[NÚMERO 9]
NONA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
SACRISTÁN: ¿Cómo va, compadre?, ¿Cómo está Rosita?
PAYO: No hay novedad. A Rosita le gusta mucho México; pero está enojadísima con los inmundos presentes que encontramos en las calles cada rato. El otro día puso todo el pie en una suciedad; ese día había estrenado zapatos blancos de raso. Considere usted cómo se pondría, hecha una lástima y un veneno; porque tras de la pérdida de sus zapatos, tuvo la vergüenza de andar con ellos hasta la casa. "¡Ah!, fucha —decía mi hija—, y qué malditos mexicanos tan puercos, ellos se han de ensuciar aunque sea en la iglesia; les quemara yo el culo de buena gana."
Decía esto, porque la avería le sucedió en el mismísimo cementerio o atrio de Catedral. Yo le dije: "Hija, no hables mal de todos los mexicanos. La gente fina y de educación no se ensucia en las calles; esto lo hace la gente baja, los léperos(2) y el populacho ordinario" "Lo mismo se me da —contestó Rosa—, de que lo hagan los léperos que los decentes; así se hubiera ensuciado mi zapato con las sobras de un marqués como con las de un borracho sin calzones. Lo que me da asco es la inmundicia pública de México y otras que noto por este estilo. En mi tierra, ¿cuándo se ve una porquería de éstas en la calle?"
"Esto consiste —le dije— en que en tu tierra son más activos los alguaciles de policía que en México." "¿Y quiénes son estos alguaciles de policía que no conozco?" —preguntó Rosa. "Hija —le contesté—, son los cochinos. Ésos en los pueblos tienen cuidado de limpiar las calles; pero aquí no se consienten."
"¿No se consienten? —decía Rosa muy admirada—, no se habían de consentir tanto. ¡Jesús y cuántos cochinos andan en las calles! Ya se ve su obra; díganlo mis zapatos nuevecitos. ¿Y qué no hay aquí algún juez o cura que tenga cuidado de la limpieza y castigue a los puercos que no obedezcan sus mandatos?" "Sí hay —le dije—, el Ayuntamiento tiene individuos encargados de la limpieza pública de esta ciudad." Entonces Rosa se sonrió, movió la cabeza a un lado y otro, como que no lo creía, y se entró a su recámara.
Bien advertirá usted, compadre, la sencillez de mi hija. Si continúa su conversación seguramente se echa a hablar contra el Ayuntamiento de México, que (sin adulación) ha trabajado con tesón y energía, y sus mismas obras hacen su elogio.
SACRISTÁN: Es verdad, compadre, estos señores han hecho mucho; pero no han hecho nada si aún les queda algo que hacer, según aquella sentencia nihil est factum si aliquid superest agendum.
PAYO: No, compadre, hábleme usted en mi lengua si quiere usted que platiquemos.
SACRISTÁN: La sentencia latina dice lo que oyó usted en castellano, que nada se ha hecho cuando falta algo que hacerse.
PAYO: ¿Pues si dijo usted lo mismo en castellano, para qué es repetirlo en un idioma extraño? Soy tan enemigo de que hablen delante de mí en idioma extraño, que hasta quisiere que dijeran la misa en castellano. A lo menos no hallo una razón para lo contrario; y si no justificara esta costumbre la autoridad de Roma, había de solicitar un señor diputado que hiciera proposición en el Congreso para que todos los Santos Sacramentos se nos administraran en castellano; porque es bravo dolor que yo me confiese en la lengua que entiende el padre, y que éste me absuelva en idioma que no entiendo yo.
SACRISTÁN: ¡Válgame Dios, compadre! Si es lo que digo, usted siempre se distrae y se mete en unas honduras que no entiende. Estábamos hablando de los regidores y de la policía, y ya usted a resollar con que quiere que lo absuelvan en romance.
PAYO: Es verdad, compadre; pero ¿cuándo las conversaciones familiares dejan de tener estas distracciones? Por lo que usted dijo del Ayuntamiento, digo que no es justa su sentencia ni en latín ni en castellano; porque no siempre se puede hacer todo lo que se quiere, y si el Ayuntamiento no ha hecho más, no ha sido por falta de voluntad, sino de auxilios o advertencia. Bien que para que estuviesen limpios el atrio de Catedral, alrededores de la Plaza del Volador,(3) callejón de Tabaqueros,(4) calle de la Acequia,(5) que es el centro de México y lo más sucio y asqueroso, yo le diera un arbitrio al señor Ayuntamiento.
SACRISTÁN: ¿Y cuál fuera?
PAYO: Imponer un gravamen de medio real diario a cada dueño de coche que se pone frente a la Catedral para alquilarse; el mismo medio a todo el que vende cualquier cosa en sus inmediaciones, se entiende, a los que ocupan un lugar fijo; el mismo medio a todo vendedor del callejón de Tabaqueros y calle de la Acequia. Ya ve usted que los vendedores son muchos y el gravamen muy ligero.
SACRISTÁN: ¿Y para qué eran estos medios?
