[NÚMERO 9]

CORREO SEMANARIO DE MÉXICO(1)

Miércoles 17 de enero de 1827


El precio de la subscripción a este periódico serán 6 reales mensales en México y un peso fuera. Se reciben las subscripciones en esta capital en la Librería del difunto Ontiveros; en Durango,(2) en casa del ciudadano Pedro Carrasco; en Guadalajara,(3) en la del ciudadano José Ignacio Herrera; en Tlacotalpan,(4) en la del ciudadano coronel Joaquín García Terán; en Perote,(5) en la Administración de Correos, y se irá advirtiendo en qué otras de otros lugares, según se proporcionen correspondientes.

 

PAPAS

 

34 JULIO I

De 336 a 352

San Julio fue elegido papa en 6 de febrero de 337 y gobernó hasta el 12 de abril de 352 en que murió. La vacante había durado cuatro meses. Esta dilación pudo provenir de haber consultado al emperador Constantino; lo cierto es que vemos esta práctica en tiempos posteriores, citada, no como nuevamente introducida, sino como restaurada. Jamás la iglesia romana tuvo mayor interés que entonces en agradar a Constantino, porque, a pesar de las decisiones del Concilio de Nicea,(6)permanecía la causa de Arrio(7) en disputa y Constantino le prestaba mucho favor, en 336 y 37, por sugestión de Eusebio,(8) obispo de Nicomedia, y del otro Eusebio, obispo de Cesarea(9) de Palestina, ambos muy introducidos en la intimidad del emperador.

Julio tuvo gran disputa con los obispos del Oriente por sostener a san Atanasio,(10) patriarca depuesto por ellos en un Concilio de Antioquía.(11) Escribió diferentes cartas en las cuales hay algunas especies dignas de atención para que se sepa mejor cuánto se han excedido los sucesores de Julio. En una les dice que no debieron deponer al patriarca Atanasio sin escribirle primero a él, a los obispos de Italia y aun a los del Occidente, porque ya sabían ser costumbre antigua en los negocios importantes de las iglesias principales fundadas por los apóstoles, como se verificaba en la de Alejandría, y que debió proceder respuesta, la cual no hubiera dado por sí solo sino con acuerdo de un Concilio de Italia, con el cual escribía esta carta que estaban prontos a firmar todos.

Aquí se ve que san Julio no creyó tener autoridad para avocarse la causa por sí ni para sí solo, sino en el nombre de todos los obispos de Occidente, representados por los de Italia como más cercanos, y esto en los únicos casos de asuntos graves de metropolitanos que no reconocen superior distinto del papa, como eran los tres patriarcas de Alejandría, Antioquía, Jerusalén y los primados de Cesarea de Palestina, Cartago de África y otros semejantes; de cuyo argumento se infiere, por exclusión, que no sucedía lo mismo en los asuntos de las otras iglesias que reconocían metropolitano, ni tampoco en los asuntos no graves de aquellas otras. ¡Qué comparación con el estado moderno en que los papas se arrogaron hasta la causa levísima de la pertenencia de una capellanía despreciable!

No dejó, sin embargo, san Julio de manifestar el espíritu de ambición introducido en la iglesia romana desde san Víctor; pues concediendo a los enemigos de Atanasio la celebración del Concilio que sus diputados pidieron, se explicó de manera que aquéllos observaron que el Concilio Romano(12) sería puramente eclesiástico, sin asistencia de un conde a nombre del emperador, sin órdenes de éste, y sin guardias imperiales a la puerta, por lo cual tuvieron miedo de concurrir. Pero ¿por qué los Concilios Romanos habían de ser sin aquellos requisitos? ¿Es porque se celebrasen en Roma? Esta ciudad era imperial como las otras. Todo el mundo sabe ya ser fingida la escritura que suena donación de Constantino. El emperador no tenía menos derechos ni menos autoridad que antes de ser cristiano el trono: toda reunión numerosa está sujeta a las leyes generales del permiso especial del soberano. Éste no lo suele conceder, sino con las cautelas necesarias, para evitar desórdenes a que está expuesta toda multitud. Una de las precauciones es designar un magistrado que presencia la asamblea en nombre del soberano y tener tropa bajo sus órdenes para los casos de necesidad. No era justo que los papas pensasen tener asambleas numerosas por autoridad propia sin la noticia e intervención de los emperadores. Querer lo contrario era afectar independencia, que con el tiempo llegó a ser orgullo, soberbia, usurpación de soberanía, y espada que degolló millones de hombres cuando por deposiciones hechas por los papas contra emperadores y reyes se movían guerras y se despoblaban las naciones.

 

35 LIBERIO

De 352 a 366

Liberio fue elegido papa en 22 de mayo de 352 y murió en 24 de septiembre de 366. Admitió la fórmula herética de profesión de fe, compuesta por los arrianos en el conciliábulo de Sirmio,(13) y escribió a los obispos de Oriente, diciendo: "Yo separo a Atanasio de la comunión de todos nosotros en tanto grado que ni aun quiero recibir sus cartas. Os aseguro que estoy en paz con vosotros, y apruebo la profesión de fe que se dispuso en el Concilio de Sirmio." Esto era lo mismo que condenar los artículos de fe decididos en el Concilio General de Nicea, por lo cual, tratando de este asunto san Hilario,(14) obispo de Poitiers, defensor acérrimo de la fe nicena, exclamó diciendo: "Esto es una perfidia arriana. Yo te anatematizo a ti, ¡oh Liberio!, lo mismo que a todos tus compañeros. Yo te anatematizo segunda y tercera vez, ¡oh Liberio prevaricador!" Es verdad que Liberio incurrió en el crimen de miedo del emperador Constancio(15) que lo había desterrado por negarse a firmar la fórmula de Sirmio y condenación de Atanasio; también es cierto que cuatro años después retractó sus errores y desechó el conciliábulo arriano de Rimini.(16) Pero como quiera, su conducta posterior fue tan inconstante y débil, que ahora mismo discordan los críticos sobre cuál era la verdadera fe de Liberio. Los pontífices romanos, deseosos de borrar de la memoria la existencia de un papa hereje, procuraron fijar la del suceso de Rimini que le hace honor, y mandaron venerarle por santo. Algunos sabios hacen burla de semejante canonización y, lejos de tener por santo a Liberio, lo reputan por hombre sin carácter. A la verdad, la canonización no debe recaer sino en favor de la persona cuyas virtudes hayan sido en grado heroico y dignas de ser propuestas al pueblo cristiano por modelo para su imitación; lo cual es incompatible con la conducta de Liberio, aun cuando su arrepentimiento fuese verdadero y sencillo, pues no es lo mismo salvarse que ser canonizable. De positivo dio motivo a multitud de asesinatos y otros males que los partidarios del Concilio de Nicea y los contrarios del Sirmio hicieron, persiguiéndose unos a otros y turbando la paz de los pueblos. Yo creo que si no se hubiese dado a las opiniones de Arrio la importancia que se les dio, hubieran decaído por sí mismas con el tiempo, sin tantos errores como se subsiguieron, en los siglos IV y V, por su condenación.

