[NÚMERO 8]
EL ANTEOJO MÁGICO
EN LA OCTAVA CONVERSACIÓN
DEL PAYO Y ELSACRISTÁN(1)
PAYO: Compadre, ¿qué hay de nuevo?
SACRISTÁN: Nada más que este anteojito de teatro que he comprado.
PAYO: ¡Prodigiosa noticia! Yo pregunto sobre cosas políticas, no sobre anteojitos, que eso es una friolera.
SACRISTÁN: Éste no es muy friolera. ¿Cuánto piensa usted que me costó, y cuánto piensa usted que alcanza?
PAYO: Le costaría a usted cuatro o cinco pesos, y por bueno que sea alcanzará una cuadra.
SACRISTÁN: Pues no, señor, me costó quinientos pesos, y es dado, porque alcanza a ver de dos modos todas las escenas que se representan en el gran teatro del mundo.
PAYO: ¡Caspita, compadre! Estoy admirado de oír a usted. Ese anteojo es mágico seguramente.
SACRISTÁN: Sí lo es; pero para que usted se acabe de admirar es menester que lo experimente. Subámonos al mirador de la azotea que presenta una bella vista a la ciudad, aunque la virtud del anteojo se extiende a presentarnos todo el mundo.
PAYO: Vamos, vamos, que sólo viendo se puede creer lo que usted dice.
SACRISTÁN: Subamos enhorabuena... ya estamos en el mirador. Tome usted el anteojo y vea lo que quiera; pero vea primero a larga distancia, y después yo le diré lo que ha de hacer.
PAYO: Muy bien está. Tomo el anteojo y veo... Lo que se me presenta a la vista es un respetable clérigo, pobremente vestido con un levitón azul y sus anteojos calados. Este objeto es bien indiferente. Veremos otra cosa.
SACRISTÁN: No, no, ¿que no conoce usted ese clérigo?
PAYO: Como lo veo a tan larga distancia, ¿cómo lo puedo conocer? Si éstas son todas las gracias del anteojo, ¡por Dios que ha hecho usted una compra envidiable!
SACRISTÁN: Sí la he hecho, a fe mía, y ya el anteojito le ha dado a usted una saludable y fuerte lección de que no es prudencia juzgar de los objetos que se ven a largas distancias. Nuestra vista política padece sus enfermedades como la material. Sí, señor, también hay políticos enfermos, présbitos,(2)miopes, bizcos que ya solamente ven a lo lejos, ya a lo cerca, ya en un objeto dos, y ya nada, aparentando tener los ojos claros. De unas vistas tan enfermizas no pueden resultar sanas calificaciones de los objetos que se les presentan. Vuelva usted el anteojo sobre el mismo clérigo que vio, atrayéndose el objeto a ver si lo conoce.
PAYO: Así lo hago... ¡Santo Dios!, si parece que lo tengo en las narices y que ya lo toco con la mano. ¡Qué anteojo tan admirable!
SACRISTÁN: ¿Conoce usted a ese clérigo?
PAYO: Sí, él es. El mismísimo doctor Gastañeta...(3) ¡Pobre hombre! Lo conozco como a mis manos. Él es uno de tantos virtuosos sin hipocresía ni fanatismo, sabios sin orgullo y patriotas sin interés, que yacen cimados en el abismo de la miseria y la desgracia. Este benemérito eclesiástico, virtuoso sin gazmoñería, sabio en toda la extensión de la palabra, y patriota como el que más, manifiesta por encima de la ropa sus escaseces. ¿Cómo es que el gobierno ve con ojos serenos reducido a la miseria a un hombre que cuenta de padecimientos por la patria tantos años cuantos ésta cuenta de luchar por su libertad e independencia? ¿Cómo tolera que esté sin premio un patriota que, por serlo, ha visitado las cárceles de Valladolid,(4) Castillo de Ulúa,(5) Morro de La Habana(6) y casi todas las cárceles de España? ¿Cómo no se ha dado un lugar en nuestros Congresos, ni en nuestro Senado a un patriota benemérito, cuyas luces hubieran reflejado con provecho en bien de la nación?, y ¿cómo, en fin, ya que no nos hallamos sin canónigos, no se le ha dado una canonjía a este digno eclesiástico que por ninguna parte la desmerece? ¡Ah!, yo bien sé en qué consiste en que el doctor Gastañeta, bien emparentado, bien ameritado, lo mismo que bien perseguido, no es intruso ni adulador: cree la máxima falsa de que el empleo ha de buscar al hombre, y no el hombre al empleo; pero se engaña, porque los buscones son siempre los que obtienen. ¡Infeliz del que se atenga a su mérito para ser algo! jamás pasará de perico perro.(7) Los aduladores, los intrusos, los intrigantes e importunos son casi siempre y en todas partes los que se colocan en los lugares que se merecen los hombres de bien y americanos.
