[NÚMERO 8]
OCTAVA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
PAYO: Compadre, mientras no veo a usted estoy inquieto, porque no tengo con quién consultar mis dudas, y más en esta ciudad donde se habla de todo. Ahora mismo tengo llena de dudas la cabeza, con lo que me han contado.
SACRISTÁN: Pues, compadre, ¿qué le han contado a usted?
PAYO: ¡Oh!, mil cosas. ¡Qué juzgones tan malditos son estos mexicanos! Todo lo ven, todo lo saben, todo lo observan y de todo murmuran.
SACRISTÁN: ¿Pues qué han observado de nuevo?
PAYO: Que el día 17 de éste en que celebraron, como Dios permitió y el Cabildo quiso, las honras de nuestros primeros héroes, en el catafalco, tumba o lo que era, que se puso en Catedral, estaba pintado un león mordiendo un carcaj.
SACRISTÁN: Y bien, compadre, ¿qué tiene eso de malo? ¡Un leoncito mordiendo un carcaj! Eso no es cosa notable. Si mordiera un inquisidor o a un canónigo, fuera impropiedad; pero morder un carcaj es cosa natural en los leones, porque estos animalitos no sólo muerden los carcajes, sino que se comen a sus dueños.
PAYO: ¡Oh!, pero según lo que dicen no es eso, sino que siendo el león símbolo de la España y el carcaj jeroglífico de la América, es una impolítica, una infamia y un insulto a nuestra nación, el poner semejantes adornos en un catafalco en el que se finge estar las cenizas de los primeros héroes de la patria, es decir, de aquellos que supieron quebrantar los dientes de ese león orgulloso y poner el abatido carcaj en el rango que le corresponde.
SACRISTÁN: Pero compadre, tal vez eso sería un descuido, una inadvertencia, no un insulto ni un hecho pensado, como usted ha oído decir. También hay patriotas exaltados y escrupulosos, que de todo se escandalizan.
PAYO: No, eso no es exaltación, sino una reflexión en su lugar.
SACRISTÁN: ¿Pero usted vio el tal león?
PAYO: No lo vi.
SACRISTÁN: Pues tal vez sería mentira.
PAYO: Yo no porfiaré que fue verdad, los que fueron a la función y pusieron cuidado lo sabrán; pero no es mentira que por desgracia en nuestro Cabildo Eclesiástico hay algunos señores que no han dado muchas pruebas de ser republicanos, ni el Cabildo en cuerpo y alma. Acabamos de ver lo desairadas que estuvieron las funciones de los días 16 y 17 de éste, consagradas a la buena memoria de los muy ilustres, excelentísimos y beneméritos señores: Hidalgo,(2) Allende,(3) Abasolo,(4) Aldama,(5) Jiménez,(6) Morelos,(7)Matamoros,(8) Mina,(9) etcétera, etcétera.
SACRISTÁN: Pues ¿qué tuvieron de desairadas esas funciones?
PAYO: Una niñería. Los ojos y los oídos conocían que aquello se hacía a fuerza y no con ganas.
SACRISTÁN: ¿Y en qué se conocía?
PAYO: Usted ha dado en hacerse tonto de pocos días a esta parte. ¿No basta para conocerlo acordarse de la magnificencia con que estos mismos señores, y en esta misma Catedral, solemnizaban cualquier feliz acontecimiento de España? Apenas venía la noticia de que el rey había casado, o de que su mujer había parido, cuando, zas, función de primera clase: iluminación general dentro y fuera del templo, famosos oradores, músicas extraordinarias, todo el oro y la plata, los mejores ornamentos, gallardetes y banderas, alfombras y ricas colgaduras, campanotas, esquilas y campanitas, todo, todo se empleaba de buena gana, no se omitía gasto ni trabajo para dar a la función el lleno apetecido. Lo mismo era con Iturbide; y ahora para unos objetos tan dignos y sagrados ¡tanta tibieza!, ¡tanto desaliento y mezquindad! ¡Ah!, ¡si fuera yo gobierno cuatro días y con facultades extraordinarias, ya se acordarían de mí los señores canónigos, con todas sus prebendas venerables!
SACRISTÁN: ¿Pues qué hiciera usted
PAYO: Hacerlos patriotas y amantes del sistema republicano, aunque no quisieran; pues no es lo peor que estos desaires, que yo califico de crímenes de lesa patria, se cometan a vista del gobierno, sino que las demás iglesias y conventos, a ejemplo de la Metropolitana, hacen lo mismo y coadyuvan a enervar el patriotismo, cosa muy fácil de conseguir en un pueblo que está acostumbrado a obedecer al incensario.
Bien se acuerda usted lo suntuosas que eran en otro tiempo las honras de un rey o reina de España. ¡Qué pompa! ¡Qué majestad y lucimiento no se veía en esa Catedral! Las campanas de todas las iglesias nos quebraban las cabezas con sus incansables dobles, y ahora... ¡Voto a mis pecados! ¿Qué son mejores los reyes de España que un hueso podrido de Morelos o Hidalgo?
