[NÚMERO 9]
Concluye el proyecto sobre escuelas
Dije en mi número anterior que de nada servirá que haya escuelas gratuitas si no se cuida de que vayan a ellas los niños. Éste es el empeño más arduo después (supongamos) de adoptado el proyecto, porque ¿quién es capaz de contestar a las objeciones que hacen los padres indolentes y necios para no enviar a sus hijos a la escuela?
Estos malos padres son semejantes a aquellos ingratos que nos refiere el evangelio, que se negaron al convite del de familias buscando para excusarse unas disculpas frívolas y especiosas. Si hoy uno de éstos se le hace cargo ¿por qué no manda a su hijo a la escuela?, dirá: "Señor, no tengo con qué pagar... Está mi hijo en cueros; no es capaz que vaya a la escuela... Soy sola y me hace falta para los mandados." Éstas son las excusas más comunes, y a todas ellas de deben anticipar las respuestas. ¿Eres pobre? ¿No tienes con qué pagar la escuela? Pues ya ésa no es disculpa: ya el nuevo Ayuntamiento es tutor de tus hijos, fomentado por la generosidad del común de la ciudad de México, y ya se proporcionan escuelas buenas y de balde. ¿Está tu hijo desnudo? No le hace: lo vestirá cuanto antes la misma ciudad, que fondos tiene, y mucha manta hay y pañetes de Cuautitlán y Querétaro propios para el efecto. ¿No tienes quien te haga los mandados? Hazlos tú, que la sociedad no ha menester mandaderos, sino hombres útiles. Así respondiera yo a estas dificultades, y no me quedaría muchacho que no fuera a la escuela; pero ¿cómo se podía esto conseguir? En queriendo los regidores y los curas, fácilmente; en no queriendo, es imposible.
Mas supongamos quieren prestarse gustosos a lo que Dios les manda, su ejercicio los obliga, la nación les encarga y el pueblo desea. En este caso no hay cosa más fácil que hacer que vayan a las escuelas todos los muchachos. Veámoslo.
Puestas ya las escuelas en sus propios lugares, se asociarían los señores regidores con los señores párrocos, y nombrarían en cada cuadra de calle un vecino decente, honrado y amante de su patria para que éste se encargara de velar sobre que fueran a la escuela todos los muchachos de su demarcación. Hecho esto mandarían que todos los maestros tuviesen un libro en el que constaran los niños alumnos con el nombre de sus padres, calles y casas de su ubicación y día en comenzar la clase (que debía ser siempre en hora señalada), se pasaría que comenzasen a cursar sus aulas.
A más de este libro, habría una tabla a la puerta de la escuela donde constasen los nombres de estos niños, y todos los días, antes de comenzar la clase (que debía ser siempre en hora señalada), se pasaría lista de los niños y se tendría mucho cuidado con el que faltase. En este caso no tenía el maestro más que hacer sino mandarle al señor celador respectivo un boletín del tenor siguiente:
El niño Miguel Rodríguez (o don Miguel), hijo de fon Fulano o de fulano, que vive en la calle de Tacuba, casa número 4, cuarto tal o vivienda tal, ha faltado a esta escuela hoy 3 de mayo de 1814. La firma. Señor celador de niños don N. N.
Con este aviso pasaría inmediatamente el celador a la casa y se informaría de la causa por que había faltado el niño de la escuela: si se hallaba en él, sufrirá el castigo condigno a su deserción; pero si la causa estaba en sus padres, pasaría el celador un oficio al señor cura respectivo, en esta forma:
Por aviso del don Fulano de tal, maestro en la escuela 3 del cargo de usted, supe haber faltado a ella hoy día de la fecha su alumno N. N., hijo de N., que viven en tal parte, y habiéndome informado de la causa, averigüé consistió en su mismo padre, lo que participo a usted para su inteligencia. Dios guarde a usted muchos años. Cuadra de la calle de Tacuba. Mayo 11 de 1814. La firma. Señor doctor, bachiller o licenciado don N. de I., cura del Sagrario.
El cura pasaría este oficio al síndico del común con una posdata de este tenor:
Acompaño a usted este aviso para los efectos necesarios. La fecha. La firma. Señor síndico don N. N.
El síndico, autorizado con anticipación por el Ayuntamiento y por el superior gobierno (de cuyo celo por el bien general no podemos menos sino creer que impartiría para el logro de estas disposiciones todo su influjo y poderosa protección), exigiría al momento una multa de dos pesos al padre infractor.(a) Estas multas se depositarían en poder de un particular tesorero, tomándose razón en el libro respectivo, que debía parar en poder del mismo síndico del común, con aviso y constancia del cura y del celador respectivo, los que debían firmar el visto bueno en el acto de la entrega de la multa.
