[NÚMERO 9]
PRIMER SOMBRERAZO DE EL PENSADOR MEXICANO
AL NÚMERO 6 DE LA AVISPA DE CHILPANCINGO,
EN LA NOVENA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
SACRISTÁN: ¿Cómo va, compadre? Cuánto ha que no nos vemos.
PAYO: Endiablado con este maldito papel.
SACRISTÁN: ¿Cuál es?
PAYO: El número 6 de La Avispa de Chilpancingo.
SACRISTÁN: He oído hablar de él con general desagrado. Lo analizaremos.
PAYO: Me parece bien; pero ¿quién llama a la puerta?
SACRISTÁN: Adentro... ¡Oh!, es el señor Pensador Mexicano. Pase usted, amigo, enhorabuena, y nos ayudará a criticar el número 6 de La Avispa del señor Bustamante.(2)
PENSADOR: Saludo a ustedes con la expresión de siempre, y desde luego aumentaré su diálogo por lo que me pica dicha Avispa; pero a sombrerazos me compondré con ella. Así las matan los muchachos. Sentémonos, y digan ustedes lo que les parezca.
PAYO: A mí toda ella me parece mal.
SACRISTÁN: A mí no, porque no la he habido a las manos.
PENSADOR: Pues yo seré un tercero, y si ustedes me lo permiten, diré mi parecer.
SACRISTÁN: Puntualmente eso es lo que queremos.
PENSADOR: No se puede negar que el autor de La Avispa tiene talento y clara locución; pero se equivoca con bastante frecuencia. Yo mismo he celebrado algunas de sus producciones, tales como La Avispa, número 5, la que llaméLa Avispa de Oro; mas a este número 6, se debe llamar Avispa de Pimienta, porque pica por todas partes. Yo no quiero censurar más que cuatro puntos.
Primero. El que toca al señor presidente de la República.
Segundo. Sobre el que trata de trabar o, por mejor decir, abolir la libertad de imprenta.
Tercero. Sobre el que me toca a mí como impugnador del manifiesto sedicioso del obispo de Sonora.
Cuarto. Sobre la defensa que hace del Estado Mayor. Si logro impugnar a este caballero con el decoro que tanto recomienda, creo que habré llenado mis deberes. Comenzaremos.
Dice: "Que la moderación del presidente nos está matando, y en cierto modo está envalentonando a dos o tres sediciosos (en este número voy yo seguramente) para que nos armen una chirinola(3) tal, que cuando quiera hacer valer sus facultades, ya sea muy tarde. Esta templanza toca ya en el extremo de la impunidad, y ésta pasa a insolencia si no se contiene con mano fuerte." Esto quiere decir que el señor presidente es un papanatas, o un hombre para nada, que no sabe reprimir los abusos que hacen de la libertad de imprenta dos o tres escritores sediciosos, a quienes debe temer más que a la Liga.(4)
PAYO: Y ésa es una injuria al primer jefe de la nación, a quien los escritores de quienes se habla, jamás han tenido en el concepto de un zoquete como quiere don Carlos. Sabemos que algo se dice de que su excelencia es demasiadamente moderado, y aun tímido en el cumplimiento de sus altos deberes, que desconfía mucho de sí mismo, que todo lo consulta, y no se atreve a hacer uso de sus facultades. Si esto es así, acaso envolverá un principio de sólida virtud, pues la desconfianza propia es principio de acierto; pues si bien los primeros mandatarios de una nación no deben obrar sin consejo, tampoco deben sujetarse a él servilmente, sino oír con indiferencia, y aun con desconfianza, y resolver con resolución y con prudencia. Esto es lo que se llama energía, cuya virtud no consiste en ser crueles ni atarantados,(5) sino en ser justos y en no dispensar nunca el cumplimiento de las leyes. Si esto hace el señor presidente, hace cuanto debe y no debe hacer más. Si por empeños o amistad absolviese a un escritor juzgado y sentenciado por el juri,(6) no se manifestaría piadoso, sino un público transgresor de la ley; y si sin formalidad de juicio desterrara a éste o al otro escritor por mero capricho, como lo hizo el pasado Poder Ejecutivo con el infeliz extranjero Prisset(7) y el americano Marchena,(8) no procedería con energía, sino con un escandaloso despotismo, cuya mancha nunca se lavaría, y que si tales hechos los multiplicara, cansaría a los pacientes mexicanos y derrocaría[n] muy breve a un mandarín tan déspota y enérgico. El pueblo se conforma con el yugo de la ley; pero nunca con el de la arbitrariedad y del capricho, Iturbide(9) es un ejemplo muy reciente.
PENSADOR: El señor Bustamante se queja altamente de los fiscales; los quisiera más chismosos que muchachos de la escuela y que todos los días multiplicaran sus denuncias. Ya el Payo del Rosario(10) la dijo, y bien, que para estas denuncias no es simpliciter necessario el fiscal de imprenta, cualquier ciudadano puede ser denunciante; y yo acabo de serlo con el obispo de Sonora. Así es que bien puede el señor Bustamante denunciar los papeles que quiera sin necesidad de los fiscales; sólo sí es menester que se acuerde de que las denuncias se han de fundar muy bien; porque si no, le pondremos la ceniza en la frente como él se la puso al fiscal Retana(11) por un papel que le denunció en tiempo de Iturbide.
