[NÚMERO 8]
SOBRE LA DEPLORABLE MENDICIDAD DE MÉXICO
Jueves 21 de octubre de 1813(1)
Miser(2) homo est, qui ipse sibi quod edit quaerit,
et id aegre invenit:
Sed ille ets miserior, qui et aegre quaerit
et nihil invenit.
Ille miserrimus est, quicum esse cupit,
quod edit non habet.
Plauto
TRADUCCIÓN
Es infeliz aquel que solicita
el escaso alimento necesario
a costa de mil sustos y sudores,
a costa de mil penas y trabajos.
Aún es más infeliz el que lo busca
con ansias muchas, con clamores varios,
y se queda sin él, porque los hombres
siempre a sus quejas sordos han estado.
Pero es más infeliz que todos éstos
quien no teniendo boca, pies ni brazos,
que comer apetece y no lo encuentra,
ni aun arbitrio le queda de buscarlo.
¿No excita la piedad y la vergüenza, esta sensible
reflexión de Plauto?
De la multitud de mendigos que vagan en tropas por las calles de las ciudades populosas, se arguye eficazmente la poca o ninguna civilidad de los reinos a que pertenecen. Éste es un principio de política que, cuando no tuviera por patronos hombres de una acreditada ilustración en este ramo, él de por sí induce unas reflexiones que lo califican infalible hasta la evidencia.
¿Qué más prueba de poca civilidad puede haber en un reino que la ociosidad y la miseria? La segunda es efecto de la primera, y ésta es consecuente de la ninguna industria, del comercio muerto, de la agricultura abandonada, de las trabas de los gobiernos (que hoy ya no existen entre nosotros), pues cada uno puede beneficiar la naturaleza y ayudarse del arte del modo que quiera, de los ningunos premios a los literatos por el común desafecto a las ciencias, de la escasez de matrimonios por la poca seguridad de sostener una futura familia y de otras cosas que sería largo referir.
Pues ellas prueban nuestra incivilidad y ésta la confirman un enjambre de mendigos, ciegos, cojos, enfermos y vándalos que, envueltos con otro enjambre de pícaros ociosos, se presentan a nuestra vista todos los días en pelotones en los atrios de los templos y en las calles de esta capital, clamoreando nuestros socorros y haciéndonos las pinturas más horribles de la infelicidad de su estado.
Yo jamás podré ver con indiferencia las lágrimas del miserable: sus angustias afectan mi corazón sensiblemente, no por virtud, sino por genialidad, y por lo mismo me horrorizan aquellos entes cruelísimos a quienes les falta para ser hombres lo que les sobra de fieras. De aquellos, digo, que oyen no sólo con indolencia sino con indignación los gemidos del infelice que, acosado de la necesidad, tiene el horroroso desacato (por tal lo consideran) de acercarse a sus augustísimas personas a pedirles un medio real para matar el hambre que los devora.
Sus comunes respuestas pronunciadas con el mayor desabrimiento son éstas: "Quita de aquí, bribón, vete a trabajar..."; "por no quitarte el oficio no voy por la otra acera..."; "yo estoy en estado de pedir limosna y no de darla", y otras a este modo. Pues sepan éstos que los pobres que se separan de ellos exasperados van cabizbajos, pero llenándolos de maldiciones por su dureza e insensibilidad, y cuidado, que el Dios que los ha hecho ha prometido oír sus imprecaciones.Maledicentis enin tibi in amaritudine animae, exaudietur deprecatio illius; exaudiet autem eum qui fecit illum (Eclesiastés, capítulo 4). ¿Si lo creerán?
Ya se conocerá que yo no hablo de aquellos mis señores currutacos, sin blanca y sin destino, que se ven precisados a sostener un tren exterior de decencia a puras fuerzas y con mil trabajos, para poder presentarse todos los días en clase de gorrones a tomar la sopa en casa de este amigo o aquel conocido; que tienen que andar a las oraciones de la noche con el oído alerta por saber dónde hierve el café o suena el molinillo, y que emplearse, tal vez, en tráficos más indecentes para cenar asado y dormir en un destripado colchón. Estos pobres no pueden dar limosna: harto hacen con adquirir el medio o el real para que les almidonen las camisolas o les remonten las botas.