 

36 FÉLIX II

EN VIDA DE LIBERIO

De 355 a 358

Cuando el emperador Constancio desterró a Liberio, mandó al clero y pueblo de Roma elegir nuevo pontífice, y eligieron, año 355, al diácono Félix, el cual gobernó la Iglesia hasta 358, en que se levantó a Liberio el destierro. Entonces Félix se retiró a vivir en un pueblo pequeño de la campaña romana, donde murió a 22 de noviembre de 365. Las circunstancias hacen presumir que fue partidario de los arrianos: el emperador lo hubiera desterrado en caso contrario como a Liberio. Tenemos ya dos papas herejes seguidos uno en pos de otro. Poco antes había sido idólatra Marcelino. Sin embargo, Félix está colocado en el catálogo de los santos canonizados. No es fácil descubrir en nuestros tiempos las virtudes heroicas que mereciesen la canonización. A vista de estas dos, la de Marcelino y algunas otras que se verán adelante, no hay que admirarse de haber tantos buenos católicos que miren las canonizaciones, como actos humanos sujetos al examen de una crítica más severa.

 

37 DÁMASO I

De 366 a 384

CISMA II

La elección de san Dámaso produjo el segundo cisma por su antipapa Ursicino, que se hizo consagrar obispo de Roma teniendo muchas gentes a su favor. El escándalo llegó al grado de guerra civil entre los habitantes de Roma, con muerte de algunos millares de personas de ambos partidos. Dentro del templo mismo de Santa María la Mayor, donde se hizo fuerte Ursicino, se hallaron ciento treinta y tantos muertos por los sitiadores.(17) Véase ahora la manera de asistir el Espíritu Santo al acto de la elección del papa, que los romanos intentan persuadir a los ignorantes crédulos contando vuelos de palomas sobre las cabezas de san Fabián, de san Gregorio Magno y otros acontecimientos casuales que saben citar a propósito para sus objetos en este punto. Amniano Marcelino,(18) historiador idólatra del tiempo de san Dámaso, después de referir la guerra civil y el cisma de su elección, añade:

Dámaso y Ursicino, ansiosos a cual más del obispado, habían sabido el arte pérfido de dividir en partidos el pueblo, de suerte que, combatiéndose mutuamente con furor, llenasen de sangre y carnicería las calles. El prefecto Vivencio(19) no pudo extinguir la sedición, y aun con peligro de su vida se retiró a los arrabales. Dámaso y su partido marcharon sobre cadáveres, ostentando indignamente su triunfo.

Cuando considero el esplendor de Roma, confieso que los aspirantes al obispado deben hacer todos los esfuerzos posibles para conseguirlo. Es un establecimiento seguro, a cuyo poseedor enriquecen las damas. Cuando sale de casa, va en carro ricamente adornado. Su mesa es tan abundante y delicada que las de reyes quedan en grado inferior. Los obispos romanos podían gozar la verdadera felicidad, si despreciando las grandezas de Roma, imitasen la moderación de algunos obispos de las provincias que se hacen recomendables al Dios Eterno y a sus verdaderos adoradores por la frugalidad de su mesa, la pobreza de sus vestidos y la modestia de sus ojos inclinados hacia la tierra.

San Gerónimo, grande amigo de san Dámaso, cuenta que Pretestato,(20) sabio idólatra (prefecto de Roma con el tiempo), solía decir a Dámaso, por chiste de la sociedad: "Haced que yo sea el obispo de Roma, y al momento me haré cristiano."

Con estos antecedentes no hay que admirarse de que los partidarios de Ursicino murmurasen de Dámaso, y le imputasen aquellos crímenes que suelen acompañar a la vida muelle y sensual. Concordio, Calixto y otros del partido de Ursicino le acusaron de adúltero, amancebado con una matrona romana, y aunque no fuese verdad, es ciertísimo que Sócrates Sozomeno(21) Teodoreto(22) y otros historiadores coetáneos cuentan muchos escándalos del modo horrible con que comenzó el pontificado de Dámaso: las calles eran teatro de asesinatos; aún más las iglesias. Y todo esto sucedía casi en los momentos mismos en que los obispos de Roma comenzaban a figurar algo en el mundo, sólo cincuenta años después que los soberanos dejaron de perseguir, y comenzaron a proteger la religión cristiana y su primer obispo. ¿Qué se podía esperar sino lo mismo que ha sucedido? Que los papas aspirasen a soberanos, después a jueces y jefes de soberanos, por último, a semidioses, árbitros de las soberanías, y distribuidores de los imperios, reinos y coronas. Todo esto debía suceder y ha sucedido, no una, sino muchas veces y, sin embargo, los emperadores, los reyes y los otros soberanos católicos proceden ahora mismo como si cada día fuesen más ciegos, más sordos y más ignorantes. Se dejan seducir por palabras vanas, huecas, insignificantes de hombres que, juntando su interés con la ignorancia y a veces con la malicia, confunden el respeto debido a la religión y su jefe, con los respetos excesivos, las pasiones personales de éste, las cuales le han dictado y dictarán la idea particular de aumentar su poder y demandar con título de padre común a los emperadores y reyes titulados hijos, cuanto convenía para los intereses romanos, cubriéndolos con el velo dorado de la religión.