Lo más espantoso que trae el número 6 de La Avispa es el remedio que el gobierno propone a la Cámara para cortar de raíz los abusos de la libertad de imprenta.
SACRISTÁN: ¿Y cuál es?
PENSADOR: No otro sino sujetar los escritos a la previa censura del gobernador del Estado, que es lo mismo que suprimir la libertad de imprenta. ¡Disparate escandaloso e inaudito en el siglo diecinueve y en ninguna clase de república! El mismo Bustamante tan amigo de denuncias y de destierros para los escritores que no son de su gusto (aunque la ley no previene destierros) reprueba, y con razón, semejante proyecto; aunque por otra parte dice que "los jurados nos han probado mal, y que para que prueben bien fuera bueno sujetarlos a responsabilidad de sus fallos hasta seis meses después de haber servido esta comisión a pedimento de parte o del fiscal de imprenta."
PAYO: ¡Santa Bárbara! ¿Y quién había de querer ser jurado con semejante responsabilidad? ¿Conque después de ser ésta una carga consejil que no les produce sino incomodidades, se les había de sujetar a un gravamen tan temible y peligroso? Semejante proyecto, en mi concepto, es primo hermano del anterior.
PENSADOR: Mucho le ha chocado al señor Bustamante mi impugnación al obispo de Sonora, y digo que la mía, porque no hay otra, pues la del ciudadano Francisco Santoyo (12) es más declamación que impugnación; y si por mí lo dijo, bueno fuera que señalara las frases de pulquería que le ha notado; y aunque sobre esto ya contestó Santoyo, solamente añadiré, en cuanto al secreto con que quiere don Carlos que se juzguen los crímenes de los obispos, que ya pasó ese tiempo. Las luces del siglo y el sistema de libertad e igualdad ante la ley han hecho pedazos la capa criminal de Constantino. ¡Buen Constantino, cuánto te debió el clero corrompido en otro tiempo! Tú querías cubrir con tu manto imperial los crímenes de los sacerdotes delincuentes, y con razón, pues ellos apellidaban virtudes a los tuyos. Si así no lo hubieras hecho, hubieras sido un mal agradecido. Ya sabemos que fuiste un apóstata de tu religión, un asesino de tu mujer y tu hijo, un usurpador y asesino de tu colega, un hipócrita taimado, un supersticioso idólatra, un sacrílego, que te hiciste adorar en estatua en la plaza de tu nombre, un intrigante con los cristianos y arrianos, a cuya secta pertenecía el confesor de tu madre santa Elena. Sabemos, en fin, que aparentando tanta cristiandad, no quisiste bautizarte hasta que te hallaste en artículo de muerte; es decir, que permaneciste gentil toda tu vida y que se debe dudar mucho de tu arrepentimiento; sin embargo, aquellos padres griegos no vieron en ti sino virtudes sólidas, y habiendo sido un picarón y más de marca, te hicieron el favor de colocarte en los altares. De esta manera te correspondieron tus respetos y el deseo que tenías de encubrir los delitos de los sacerdotes, o de ser su primer alcahuete, para hablar en idioma de bodegón.
PAYO: No sabía yo las gracias del primer emperador cristiano.
PENSADOR: Pues lea usted la historia eclesiástica y verá sus gracias por menor. Por ahora es bueno que sepa el señor Bustamante que, rota la liga del trono y el altar, los que mandan no tienen necesidad de someterse servilmente a los sacerdotes ni encubrirles sus crímenes para que ellos, en cambio, prediquen a los pueblos que los reyes son dioses y que deben respetar aun sus delitos. Prescribieron para siempre los tiempos de la barbarie y fanatismo. Ya los que mandan saben que la soberanía reside en los que obedecen, y éstos conocen que todos son iguales ante la ley y que cualquier distinción que se haga en esto es un ultraje que se hace a sus derechos.
Los obispos están sujetos a las leyes lo mismo que el último plebeyo, y como donde la ley no distingue ni nosotros debemos distinguir, se sigue que al obispo de Sonora se debe castigar como a un sedicioso y traidor de la patria, sin que haya miedo el señor Bustamante de que el pueblo católico pierda el respeto a la dignidad episcopal, porque vea castigar a un obispo traidor. Los primeros cristianos no le perdieron el respeto a los apóstoles porque vieron a un apóstol ahorcado. Supplicium est poena pecati: siempre el castigo sigue al delito, lo mismo que el premio a la virtud. Lo temible es que el pueblo, viendo el disimulo, indiferencia o miedo con que se ha conducido en esta vez, dejando impune el delito mayor que puede someterse en la República, le falte al respeto a las leyes.