SACRISTÁN: ¡Caramba, compadre, qué enojado está usted!
PAYO: Y con razón.
SACRISTÁN: Pero, ¿cómo había usted de hacer a esos señores amantes al sistema, si ellos no querían serlo?
PAYO: Fácilmente. Mandando que solemnizaran las funciones nacionales con toda la pompa y aparato posible; y si no lo hacían, cerrar el coro y darles sus pasaportes, pues el que no ama de veras el sistema de gobierno en que vive, no es justo que le esté soplando a la nación unas cuantiosas rentas rascándose la panza.
SACRISTÁN: ¡Cáspita, compadre! Cada vez se va usted poniendo más bravo. ¿Pero no advierte usted que esos señores han debido a los reyes de España la dignidad que obtienen y las gruesas rentas que han disfrutado y disfrutan? Pues si advierte usted esto debe conocer que la gratitud...
PAYO: Vaya, compadre, no me haga usted tan necio. Que el nombramiento de canónigos y dignidades lo deben a los reyes de España por el patronato que obtenían éstos, es verdad; pero las rentas se las deben y se las han debido a la patria. Sí, no al rey de España. Éste nunca sembraba las tierras de la América, y de consiguiente los diezmos no salían de su bolsa, sino de la de nuestros pobres labradores, y así éstos son y han sido los que han mantenido a los canónigos, que no los reyes. Por eso yo, en el supuesto dicho de ser gobierno, no les quitara las canonjías que les dio el rey, sino la plata que les da la nación.
SACRISTÁN: Pues, pero usted no hablará con generalidad, pues habrá muchos canónigos liberales y republicanos como Was[h]ington.
PAYO: Que haya alguno... tal vez; pero muchos, no lo he de creer aunque me ahorquen. No sea usted cándido, compadre, ¿cómo han de ser republicanos? ¿No ve usted que este sistema no sufre esos perendengues ni esos gastos inútiles y gravosos a los pueblos? ¿No echa usted de ver que cada Congreso ha de tratar de que su Estado florezca, y para esto es indispensable la economía, en la que entra la administración de los diezmos y el arreglo de rentas de esos señores? ¿No reflexiona usted que de la reforma de rentas no hay un paso a su total abolición, luego que se conozca que con veinte clérigos se puede servir el culto de una catedral, al costo de cuarenta mil pesos, tan bien o mejor de lo que está ahora con cuarenta canónigos, que se maman doscientos mil? Y, por último, ¿no se acuerda usted que no ha seis días que me contó usted que el Congreso de Jalisco ya va a comenzar esa grande obra? Pues, ¿cómo quiere usted que los canónigos sean todos, todos, republicanos, cuando temen, y con razón, que si este sistema subsiste, dentro de pocos años van a dar a tierra sus señorías?
SACRISTÁN: Yo estoy asombrado de oír a usted. Parece un Licurgo(10) o un Dracón.(11)
PAYO: No, dragón no lo soy ni lo he sido. Nada más que he sido soldado de la patria.
SACRISTÁN: Ni yo le digo a usted que dragón, sino un legislador de la Grecia.
PAYO: Yo no entiendo de más leyes que de que se respeten las que dicta el gobierno a beneficio de la patria. Y ahora que digo leyes, me acuerdo que el día del juramento que el Cabildo prestó a obedecer la ley orgánica, el señor prebendado Mendiola(12) no quiso jurar, y no juró. Escandalizando a todos, porque fue el acto público. Este mismo señor no quiso asistir a las funciones de los días 16 y 17. Dicen que estuvo haciendo oración en las capuchinas. ¿Qué dice usted? ¿Será republicano este buen habanero? ¿Merecerá justamente el dinero que le da la nación?
SACRISTÁN: Diga usted, que le paga.
PAYO: No diré sino que le da; porque la nación nada les debe a los canónigos ni a nadie, y todos debemos cuanto somos y cuanto tenemos a la patria.
SACRISTÁN: Es verdad, compadre. La patria premia y recompensa, no paga. Y dígame usted ¿sobre qué fue el Bando del día 16 de éste?
PAYO: Yo no lo sé explicar; pero lo sé leer. Aquí está. Oiga usted lo substancial. "El Congreso Constituyente del Estado de México... ha decretado lo siguiente:
"Artículo 1º. Las piezas o empleos eclesiásticos del Estado de México, en cuya provisión ha de ejercer por ahora la exclusiva del gobierno del mismo Estado, son las siguientes: gobierno de la mitra, provisorato, juzgado de capellanías y obras pías, curatos, vicarías de pie fijo, coadjutorías, juzgados eclesiásticos.
"Artículo 2º. El muy reverendo arzobispo de México y los reverendos obispos de Puebla y Mechoacán, o las autoridades que hicieren sus veces, antes de nombrar para los empleos o piezas eclesiásticas que tienen en el Estado, pasarán secretamente al gobernador una lista circunstanciada de todos los sujetos en quienes piensen proveerlos, con expresión del beneficio o empleo a que intenten destinarlos.