Constantino tuvo gran culpa en esta parte, no por la fingida donación del señorío de Roma, pues no la hizo y no se debe imputar, sino porque trasladando la corte a Bizancio, ciudad reedificada por él con el nombre de Constantinopla, dejó a Roma sin príncipes ni familias poderosas capaces de hacer sombra a los papas. Esto y las grandes rentas que deveras donó aquel impolítico emperador a las iglesias (antes templos de dioses romanos), puso a los papas en estado de ostentar grandeza, riquezas y poder, a lo cual es consiguiente la multiplicación de aduladores que procurarían conquistar la voluntad pontificia con elogios lisonjeros, emponzoñando los corazones de los clérigos con el veneno dulce de un deseo natural de ascender a la cátedra que veían producir aquel engrandecimiento. Así comenzó el mal; así ha crecido; así proseguirá mientras los soberanos no digan al papa:

Redúzcase vuestra santidad a los límites de los doce primeros papas, y salimos garantes, con todo el poder de nuestros tronos, de que se le respetará como a santo padre común, y no se le dará jamás motivo de pena. Pero mientras vuestra santidad confunda sus verdaderos derechos divinos con los dados o tolerados por los hombres, no extrañe vuestra santidad la contradicción y la censura.

En el año 381 el emperador Teodosio II convocó el Segundo Concilio General(23)de la iglesia católica contra Macedonio.(24) El papa Dámaso no tuvo más parte que aceptarlo como todas las otras iglesias del orbe cristiano. Allí se determinó que el obispo de Constantinopla fuese patriarca de honor y tuviese lugar inmediato al de Roma, precediendo a los de Alejandría, Antioquía y Jerusalén, porque Constantinopla era ya corte imperial como Roma, y debía tener este rango. Esto prueba por modo indirecto que la primacía romana comenzó porque Roma era ciudad capital, así como Alejandría y Antioquía lo eran en segundo y tercer lugar, y ahora en cuarto. Si se tuviese respeto al fundador, Antioquía hubiera preferido a Alejandría porque la fundó san Pedro.

 

GUERRA DE RELIGIÓN

Anunciada por el reverendo obispo y Cabildo de Oaxaca

Acaba de llegar a mis manos un cuaderno titulado: Contestación del obispo(25) y Cabildo de Oaxaca(26) al oficio del excelentísimo señor ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos,(27) fecha 29 de marzo de [1]826, con que a nombre del excelentísimo señor presidente de la Federación les remitió el dictamen de los señores de las Comisiones Unidas de Relaciones y Eclesiástica de 28 de febrero del mismo año, sobre instrucciones al enviado a Roma cerca de su santidad, la suprema cabeza de la Iglesia.

Con demasiada admiración y escándalo leí este insultante papel, en el que no sé lo que sobreabunda, si el error, o el más orgulloso desacato a las autoridades.

No es mi intención hacer de él una crítica rigurosa, lo primero porque es muy largo, consta de 55 páginas, y creo que en cada página hay 55 equivocaciones groseras; lo segundo, porque ya están éstas victoriosamente desvanecidas por los filósofos modernos (y no herejes); y lo tercero, porque los sabios comisionados y otros muchos se encargarán de analizarlo, y la impugnación saldrá con el brillo que mi tosca pluma y pequeños talentos no pueden darle. Sin embargo, haré unas ligeras apuntaciones sobre el cuaderno, para que su lectura no sorprenda a los incautos.

Todo el empeño del reverendo obispo y Cabildo es centralizar la cristiandad, y especialmente esta América, sujetándola al papa en lo espiritual y temporal. Para esto adula al obispo de Roma hasta más no poder, no solamente defendiendo su primado de orden y jurisdicción que nadie le niega, sino queriendo probar que el gobierno de la Iglesia es monárquico (le faltó decir, despótico absoluto). Aunque Jesucristo claramente dijo: "que su reino no era de este mundo, y que si lo fuera, sus ministros saldrían a estorbar que fuese entregado a sus enemigos"; aunque el mismo Maestro Jesús reconoció las autoridades civiles y a Pilatos le confesó el poder judicial que tenía sobre él, y aunque san Pablo claramente dice que toda alma, hasta los presbíteros y los profetas deben estar sujetos a las potestades de la Tierra, el reverendo obispo y su Cabildo no quieren entrar por ese aro. El reino de Cristo, dicen con mucho garbo, es de este mundo, y en él estáEntiéndanlo y no blasfemen (página 6). De suerte que este prelado y sus canónigos tiraron la barra mucho más allá que los milenarios, pues éstos creían que Jesucristo vendría algún día a reinar con sus santos en el mundo; pero no que ya reinaba; mas el obispo y Cabildo de Oaxaca asegura que ya está aquí el reinado de los milenarios, con la diferencia que no gobierna visiblemente Jesucristo, sino el rey de Roma, ya que este título les acomoda mejor que el de obispo de Roma. Aquí me ocurre que en la oración domínica está por demás aquella petición: adveniat regnum tuum, venga a nos el tu reino. Si tu reino está en el mundo, y nosotros vivimos en él ¿a qué fin pedirle que nos lo dé cuando ya nos lo tiene dado?

Pero como cuando escriben las pasiones se estrellan con la verdad, no es mucho que el padre obispo y sus canónigos, después de haber asentado que el reino de Jesucristo está en este mundo, en la página 6, en la 33, se desmientan sin sentirlo. En ésta dicen: "A sus discípulos les habló Jesucristo mucho de su reino, en términos que los hijos ambiciosos de Zebedeo,(28) juzgando que era de este mundo, y que prometía ventajas populares, echaron de empeño a su madre para que les solicitase los puestos más altos del reino". He aquí a los hijos de Zebedeo engañados, como los canónigos de Oaxaca, creyendo que el reino de Cristo era de este mundo, y he aquí a los canónigos confesando su error igual al de los hijos de Zebedeo, y creyendo que prometía ventajas populares. En esto no iban muy fuera de camino. Si yo creyera que el reino de Jesucristo estaba en este mundo, creería que estaba solamente entre los papas, cardenales, obispos, canónigos, generales de órdenes religiosas, provinciales gordos y clérigos ricos, porque éstos sí que disfrutan las ventajas temporales, los puestos altos y las supremas sillas a que aspiraban los hijos del Zebedeo.

