[NÚMERO 7]
NO HAY CONTRA UN OBISPO LEY, POR MÁS QUE PROCLAME AL REY
ES LA SÉPTIMA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
SACRISTÁN: ¿Qué se ha hecho usted, compadre, que lo he estado esperando?
PAYO: He estado malo, compadre, por eso no he podido venir, con este tiempo... pero por fin, ¿qué ha resultado del obispo de Sonora?, ¿ha denunciado usted su sedicioso manifiesto?
SACRISTÁN: Lo mismo que lo dije. ¿Pues qué no soy ciudadano? ¿No tengo acción popular para ello, y no me debo interesar en la conservación de la Independencia y libertad de mi patria? Lo denuncié y muy lo denuncié. Oiga usted el escrito de la denuncia.
"Señor alcalde constitucional. El ciudadano Joaquín Fernández de Lizardi con el debido respeto presentó a usted el adjunto manifiesto del obispo de Sonora, impreso en Guadalajara, y el reimpreso en esta ciudad e impugnado por mí, el que denuncio ante la ley como subversivo, sedicioso y alarmante en primer grado, cuyas pruebas abundan en el referido impreso, reducido a hacer abominable y herética la sagrada máxima de que la soberanía reside en la nación, que sus patronos son herejes, que el pronunciamiento de los pueblos por esta máxima sagrada es un pretexto fútil y fementido para negar la existencia del Ser Supremo; porque siendo Dios el soberano absoluto del universo, Él solo ha partido su soberanía con los reyes; y de consiguiente, éstos solamente son los soberanos de la Tierra, y los que le niegan la obediencia y respeto son rebeldes y dignos de castigo temporal y eterno.
"Todo esto dice el obispo de Sonora, y lo dice en unos pueblos sin ilustración y entre los que un eclesiástico de tan alta dignidad tiene un prestigio casi divino, y puede hacer su papel impreso un daño transcendental y terrible en la naciente República Mexicana.
"El manifiesto, atacando la soberanía nacional, destruye de un golpe todo nuestro sistema republicano, porque atacada la soberanía popular y declarados ateístas, desde el presidente hasta el último carbonero, se sigue que, por necesidad de nuestra salvación, debemos volver a las cadenas de su amado Fernando. Ésta es la malicia que incluye el manifiesto, malicia que en un pueblo ilustrado es harto ridícula y despreciable, y en el que yo pidiera por último castigo que al señor obispo le curasen el cerebro en una casa de orates; pero en la América, en Sonora y Sinaloa, donde la ilustración es tan escasa que apenas saben qué significa libertad, es una malicia enorme que puede traernos fatales resultados, y debe llamar desde luego toda la atención del supremo gobierno.
"Vuestra señoría, por tanto, admitida como debe ser mi denuncia, se servirá hacer que corra todos los trámites de la ley.
"Dios y libertad. México, febrero 6 de 1825. Joaquín Fernández de Lizardi.Señor alcalde de primer voto, ciudadano Miguel Cervantes. "
PAYO: ¿Y qué ha resultado de todo ello?
SACRISTÁN: Nada en realidad; pero nada que prometa buenas esperanzas; porque los señores jueces de hecho del primer jurí(2) no se atrevieron a juzgar el manifiesto denunciado, y se eximieron conque eso tocaba al tribunal competente del estado de Sonora.
PAYO: Pues la ocurrencia me parece muy extraña. Si los señores jueces hubieran consultado en el caso con las Cámaras lo que se debía hacer, sin duda se habría dado por aquéllas una resolución oportuna; pero dejar el papel impune sin consulta, no creo que está muy en el orden.
SACRISTÁN: Si hay una razón para que no se juzgue de un impreso sino en el Estado donde se imprima, la misma razón debe haber para que no se admitan denuncias sino en los mismos Estados donde se impriman los papeles, y he aquí un camino muy ancho para abusar de la libertad de imprenta con notorio peligro de la República, pues imprimiendo un hombre de jerarquía un papel subversivo o sedicioso en el Estado donde tenga el mayor prestigio, está seguro de que se lo denuncien, de que aun en este caso lo absuelvan, y como el impreso no se pueda juzgar en otro Estado, se sigue que circulará libre e impunemente por todas partes, haciendo los estragos que intente la malicia del autor.