PAYO: Para pagar ocho o diez celadores que de día y de noche estuviesen cuidando la limpieza de aquellos lugares, y al que encontrasen haciendo la diligenciade desacreditar nuestra policía, lo llevaran a la cárcel y le exigieran tres pesos de multa.
SACRISTÁN: ¿Y si no los tenía?
PAYO: Que sufrieran tres meses de grillete en las obras públicas, y así se les quitaría la maña; y no que los extranjeros harán unos mapas del centro de México que provocarán a basca.
SACRISTÁN: No me disgusta el proyecto; pero sería necesario que en esas inmediaciones hubiera unos comunes con sus correspondientes divisiones para hombres y mujeres; porque ya usted ve que las necesidades corporales son muy ejecutivas, y muchos pobres de los que venden por esos lugares sus cositas, no tienen conocimientos ni casas inmediatas, y tal vez ni otra persona que dejar cuidando sus vendimias.
PAYO: Sí, así debía ser; porque el barbero de mi tierra dice que son mejores las leyes preventivas que las penales.
SACRISTÁN: ¿Sabe usted lo que estoy advirtiendo?
PAYO: ¿Qué cosa?
SACRISTÁN: Que nuestra conversación no es de lo más limpio.
PAYO: Es verdad; pero ella se dirige a la limpieza. Lo que fuera bueno era que usted y yo fuéramos alcaldes; porque mientras no, jamás veremos realizados nuestros proyectos.
SACRISTÁN: Quizá querrá Dios que los señores regidores presentes hagan algo; porque si éstos que son activos y eficaces no lo hacen, ya no lo hicieron ninguno, y los muladares de san Lázaro(6) se quedarán en el centro de la ciudad, como le dijo a usted Miguelito.
PAYO: La cosa es bien fácil de remediarse como haya empeño y energía. No se necesita sino imitar al sin segundo Revillagigedo,(7) cuyo gobierno lo hizo inmortal en México. ¿Y qué se dice de la Santa Liga?(8) ¿Vendrá o no?
SACRISTÁN: Yo siempre he temido que venga y creo que algunos no se quedarán con el deseo.
PAYO: ¡Caramba! Yo también lo creo de fe y no quepo en mí de puro miedo.
SACRISTÁN: ¿Qué dice usted? ¿Pues no decía, los mataremos, nos los comeremos a todos? ¿Qué se hicieron esas bravatas?
PAYO: No, no son bravatas. Ahora digo lo mismo, los mataremos. Yo no les temo por mí. Estoy hecho a balearme cuando fui insurgente y a verlos correr muchas veces. Lo que temo es que si nos descuidamos, mi Rosita, mis otros dos chiquillos y otros infinitos, si escapan de la muerte, quedarán esclavos para siempre.
SACRISTÁN: ¿Conque usted teme que si vienen, vengan furiosos y que no dejen títere con cabeza?
PAYO: Eso nomás temo. Aun he soñado que he visto ejecutar al pie de la letra La tragedia de los gatos que compuso El Pensador.
SACRISTÁN: No lo permita Dios
PAYO: Es tanto el recelo que tengo y el mal concepto que me debe el amo de Lemour,(9) que la otra noche soñé, como dije, La tragedia de los gatos...
SACRISTÁN: Y ¿qué papel hacía usted en ella?
PAYO: ¿Cómo qué papel? De soldado de la patria, siempre con el machete y tejiéndoles tupido(10) a los enemigos. Mi temor es de que no nos desunamos a buena hora y se pierda para siempre la libertad. Yo no temo el morir y más por esta causa.
SACRISTÁN: Sí, vamos ¿y qué soñó usted?
PAYO: Que a un general de ellos se le caía una cartera, que yo la levantaba, y habiendo visto un pliego sellado, lo abría y vi que decía de esta manera:
Decreto para la perpetua pacificación de las Américas
DON FERNANDO POR LA GRACIA DE DIOS, rey de Castilla, de León, de Aragón, de Cerdeña, de Murcia, de Gibraltar, de Jerusalén; conde de Arpug, Tirol y Barcelona; señor de las Indias Orientales y Occidentales, etcétera, etcétera.
Por cuanto colocado en el trono de San Fernando y San Hermenegildo por la Divina Providencia, y sabedor de los disturbios que agitan a mis amados vasallos de América, ocasionados por equivocaciones que les han inspirado algunos genios turbulentos que llaman liberales, substrayéndolos de la obediencia que deben a su legítimo soberano, relajándoles el solemne juramento que prestaron de fidelidad y vasallaje, y haciéndoles creer que mis augustos abuelos y yo les teníamos usurpados unos reinos sobre los que adquirimos legítimo dominio y propiedad, así por el incontestable derecho de conquista, como por la graciosa donación que nos hizo la Santa Sede de todas aquellas tierras descubiertas y por descubrirse, encargándonos muy particularmente que conserváramos aquellos países en la pureza de nuestra santa y católica religión, excomulgado motu proprio en el nombre de Dios omnipotente y de los bienaventurados Pedro y Pablo a cuantos siquiera se acercasen a las dichas tierras descubiertas y por descubrirse, sin nuestra expresa voluntad; por todo lo cual y no pudiendo mi corazón paternal sufrir que aquellos mis amados vasallos vivan gravados en lo espiritual con el formidable anatema del santísimo papa Alejandro VI,(11)y en lo temporal con las divisiones y amarguras interiores que padecen, he venido en decretar, como en efecto decreto, lo siguiente:
1º Inmediatamente que mis generales se apoderen de aquellos mis vastos dominios, pondrán en posesión del virreinato de México a don Félix Calleja;(12) en el gobierno y presidencia de Guadalajara a don José de la Cruz;(13)en el de Puebla a don Francisco Javier Venegas,(14) y así a los demás que presenten mis reales cédulas.
