[NÚMERO 8]
Continúa el proyecto sobre las escuelas
Nada importa que se abrazara mi proyecto, que se pusieran las escuelas, que se exigiera la común contribución para sostenerlas ni que se solicitaran sujetos idóneos para el mejor desempeño de la instrucción pública; sería menester, según me parece, desterrar algunos abusos que en algunas escuelas ya se van proscribiendo, aunque no en todas.
Antes de poner los niños a la escuela ya hay abusos sobre ponerlos, cuya corrección toca privativamente a sus padres, porque éstos son los fautores de tales abusos. Muchos padres y madres indiscretos, afectando un celo activo porque sus hijos aprendan cuanto antes la doctrina cristiana, los envían a la escuela o a las amigas a los dos o tres años de su edad y quizás antes. Éste no llamaremos abuso, sino barbaridad. ¿A qué van los niños? A jugar (aunque sentados), a distraer a los que son capaces de aprender, a incomodar a los maestros o maestras y a no aprender nada, porque no son capaces de entender lo que les enseñan. No es esto lo peor; van a otra cosa: a deteriorar su salud y a relajar su constitución. Ellos están sentados cuatro o seis horas del día y en una continua violencia; se entristecen; sus fluidos no corren agitadamente por sus nervios; su sangre circula como deteniéndose en sus venas; su digestión se obstruye; sus tiernos nervios se laxan y debilitan, sus pulmoncitos no se dilatan como debían, y toda su máquina padece, pagando con unas enfermedades crónicas o habituales el tributo a que los condenó la ignorancia e imbecilidad de sus padres.
Nosotros, tratando de remediar un error cuyas perniciosas consecuencias son claras a todo hombre sensato, aconsejamos a los padres amantes de sus hijos, que hasta los cinco años no los envíen a las escuelas, sino (si pueden) al campo, o a lo menos dentro de su misma casa les permitan hacer cuanto ejercicio quieran al aire libre, haciéndoles ejercitar sus fuerzas, provocándoles con algunos juegos inocentes propios de su edad, como correr, tirar piedras, levantar algunos pesos, luchar con otros niños sus iguales, etcétera.(a)
Deben acostumbrarlos en esta edad a andar descalzos algunos días; a no traer el cuerpo ceñido con opresión; a acostarse sobre petates o, a lo menos, sobre camas no muy blandas; a usar muy bajas almohadas o ningunas; al baño de agua fría y, si es posible, corriente; a comer tortillas, chile, carnes de vaca asadas y, en una palabra, todo alimento de dura digestión parcamente, y cuanto sus estómagos tengan fuerza para digerir, como también a levantarse temprano, a exponerse con frecuencia al aire y descubierta la cabeza; y finalmente, deben hacerlos se connaturalicen con el continuo ejercicio, sin permitirles el ocio ni la vida sedentaria. Así los criarán sanos y robustos, y si algún día padecieren trabajos, les serán menos sensibles, pues aunque hayan nacido ricos, se criarán como los hijos de los pobres indios o rancheros.
Algunas señoritas, si leen esto, dirán: que se opone este sistema al amor que profesan a sus hijos y a la brillantez de la cuna en que nacieron; pero sépanse que éste que llaman amor no es sino la mayor tiranía, pues criados en la molicie y regalo destruyen su salud y precipitan sus años a la muerte.
Al muchacho se le debe permitir que grite, que ría, que brinque y salte, y, últimamente, toda travesura que sea inocente; lo demás es oponerse a la naturaleza; y algunos padres que envían a sus hijos a la escuela antes de tiempo, no lo hacen por virtud, sino por ahorrarse el trabajo de cuidarlos. Todos los animales nos enseñan cuán natural es al viviente la alegría y el retozo en el principio de sus años. El burrito, luego que nace, comienza a agitarse con alegres carreritas y coces; el perro, en cuanto comienza a andar, no cesa de juguetear con la misma madre; el gato, el caballo, el torete y todos los irracionales nos prueban con evidencia esta verdad. ¿Por qué, pues, hemos de ser tan crueles que hemos de privar a nuestros hijos de un derecho que la naturaleza liberal concede al burro, al perro y al caballo?
Algunas madres ansían por desembarazarse del cuidado de sus hijos, ya fiándolos a las ayas o pilmamas, y ya enviándolos a la escuela para estar más expeditas para el paseo y diversiones; otras no pueden sufrir los excesos de la alegría natural de sus hijos, y con agrios regaños les dicen: "¿No podéis estaros quietos? ¿Ven que ando yo saltando como vosotros?" ¡Insensatas! El sabio Blanchard(2) responde por estos inocentes y dice: "No, no pueden hacerlo: tienen necesidad continua de moverse, pues conocen perfectamente que la naturaleza, infalible en su curso, es la que se los advierte."