Estos fondos (que a los principios no serían escasos) se guardarían en depósito, para con ellos premiar a los niños sobresalientes al cabo del año con una medallita de oro o de plata (según se proporcionara), la que les fuera permitido ponerse sobre sus chaquetitas, aunque éstas fueran del más grosero pañete por su pobreza.
El jeroglífico de estas medallitas podía ser: un niño hincado dándole a Minerva un libro o una plana, y ésta poniendo al niño un laurel, y en la orla este mote: Por tu aplicación se te debe esta distinción. En el reverso de la medalla se podría leer esta inscripción: Así premia México la aplicación pueril.
Sólo aquel que no conoce cuánto influye sobre el corazón del hombre el deseo de la distinción y preferencia podrá dudar las ventajas que se advertirían en los niños con este sencillo estímulo.
¿De qué complacencia y satisfacción no se llenaría un niño cuando se viera distinguido entre sus compañeros con un escudo que no se lo habían dado ni sus padres, ni el dinero, ni el empeño, sino el mérito de su constante aplicación? ¿Con qué gusto no escucharía las alabanzas que le prodigarían sus conocidos y deudos? ¿Con qué regocijo no advertiría que acaso algunos niños ricos no tenían en su escuela el honorífico distintivo que él traía sobre su chaquetita en su escuela el honorífico distintivo que él traía sobre su chaquetita ordinaria, porque no lo habían merecido igualmente? Y aquéllos ¿cómo no procurarían aplicarse con santa emulación para hacerse dignos de igual condecoración? Los padres de los niños premiados, ¿con qué gusto no se esmerarían por seguir cultivando aquellas plantitas que prometían fecundos frutos desde el principio de sus días? La misma ciudad de México, su ilustre Ayuntamiento ¿cómo no se complacería si cada año distribuyera mil o más medallas entre sus niños aplicados? Estos niños, mirando que se premiaba el mérito (sin cuya diligencia jamás hay adelantos en nada ni se deben esperar), ¿cómo no se penetrarían de los sentimientos de la honradez, y aún harían por hacerse acreedores a mejores premios, afanándose por distinguirse en las academias, en los colegios, en los talleres y en los campos? De aquí era consiguiente esperar que de las escuelas saldrían niños muy aplicados para todo (si se consignaban premios para los aventajados en todo, como debía ser) y en breve florecería nuestro suelo en sabios científicos, diestros artesanos, labradores provechosos, buenos hijos, buenos maridos, buenos padres, buenos amigos y buenos ciudadanos.
No es ésta una ficción pintoresca, sino la cosa más demostrable. El hijo de Juan sastre que no va a la escuela, o si va es a una escuela mala, o si no lo es mucho, él no se aplica porque no tiene para qué, pues sabe muy bien que tanto ha de tener así como asado, este muchacho, digo ¿qué idea puede formar de lo que es honor, mérito, aplicación, justicia, preferencia, etcétera? Ninguna a la verdad, porque nada ve que lo conduzca a estos importantes conocimientos, y así, saldrá de la escuela baboseando los libros y ensuciando papel, como salen todos, y creen que han aprendido mucho. Éstos para nada son ni pueden ser, porque no pasan de unos ignorantes que medio saben leer y pintar unos garabatos.
Por el contrario, este mismo niño, imbuido desde que pisa la escuela en que se premia el mérito privado públicamente y entusiasmado con la halagüeña idea de que si él lo merece a él se ha de dar, es muy regular que se aplique como los demás a conseguirlo. Si logra el que desea, ya es un acicate que lo aguija para lograr otros; y si no lo logra, el mismo no lograrlo es una vergüencilla y una emulación que lo empeña para merecer alguno. Y si sale de la escuela (como deber salir) empapado en estos honrados sentimientos, ¿no es más justo persuadirse a que, cuando menos, este niño será pundonoroso, aplicado al trabajo y hombre de bien?
Ni se me diga que de estos sentimientos no son capaces los muchachos, porque será un error sólo pensarlo. Los niños son capaces de las ideas que les imprimen los viejos, y los niños tienen su amor propio como todos, y este amor propio bien dirigido es el fomes(2) de todas las buenas acciones.
