusto.
SERAFINA: Anda, niña, no digas tal cosa. A mí me gusta concurrir al circo de los toros; ver lo adornado y alegre que se pone aquel recinto, donde se las apuestan las gracias de Venus y las gallardías de Marte, en expresión de mi querido don Ciríaco. Más te diré, me satisfacen mucho los saludos de mis adoradores, y me complace infinito aquel golpe de vista que advierto en un grupo de diversos objetos, que se presentan tan deliciosos como alborotadores; pero al mismo tiempo te aseguro que padezco ansias mortales cuando veo un pobre caballo herido, un miserable toro hecho pedazos a estocadas y, lo que más importa, un torero en el suelo y próximo a ser víctima de la ferocidad de una bestia irritada; y digo que tienen razón los que no pueden combinar la delicadeza del siglo con la crueldad de estos objetos que deleitan la mayor parte de la gente. Ello es cierto que son unos espectáculos tan agradables como los de los luchadores, gladiadores, pugilares y otros de los circos y anfiteatros de Roma.
MARIQUITA: Pues si nuestros toros tienen alguna analogía con aquellos juegos romanos, nada tienen de extraños, ni menos repugnantes a la ilustración del siglo. Cada nación tiene sus costumbres privativas; y así como era para los romanos una diversión grata ver que sus paisanos se mataban, ya con puñales, ya con porras de fierro, ya luchando unos con otros, o ya con osos o tigres, y no por eso dejó de ser Roma en aquel tiempo la señora del mundo, y el archivo de las ciencias; así también es escena de júbilo para nosotros ver hoy un caballo arrastrando los hígados, o un hombre expirando en las puntas de los toros, sin que esto nos sise un ápice la fama de sensibles e ilustrados, que tan justamente nos hemos adquirido. Lee si quieres la Sátira VIII del sabio español don Benedicto Amato,(3) y verás cómo nada se pierde en que mueran en estas frascas toros, caballos, ni gentes en docenas.
SERAFINA: Todo puede ser así. Conozco que hay preocupaciones que nacen y crecen con nosotros, que hay usos peculiares a ciertas naciones, y que es casi imposible el desimpresionarlas de ellos. Todo es viejo en el mundo; ni se puede hacer ni decir cosa que no se haya hecho o dicho. Los crímenes más atroces se han canonizado y aun seguido como dogmas de religión, así que no hay que admirarnos de que a nosotros nos agraden los toros. En los ranchos y haciendas de nuestra América les agrada tanto esta lucha que los vaqueros o caporales con nada se entretienen diariamente mejor que con jugar con los toros y domar las bestias más cerreras. Éste es un ejercicio ordinario; y lo que un chulo(4) hace en nuestra plaza que merece palmoteo, lo hace allá cualquier muchacho cada día por gusto y sin el más mínimo interés. Conque si los españoles son bárbaros porque nos enseñaron esta diversión, los americanos somos peores; porque no sólo los imitamos, sino que los excedemos en barbaridad. En España lidian con los toros en las fiestas públicas, y aquí todos los días; allá doman las bestias mulares o caballares atadas a un palo y haciéndolas dar vueltas a fuerza de látigos; y aquí las amansan montando en una de ellas sin más que un braguero, y sin más rienda ni lazo que afianzándose de una oreja de la mula bruta (como lo he visto en algunos herraderos) y dejándose ir con la bestia por los llanos o barrancas. De modo que si estas cosas arguyen barbaridad, los americanos son más bárbaros que los españoles, y si arguyen habilidad, son más hábiles también. Yo me acuerdo que he leído, como prueba de destreza en el arte de equitación o de jinetería, que Carlos XII, rey de Suecia, levantaba cualquier cosa del suelo desde el caballo en que cabalgaba, y ya ves tú, que en nuestra tierra lo hace eso un muchacho tlacualero,(5) esto es, un pilguanejo,(6) o aprendiz de gente de campo.