No hablo de éstos, ni menos de aquellos oficiales militares llenos de relumbrones y oropel y exhaustos de monedas que, atenidos únicamente al palo seco de su sueldo, apenas tienen lo muy preciso para representar el lujo a que los obliga la brillante carrera que profesan.
Tampoco es mi queja de ciertos viejos flacos y descoloridos devorados por una sórdida avaricia que, creyéndose inmortales, no cesan de amontonar pesos y más pesos, onzas y más onzas, sin ser dueños de gastar un real en un antojo, ni cien pesos en un vestido decente, ni franquearse a la más inocente diversión. Abstinentes por vileza, moderados por economía y castos por mezquindad, se van a los infiernos mortificando sus pasiones, ayunando de los deleites pecaminosos e inocentes y hechos unos verdaderos penitentes del diablo... ¿Cómo podrán estos fanáticos impender ni gruesas ni cortas cantidades en ningún tiempo para socorrer a la humanidad afligida, cuando no socorren sus íntimas necesidades?... Dejemos a estos muebles arrinconados con sus riquezas, mientras viene el hijo, el sobrino o el amigo adulador que tendrá buen cuidado de disipar alegremente lo que ellos han atesorado en tanto tiempo a costa de su quietud, comodidad, reputación y conciencia, y no los culpemos de su indolencia con los pobres, pues no son consigo más piadosos.
He dicho que no hablo de ninguno de éstos, sino de aquellos hombres acomodados y favorecidos de la suerte, cuyas proporciones son demasiado visibles y cuyos desperdicios se manifiestan escandalosos a la vista de cuantos los conocen. Sostienen con bastante lujo su casa y la ajena si se ofrece; pagan alquileres excesivos; comen en buenas mesas y se sirven con plata; tienen coches ordinarios y de gala; no les falta palco en el Coliseo ni asiento en los mejores juegos; quedan bien a costa de muchos pesos en cualquier francachela...; por último, nada apetecen; pero todo tienen, todo les sobra. Pero ¡ah!, estos pobrecitos no pueden dar limosna, carecen de proporciones para socorrer la humanidad afligida, y mil ocasiones no quieren fomentar la ociosidad. Generalmente se hacen la cuenta que son ellos más infelices que los pobres porque necesitan más que éstos para subsistir, y jamás les compadece la miseria ajena porque ellos no la han experimentado.
Otras veces dicen en su interior: "Si yo no le doy a este pobre, otro le dará", y con este efugio(3) se consuelan, burlan su religión y los miserables se quedan envueltos en su indigencia..
No es mi intención hacer del misionero: púlpitos hay y ministros celosos que les harán ver la obligación que todos tenemos, según nuestras facultades, de socorrer a los desvalidos nuestros hermanos, y que les desengañarán de que el dar limosna no es como quiera, sino un precepto positivo; les expondrán todos los textos de las Sagradas Letras; les explicarán que el Señor dice por Isaías "parte tu pan con el hambriento", y en el Deuteronomio dice expresamente: "Te mando que abras la mano (para socorrer) a tu pobre hermano necesitado."
Esto y mejor que yo les dirán los predicadores en la cátedra de la verdad...; pero ¿y que estos insensibles concurrirán a los templos? ¿Oirán sermones doctrinales? Y ya que los oigan, ¿los creerán? Dios lo sabe, aunque me temo que estos espíritus disipados, o no tienen religión, o no la saben, o no la creen.
Yo no ignoro, y lo he de publicar en obsequio de la verdad y honor de los interesados, no ignoro, digo, que en México hay muchos y bueno en esto de piedad, caridad y limosna, no hay duda. Viven confundidos entre los impíos muchos ricos amables que, penetrados de los sentimientos de la santa religión que profesan y saben a fondo, distribuyen en el silencio bastantes sumas a favor de la humanidad oprimida, entrando en este número algunas señoritas de la primera distinción y algunos otros que, sin ser ricos, sino de una mediana fortuna, saben en la parte que pueden enjugar las lágrimas de sus semejantes oprimidos. Pero con todo esto la pública necesidad ni se remedia ni se puede remediar, mientras no se adopten otras medidas eficaces, por tres razones.