Los primeros culpados en esta escandalosa impunidad fueron los jurados, quienes tuvieron la debilidad de asentar bajo sus firmas que yo con mi denuncia los había comprometido.
Quisiera preguntarles, ¿a qué, con quién, o cómo? Yo hice lo que todo buen patriota, celoso de la conservación de los derechos de su patria, que es denunciar los impresos notoriamente sediciosos. Los jueces de hecho deberían haber procedido con justicia y energía, declarando haber lugar a formación de causa, sin salir con la ridícula especiota de que no lo podían declarar así porque su autor no estaba en este Estado. Efugio(13) tan absurdo no hubiera tenido lugar en las desconcertadas cabezas de los locos de San Hipólito,(14) pues con él nada menos se autoriza que la pública sedición. Basta por ahora.
México, 5 de marzo de 1825.
El Pensador
NOTA. El señor Bustamante con una confianza admirable dice: "que el público no ha visto con agrado la declaración que se acaba de hacer por la Cámara de Diputados de que las milicias provinciales estén sujetas inmediatamente a un inspector, con total separación del Estado Mayor General". Se le puede asegurar al señor Bustamante que se equivoca de medio a medio en su concepto. Al público poco le interesa que sea éste o aquél el régimen militar en su gobierno. Lo que le importa es que la milicia lo defienda de las agresiones extranjeras, y que conserve el orden interior. En esto siempre toma parte; pero en la economía militar jamás se mete. Para el público lo mismo es que las tropas se distingan por nombres que por números, que se vistan de ésta o aquella manera, que tengan inspector o Estado Mayor, etcétera, etcétera.
El público que desea la abolición del Estado Mayor, es el público militar, y éste está violentísimo con tal sobrehueso. Indague la opinión el señor Bustamante en los portales, cafés, sociedades, cuarteles y calles, y se convencerá de que por cuarenta individuos que desean la perpetuidad del Estado Mayor, hay cuarenta mil que desean su extinción.
Soy imparcial en la materia, porque ni me favorece el Estado Mayor ni me perjudica; y así cuando he expuesto mi opinión en este particular, solamente he repetido la común.
OTRA. Los calendarios(15) de El Pensador dedicados a las señoras patriotas, se venden en esta oficina a dos reales.
(1) Imprenta de don Mariano Ontiveros.
(2) Bustamante. Cf. nota 8 al núm. 5 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria. Respecto a La Abispa [sic] de Chilpancingo diremos que el volumen I, integrado por treinta números y un suplemento en forma de cartas, fue editado en la Imprenta de don Mariano Ontiveros, México, de 1821 a 1822. El volumen dos está integrado por diez números, los cinco primeros editados por la Imprenta de Martín Rivera y los cinco segundos en la Imprenta de La Águila. Concretamente el número 6 está editado en México, Imprenta de La Águila, el 19 de febrero de 1825, y abarca las páginas 45 a 52. Cf. Guía bibliográfica de Carlos María de Bustamante, trabajo realizado por el Seminario de Historiografía de la Facultad de Filosofía y Letras, bajo la dirección del doctor Edmundo O'Gorman, México, UNAM, 1967 (Centro de Estudios de Historia de México).
(3) chirinola. Pendencia, disputa.
(4) Santa Liga. Cf. nota 19 al núm. 1 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(5) atarantados. Aturdidos, espantados.
(6) juri. Cf. nota 17 a El Payaso de los Periódicos.
(7) Prisset. Cf. nota 26 al núm. 2 del t. II de las Conversaciones del Payo y el Sacristán
(8) José Marchena. Cf. nota 8 al núm. I7 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán
(9) Iturbide. Cf. nota 2 al núm. 1 de El Amigo de la Paz y de la Patria.
(10) Payo del Rosario. Cf. nota 2 al núm. 2 del t. II de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(11) José González Retana. Natural de la Nueva España, colegial del Seminario Tridentino de México, abogado de su Audiencia y del Colegio de Abogados. Escribió:Informe en derecho a favor de los legatarios de don Francisco Linares, y contra los albaceas de éste. Imprenta de Ontiveros, 1807.
(12) Solamente tenemos datos muy ambiguos de un Francisco Santoyo, quien pidió al Congreso en sesión de 5 de abril de 1825 la lista de expedientes que habían pasado a las comisiones, salvo los que se habían despachado, y de los que quedaban pendientes. El 28 del mismo mes Francisco Santoyo pidió que le fueran regresados catorce mil seiscientos pesos en tabaco en rama, de los dieciocho mil que se le adeudaban, y cedía cuatro mil pesos a la nación.
(13) efugio. Evasión, salida, recurso para sortear una dificultad.
(14) San Hipólito. La iglesia, el convento y el hospital de San Hipólito no fueron en un tiempo más que una sola cosa. Su fundador, Bernardino Álvarez, obtuvo los terrenos junto a la ermita de San Hipólito para la construcción de este hospital. Actualmente el edificio está en Avenida Hidalgo. A éste se le dio el uso de manicomio.
(15) Calendario. Cf. nota 12 al núm 1 del t. II de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.