MARIQUITA: Para que veas cómo nada se puede argüir de error en esta vida, si es barbaridad ponerse un hombre delante de una fiera por gusto, mayor barbaridad es ponerse delante de otros hombres armados y con ira, y todos los días hay guerras y en éstas riñen sin gusto y se matan a millares unos a otros. El hombre lleva a la bestia la ventaja de que riñe con entendimiento, dirige sus tiros, hace su puntería, y acaso asesina sin misericordia al hombre que coge inerme; cuando el toro embiste sin orden, sin reglas de arte, y acaso prescinde de su encono cuando lo ve tirado a sus pies.
SERAFINA: Pero, niña, aunque es una verdad que los hombres hacen lo que nunca hacen las bestias más carniceras, esto es, juntarse en tropas para matarse y aniquilarse unos a otros; sin embargo, esto se llama guerra, la cual a veces es inevitable y aun hay derechos que la hacen no sólo justa, sino necesaria. Pero ponerse un hombre racional delante de una fiera ni sé que sea útil, ni justo, ni necesario.
MARIQUITA: Pues, mi alma, llámale tú a esta costumbre como le llamares, lo cierto es que es costumbre, es diversión y a todos nos acomoda, y si no, tú que estás ahora tan melindrosa, ¿a que eres la primera en disponerte para ir a la próxima corrida?
SERAFINA: Sí, es verdad, pero yo voy por otros alicientes que halagan mi gusto; no inmediatamente por ver los toros.
MARIQUITA: Ésas son las disculpas corrientes; pero lo cierto es que todos van a los toros y a todos nos gustan los toros.
SERAFINA: Pues yo conozco muchos que no han ido ni un día.
MARIQUITA: Esos serán muchos, pero no muchas porque entre nosotras predomina la curiosidad, y yo si fuera casada, le sacara el alma a mi marido porque me llevara a ellos; y si como tengo mi querido tonto que me costea la diversión, no lo tuviera, admitiría el cortejo de un cochero por tal de no perder un toro.
SERAFINA: ¡Jesús, niña, qué pasión!
MARIQUITA: Sí, tú haces que te espantas, pero creo que harías lo mismo que yo.
SERAFINA: Sí, me gustan los toros, no hay remedio; pero no puedo menos que reconocer que es una diversión sangrienta, cruel y ajena de los pueblos civilizados.
MARIQUITA: Pues yo lo que digo es que nada tiene que ver esta o aquella diversión con la más o menos ilustración de los pueblos; porque en ésta influye el clima, los alimentos, el ejemplo, la educación y otras cosas, y en la elección de diversiones sólo influye la costumbre; a lo menos así me parece, y si es así, imagino que es un error calificar a una nación de inculta porque adoptó esta o la otra costumbre de sus mayores. ¿Cuántas extravagancias no notarían los sabios griegos y romanos, ya en sus leyes civiles, ya en sus ritos religiosos? Y sin embargo, las seguirían por no contradecir el uso general. Pues lo mismo podemos entender de los toros: ella será una diversión bárbara, cruel, sangrienta; pero es nuestra diversión favorita, adoptada por nuestros mayores, y celebrada por nosotros, y esto es lo que basta para que frecuentemos el circo sin incurrir en las feas notas que nos imputan de crueles y feroces.
SERAFINA: ¡Caramba, hermana, y qué bachillera te has vuelto después que tratas con don Ciríaco!
MARIQUITA: De fuerza, mi alma, quien con lobos anda... ya tú sabes.
SERAFINA: Pero, mira, creo que nada has dicho en substancia; porque confesar que la diversión es cruel, que se conoce y no se detesta, y luego querer que esto no pruebe poca civilización en un pueblo, no lo entiendo.
MARIQUITA: Ni yo tampoco, pero sean las corridas de toros diversión Bárbara, Juana o Catarina, a mí me agradan infinito, y deseara que se hiciera un circo de mampostería, y que nunca se acabaran. ¡Si vieras qué penas tengo al acordarme que ya entraron las aguas y se han de suspender por fuerza...!
SERAFINA: Lo mismo me sucede a mí, pero la afirmación de una verdad, no es negación de otra (yo también soy estudianta). El que nos guste a ti, a mí y a la mayor parte de la gente esta diversión, y el que lo confesemos, no le quita ni un átomo de su barbaridad. Yo, a lo menos, quisiera, no que se prohibieran las corridas de toros, sino que, a lo menos, se enmendaran algunos abusos, que por tales los tengo, porque no lo entiendo, verbigracia aquellas garrochas con que no pican a los toros, sino que los hieren y desangran como con unas lanzas. La garrocha no es para herir al animal sino para detenerlo. Las banderillas prendidas en el pescuezo, en la espaldilla, brazuelos y aun en los ojos, es otro abuso; el cerviguillo del toro es su legítimo lugar, y ponerlas en cualquier parte es chambonada(7) de los toreros. También es abuso que cuando el toro salta la barrera los espectadores de las gradas lo piquen y apaleen; esto prueba ferocidad de carácter, pues se complacen con mortificar a un pobre animal que ni los ofende, ni trata sino de marcharse. Decir que lo hacen sólo porque es un toro, es respuesta de caballos. Otro abuso es martirizar a un bruto de éstos, dándole seis o siete o más estocadas, y hacerlo picadillo al matarlo. Yo, si fuera intendente o cosa que lo valiera, mandaría lazar a todo toro que no muriera a las tres estocadas, pues era señal cierta de que o el toro o el torero no servían; y así se ahorraba el toro de padecer, y se avanzaba más tiempo. Otro abuso es aquella grita, algazara y silbidos del público por cualquier cosa, convenga o no convenga.
MARIQUITA: Pero eso lo hace la plebe.
SERAFINA: Pues, mi alma, hay mucha plebe en México; porque son muchos los gritos y por todas partes se oyen. Pero el abuso que más me irrita es el que tienen algunos de incitar o chulear a los toreros para que se precipiten al riesgo. Éstos merecían... no sé qué.
MARIQUITA: No te amuines,(8) mi alma. Vámonos que van a dar las once y tenemos que ir al Parián.
SERAFINA: Dices bien, vámonos.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) cola, cola. "En los estudios de Gramática es llamar cola, cola al muchacho que ha perdido mas puntos en la semána, ó errado algúna pregunta que debía saber. También en las universidades se llama assi al oponerse á algun victor público, gritándole cola, cola." Cf. Diccionario de la lengua castellana en que se explica el verdadero sentido de las voces; su naturaleza y calidad, con las phrases o modos de hablar, los proverbios o refranes y otras cosas convenientes al uso de la lengua, Imp. de Francisco del Hierro, España, 1729, tomo 2, pp. 407-408. Por extensión se empleó con el sentido de fracaso, mala faena en la corrida de toros.
(3) Las sátiras de Benedicto Amato fueron publicadas en Granada (1802).
(4) chulo. Era el que, en las fiestas de toros, asistía a los lidiadores proporcionándoles los implementos que requirieran: la garrocha, las banderillas, etcétera. Actualmente, a este ayudante se le llama monosabio.
(5) tlacualero. Es un hibridismo formado de la voz azteca tlacualli (comida) y de la desinencia castellana ero. Se da este nombre al peón de campo que en las haciendas lleva la comida a los trabajadores.
(6) pilguanejo. Del azteca pilhuan, plural de pilli, hijo y la desinencia despectiva ejo. El significado es el apuntado por Fernández de Lizardi.
(7) chambonada. Desacierto propio del chambón, o sea, del poco hábil en cualquier menester.
(8) amuines. Del verbo amuinar: enojar, incomodar, producir desazón.