PAYO: En efecto, compadre, el argumento es fuerte, y no se cómo lo desbaraten. El obispo de Sonora hizo imprimir su manifiesto en Guadalajara(3) porque no hay imprenta en su diócesis, pero supongamos que la hubiera, con esta lección que le ha dado el respeto, miramiento y cobardía de este juri de que hablamos, ¿no es claro que fray Bernardo aumentaría su religioso borbonismo e imprimiría mil y mil diabluras contra nuestro sistema de gobierno y las haría circular por toda la República, bajo la garantía que le ha ofrecido el primer juicio de jurados sin malicia, pero ciertamente con muy poca premeditación?
SACRISTÁN: Agregue usted a eso que si los jurados de México, a la distancia de más de cuatrocientas leguas que hay de aquí a donde se halla ese bendito obispo, se entumen, se acobardan y no se atreven, no ya a condenar al mismo obispo según la ley, pero ni a declarar que ha lugar a formación de causa su papel tan sedicioso, tan injurioso a toda la nación americana y tan lleno de malicia y de veneno que no hay un patriota que lo lea que no se escandalice y se irrite, ¿qué pudiera hacer el Congreso de aquel Estado compuesto de cuatro individuos que están acostumbrados a hincarle la rodilla a cada paso?
PAYO: Pero, compadre, al Congreso no le toca juzgar los impresos de nadie.
SACRISTÁN: Eso es peor que tener suegra; porque si el Congreso que tiene su pedazo de soberanía, negada redondamente por el obispo, no puede juzgar sus impresos, ¿quién los juzgaría?
PAYO: Los juzgados que se nombraran en el caso.
SACRISTÁN: ¡Qué jurados ni qué calabazas! Éstos se habían de componer de una de dos clases: o de hombres acomodados que fueran sus amigos, o de infelices que le tuvieran miedo. ¿Quién de éstos le parece a usted que condenaría un papel de su ilustrísima? Nadie, nadie. La simple amenaza de una excomunión o entredicho, no sólo aterrorizaría a aquellos infelices, sino al Soberano Congresito, quien iría de hinojos a implorar la clemencia de su santo y respetable obispo. ¡Vea usted, pues, y qué enemigo tan poderoso se le previene a la nación si en esta vez se queda impune! Él es un criminal a toda prueba. Él niega que la soberanía reside en la nación, atribuyéndosela precisamente a los reyes. Dice que tal máxima es herética y sus factores ateístas, con lo que destruye de un golpe la base fundamental sobre que nos hemos constituido, y esto lo inspira con el sofisma, la hipocresía y el artificio; y a un hombre que tan resueltamente se profiere contra nuestro sistema liberal, que tan atrozmente injuria a toda la nación americana, que bajo su firma protesta desobedecer al gobierno, aunque le mande callar, y que mañana puede hacernos muy fácilmente una revolución fanática y sangrienta, ¿hemos de verlo con tanta consideración y respeto?, ¿qué casta de República es la nuestra?, ¿qué dirán de nosotros las naciones cuando lean el sedicioso manifiesto del obispo, y sepan que éste permanece impune entre nosotros a la sombra de una devota cobardía?, ¿cuál es la igualdad tan decantada de la ley que lleva al suplicio a dos disculpables Basilisos y no se atreve a tocar a los Bernardos criminales? Aquél era un joven agradecido o aturdido, que preso en un cuartel, sin amigos, sin representación y sin dinero, era nada temible a la nación: sus proyectos ridículos y sus proclamaciones, delirantes. Éste es un hombre ingrato, con demasiado talento para seducir a los incautos; con amigos, con conexiones, con dinero; y lo que es más, con el prestigio de una mitra, con cuyos auxilios puede llevar al cabo sus miras y envolvernos en una nueva guerra de religión; sin embargo, el brazo de la ley se extiende y corta la cabeza de Valdés,(4) se encoge y paraliza delante la mitra de un obispo. ¡A dónde iremos a parar!
No crea usted, compadre, ni por un momento que yo deseo que ese señor obispo corra la suerte de Valdés, a pesar de que bien lo merece y de que no es de mejor condición que los Hidalgos(5) y Morelos,(6) Saltos,(7)Matamoros,(8) Crespos(9) y... tantos otros dignos sacerdotes que nos fusiló el gobierno español; no obstante, yo no deseo que muera un obispo, sino que se destierre lejos de nosotros un enemigo de la patria, ocupándole las temporalidades.
PAYO: Me parece que el castigo no puede ser más justo ni piadoso.
SACRISTÁN: Y agregue usted más ejecutivo, porque si este mal ejemplo se deja correr, no será mucho que tenga imitadores.