2º Todos de mancomún procederán a castigar severamente, con arreglo a las leyes, a todos los traidores que de cualquier manera cooperaron a la llamada emancipación, sin consideración de su número, sexo, edad, servicios, ni otros cualesquiera pretextos, sepultándolos en los campos para que los hálitos de sus criminales cadáveres no inficionen las ciudades.
3º Para que no se repitan jamás tan escandalosas agresiones contra mi real corona, se observarán inviolablemente las órdenes siguientes:
4º Ningún americano portará armas de ninguna clase, ni andará con capa, ni a caballo, ni en mula, sino precisamente en burro.
5º A ningún americano se permitirá andar en compañía de otro ni menos de las siete de la noche en adelante.
6º Ningún americano obtendrá ningún empleo civil, eclesiástico ni militar y, sólo serán destinados a los trabajos del campo y de las minas; y por gracia particular, en las ciudades a cocheros, porteros y verdugos.
7º Se cerrarán para siempre los colegios, escuelas y universidades, y no se permitirán otros libros que catecismos, breviarios y misales.
8º A ningún español se le permitirá casarse con americana, sea la que fuere, y el que lo hiciere sin mi expresa licencia, quedará infame y se le confiscarán sus bienes.
9º Todos los americanos serán de aquí en adelante tributarios de la corona de Castilla, designándoles la cuota del tributo, según sus facultades, la prudencia y conmiseración de mis virreyes.
10º El americano que de cualquier manera ultrajase a un español, sufrirá la pena de muerte, bajo la cual quedan sujetos los infractores de las órdenes anteriores.
11º Ningún americano podrá tener casa con balcón, ni vestir seda, en lo que quedarán comprendidas las mujeres.
Dado en Aranjuez a 22 de julio de 1824. YO EL REY.
SACRISTÁN: ¡Jesús, compadre! ¡Qué decreto tan bárbaro, furioso y disparatado! Ya se ve, estaba usted soñando.
PAYO: No lo espero más suave despierto, si llega el caso. Y por si llegare, esto es, por si viene la Liga, ¿qué haremos?
SACRISTÁN: Ya le diré a usted el miércoles. A Dios.
El lunes 27 de éste se debe celebrar el aniversario de la feliz y triunfante entrada del ejército libertador en México el año de 1821. El Payo espera que no se solemnice este día con la tibieza que las demás fiestas nacionales.
México, 25 de septiembre de 1824.
El Pensador
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.
(2) lépero. Cf. nota 2 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(3) Plaza del Volador. En los terrenos de esta plaza actualmente se encuentra el edificio de la Suprema Corte de Justicia, ubicado en la esquina de Pino Suárez y Corregidora.
(4) callejón de Tabaqueros. Cf. nota 10 al núm. 1 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(5) Acequia. Hoy Corregidora Josefa Ortiz de Domínguez.
(6) San Lázaro. Cf. nota 8 al núm. 1 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(7) Revillagigedo. Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla, segundo conde de Revillagigedo (1740-1799). Militar y gobernante español. Virrey de México de 1789 a 1794. Protector de la instrucción pública, fomentó la agricultura y abrió nuevas vías de comunicación.
(8) Santa Liga. Cf. nota 19 al núm. 1 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(9) Lemour. Cf. nota 6 al núm. 1 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(10) tejiéndoles tupido. Tejer se emplea en el sentido de discurrir, maquinar con variedad de ideas o planes; tupido se usa como adverbio con el sentido de tesón y constancia. Por ende, discurrir con constancia cómo combatir al enemigo. Es de suponer que tejer también lo emplee en el sentido de acción. Es decir, que la proposición implique el planteamiento y práctica de los planes.
(11) Alejandro VI. Cf. nota 5 al núm. 4 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(12) Calleja. Cf. nota 3 al núm. 5 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(13) José de la Cruz. General realista que hizo gala de crueldad en la Nueva Galicia y Michoacán. Como muchos realistas consideró a los insurgentes fuera de la ley y derecho. Se asentó en la creencia de que mayores serían los servicios que se harían al rey y a la religión mientras fuese mayor el número de rebeldes que se mataran.
(14) Venegas. Cf. nota 2 al núm. 5 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.