"Artículo 3º. El gobernador del Estado, luego de que reciba dicha lista la pasará al Consejo.
"Artículo 4º. El Consejo dará al gobernador su dictamen, reducido precisamente a decir si aquellos en quienes se piensa proveer estos beneficios o empleos, los juzga o no en ellos peligrosos al Estado, no siendo motivo para reputarlos tales, sus opiniones, cualesquiera que ellas sean."
Aquí tiene usted, lo que no entiendo. Supongamos que un clérigo en un acto público se resistió a jurar la ley orgánica. Por este hecho ya manifiesta su opinión de que no le acomoda nuestro actual sistema; ahora bien, éste solicita un curato, y es sabido el ascendiente que los curas tienen sobre los pueblos. Acordémonos que el señor Hidalgo era cura. Pregunto: un sujeto tal, y enemigo del sistema republicano, ¿no será peligroso al Estado?
A más de esto, si no solamente no debe ser castigado por sus opiniones, aunque sean realistas, aunque sean revolucionarias o las que fueren, sino que ni siquiera debe juzgarse peligroso por todo un Consejo, ¿habrá quién se atreva a denunciar a este cura, aunque seduzca, aunque predique y aunque extienda su opinión como quisiere? Últimamente, ¿por qué las opiniones de un escritor, estampadas acaso con ignorancia o buena fe, se han de calificar de subversivas o sediciosas, y al autor lo han de condenar a una larga prisión, y al eclesiástico se le han de disimular, siendo así que éste tiene más influjo en el pueblo y de consiguiente [es] más peligroso al Estado?
Menos entiendo el artículo 5º que sigue y dice así: "El gobernador, con presencia del dictamen del Consejo, o por sus conocimientos propios, excluirá o no las personas que están para nombrarse."
El artículo 4º me parece muy ancho y el 5º muy angosto. Aquél tan en favor de los eclesiásticos, que casi abra la puerta a la impunidad de los delitos y coarta las facultades del Consejo que no puede ni dar su dictamen contra un clérigo, aunque positivamente conozca su opinión extraviada; y éste da tanto ensanche al gobernador, que no necesita ni del dictamen del Consejo, sino que le bastan sus conocimientos propios para excluir o no a las personas que le parezca. Esto pienso que es abrirle la puerta a la arbitrariedad, porque puede suceder que un gobernador excluya de un empleo a un eclesiástico benemérito, no por sus conocimientos propios, sino por sus pasiones, resentimientos o caprichos propios, de lo que todos tenemos un buen surtido.
Yo respeto y venero los decretos del Soberano Congreso Constituyente; pero soy payo, no lo entiendo, y quisiera que se dignara a reformar su decreto, si padece los defectos que le noto, o explicárnoslos a los rudos, para aquietar nuestras dudas.
SACRISTÁN: Pues amigo, tampoco yo los entiendo, y deseara que los soberanos decretos fuesen tan bien explicados que los ignorantes los comprendiésemos, y los maliciosos no tuviesen lugar de darles interpretaciones siniestras. A Dios, hasta el sábado.
PAYO: A Dios.
México, 22 de septiembre de 1824.
El Pensador
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros
(2) Hidalgo. Cf. nota 8 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(3) Ignacio José Allende (1779-1811). Caudillo de la Independencia. Fue fusilado en Chihuahua.
(4) José Mariano Abasolo (1783-1816). Caudillo de la Independencia
(5) Juan Aldama (1770-1811). Caudillo de la Independencia.
(6) José Mariano Jiménez (¿-1811). Estudio minería en México y ejerció su profesión en Guanajuato, donde se incorporó a la Independencia. Fue fusilado en Chihuahua. Las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez fueron puestas en unas jaulas y colgadas en los ángulos de la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato. Posteriormente fueron llevadas a la Catedral y, después, fueron trasladadas con otros héroes de la Independencia al monumento en su honor que está en el Paseo de la Reforma.
(7) José María Morelos y Pavón. Cf. nota 10 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(8) Mariano Matamoros. Cf. nota 9 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(9) Francisco Javier Mina. Cf. nota 16 al núm. 4 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(10) Licurgo (S. IX a. C.) Gobernador de Esparta, como tutor de su sobrino Canlao. Fue a un viaje a Asia Menor y Creta. A su regreso a Esparta encontró el reino deshecho por la anarquía. Después de consultar el oráculo de Delfos, se apoderó del mando y reformó las instituciones en el aspecto militar y en el civil. La existencia de este personaje es dudosa; lo más probable es que la "legislatura de Licurgo" no sea más que el resultado de las luchas de orden legislativo que se terminaron hacia el año 804 a. C.
(11) Dracón (S. VII a. C.) Político ateniense. Hacia el año de 621 se le encomendó la redacción de un cuerpo de leyes, en las que exageró de tal modo la severidad, que según frases del orador Demades, parecían haberse escrito con sangre.
(12) Manuel Reyes Mendiola (¿-1853). Natural de La Habana. Hizo sus estudios en Oñate, España. Paso después a México, donde fue canónigo, chantre y vicario capitular de la Catedral.