No necesitan las madres, en mi concepto, otros libros para aprender a cuidar de la existencia física de sus hijos que los mismos brutos. Éstos enseñan muy bien muchas reglas que ignoran las madres y que no las recibirán tan eficazmente de los libros. Una gallina es animal doméstico; la vemos que se está veinte días lastimándose el pecho sobre los huevos que empolla, se levanta a comer con precipitación, se vuelve luego al nido, pisa los huevos con tiento, los vuelca con el pico para darles igual calor, reconoce el tiempo de la salida de sus hijos y los ayuda picando suavemente los cascarones; luego que nacen los pollitos y pueden dar sus pasitos, los saca, los espulga, les parte el arroz o la masita en menudas migajas para que las puedan comer, las desparrama con los pies para que las escojan a su gusto, los llama a cada rato porque estén juntos; si algún racional quiere coger un pollito, se vuelve una fiera, abre las alas y salta a embestir al ladrón; si ve un gavilán en el aire u otra ave que lo parezca, los llama con un grito especial, abre las alas, los cubre y se expone ella a ser víctima de la ave rapante con tal de asegurar sus hijos; jamás se separa de éstos ni de día ni de noche; sufre que los pollitos salten a picotearla las barbas cuando juegan y que se le encaramen encima; si riñen dos de ellos, los separa, no a picotazos, sino alejándose y llamándolos, como conociendo su inocencia y disculpándolos. En este tiempo no mira al gallo ni se mezcla con las demás gallinas: todo su afán y sus desvelos se dirigen a la conservación de sus hijos. ¡Ah, cuantas reglas! ¡Cuántas lecciones de la educación! ¡Mujeres indolentes y abandonadas, las que injustamente lleváis el amable nombre de madres, avergonzaos y confundíos a la presencia de una gallina de vuestras mismas casas!
No es esto decir que deben los padres y madres permitir que sus hijos hagan cuanto se les antoje impunemente. Sería un error el pensarlo y un crimen el persuadirlo: lo que digo es que deben cuidar mucho de su existencia física y darles gusto en cuanto no se oponga a la educación moral que debe ser el principal cuidado. La prudencia dictará fácilmente el medio que se debe poner entre los extremos; esto es, entre una crianza relajada y una autoridad imprudente.
Lo primero que se debe hacer cuando se acerca el tiempo de poner a los niños en la escuela es inspirarles la idea más grata de la escuela. Decirles cuán necesario es el aprender; ponderarles las ventajas que lleva el niño instruido sobre el muchacho necio; alabar pródigamente en su presencia a otros niños que vayan a la escuela y sean sus conocidos; hablar muy bien del maestro, ensalzando especialmente su genio, su dulzura y su amor a todos los niños que enseña; advertir qué cosa agrada más a éstos, y prometérsela para cuando sepan el A B C: en una palabra, desterrar de su imaginación todo aquello que pueda hacerles temible la escuela, porque ¿cómo podrá ir con gusto a ella un niño que no oye a sus padres todo el día sino las amenazas de: "Anda, ya entraremos en juicio; ya irás a la escuela; el maestro no juega: allá las pagarás todas", y otras simplezas de esta clase con las que predisponen los ánimos débiles de los muchachos a una tenaz resistencia para ir, y a un horror o hastío necesario que les impide sus adelantos? Dije necesario porque nuestra naturaleza repugna necesariamente todo aquello que el entendimiento concibe como un mal: esto nos sucede a todos, ¿y querremos que no suceda a nuestros hijos?
Esto es por lo que respecta a los padres, por lo que toca a los maestros, convendría que de todas sus escuelas(b) desterraran el azote, advirtiendo que su carácter debe ser de padres y no de verdugos de los niños. Así que sería muy bueno que éstos no vieran la disciplina, la palmeta, las orejas de burro y otras monomaquias(3) de éstas que sólo inspiran las tristes ideas del dolor y de la afrenta, y familiarizándose con ellas los muchachos llega tiempo en que algunos miran el que les quiten los calzones sin el menor rubor, y reciben las orejas de burro y las corozas lo mismo que una guirnalda. De esta poca vergüenza pueril se pasa fácilmente a la varonil, y ya hechos hombres nada se les da de las cárceles ni de los presidios. A los niños se debe castigar, es verdad; pero yo quisiera que cuando vieran usar del azote temieran más la vergüenza que el dolor y concibieran un horror terrible del delito. Por esto era bueno que se usara del azote sólo por un delito grave; porque si ven que por quítame allá esas pajas anda el maestro azotando a los muchachos, creerán que es castigo ligero, como aplicado a ligeras culpas y, lejos de temerlo, se familiarizarán con él, como hemos dicho. Nosotros tememos los temblores porque son de cuando en cuando; pero en las tierras donde tiembla seguido ni caso hacen. En la costa del sur tiembla con frecuencia, y los temblores se anuncian con más horror que aquí, porque brama la mar (causa porque les llaman retumbos); pero como son frecuentes, nada se les da de ellos. Esto acontece a los niños acostumbrados a ver azotar seguido a sus compañeros.
Sería también muy útil que los maestros fueran de una edad regular, ni muchachos ni viejos. Con los primeros jugarán los niños y con los segundos aprenderán con temor, esto es, tarde y mal.
Y no fuera ocioso el que los mismos maestros vistieran con decencia y aliño y se franquearan con sus discípulos alguna vez a la familiaridad de la chanza moderada, porque así se harían amables y se recibirían sus lecciones con gusto; pues pensar que conviene usar de todo el rigor y ceño posible con las criaturas y que un genio entre serio y festivo es embarazo para enseñar es el mayor desatino.