Pero trabajan en vano el reverendo obispo y los canónigos de Oaxaca en querernos persuadir este error, ni menos que el gobierno de la Iglesia sea monárquico; él tiene y siempre tuvo todo el carácter de representativo democrático. Ni san Pedro mismo, con todo su primado, se creyó superior a los apóstoles, ni éstos inferiores a él. San Pedro nunca usó de unos títulos que indicaran una autoridad absoluta sobre los compañeros, antes se llamaba siervo y apóstol de Jesucristo ypresbítero como los presbíteros. Cuando se trató de nombrar un nuevo apóstol en lugar de Judas, no lo nombró el santo, sino que sólo recomendó la necesidad de su elección, dejando en plena libertad para ella a la iglesia pequeña de aquel tiempo, la que en efecto determinó se sortearan Matías y Barsabás, y tocó la suerte al primero.

El mismo san Pedro, en unión de todos los apóstoles, congregó la Iglesia, y le propuso en nombre de éstos que escogieran siete varones, a quienes se encargara el servicio de la mesa. La proposición fue aprobada por los fieles, y eligieron los sujetos que tuvieron a bien.

En las cuestiones que en los primeros días de la Iglesia se suscitaron entre los cristianos, lejos de resolverlas por sí san Pedro, a fuer de monarca, congregó a los apóstoles y a los presbíteros, (así como el presidente de la República puede congregar los diputados y senadores para sesiones extraordinarias), los que discutieron las materias, resolvieron lo conveniente por mayoría de votos, y se sancionó la ley.

Juntos los apóstoles y presbíteros para tratar de la controversia suscitada sobre la circuncisión de los gentiles, san Pedro abrió dictamen; siguió Santiago, y después de una detenida discusión, se decidió la Asamblea por la negativa. San Pedro no comunicó esta resolución a las demás iglesias como jefe absoluto, sino que lo hizo unido a los apóstoles y presbíteros, y éstos, y no él, nombraron los conductores, y decían en su carta: "Ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros" y no ha parecido al Espíritu Santo y a Pedro.

San Pablo, que tenía bastante conocimiento, así del primado de san Pedro como de las facultades de los demás apóstoles, al instruir las iglesias de Siria y Capadocia, les mandó obedecer los reglamentos de los apóstoles y los presbíteros, sin hacer mención de los de san Pedro. Él mismo, persuadido de la plenitud e independencia de su autoridad, cuando agregó a sus trabajos a Timoteo, lo hizo circuncidar por respeto de los judíos de Derbe y Listra, sin tomarle parecer a san Pedro.

Estos hechos, y muchos más que pudieran citarse, manifiestan que el gobierno de la Iglesia jamás fue monárquico hasta que la ambición de los papas y la servil humillación de los obispos le dieron a aquél un carácter de amo, señor y soberano de todos ellos, con cuyo engreimiento llegaron a creerse señores de todos los reyes de la Tierra; pero es menester que tengan muy presente el padre obispo y Cabildo de Oaxaca que esos tiempos tenebrosos ya pasaron, y que a Roma le es muy necesario para no perderlo todo, contentarse con su soberanía espiritual, e irla pasando a merced de ella como pueda, aunque no sea con la abundancia que antes.

Muchos siglos sostuvieron los obispos su autoridad, igual a la del papa, aun reconocida su primacía.

El arzobispo de Granada, Guerrero, sostuvo decididamente en Trento, que el obispado era uno sólo, como la Iglesia; de modo que todos y cada uno de los obispos obtienen in solidum sus partes. El de Roma y demás, decía este sabio prelado, somos hijos legítimos de un padre que es Cristo y de una madre que es la Iglesia: en la cual y de la cual somos ministros y no señores, no habiendo en ella más señor que su esposo. Y como los hermanos no reciben el ser unos de otros, sino del padre común, en la de Cristo no reconocemos los obispos la institución pastoral a nuestro hermano mayorel papa; sino al que es tan padre suyo como nuestro.(a)

La Comisión muy oportunamente trae al caso la repulsa que el papa san Gregorio hizo a Juan el Ayunador,(29) patriarca de Constantinopla, por haberse apropiado el vano y soberbio título de obispo universal, sin que valgan nada al obispo y Cabildo de Oaxaca las arbitrarias interpretaciones que quieren dar a las palabras del santo. Ellas son muy terminantes y no dejan duda de que el santo no sólo resistió este título en Juan Patriarca, sino en los mismos papas. "No sabes —decía al patriarca—, que el Concilio de Constantinopla(30) dio nombre de obispo universal al papa, y nadie lo usó porque no pareciese que se atribuía a sí todo el obispado, quitándoselo a sus hermanos". En una palabra: en el Concilio de Trento,(31) tratando de concederle al papa el título de obispo universal que tan liberalmente le da el obispo de Oaxaca, lo impugnaron los obispos españoles con tanta valentía, que la curia misma se vio precisada a suspender la discusión. "Todo lo que tenemos —decía Vosmediano obispo de Guadix— lo tenemos de derecho divino, y aunque no fuésemos confirmados por el pontífice romano, no por eso dejamos de ser obispos".(b)

Es pues inconcuso, y sólo el obispo y Cabildo de Oaxaca pueden ignorar que el papa es un obispo como los demás, sin que esta igualdad se oponga a su primado a preferencia; y así como el presidente de la República, por serlo, no es más ciudadano que los demás ni menos nuestro amo rey o señor; así el papa por ser jefe o cabeza de la Iglesia, no es más obispo que sus compañeros, ni menos supríncipe, como quiere el obispo de Antequera,(32) sino presidente de la Iglesia, como dice san Agustín.

En los primeros siglos los obispos sostuvieron su dignidad y los papas no se atrevieron a disputársela. La ignorancia y el desenfreno de las pasiones, en los siglos medios, facilitaron a los papas el éxito de su pretendida empresa de dominar a los obispos; ¿y cómo no lo conseguirían cuando dominaban a los reyes? Claro es que los obispos llegaron a considerarse vasallos y esclavos de los papas, en cuyo abatido y servilísimo concepto permanecen hasta el día, como lo prueba la fórmula del juramento que hacen, en el que prometen ser auxiliadores de los papas, no revelar sus secretos, etcétera, y, por último, lo llaman su señor.