Como en todas las cosas puede introducirse la intriga, el fraude, el cohecho, la venalidad, la lisonja y el interés, convendría impedir su ingreso en la distribución de las medallas. Me parece sería muy útil que, avisado el noble Ayuntamiento por algún maestro de que tenía un número de niños capaces a franquearlos al examen, eligiera día dicho Ayuntamiento, anunciándolo por medio de rotulones y papeles públicos, y se procediera al examen en las salas consistoriales, con asistencia en forma de la nobilísima ciudad y de todos los maestros públicos de primeras letras, a puerta abierta, para que el pueblo quedara satisfecho de la justicia con que se daba el premio.
Juntos, pues, en aquel lugar los señores regidores, maestros, cura de la escuela a que pertenecieran los examinados, convidados y algunos niños de las demás escuelas, procederían al examen cinco de los maestros que allí mismo nombrara el señor intendente, y examinados cuatro o cinco niños, o a lo más seis, en una tarde, y sólo seis de una escuela y en cada materia (es decir: seis en la lectura y doctrina cristiana, seis en la escritura y ortografía, seis en cuentas y principios de geografía, etcétera), examinados estos seis niños, se tomarían los votos a los demás maestros, sin tenerlo los examinadores; y concluida la votación y declarados los beneméritos por el señor intendente, los llevaría a su presencia los maestros examinadores, y después de que oyeran una arenguita del mismo señor intendente relativa a animarlo[s] a continuar en su aplicación, les pondría su señoría las medallitas en sus casacas o chaquetas, más que fueran los beneméritos inditos o cualquiera casta, pues de lo que se trataría en ese caso era de hacer oro del plomo y sacar provecho hasta de la escoria del pueblo.
Acabada la solemnidad de la función, quedaban los espectadores expeditos para marcharse a sus casas, y los maestros, niños y padres de éstos en estado de irse a refrescar o adonde quisiesen.
Así por turnos podían todos los años reconocerse los grados de adelantamiento que adquiriesen los niños de todas las escuelas, concurriendo estas funciones públicas, tanto a estimular a los discípulos para aprender, como a empeñar a sus maestros en enseñarlos.
Volviendo a tratar sobre el método que deberían tener los maestros para la instrucción de los niños, creo sería muy bueno poner particular cuidado en la elección que se debía hacer de los primeros libros que convendría poner en las manos de los niños. Juzgo que no sería malo ponerles las Fábulas de Samaniego, Fundamentos de la religión por monsieur Allet,(3) cualquier tomo de las obras del marques de Caracciolo,(4) Recreaciones del hombre sensible, Compendio histórico de la religión por Fleuri(5) u otros iguales, y no que es una lástima ver cómo se les fían a los muchachos libros que cuando menos no los entienden, si no es que les dan otros inútiles y aun perjudiciales, como vidas de santos apócrifas, novelas de Sayas,(6) Soledades de la vida,(7) libros de comedias, el Carlo Magno,(8) y otras porquerías iguales a éstas, con los que enervan sus primeras ideas y, o las leen sin entenderlas y con disgusto, o, si les agrada su lectura, se imprimen sus cabezas en un sin número de desatinos y mentiras, que después abrigan en sus cerebros hasta lo último de sus días, y no hay convencimiento que los desimpresione de las primeras tonteras que leyeron en la escuela. Ésta es una de las causas de tanta vulgaridad. Por esto se cree con tanta facilidad en los espantos, en los muertos, en los males de ojo, en los milagros infinitos no aprobados por la Iglesia y en otra máquina de simplezas, de cuya creencia algunos (pocos) nos avergonzamos cuando grandes si nos instruyen.
Creo sería muy bueno enseñar a conocer las letras jugando con unas tablitas redondas en las que estuvieran esculpidos los caracteres del alfabeto. El consejo o la idea la dio san Jerónimo a la matrona Leta para que enseñara a leer a su hija.
También creo útiles para comenzar a escribir las mesas tipográficas, esto es, unas mesas en cuyos planos estuviesen dibujadas las letras, para que comprimiendo sobre los dibujos el papel, quedasen las letras como grabadas en hueco, y los niños comenzaran a guiar sus manos, o dirigir sus plumas por las zanjas del grabado.
También creo conducente, para ahorrar papel a los niños pobres, que se hicieran porción de tablitas del tamaño de medio pliego de papel, barnizadas de blanco y dibujadas en firme sobre el barniz las líneas transversales y diagonales de los renglones, para que sobre ellas escribieran con tinta y después las borrarán con un migajón de pan o tantita agua, quedando así útil la plana de la mañana para la tarde y la de un día para otro, hasta que ya se conociera que no ensuciarían el papel tan en vano.