SACRISTÁN: Pero, compadre, no está sólo en eso en la ocasión presente la desgracia de ese doctor, sino en que no lo puede ver el presidente de la República.
PAYO: ¿Cómo no lo puede ver?, ¿qué le ha hecho? Si Gastañeta no es capaz de dañar a un perro.
SACRISTÁN: Bien, pero si el presidente no lo conoce, si no lo ha visto, ¿cómo se ha de interesar en su colocación? Yo le voy a mandar a su excelencia mi anteojito, envuelto en este papel, para que lo vea, y le aseguro a usted que, en viéndolo, ha de variar la suerte de su amigo, porque es muy justo el presidente.
PAYO: En eso obrará su excelencia con justicia. Veremos otra cosa. Allí veo un grupo de generales, oficiales, eclesiásticos, togados y otros muy trigarantes(8) y republicanos, todos con guantes de cabritilla carmesí, luciendo los sables, las plumas y los libros, como en señal de que manejaron estas cosas con destreza, en favor de la libertad de nuestra patria; y a su retaguardia viene un[a] multitud de haraposos, flacos y macilentos, apoyados en garrotes a guisa de limosneros, que les piden un socorro. Seguramente los primeros son los mejores defensores de la patria, los que desde el año de [18]10 emplearon sus brazos, sus talentos e influjo en sostener la santa causa de nuestra libertad; y los segundos serían unos holgazanes que se estarían rascando la barriga, y por eso hoy se ven reducidos a la miseria. Siempre el premio sigue a la virtud y la desgracia al vicio.
SACRISTÁN: Compadre, entre esos trapientos ¿no ve usted un pobre que vende libros viejos?
PAYO: ¡Ah sí!, ya lo veo; pero este pobre, entre tantos, ¿qué puede añadir a mi admiración?
SACRISTÁN: Ya lo sabrá usted. Vuelva usted el anteojo y mire usted por lo cerca.
PAYO: En efecto, ya miro lleno de asombro y de estupor. Esos generales, oficiales, eclesiásticos y togados que me parecieron tan patriotas, no fueron sino unos fieles servidores del cruel Fernando, que cooperaron en cuanto estuvo de su parte a sofocar la libertad nacional: ya batiéndose con los patriotas que llamaban insurgentes, ya abusando en el púlpito y confesonario del Antiguo y Nuevo Testamento para santificar la servidumbre, y ya, finalmente, ultrajando la humanidad y vendiendo la justicia, que nunca conocieron, sentenciaron al patíbulo a innumerables víctimas, como Hidalgo,(9) Allende,(10) Morelos,(1) Matamoros,(12) Bravo,(13) Dongo, Cataño, Ferrer(14) y tantos otros, por complacer al tirano de la Europa, obrando contra el testimonio de su conciencia por no perder la canonjía o la toga, el coronelato y el vuestra señoría. Sí, yo conozco a estos héroes que derramaron nuestra sangre; los que me parecieron guantes de cabritilla, no son sino rojos esmaltes de la preciosa sangre americana con que están teñidas sus manos carniceras. Ellos viven entre nosotros. Viven con honores y con grandes sueldos. Viven mandando a los patriotas, confundidos con los que merecen este nombre. Los conozco, los tengo en lista con sus respectivas hojas de servicio, y a la menor provocación, los sacaré a la plaza, para que vea la nación entera quiénes son estos gatos, que han usurpado contra toda justicia a los verdaderamente beneméritos el lugar que les correspondía por el chaquetismo(15) disimulado de Iturbide(16) y por la debilidad de los gobiernos que les han sucedido, debilidad que han llamado política,(a) pues la verdadera política no es otra cosa que la rectitud del buen obrar.
SACRISTÁN: Pero, compadre, ya usted vio los que le parecieron patriotas. Vuelva ahora el anteojo hacia los que le parecieron mendigos.
PAYO: ¡Jesús me valga! ¿Es posible? ¿Qué? ¿Será posible...? ¿Aun yo lo veo...? Me limpiaré las lagañas. ¡Es la verdad...! Apenas puedo creerlo.