Según estos juramentos, ya se ve que no es mucho que el obispo de Oaxaca ni cualquiera otro adule al papa hasta hacerlo superior a Dios, pretendiendo que los reyes y pueblos deben estarle sujetos aun en las cosas temporales, pues saben bien que en imbuyéndoles estas ideas no estarán vacíos los cofres de san Pedro y ellos cumplirán perfectamente su juramento. La lástima es que ya pasaron aquellos siglos tenebrosos: ya los reyes, los gobiernos y los pueblos conocen sus derechos y no se los dejan arrebatar impunemente, y por más que los obispos juren ser traidores a los gobiernos, en defensa de su señor el papa, éstos sabrán precaverse de ellos, escarmentándolos de modo que no puedan cumplir su juramento.

Hemos visto, aunque de paso, una que otra equivocación (por no llamarle error), de las muchas en que abunda la contestación oaxaqueña. 1ª Que el reino de Jesucristo está en este mundo. 2ª Que el gobierno de la Iglesia es monárquico, y 3a que el papa es obispo universal y príncipe de los obispos. Con lo que basta para conocer el fondo de sabiduría que brilla en todo el cuaderno. Pasemos ahora a manifestar el orgullo y la desatención con que está escrito, el motivo y las consecuencias que se preparan si el gobierno continúa, a fuer de disimulado o de cobarde, sufriendo los insultos públicos de la parte corrompida del clero alto. Insultos que no se contraen a las autoridades que hoy son y mañana no, sino a toda la nación, ridiculizando y haciendo odiosa la forma de gobierno que tiene establecida; insultos que tiran a entorpecer las leyes ulteriores, y que ya preparan el camino a su desobediencia; y, últimamente, insultos de tal naturaleza que, si el gobierno no los refrena con oportunidad y energía, ellos tendrán el verificativo que ya predicen el obispo y Cabildo de Oaxaca.

No es ciertamente el celo de la religión de Jesucristo el que infundió al reverendo obispo y Cabildo de Oaxaca la animosidad conque escribieron su insultante contestación al ministro. No, no es la religión por la que toman tanto empeño. Una de las obligaciones de los obispos es impugnar los libros heréticos, y por cierto que no hemos visto impugnado ninguno de tantos que corren en nuestros días. Ya quisiera yo que el obispo y Cabildo dichos impugnasen ya no las obras de Voltaire, ni las de Volney,(33) ni las de Dupois ni otras metafísicas y voluminosas, sino aquéllas que parecen novenas por su tamaño; por ejemplo, Las preguntas de Zapata.¿A que no las impugnan? Ya se ve, esto nada les importa; pero trátese de reformas en punto a las tenidas, que llaman con desvergüenza las rentas de la Iglesia:(c)piénsese en abolir o siquiera arreglar los diezmos para que no se arruinen, bajo el pie en que están los labradores; trátese de destinarlos a su objeto, dotando con ellos a los curas para que los cristianos dejen de comprarles los Sacramentos; quiéranse suprimir las plazas canonicales como gravosas e inútiles; consúltese sobre quitar a los obispos esas cuantiosas y escandalosas rentas de ochenta, ciento y más mil pesos anuales, que no las conocieron ni los apóstoles juntos, ni ningún papa de los primeros siglos; piénsese en exterminar para siempre esos comercios simoniacos de mortajas, medallas, listones, estampitas, mecatitos y tierra, pues hasta de la tierra hecha panecitos sacan dinero los frailes y los clérigos, manteniendo a los simples en la superstición más estúpida, escandalizando a los que no son simples, y dando que reír a los que no pertenecen a la comunión romana; quiéranse quitar esotras estafas que llaman cofradías, con las que sacrifican a los tontos, y por uno que entierran ya se han embolsado los medios de innumerables zonzos, los más de los cuales no logran ninguna gracia, o porque mueren en lugar distinto de donde se asentaron, o porque no pagaron algunos meses el cornadillo,(34) o por otros pretextos que por lo común nunca faltan para no pagar; dígase en fin, como dice el artículo 5º del dictamen de la Comisión: que el Congreso General se ha reservado arreglar y fijar las rentas eclesiásticas. ¡Santo Dios y la Virgen! Aquí es ella; aquí se desatan como punto de medias el señor obispo y su Cabildo. Dicen... "que esta proposición es janseniana, luterana, calvinista; que jamás se ha dejado escuchar en medio de la Iglesia verdadera de Jesucristo". Se dice que se ha hablado mucho contra esto (con motivo del artículo 7º de la Constitución de Jalisco), por aquel Cabildo, por este metropolitano y por los obispos y Cabildos de las iglesias mexicanas. Es decir, que todos los Cabildos y obispos de América se oponen a la facultad 12 del Congreso General,(35) y que han pensado en desobedecer esta ley.

Agrégase que, diciendo el obispo y Cabildo de Oaxaca que es herética, ya prepara la sedición, previniendo contra ella la opinión del pueblo; y esto lo hace con tal desvergüenza que casi amenaza al gobierno si se lleva a efecto la ley.

En efecto (dice este padre obispo con su Cabildo) si queremos no ser independientes,(d) si queremos perder todo lo ganado ... si queremos despreciar lo que disfrutamos ... no hay más que introducir entre nosotros el espíritu reformador y protestante. Entonces la nación toda se disgusta, el pueblo católico se irrita, y el sacerdocio indefectiblemente se sostiene, la guerra civil es fija y los pueblos todos de México, aun cuando se les hagan presentes las conveniencias de política, prescindirán de todas ellas por su felicidad eterna, y dirán con el apóstol san Pablo: si hominibus placerem,servus Christi non essem.

Esta amenaza tan anticipada debe abrir los ojos al gobierno para que también anticipe las precauciones. El obispo y Cabildo le dicen: "Si se lleva la ley adelante, nosotros el clero nos sostendremos, seduciremos a los pueblos contra vosotros en nombre de la religión; éstos como ignorantes, no creerán ni que las reformas son a su favor, y entonces la guerra civil será infalible y se perderá la independencia y libertad."