La primera es porque, aunque he dicho que estos piadosos son en bastante número, se debe entender que no son tres, ni cuatro, ni diez, ni veinte, pero no que llegan a centenares, de los que pasa sin proporción el número de los insensibles. Y así son muchos respecto, me duele decirlo, de la tibia religión y ninguna civilidad de mi país; pues, según está todo, es un milagro hallar un hombre bueno, como decía en otro tiempo el real profeta. Por esta razón he dicho que son muchos; pero en atención al tiempo tan calamitoso como el presente, a las innumerables desdichas que afligen a la humanidad y a la ninguna proporción ni método que guardan estos mismos en la distribución de sus socorros, que es la segunda razón, digo que son pocos, poquísimos, y casi punto menos que ningunos.
Sin embargo, no deben desconsolarse ni retroceder un punto de esta loabilísima costumbre los que la tengan. Es verdad que sus limosnas estuvieran mejor distribuidas de otra suerte. Es constante que ellos solos no pueden subvenir a tanta miseria pública como se experimenta, que es la tercera causa de que no se pueda remediar toda la miseria que vemos; pero también es cierto que si aquellas faltaran, los daños particulares y generales se aumentarían hasta lo sumo, con perjuicio de la sociedad, pues siendo el hambre más no fueran los robos menos.
Fuera de que ellos hacen cuanto pueden, y lo que falta para perfeccionar su caridad (en el efecto no en la intención), necesita de manos activas, superiores y decididas a abrazar los proyectos convenibles con las circunstancias del día, que son las que voy a proponer en obsequio no menos que de todo el público, pues de su observancia debe seguirse beneficio a los verdaderamente necesitados, castigo o enmienda a los vagos y mal entretenidos y quietud y seguridad al ciudadano honrado. Pero esto será el jueves venidero, si Dios quiere, pues para hacerlo ahora era menester aumentar el volumen del periódico, lo que no permite la carestía del papel, o dejar cortado el planecito intempestivamente, lo que tampoco puede complacer a los lectores; y así cerraremos el pliego con algunas otras.
VARIEDADES
Secretos útiles y eficaces para muchas personas, hallados en la cartera del Gran Turco.
El que quiera parecer mujer, que use aretes.
El que quiera parecer caballo, que use herraduras.
El que quiera parecer chivato, que se deje poblar la cara excesivamente de pelos.
El que quiera parecer mono, que esté pendiente de las modas extranjeras para imitarlas.
El que quiera parecer hombre, que vista decente según su clase, pero sin ridiculez ni afectación.
El que tenga mujer inaguantable y desee enviudar presto, que la dé cuanto gusto ella quiera, pues es seguro que abusará de su condescendencia, enfermará presto y se conseguirá el intento.
El que quiera casarse con muchacha bonita, discreta, humilde, honrada y rica, que la mande pintar o hacer de cera.
El que quiera aborrecer a su dama, que se case con ella (es de Quevedo).
La mujer que quiera tener paz con su marido, que no sea porfiada.
La que lo quiera aburrir presto, que dé en celosa.
El que quiera ser rico, que trabaje mucho y gaste poco.
El que quiera ganar siempre en el juego, que vaya unos días a la de afuera y otros a la faciente (término facultativo).
El que se quiera desquitar de lo que haya perdido, que juegue con barajas hechas... (pedazos).
El que no quiera perder ningún juego, que no apueste nada el día primero.
El que quiera parecer sabio entre los necios, que hable mucho.
El que quiera parecer discreto entre los sabios, que hable poco.
El que quiera tener razón en todos sus pleitos, que los excuse.
El que quiera comer bien, que tenga ganas.
El que quiera hacer una larga y lucida carrera militar, que no vaya a la vanguardia en los combates.
El que se enfade con estos secretos, que los deje.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) Miser. Cf., aclaración en el Suplemento 25 de octubre de 1813.