SACRISTÁN: Compadre, ¿a qué son esos extremos?, ¿qué ha visto usted?
PAYO: ¿Cómo qué veo? Veo una multitud de patriotas abandonados. Veo ésos que llamaron insurgentes, abismados en el olvido y la miseria, llenos de cicatrices y de méritos, unos en el depósito, otros licenciados sin querer, éstospostergados, aquéllos pendientes y todos desairados y sumidos entre el oprobio y la desdicha. ¿Y por qué?, porque no son bonitos, porque no saben bailar vals, porque no saben decir armas al hombro, ahu, y porque no saben otras cositas de ésas que llaman catrinadas,(17) de las que hacen tanto mérito algunos oficialitos que jamás han oído el silbido de una bala; pero que en cambio saben batirse valerosamente en la campaña, sufrir las intemperies de los climas con alegría y constancia; saben comer burros y perros muertos, dormir a cielo raso sobre las duras peñas, ponerse la fornitura sobre el pellejo, desarmar regimientos a garrotazos, y (nótese esto) saben servir sin sueldo, lo que no sabe ninguna tropa del mundo.
SACRISTÁN: ¿Pero conoce usted ese librero que está mirando?
PAYO: ¡Oh!, demasiado. Ése es uno de los beneméritos arrinconados que yo digo: es un militar valiente y un patriota heroico. Lo hizo coronel el señor Matamoros; se ha hallado en muchísimas campañas, y la mejor hoja de servicios que tiene son treinta y dos cicatrices, que recuerdan otras tantas heridas que recibió en el campo del honor por la defensa de su patria.
SACRISTÁN: ¿Y cómo se llama este benemérito desgraciado?
PAYO: Pedro Díaz Izazaga. Para que usted no dude de su heroico valor le contaré en breve una de sus acciones, que es comparable con las de Mucio Scevola(18) y de Cocles.(19) Cuando el señor Matamoros entró en Huajuapan,(20) quien le abrió la puerta fue este valiente americano. Los comandantes españoles, Régules,(21) Candelas(22) y Esperón, fortificados en el pueblo con fuerzas superiores, contaban tan seguros la victoria, que previnieron en la tarde la iluminación. En efecto, en la primera descarga les doblaron a los insurgentes quinientos y tantos hombres: el terror se apoderó del resto de la tropa y el general tocó retirada. Entonces Izazaga de su orden se dirigió a Lailson, que comandaba el regimiento de la muerte y le propone que reanime la gente, que él por un punto se metería entre los enemigos, que algunos de su regimiento lo siguieran y que mientras llamaba la atención del enemigo y éstos se entretenían en matarlo, el resto de la tropa asaltase por otros puntos.
Hecha esta combinación, Izazaga se desnuda furiosamente delante de las tropas españolas; por un lado arroja el sombrero, por otro la casaca, y con el sable en la mano corre hacia el enemigo apellidando(23) indulto y favor. Como era un jefe conocido y valiente, le proporcionaron la entrada por el foso; pero no pueden impedir que se metan tras de él los valientes que lo seguían, y cuando creían tener consigo un indultado, se encuentran con una fiera que los puso en desorden a cuchilladas. Carga la demás gente a la defensa de sus compañeros, aprovechan la confusión los insurgentes y toman la plaza de Huajuapan poniendo en vergonzosa fuga al enemigo. La iluminación sirvió para celebrar el triunfo de los insurgentes. Por tan feliz victoria compusieron la siguiente coplita:
Régules no reguló
este chasco tan fatal:
Candelas alumbró mal,
y el Esperón no esperó.
He aquí, compadre, la heroica acción de don Pedro Díaz Izazaga.
SACRISTÁN: ¿Y es posible, compadre, que en un hombre de tanto mérito y valor se halle hoy reducido a la triste suerte de vender libros viejos en el Portal para mal comer?
PAYO: Ya lo ve usted con el anteojo mágico.
SACRISTÁN: ¿Que se indultó alguna vez?
PAYO: Nunca.
SACRISTÁN: ¿Pues por qué no se ha presentado a la Junta de Premios?
PAYO: Porque los jefes de su tiempo han muerto y los testigos que hay de sus brillantes acciones son subalternos, arrinconados como él, y no hacen fe.
SACRISTÁN: ¡Qué compasión! Aquí no hay más esperanzas sino prestarle el anteojo mágico al señor presidente. Tal vez su excelencia, mirando de cerca los méritos y virtudes de algunos de estos distinguidos patriotas, les dará el premio a que son acreedores.
PAYO: Dios lo haga, compadre, y entre tanto, a Dios, hasta otra vez.
SACRISTÁN: A Dios.
México, 16 de febrero de 1825.
El Pensador
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.
(2) présbitos. Por présbites: persona que por defecto de los ojos percibe difícilmente los objetos próximos y con mayor facilidad los lejanos. Las más de las veces depende de la falta de convexidad en los medios transparentes del ojo.
(3) Gastañeta. Cf. nota 17 al núm. 13 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(4) Valladolid. Cf. nota 12 al núm. 3 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(5) Castillo de Ulúa. Cf. nota 19 al núm. 2 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(6) Morro de La Habana. Castillo a la entrada de este puerto. Su construcción fue iniciada en 1590. Fue destruido en parte por los ingleses en 1762 y reconstruido al año siguiente. Cf. Emilio Roig de Leuchsenring, La Habana. Apuntes históricos, Habana, 1939.
(7) jamás pasará de perico perro. No pasar uno o no salir de perico perro: expresión familiar que significa no ser nada, no pasar de pobre diablo, ser siempre un don nadie. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(8) trigarantes. Cf. nota 5 al núm. 1 de El Amigo de la Paz y de la Patria.
(9) Hidalgo. Cf. nota 8 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(10) Allende. Cf. nota 3 al núm. 8 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(11) Morelos. Cf. nota l0 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(12) Matamoros. Cf. nota 9 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(13) Bravo. Cf. nota 8 al núm. 2 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(14) "Conspiración del licenciado Antonio Ferrer, Ignacio Cataño, Antonio Rodríguez Dongo y otros" encaminada a "apoderarse del virrey el 3 de agosto (de 1811) entre cuatro y cinco de la tarde, en el paseo de la Viga, adonde salía diariamente", liberar a los presos de la Acordada, y demás cárceles, y levantar a los barrios "con el estímulo del saqueo que había de verificarse en toda la ciudad". Cf. Zamacois, Historia de México, Barcelona, 1876-1882, t. VII, p. 546. Se denunció la conspiración y se aprehendieron a los conjurados. Los seis cabecillas fueron ejecutados en la Plazuela de Mixcalco, los demás fueron condenados a presidio y otras penas menores.
(15) chaquetisnto. Cf. nota 6 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(16) Iturbide. Cf. nota 2 al núm. 1 de El Amigo de la Paz y de la Patria.
(a) Deseo positivamente que el que se sienta agraviado por estas expresiones me denuncie este papel, para descubrir todo lo que ahora oculto por prudencia.
(17) catrinadas. Acciones propias de los catrines: señoritos ricos, petimetres, lechuginos, elegantes, afectados de la moda.
(18) Cayo Mucio Escévola (VII a VI a. de C.). Patricio y patriota romano. Penetró disfrazado en el campo enemigo durante el sitio de Roma por Porsena (507 a. de C.). Inmoló a su secretario en vez del jefe etrusco. Conducido ante Porsena, introdujo la mano diestra en un brasero y dejó que se consumiera para castigar su yerro. Además declaró al rey que trescientos jóvenes patricios se habían juramentado para matarlo. Espantado, Porsena se apresuró a concluir la paz con los romanos. Personaje muy admirado por Fernández de Lizardi, habla de él en El Pensador, t. III, núm. 1.
(19) Horacio Cocles. Héroe de los primeros tiempos de Roma. Él solo defendió, contra el ejército de Porsena, la entrada del puente Sublicio, mientras que sus compañeros cortaban el puente detrás de él. Después que lo destruyeron se arrojó al río y entró a Roma sano y salvo. Cocles significa tuerto, éste fue el sobrenombre que se le dio por haber perdido un ojo en combate.
(20) En el sitio de Huajuapan, la plaza la defendió el jefe insurgente Valerio Trujano contra el realista Régules. Las fuerzas insurgentes eran minoría; pero Morelos fue en auxilio de Trujano y derrotaron a los sitiadores el 23 de julio de 1812. Quizá se trate de un error de impresión o redacción, porque no tenemos noticias sobre la estancia de Matamoros en Huajuapan antes o después del sitio.
(21) José A. Régules Villasante. Militar realista. Se fortificó en la iglesia parroquial de Yanhuitlán; peleó en Teposcolula contra los insurgentes mandados por el comandante Nicolás Bobadilla. En Oaxaca fungió como segundo de González Saravia.
(22) Posiblemente error por Caldelas, jefe realista que combatió contra Valerio Trujano en Oaxaca.