Tales son las amenazas del obispo y Cabildo, que se valen desde ahora del texto de san Pablo para alucinar al pueblo, sin acordarse de que san Pablo vertió esas expresiones en sentido muy contrario al caso a que quiere aplicarlas el Cabildo. Antes san Pablo siendo obispo y apóstol elegido inmediatamente por Jesucristo, trabajaba en la conversión de los gentiles, y además trabajaba con sus manos para comer, siéndole tan aborrecible la holgazanería, que dijo: "Si alguno no quiere trabajar que no coma." ¿Qué le pareciera al santo apóstol oír al obispo y Cabildo de Oaxaca amenazar al gobierno, tratar nuestras leyes de heréticas y pronosticar la guerra, porque temen les cercenen las que llaman rentas de la Iglesia, como si el papa, los obispos y canónigos fueran la Iglesia? ¿Y qué más dijera san Pablo si supiera que lo que tanto defienden sus sucesores son unas exacciones injustas y cuantiosísimas que les usurpan a los pueblos por el fatigosísimo trabajo de no hacer nada? El apóstol seguramente se llenaría de un santo furor y les echaría en cara su poca vergüenza en citarlo como padrino de holgazanes, cuando él se dio en ejemplo de operario infatigable y desinteresado de la viña del Señor.

Se enfurecen el obispo y Cabildo contra las reformas que tanto temen, y dicen: "Toda reforma ha sido siempre temible y peligrosa, aun cuando se califique de justa y se haga por autoridad competente... No hemos visto todavía una sola, en toda la historia de los siglos, a quien no le haya seguido la perturbación y el desorden, la persecución y la muerte."

Este párrafo tan falto de verdad no es sino continuación de la amenaza; pero muchísimas reformas se han visto hechas por las potestades civiles, a las que no se siguieron ningunos males. Tales son, entre otras, las de Alemania por José II, las de Francia por Napoleón, y otras; así también se harán las nuestras sin más sangre sino la que se necesite derramar de los obispos y canónigos sediciosos que quieran dividir la opinión, sublevar a los pueblos contra sus autoridades, y sembrar la discordia y la guerra. Con una poca sangre de esta bendita que se derrame a tiempo, se economizará la de centenares de incautos mexicanos. Ni más sacerdotes son éstos que lo fueron los heroicos y virtuosos patriotas Hidalgo,(36) Morelos,(37)Matamoros,(38) Salto(39) y otros; ni la causa que defendía el gobierno español era más justa que la nuestra; y así como aquél halló teólogos, sacerdotes y obispos que le dieran dictamen para que ahorcara clérigos insurgentes, apoyados en la Escritura, Concilios y santos padres, así nosotros hallaremos teólogos y textos para ahorcar obispos y canónigos ambiciosos y revoltosos. Conque no se descuiden y se les vuelva el Cristo de espaldas.

Confiesan, después de todo, "que ciertamente se observan abusos y desórdenes en materias de religión, y que necesitan reforma; pero que ésta no la hagan las autoridades civiles ni las potestades de la Tierra". Ahora bien, señor obispo: ¿conque no hay duda en que hay abusos que corregir en materias de religión y muchos más en materias de dinero? A los seculares no toca hacer estas reformas, según ustedes, sino a los clérigos; y bien ¿por qué no las han hecho?, ¿y será prudencia el esperar que las hagan nunca, cuando son los primeros interesados en que nunca se verifiquen? ¿Se cortará las uñas algún gato para no pillar a los ratones, o se sacará los dientes el coyote para no comerse las gallinas? No, jamás: pues jamás los eclesiásticos, estén juntos en Concilio o separados, tratarán de sacarse pesos de la bolsa sino de aumentar lo que puedan.

Ustedes lo que temen mucho es que las Cámaras piensen en reformas, como pueden y deben, pues entonces no les queda más arbitrio que obedecer y moderarse; y es tanta la cólera que les da este porvenir justo, benéfico y necesario, que llegan a poner a nuestro gobierno de peor condición que a Judas, cuando dicen: "que quiso Jesucristo más bien entregar a Judas lo que se colectaba de limosna, que no a las potestades del siglo ni a los magistrados de la Tierra". Es decir, que conforme al espíritu del Cabildo oaxaqueño, si ahora viviera Judas, más bien querrían que éste manejara los diezmos y la economía del patronato, que nuestros gobiernos. ¡Muchas gracias!

Pretenden que se ocurra humildemente a Roma para que se remedien los abusos, aun los que sólo toquen a la disciplina exterior; pero sería una doble necedad de los gobiernos que a tal abatimiento se sujetaran, ya porque es necedad pedir lo que es propio, y ya porque éste sería el modo más eficaz de levantar los abusos a leyes. El pobre a quien hiciera un agravio un canónigo o un obispo, bien podía perdonarlo y sufrirlo, pues que jamás vería la satisfacción del papa ni el castigo de su opresor.

Últimamente, el enojo que tiene el reverendo obispo y Cabildo de Oaxaca con la temida reforma, lo hizo juzgar malísimamente del dictamen, de cuya parte expositiva, sin rebozo, aseguran que es herética, janseniana y escandalosa, con cuya calificación hacen un honor admirable a la nación y sus representantes.

En la página 52, dicen que las doctrinas de los señores de la Comisión sólo se hallan en los escritos de Lutero, Calvino, Voltaire, Quesnel,(40) Wiclef,(41) Hus, Rousseau, Febronio,(42) y... por poco añaden que en los de Fierabrás, Floripes, Durandarte y Sancho Panza; el asunto es aturdir al pueblo rudo, y valerse de su ignorancia para malquistar ante sus ojos a sus representantes, calumniándolos con mil mentiras, desopinándolos, y haciendo que el pueblo los tenga por herejes, so la salvaguardia de una que otra expresioncilla tan hipócrita como lánguida. Pero ya los pueblos conocen quién los engaña y quién les apetece y procura su bien; ya advierten (y lo advertirán mejor así que lo disfruten) la diferencia de religión que hay entre un diputado que diga: los curas estando dotados con los diezmos, casarán, bautizarán, confesarán y enterrarán a sus feligreses sin llevarles un real por nada. Entonces verán, repito, qué diferente cristiano es éste del cura que les diga: ¿quieres casarte?, da tanto; ¿quieres confesarte?, suelta tanto; ¿quieres que entierren a tu mujer?, pues paga tanto; ¿no tienes?, pues cómete tu muerto.