PAYO: Pero, compadre, aunque los jueces de hecho hubiesen declarado haber lugar a formación de causa, ¿quién se la formaba a un obispo?, ¿quién lo juzgaba y sentenciaba?
SACRISTÁN: Yo creo que la Corte Suprema de Justicia, pues la sexta de sus atribuciones es conocer de las ofensas contra la nación de los Estados Unidos Mexicanos... y de las infracciones de la Constitución y leyes generales.
PAYO: ¿Y aquí infringió el obispo la Constitución?
SACRISTÁN: No sólo la infringió, la hizo pedazos, destruyendo y haciendo odiosa la base fundamental en que estriba, cual es la soberanía popular. El obispo si no juró la Constitución es un traidor, y si la juró y ha predicado y escrito contra ella, es, un perjuro, y de cualquier manera no debe quedar entre nosotros.
PAYO: Yo me acuerdo que en el año de doce el obispo de Orense en España sufrió igual pena por haber jurado la Constitución con protesta; ¿qué merecerá nuestro obispo sonorense por los atentados que acaba de cometer?
SACRISTÁN: Yo le aseguro a usted que si un pobre particular hubiera escrito semejante libelo sedicioso en cualquier Estado de la Federación, se le habría aplicado el castigo sin remedio; pero al obispo de Sonora se le disimula, se le tolera y se le calla, sólo porque es obispo. Por eso digo, y no me arrepiento de haberlo dicho: no hay contra un obispo ley por más que proclame al rey.
PAYO: A lo menos de hecho así parece.
SACRISTÁN: Pues que se ande el gobierno con esas consideraciones y ya la patria llorará los resultados.
Yo lo que deseo es que la Comisión de Libertad de Imprenta tenga este asunto muy presente para cuando forme su proyecto, pues la disculpa que los señores jueces de hecho han dado para no juzgar el manifiesto sedicioso del obispo de Sonora es, con su licencia, una herejía política.
La independencia que los Estados de la Federación tienen entre sí, no es absoluta sino respectiva; esto es, son independientes unos de otros respecto a sus intereses domésticos o particulares; pero cuando se trata del interés general de la nación, todos y cada uno de ellos deben trabajar en conservarlo; así es que, luego que un Estado vea un papel notoriamente subversivo y sedicioso contra la patria como el manifiesto en cuestión, puede y debe juzgarlo y sentenciar a su autor según la ley, y en el caso de que entre un Estado y otro se suscitasen competencias contenciosas en pro y en contra del supuesto impreso, me parece que se debe ocurrir para la sentencia definitiva a la Corte Suprema de Justicia, cuya primera atribución es decidir entre las diferencias de los Estados; y así, si no me equivoco en mi opinión, cualquier Estado, en el caso del obispo, puede fallar que ha lugar a formación de causa su impreso por ser notoriamente contra la patria.
La mayor duda que pudiera ocurrir fuera designar la autoridad que debiera aplicarle la pena; pero ya hemos dicho que esto compete al Supremo Tribunal de Justicia, ante quien no hay fuero privilegiado. Todos estos espantajos vienen de que ni somos, y acaso ni en muchos años seremos verdaderamente liberales. El teocracismo y la aristocracia son dos arrecifes formidables donde a cada paso se estrella el derecho público y el de gentes. La soberbia los inventó y la ambición los sostiene; donde haya fueros privilegiados, esa decantada igualdad ante la ley es una paradoja ridícula, es el vidrito que llaman mamadera con que se engaña el niño creyendo que come algo, no haciendo otra cosa que lastimarle las encías y gastar su saliva. Mientras haya fueros privilegiados no puede haber igualdad ante la ley. Otro día hablaremos de esto más despacio.
PAYO: Pues a Dios, compadre, hasta otro día.
SACRISTÁN: A Dios, compadre
México, 12 de febrero de 1825.
El Pensador
Se hallará el sedicioso manifiesto del obispo de Sonora impugnado por El Pensador, en esta imprenta.
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.
(2) juri. Cf. nota 16 a El Payaso de los Periódicos.
(3) Guadalajara. Cf. nota 16 al número 3 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(4) Basiliso Valdés. Cf. nota 7 al núm. 17 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(5) Hidalgo. Cf. nota 8 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(6) Morelos. Cf. nota 10 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(7) Salto. Cf. nota 12 al núm. 25 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(8) Matamoros. Cf. nota 9 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(9) Crespo. Cf. nota 13 al núm. 25 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán