[NÚMERO 9]
PROPÓNENSE LOS MEDIOS DE EXTIRPAR
LA MENDICIDAD DE ESTE REINO
Jueves 28 de octubre de 1813(1)
La materia presente pedía más papel que el de este periódico y una pluma más vigorosa que la mía para tratarse digna y cumplidamente; pero ya que esto no sea dable, desempeñaré mi palabra en la parte que pueda, aunque no sea más que tocándola ligeramente.
Después que en el exceso de mi dolor compadezco a los verdaderos pobres, a quienes la edad o las enfermedades han conducido al seno de la miseria; después que he declamado agriamente contra tantos insensibles para quienes son indiferentes las lágrimas de la humanidad desvalida, y después que advierto que no les son del provecho que podían las limosnas de los bien intencionados a causa de lo escasas y de lo mal distribuidas que son, como también de que se las usurpan y cercenan una caterva de pícaros ociosos que, haciendo de infelices, son unas verdaderas sanguijuelas de su sangre, es menester proponer algunos medios que, por tales que sean, serán del todo inútiles siempre que se miren con abandono o indolencia por aquellos ojos que no deben sino estar pendientes de cuanto se proponga fácil de ejecutarse y considerablemente útil a la sociedad, para hacerlo poner en práctica inmediatamente; y mucho más cuando para esto no se necesita contar con otra cosa de su parte que con su voluntad para mandarlo y con su autoridad para sostenerlo.
El ahuyentar los mendigos ociosos y ocurrir al socorro de los legítimos infelices es lo que caracteriza, entre otras cosas, a cualquier gobierno, de piadoso, liberal y político; y así, yo no dudo que el nuestro no verá sin interés los medios que voy a proponer para desterrar de nuestra vista tanta pordiosería justa e injusta que nos molesta y aflige por esas calles. En inteligencia que cuanto diga, o se ha hecho en otras partes o se puede hacer; con que así, el ejemplo, la facilidad y el poder cortan la retirada a cualquiera disculpa que pretenda cohonestar la inacción en este punto.
Dividiremos desde luego a los mendigos en dos clases: unos legítimamente impedidos para trabajar y, por lo mismo, necesitados a plaguear el pan de cada día; y otros, unos flojos tunantes que, no queriendo dedicarse a ninguna clase de trabajo, han seguido contentos la carrera del tompiate y de la ollita,(2) como que así viven alegremente y tal vez fomentan sus vicios a expensas de la caridad inadvertida.
Los primeros son acreedores a nuestra compasión y los segundos a nuestra justa cólera: aquéllos exigen el socorro de los piadosos y éstos la vigilancia y castigo de los magistrados. Es necesario distinguirlos para no agraviar, ni a los legítimos pobres, negándoles las limosnas, ni a la sociedad, fomentando pícaros y ociosos que la devoren.
Éstos deben saber que por el pecado de Adán todos quedamos sujetos a la maldición de comer de nuestro trabajo, y el apóstol san Pablo, escribiendo a los tesalonicenses, les dice:
Bien sabéis que nadie tuvo que mantenerme de limosna, y que por no seros gravoso trabajaba de día y de noche...; y así, el que no quiera trabajar, que no coma; quoniam si quis non vult operari, nec manducet. (Ad Tesalonicensis, epístola 2, capítulo 3).
Y sabiendo esto, no tendrán por qué quejarse en ningún tiempo de las providencias que contra ellos tomare el gobierno, por ejemplo, el agregarlos a la tropa.
Trataremos de proponer medios para evitar la confusión de éstos con los pobres legítimos, y después, del modo de socorrer a estos últimos, dignos siempre de toda nuestra consideración.
Así como hay una Junta de Policía destinada por sus comisarios y cabos a velar sobre la conducta de los ciudadanos y sobre el ingreso o regreso de los sospechosos en asuntos de insurrección, sería utilísimo hubiera otra igual juntapatriótica, para impedir la entrada en esta ciudad a ninguno que primero no manifestase tenía oficio o arbitrio de qué vivir, y al mismo tiempo celara por sus agentes la calidad, estado y legitimidad de los mendigos que se encontraran por las calles; y advirtiendo que algunos o algunas de ellos eran de los flojos, vagos, buenos y sanos, que no hacen sino sobrecargar con sus pesos los empedrados de esta ciudad, los aprehendieran bonitamente y los condujeran a las cárceles, para que breve y compendiosamente se les instruyera su sumaria y (siendo hombres) se agregaran a las armas, marina o arsenales, y se confiara su subsistencia y seguridad al cuidado de algún hacendero conocido, hasta tanto éste no certificara ser aquel individuo útil al Estado mediante la acreditada reforma de su conducta y aplicación al trabajo; y si fuera muchacho (que también hay muchos vagamunditos limosneros), lo entregara el juez a cualquier artesano conocido para que le enseñara oficio, hasta ponerlo en estado de poder adquirir el sustento con el trabajo de sus manos.
Esto debía ser si fueran hombres los mendigos aprehendidos por vagos. Si fueran mujeres, como en esta clase sólo se pueden contar viejas, feas y gente ordinaria, sería bueno depositarlas en casas de reclusión, anunciando en los papeles públicos hallarse en ellas mujeres de ésta o la otra clase, edad y habilidad, útiles para éste o aquel ejercicio doméstico. Es constante que, a pesar de las miserias del día, faltan criadas en México, y así muchos se valdrían de estas pobres y ocurrirían a sacarlas de sus prisiones; y ellas, por tal de salir de ellas, se sujetarían gustosas al servicio. Pero debía ser bajo dos condiciones: la primera, que habían de salir libres y sin costas ni algún otro gravamen de parte de los sacadores; y la segunda, con salario asignado y justo, según fuera el trabajo a que las debían de destinar, y esto bajo firma de los interesados que habían de prestar ante el juez competente, quien había de intimar a las tales mujeres que siempre que tuviesen gana o proporción de mejorar de amo debían ocurrir al mismo juez o a quien en su lugar hubiera, para que éste quedara satisfecho de su verdad; y de lo contrario se solicitarían y castigarían como delincuentes.
A los amos se debería notificar delante de ellas, en el acto de la entrega, que iban en clase de sirvientas y no de esclavas, y que de cualquier tropelía injusta, como golpearlas, etcétera, quedaban responsables a la más mínima justificada queja de ellas.
Con esta fácil diligencia desaparecerían de nuestros ojos, en el momento, una infinidad de tunos que, so capa de miserables, defraudan el socorro a los verdaderos pobres, y a más de esto, como (generalizada esta práctica en todos los pueblos, villas y ciudades) no hallarían donde permanecer y siempre se verían acosados por una justa persecución en todas partes, era seguro que la misma necesidad los empeñaría al trabajo por no andar errantes y sin frutos; y esto resulta no sólo en beneficio de ellos, sino de la sociedad generalmente, pues con menos ociosos, habría menos ladrones y más brazos empleados en el cultivo de la tierra y fomento de la industria; de consiguiente, más matrimonios y más población. Todo esto parece muy natural, así como parece demasiado justo, fácil y provechoso hacerlo.
Hay proyectos tan triviales que cuantos embarazos presentan son unos ridículos trampantojos, que se destruyen luego que quieren realizarlos los gobiernos benéficos. Tal es el que queda indicado para separar de los pobres valetudinarios y legítimamente impedidos a los holgazanes sanos, haciéndolos útiles así y no gravosos al pueblo. Pasemos a proponer los medios de socorrer con acierto a los verdaderamente impedidos.
Ningunos están, o deben estar, mejor instruidos de las interioridades de los barrios que los señores curas; por tanto, éstos deberían hacer unos padrones exactos de sus respectivos feligreses y averiguar, al tiempo de su formación, quiénes estaban impedidos de solicitar su subsistencia, quiénes eran limosneros y quiénes vergonzantes dignos del socorro público.
Con este pequeño trabajo, bien desempeñado, se sabía en muy poco tiempo cuántos pobres había en México. Estas listas se deberían presentar al gobierno para que en favor de los individuos contenidos en ellas recayeran las limosnas colectadas por los arbitrios siguientes.
Se debería gravar en una corta cantidad al Coliseo, a la plaza de gallos, a las casas de billar, a las fondas y cafés, a las panaderías, vinaterías y pulquerías, a las tiendas de ropa y comistrajo. Se impondría un real más a cada baraja; un peso semanario a cada coche (cuando cese el aumento de la contribución del tabaco que en el día pagamos) deberían quitársele a cada cajilla dos cigarros; todos los figones, almuercerías, chocolaterías, velerías, carnicerías, lecherías, bizcocherías, tocinerías, y generalmente todos los tratos (que no están comprendidos en los citados arriba) deberían concurrir a este noble objeto con la módica cuota de dos reales cada semana. Las boticas deberían quedar exentas de este gravamen y obligadas a despachar las recetas de los pobres por la mitad de su justo valor, antes tasado por los facultativos elegidos por los diputados. Todos los artesanos con tienda pública deberían contribuir al mismo fin con uno o dos reales semanarios, a proporción de sus créditos y quehaceres. Los médicos, como que en el acto del examen juran asistir de balde a los pobres enfermos de solemnidad, no deberían negarse a curar a los nuestros, luego que recibieran la boleta del respectivo encargado de sus auxilios. Lo mismo se debería entender de los cirujanos y barberos.
Para aumentar el socorro de los infelices, podía muy bien permitirse otro Coliseo con la obligación de dar cada semana una función a beneficio de los pobres. También sería muy útil que cada semana salieran por los cuatro vientos cuatro señoritas de la primera distinción, acompañadas de los respectivos párrocos y diputados, a colectar limosna en las casas particulares y no comprendidas en el plan de los contribuyentes. Es mucho el influjo de una dama hermosa y noble para no sacar jugo de los más mezquinos y avarientos.
Éstos deberían ser los canales por donde habría de correr la limosna a los infelices. Veamos ahora el modo con que, a mi parecer, se deberían distribuir para que fuera con provecho.
Previo no sólo el permiso, sino el más vigoroso influjo y auxilio del superior gobierno (con el que se debería contar en todo caso, como que su autoridad debía ser el resorte principal que pusiera en movimiento esta liberal máquina), la nobilísima ciudad había de nombrar cuatro(a) señores diputados en cada cuartel con el honorificentísimo título de "Tutores de los pobres", distinguiéndolos con el goce del uniforme,(b) solicitando para esto (si fuera necesario) la licencia del trono.
Sería del cargo de estos señores recaudar todas las semanas en compañía de los señores curas las limosnas y contribuciones de sus respectivos cuarteles; hacer corte a las señoras para el mismo fin; entender en la distribución de dichas limosnas, aplicándolas con la mayor economía y sin propender al espíritu de pasión por empeño, parentesco, etcétera, a los legítimos acreedores, no dándoles a éstos en moneda más que lo muy necesario, y todo lo demás en efectos, o bien de frezadas,(3) mantas, rebozos, o bien en frijoles, habas, pan, maíz, carne, etcétera, pagando a los caseros el alquiler de sus alcobitas y tomándoles razón cada ocho días de lo que se les hubiera dado; teniendo asimismo cuidado de prevenirles que en el día en que a uno de ellos se viera mendigando por las calles o se le probara que se había deshecho de los utensilios que les había dado la caridad, serían castigados severamente. Tendrían también cuidado de facilitar a estos pobres algún género de trabajo con que se pudiera ayudar, según se lo permitieran sus lacras, y al mismo tiempo trabajar para no estar enteramente ociosos. Estos trabajos podían ser, verbigracia, hilar algodón, bruñir plata, devanar seda, y otros que dictaría la prudencia y que pueden hacer ya los ciegos, ya los cojos, ya los mancos, ya los tullidos, sordos y mudos.
Todas estas funciones serían de la inspección de los señores tutores de los pobres, acompañados siempre de la presencia y consejo de los señores curas, y acordando entre todos los cinco de cada cuartel lo que más conviniera con respecto al número de pobres y limosnas que tuvieran a su cargo, procurando así la buena armonía como la mutua satisfacción en el manejo de los intereses.
Bien veo que este trabajo no era pequeño, pero también estoy cierto en que no lo repugnaría ningún buen párroco ni ningún caballero cristiano, cuando no fuera por tener la gloria de beneficiar a los pobres por su mano y emplearse en esta santa administración, librándolos a ellos de la última indigencia y a la patria de este contrapeso, siquiera por la esperanza de un premio eterno e infalible.
Tampoco dudo que nadie rehusaría el contribuir por su parte al establecimiento de un arbitrio tan útil, tan debido, tan cristiano y político como el socorrer a nuestros miserables hermanos necesitados del alivio e impedidos para solicitarlo por sí mismos. Es muy piadosa la gente de México; lo que se necesita es estimularla un poquito con el ejemplo, y éste lo darían muy gustosos desde luego los acaudalados de esta ciudad, y no con la ratería que algunos en la presente epidemia.(4)
Hecho todo esto, como el público nunca juzga (o sea muy rara vez) con acierto y como él era en este caso el principal contribuyente, convendría cada cuatro meses satisfacerlo, dando los señores curas y diputados sus cuentas de las entradas y salidas de limosnas, con la mayor solemnidad y públicamente al excelentísimo ayuntamiento.
Esta ceremonia sería fácil y muy oportunamente hecha en los Portales de las Casas del Cabildo, con todo el tren de requisitos que pudieran dar el mayor realce a la función, después de la cual, al otro día, deberían salir en los periódicos públicos los estados que manifestarían el número de pobres socorridos en cada cuartel, el de las limosnas colectadas, y un extracto igual del cotejo del cargo con la data.
Realizado este proyecto, no sólo en México, sino también en todas las ciudades, villas y lugares del reino, ¿de cuánta beneficencia no sería? ¿Cuántos infelices, a quienes su educación no les permite ni el auxilio de mendigar, y están, por otra parte, realmente imposibilitados para el trabajo; cuántos de éstos, digo, no hallarían mucho alivio en este público socorro? ¿Cuántos niños vivirían y serían después el ornamento de este reino, que acaso mueren colgados de un pecho exhausto de alimento? ¿Cuántos hombres honrados, cuántas matronas virtuosas prolongarían los días de su existencia a expensas de este arbitrio piadoso, y serían el abrigo, el ejemplo y el apoyo de tantas infelices criaturas, que, desamparadas por la miseria de estos escudos, quedan expuestas a ser víctimas del apetito, más bien que de la inclinación de los jóvenes? ¿Cuántos...? ¡Pero qué me canso! Todos los infelices, todos los desvalidos hallarían más o menos un paño con que enjugar sus lágrimas con este proyecto verificado, y todos ellos llenarían de bendiciones a las manos caritativas que se ocupaban en disminuirles sus miserias.
No son estos proyectos efectos de una cabeza acalorada... No, no es la cuadratura del círculo ni la piedra filosofal lo que se pide; todo es muy fácil de hacerse y conseguirse, con tal que se quiera practicar por quien tiene el influjo y la autoridad sobre el pueblo.
Ni podré dudar que el superior gobierno, los sabios magistrados y la nobilísima ciudad se desentiendan un instante de poner en ejecución este plan que trae más ventajas a la sociedad de lo que a primera vista parece.
Dije y vuelvo a decir, que en las ciudades civilizadas no se permiten mendigos, porque saben socorrerlos, ni flojos, holgazanes y viciosos, porque saben castigarlos y hacerlos útiles. Así es que el Concilio de Tours, tenido en el sexto siglo, mandó que cada ciudad (o comunidad) alimentase a sus pobres: que es lo que yo deseo se haga aquí y en todos los pueblos y ciudades por medio de los curas y diputados. Y Enrique III ordenó que cada ciudad estuviese obligada a nutrir y mantener a sus pobres, sin que éstos se pudieran transportar de un lugar a otro. En Holanda se estableció este método casi generalmente, y no se ve un mendigo, un holgazán ni un pobre que no sea socorrido; lo mismo se practica en muchas ciudades de Flandes. En Ath,(5) ciudad perteneciente a Austria, se observa el mismo método con mucho fausto, y en otras partes (según se lee en el 4º tomo de La escuela de las costumbres) verdad es que no observan el orden de colección ni distribución de las limosnas en la forma que propongo; pero es diferente: cada pueblo, ciudad o reino deben conformar sus sistemas políticos con el genio y costumbres de sus individuos, y esto es lo que he procurado.
Yo no puedo dudar que las primeras autoridades, interesadas siempre en el bien público, se apresuren a emprender la realización de un proyecto tan útil al Estado y tan conforme a la santa religión que profesamos; como tampoco dudaré que los señores curas y los ricos y no ricos de México se prestarán gustosos a concurrir, por su parte, al establecimiento de una idea que, a un mismo tiempo, cedería en beneficio de la humanidad afligida, desterraría la ociosidad, proporcionaría más brazos al Estado, abriría con esto un nuevo manantial de riqueza, alentaría la beneficencia (pues muchos quizá no dan limosna, temiendo no invertirla en fomentar los vicios) y, finalmente, en este ramo de política no tendríamos que envidiar a las naciones más civilizadas.
Cuando aquel pobre cojo le pidió limosna a san Pedro a las puertas del templo, se le respondió por el apóstol santo: "Yo no tengo oro ni plata; pero te doy lo que tengo: levántate y anda." Así, con la debida proporción, te digo, querida patria mía: no tengo plata ni oro para socorrer a tus infelices, ni autoridad para verificar los proyectos, ni representación para persuadirlos: no hay más que buenos deseos; recíbelos grata, pues, Do tibi quod habeo.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) la carrera del tompiate y la ollita. Tompiate es una variante de tompeate: esportilla tejida de palma, cilíndrica y honda, a manera de bolsa o morral, usada para guardar granos y cosas semejantes. Cf. Santamaría, Dic. mej. Posiblemente se refiera al mendigo que llevaba un tompeate para guardar los alimentos y una ollita para los líquidos, como sopas, etcétera, que la gente le daba como limosna.
(a) Pudiera haber con menos, pero los cuatro llenarían mejor los deberes de su comisión.
(b) Éste sería muy decente, compuesto de centro blanco, casaca azul con alamares y vivos de plata, vuelta, solapa tendida y collarín encarnados, y en éste bordados un ramo de oliva y una tea encendida como símbolos de la caridad.
Ninguna distinción desmerecían unos sujetos dedicados, sin otro interés, a servir a la patria en cosa tan recomendable
(3) frezada. Forma de frazada, manta de lana que se echa sobre la cama.
(4) Cf. ["Introducción"], p. 4.
(5) Ath. Ciudad de la provincia belga de Henao, junto al río Dendre, población textil.