No nos cansemos, todo el empeño que se tiene en desacreditar nuestras instituciones y gobernantes es por defender los pesos mexicanos, y lleve el diablo el adarme de celo cristiano que hay en estos empeños.

El orgullo del obispo y Cabildo de Oaxaca es tal que asegura que "el sumo pontífice no puede ni debe transigir con nosotros en punto a las tenidas"; sin advertir que en resistiéndose el papa a justas solicitudes, o queriendo exigir de nosotros más de lo que le permiten sus atribuciones, también podemos no transigir con su señoría y perderlo todo la corte de Roma.

Lo más gracioso del señor obispo y Cabildo es lo que dicen a la página 52: "Por todas estas poderosas razones, el obispo y Cabildo del estado de Oaxaca no aprueban el dictamen de las Comisiones del Senado." Ya se quiere el Cabildo erigir en cámara revisora. No está malo. Sólo quisiéramos saber ¿por qué motivo consultó el señor presidente el dictamen del Senado con los interesados, en que no tenga efecto?

El Pensador

 


(1) México: 1826. Oficina de la Testamentaría de Ontiveros.

(2) Durango. Cf. nota 2 al núm. 1.

(3) Guadalajara. Cf. nota 3 al núm. 1.

(4) Tlacotalpan. Cf. nota 4 al núm. 1.

(5) Perote. Cf. nota 5 al núm. 1.

(6) Concilio de Nicea. Cf. nota 19 al núm. 8.

(7) Arrio. Cf. nota 20 al núm. 8.

(8) Eusebio. Obispo arriano. Asistió al Concilio de Nicea (325). Se ganó la confianza de Constantino el Grande.

(9) Eusebio de Cesarea. Cf. nota 23 al núm. 3.

(10) Atanasio. Llamado "El Grande". Patriarca de Alejandría y doctor de la Iglesia. Secretario de Alejandro.

(11) Concilio de Antioquía. Cf. nota 21 al núm. 7.

(12) Concilio Romano. Cf. nota 8 al núm. 6.

(13) conciliábulo de Sirmio. "La muerte de Constante (asesinado por Magencio) dio nueva libertad a los arrianos, los cuales en el Sínodo de Sirmio (351), pudieron audazmente atizar el fuego." Cf. Carlos Castiglioni, op. cit., t. I, p. 70.

(14) Hilario. Doctor de la Iglesia y obispo de Poitiers. Desterrado por Constancio al Asia Menor. Sus principales obras son: De Trinitate (12 libros), De synodis seu de fide Orientalium; Ad Constantium, Contra Constantium, Tractatus super psalmos y un comentario al Evangelio de san Mateo.

(15) Constancio. Alude a Constancio III.

(16) conciliábulo arriano de Rimini. Celebrado en 359.

(17) "El nombramiento del papa Dámaso coincidió con una época agitada. El 22 de noviembre de 365 fallecía el antipapa Félix II, y su partido tuvo el buen sentido de no asignarle sucesor, y el papa Liberio se mostró benévolamente misericordioso para con el grupo que seguía al rival; de este modo, aunque fueron muchos los que no aprobaron la benevolente conducta de Liberio, lo cierto es que consiguió casi reconstruir la unidad del clero. Pero al morir este pontífice (24 de septiembre de 366, diez meses después de Félix) se reanudó el conflicto entre las dos tendencias; los unos se establecieron en el Campo de Marte, en la basílica de Lucina (S. Lorenzo en Lucina), los otros en la de Giulio (S. María) en Transtevere. Estos últimos pertenecían al grupo contrario a la política conciliadora del difunto papa y no había entre ellos más que siete presbíteros y tres diáconos, uno de los cuales, Ursino, fue aclamado y consagrado inmediatamente por el obispo de Tívoli ...

"En la iglesia de Lucina, el diácono Dámaso, que tenía ya 62 años de edad, fue elegido por gran mayoría del clero y de los fieles... Entretanto, los acontecimientos caldearon los espíritus, ya de antes exaltados, y se acudió a la basílica Giulia, donde el partido de Ursino se hizo fuerte y resistió, originándose fuerte lucha que duró tres días y en la que hubo muertos y heridos". Cf. Carlos Castiglioni, opcit., t. I, pp. 76-77.

(18) Amniano Marcelino. Historiador romano. Escribió Historia del Imperio romano, 31 libros, de los que se conservan los 18 últimos, que abarcan el relato de los acontecimientos habidos entre 352 y 378, con noticia sobre geografía y costumbres de diversos países, especialmente de Galia y Germania.

(19) Vivencio (¿-400). Monje del monasterio de Vergi, Francia.

(20) Pretestato. Por Pretextato. Lucio Ateyo Pretextato fue un gramático romano, contemporáneo de Cicerón y sobrenombrado el Filólogo. Por petición de Salustio compuso una Epítome de historia romana. Compiló una obra miscelánea llamada Hyley. Reunió para Asinio Polión una serie de preceptos acerca del arte de escribir.

(21) Sócrates Sozomeno. Historiador griego del siglo V, nacido en Constantinopla. Sus obras están en el tomo LXVII de la Patrología Griega en Migne.

(22) Teodoreto de Ciro. Eclesiástico y erudito del siglo V. El 420 sucedió a Isidoro en la sede episcopal de Ciro, cerca de Antioquía. Autor de escritos exegéticos y de una Historia eclesiástica en 5 libros, que es una continuación hasta el 428 de la obra de igual título de Eusebio de Cesarea.

La iglesia de Antioquía estaba perturbada por un grave cisma. Cuatro obispos se disputaban la sede: Melecio y Paulino, Euzoio y Vital. "Como nos dice Teodoreto: 'Paulino no cesaba de afirmar que estaba unido a Dámaso y lo aseveraba ocultando la malicia de su error apolinarista. El divino Melecio se quedó callado, sin querer discutir'." Cf. Carlos Castiglioni, op. cit., t. I, p. 80.