Acuérdome con miedo que, siendo muchacho, cursé una escuela, cuyo maestro era un viejo alto, seco y mal acondicionado, ridículamente vestido, con la cuarta al hombro todo el día y un birrete de dos varas que descansaba sobre una blanca ceja, bajo cuyo tejado asomaban unos ojos dioclecianos; jamás se veía serenidad en aquel feroz y arrugado semblante; la risa y alegría habían huido para siempre de su sumida boca; sus centelleantes miradas nos pronosticaban suplicios y sus roncas voces nos llenaban de amenazas fatales, a las que siempre seguía la ejecución. ¿Con qué gusto iríamos a la escuela, donde sólo la vista de tamaño vestiglo bastaba a habernos alejado veinte leguas, si hubiéramos tenido más fuerzas que los mozos de nuestras casas? ¿Y qué tales discípulos sacaría este tirano y espantoso maestro? Yo a lo menos puedo decir de mí que no aprendí con él sino a temblar y a echar a perder cuando hacía y leía.
Este mismo debe ser el fruto que se debe esperar siempre de semejantes maestros. El miedo que infunden a los niños con su vista aumentan con su indigesto modo y confirman con sus azotes liberales, y el muchacho que al tomar el libro comienza a balbucir de temor y al tomar la pluma le tiembla en su trémula mano, nada bueno puede hacer.
Esto es muy claro; nada se hace bien si el temor previene las ideas. Si el general teme al ir a dar la batalla, será contingencia que acierte en las disposiciones; si el orador se acorta al subir al púlpito o al estrado, será un milagro que pueda decir lo que él escribió; si el maromero o volatín se asusta al subir a la cuerda, será un prodigio que no caiga; si el torero se sorprende a la vista de la fiera, será casualidad el que no lo revuelque el toro, y así de todos; pero no será accidente ni contingencia, sino cosa muy natural que, prevenidos del temor, pierdan unos las batallas, caigan otros de las cuerdas y se les vayan a otros los sermones. Esto es lo que debe suceder con los muchachos aterrorizados por unos maestros crueles e imprudentes, y éstos son a los que jamás se les debería fiar la instrucción de la juventud.
Convendría también, como hemos apuntado, que las salas de las escuelas fueran bien ventiladas y, aunque tuvieran vidrieras, estuvieran éstas abiertas, no habiendo un aire fuerte. Es increíble cuánto vale el que se mude el viento que respiramos con frecuencia. Mientras más niños haya, debe haber mayor ventilación, porque no todos son de igual temperamento; muchos puede haber enfermos, y el aire dañado que salga de los pulmones de éstos puede perjudicar a los demás, fuera de que es cosa sabida que nada de provechoso es a la salud estar respirando un mismo aire que ha salido y entrado tres o cuatro mil veces a nuestro pulmones. Aquí de paso es bueno aconsejar a los padres de familia no permitan a sus hijos dormir con la cabeza envuelta en las sábanas.
Volviendo a nuestro asunto, digo que conduciría mucho que las mismas salas de las escuelas tuvieran alegres y bien adornadas, con algunas pinturas de cuya inteligencia sacaran utilidad los niños. Montaigne apetecía que las clases estuviesen colgadas de flores y de hojas. "Yo haría pintar en ellas (decía) a Flora, y a las gracias derramando la alegría."
Pocas horas de escuela en esta forma aprovecharían más que las cansadas y largas que hoy se tienen inútilmente bajo el patrocinio de una envejecida preocupación.
Pero aun cuando se consiguiera el que se pusieran las escuelas dichas, el que fueran los maestros instruidos, eficaces y a propósito, el que se adoptara el método propuesto y el que se conviniera con el proyecto en todas sus partes, nada haríamos si no se procuraba hacer que todos los muchachos (especialmente pobres) asistieran a sus respectivas escuelas parroquiales. En esto estribaría todo el logro de la enseñanza. Fácil es conseguirse en queriendo los que tienen autoridad, y el modo lo anunciaremos en el número siguiente.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(a) La prudencia debe dirigir estos ejercicios según la constitución y edad del niño, y convidarlo a que haga aquellas cosas y esfuerzos que lo agiliten y robustezcan, no que lo lastimen o relajen.
(2) el sabio Blanchard. Juan Bautista Blanchard (1731-1797). Jesuita y retórico francés. Su verdadero nombre era Duchesne. En 1746 ingresó en la Compañía de Jesús, de la que salió antes de que fuera suprimida. Escribió Le temple des muses fabulistes, Le poète des moeurs ou les maximes de la sagesse, L'école des moeurs, Préceptes pour l'éducation des deux sexes à l'usage des familles chrétiennes, obra en la que adopta los principios del Emile de Rousseau.
(b) Ya por fortuna tenemos en el día algunas que pueden servir en esto de modelo a las demás. Una de ellas es la del maestro mayor don José María Espinosa.
(3) monomaquias. Gestos extravagantes como los de los monos. Cf. Santamaría, Dic. mej.