Juzgo muy conveniente que después de nuestro catecismo de Ripalda se les ampliasen las noticias de nuestra religión por Fleuri o, en escasez de este autor, por cualquiera otro, siendo compendioso y de la aprobación del cura respectivo.
Aquellos maestros instruidos que quisieran graciosamente enseñar a sus discípulos aventajados algunos principios de retórica, poesía, geografía, lengua francesa, etcétera, deberían ser gratificados de los fondos del arbitrio del Ayuntamiento después de presenciar los adelantos de los discípulos. Era muy justo.
Todo padre de familia que quisiera mudarse de un barrio a otro debería avisar al maestro actual de su hijo, para que anotara en su libro la mudanza y diera a aquel niño de baja al celador de la calle, éste al cura y el cura al Ayuntamiento; y mudado que fuera el padre a otro barrio, debería avisar (todo pena de multa) al señor cura respectivo para que éste lo entregara al nuevo maestro, y éste diera razón al celador de tener una alta más, apuntada en su libro. De este modo jamás dejarían los niños de ir a la escuela. Verdad es que cada maestrito tiene un librito y que estas mudanzas perjudicarían a los niños impidiéndoles sus adelantos; pero sería peor el que se quedasen abandonados a la ociosidad por la inconstancia, desidia o pobreza de sus padres.
Éstos son, en suma, los principales puntos en que se funda mi proyecto. Todos conocerán cuántas ventajas se debe prometer la sociedad dentro de pocos años, si se admite.
Su facilidad es evidente; la necesidad de adoptarlo es clara; sus frutos, vastos, benéficos y demostrados. No resta más sino que se ponga por obra. Los actuales regidores y los señores párrocos son muy patriotas para desentenderse de su admisión. Sobran en México sujetos hábiles y de probidad para desempeñar los nobles oficios de maestros y celadores: no hay más que emprender un poquito de trabajo en la instalación de las escuelas, el que será muy poco, contando, como se debe contar, con la autoridad y protección del excelentísimo señor virrey don Félix Calleja, de cuya benevolencia creo firmemente franqueará al Ayuntamiento todos los auxilios que dependan de su superior arbitrio para la instalación de estas tan útiles y necesarias escuelas.
Yo soy un particular, y pobre, de quien la patria no puede esperar sino los deseos que tengo de serla útil aunque sea con la pequeñez de mis escasas luces; pero los señores regidores, esos beneméritos americanos en quienes el pueblo ha depositado su confianza, creyéndose feliz bajo su suave y liberal égida, ¿cómo no se apresurarán a realizar este proyecto tan fácil, tan útil y tan necesario a toda la sociedad de su patria?
Yo así lo creo de su noble y generoso patriotismo. ¡Gloria y honor eterno al primero que agite por la ejecución de tan benéficos como necesarios proyectos!
México, 7 de abril de 1814
El Pensador
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(a) Pudiendo pagarla; y no pudiendo, sufriría la pena de cárcel o grillete que le impusiera el señor intendente.
(2) fomes. Cf. t. II, núm. 3, nota 2.
(3) Allet. Agustin Alletz (1731-1797). Literato y abogado francés. Autor de varias obras de religión, moral, historia y educación. Entre ellas: Dictionnaire des conciles, suivi d'une collection des canons les plus remarquables; Tableaux de l'humanité et de la bienfaisance, ou les rêves d'un homme de bien qui peuvent être réalises ou les vues utiles et praticables de monsieur l'abbé de Saint Pierre, etcétera. El libro que cita Fernández de Lizardi tiene por título Principios fundamentales de la religión o catecismo de las personas de juicio.
(4) Caracciolo. Cf. t. II, núm. 14, nota 7.
(5) Fleuri. Cf. t. II, núm. 14, nota 6.
(6) novelas de Sayas. [Se refiere a María de Zayas y Sotomayor (1590-1661). Escritora española. Autora de poesías y comedias. Su fama la debe a sus Novelas ejemplares y amorosas o decamerón español (hay una edición accesible de Madrid, Alianza Editorial, Sección Clásicos número 109, cuya selección, prólogo y notas hizo Eduardo Rincón)].
(7) Quizá una adaptación teatral de la novela del escritor español Cristóbal Lozano (1609-1668).
(8) Posiblemente se refiera a Carlo Magno, poema en alemán medieval, de Stricker (1215-1250?) que ostenta un estilo grosero.