(23) Concilios Generales. El primero o de Jerusalén se efectuó en el año 50 d. C.; el primer Concilio de Nicea, en Bitinia, tuvo lugar el año 325; el primer Concilio de Constantinopla se efectuó en 381; el primer Concilio de Éfeso se efectuó en 431; el Concilio de Calcedonia en 451. Éstos son los cinco primeros Concilios Generales.

(24) Macedonio. Obispo de Constantinopla elegido por los arrianos el 341. Fue reconocido como patriarca el 342 y obligado por el emperador Constancio II a dimitir en 348. Fue repuesto el 350. Persiguió a los que profesaban el credo niceno. Lo expulsaron de su sede después de una resolución del Concilio de Constantinopla de 360. Macedonio se convirtió en jefe de los pneumatómacos, también llamados macedonianos, quienes se declaraban enemigos del Espíritu Santo.

(25) Obispo de Oaxaca. Era el señor Isidoro Pérez, que dejó la silla episcopal en 1828.

(26) Oaxaca. Cf. nota 34 al núm. 7.

(27) Ministro de justicia y Negocios Eclesiásticos. Miguel Ramos Arizpe. Cf. nota 30 al núm. 2.

(28) Zebedeo, rey combatido por Gedeón.

(a) Pallavicino [Jesuita italiano que vivió de 1607-1667], Historia del Concilio de Trento, Roma, 1656-1657, 2 tomos traducidos del latín por Giattino, Amberes, 1672, libro 13, capítulo 14.

(29) Juan el Ayunador. Patriarca de Constantinopla, sucesor de Eutiques. Tomó el título de patriarca ecuménico a pesar de las protestas de la Santa Sede. Apoyado por el emperador Mauricio, quiso ostentar igual categoría que el papa. Ése fue el origen de la lucha entre las iglesias de Roma y Oriente, que terminó en el cisma. Se le atribuyen: Manual para uso del Confesor; Discurso sobre la penitencia, la continencia y la virginidad; Tratado de la penitenciaEscrito sobre los pseudoprofetas, y otras obras. Se le dio el nombre de "Patriarca ecuménico universal".

(30) Concilio de Constantinopla. Ha habido cuatro Concilios: en 381, convocado por Teodosio el Grande; en 553, convocado por el emperador Justiniano; en 680-681, convocado por el emperador Constantino Pogonato, y en 869-870, presidido por los legados del papa Adriano II.

(31) Concilio de Trento. Cf. nota 27 al núm. 2.

(b) Léase sobre esto la preciosa obrita moderna titulada: Ensayo sobre las libertades de la iglesia española en ambos mundos, impresa en Londres el año pasado [reeditada por M. Calero en 1826. Obra de erudición, con 354 notas, que recurre a la autoridad de autores como Nebrija, Herrera, Gil González Dávila y otros varios que escribieron sobre las Indias], cuya lectura recomendamos al reverendo obispo de Oaxaca y su Cabildo, y en ella verán rebatidos no sólo los sofismas de su contestación, sino los que les parecieron argumentos.

(32) Antequera. Hoy ciudad de Oaxaca.

(33) Volney. Constantino Francisco de Chassebouef, conde de Volney (1757-1820). Erudito y político francés. Fue representante del Estado Llano y secretario de la Asamblea Constituyente. Posteriormente, consejero de Instrucción Pública. Escribió Voyage en Egypte et en Syrie; Les ruines ou méditations sur les révolutions des empires, traducido con el título de Ruinas de Palmira (que cita Fernández de Lizardi con posterioridad); L' alphabet européen appliqué aux langues asiatiques; Recherches nouvelles sur l'histoire ancienne.

(c) Las rentas de la Iglesia, o por mejor decir de sus ministros, no son los productos del fraude, de la superstición ni de la simonía, sino las limosnas voluntarias de los fieles, cuyo sobrante deben partir los obispos con los pobres.

(34) cornadillo. De cornado. Moneda antigua de cobre con una cuarta parte de plata, que tenía grabada una corona, y corrió en España desde la época del rey Sancho IV de Castilla hasta la de los Reyes Católicos. Los más antiguos equivalían a un cuarto y un maravedí, y a menos de la mitad los más modernos. "No valer un cornado" significa ser inútil o de poco precio o valor. "Poner —o emplear— uno su cornadillo" significa contribuir con medios o diligencias para el logro de un fin.

(35) facultad 12 del Congreso General. "Dar instrucciones para celebrar concordatos con la silla apostólica, aprobarlos para su ratificación y arreglar el ejercicio del Patronato en toda la Federación." Sección Quinta, 50, facultad XII de la Constitución de 1824.

(d) El obispo san Isidoro y varios canónigos gachupines [Cf. nota 36 al núm. 4], ya se ve que no quieren ser independientes, y si les quitan el maneque, querrán menos.

(36) Miguel Hidalgo y Costilla (1753-1811). Padre de la patria. Caudillo de la Independencia.

(37) José María Morelos y Pavón (1766-1815). Caudillo de la Independencia.

(38) Mariano Matamoros (1770-1814). Caudillo de la Independencia.

(39) José Guadalupe Salto. Caudillo de la Independencia.

(40) Pascasio Quesnel (1634-1719). Téologo francés. Abrazó el jansenismo, y se convirtió en su jefe a la muerte de Antonio Arnauld. Poco antes de morir hizo una profesión de fe católica. Sus obras Reflexiones morales, fue condenada por Clemente XI en la bula Unigenitus (1713).

(41) Wiclef. Por Wicklef. En 1370 surgió la secta de los wicklefitas que luchaba contra el poder pontifical; decían que sólo la Escritura es norma de fe.

(42) Justino Febronio. Seudónimo de Juan Nicolás ven Hontheim (1701-1790). Obispo auxiliar de Tréveris. En su obra De statu ecclesiae et legitima potestate romani pontificis, defendió la tesis de que todos los obispos tienen la misma autoridad y que la primacía del papa debe supeditarse a los Concilios ecuménicos en cuestiones doctrinales y a las iglesias nacionales en las cuestiones de disciplina.