[NÚMERO 6]
SEXTA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
PAYO: Compadre, usted no ha tardado. ¿Qué cosa quería la campana?
SACRISTÁN: Nada. Era un entierrito.
PAYO: ¿De quién?
SACRISTÁN: De la hija del alcabalero.
PAYO: ¿Cuál de ellas?
SACRISTÁN: La más chiquita, la de dos años.
PAYO: ¿Pues que ya se murió, compadre?
SACRISTÁN: De fuerza, compadre, ¿pues qué la habían de enterrar viva?
PAYO: No le habrá ido muy mal al señor cura.
SACRISTÁN: Sí, le valió cien pesos el muertito.
PAYO: ¡Caramba! ¡Qué caro cobra!
SACRISTÁN: De fuerza... ¿y la pompa?
PAYO: ¿Qué es pompa?
SACRISTÁN: La decencia, compadre, el lujo que cristianamente usan los que pueden en los funerales de sus muertos, para mostrar hasta el sepulcro la religiosidad con que guardan la promesa que hicieron los padrinos o los sacristanes en el bautismo, y a su nombre, de renunciar las pompas del mundo.
PAYO: No comprendo a usted.
SACRISTÁN: Es fácil comprenderme. ¿No ha visto usted un bautismo de ricos entre cristianos?
PAYO: Muchas veces.
SACRISTÁN: Y no ha oído usted cómo le preguntan al niño que si renuncia de Satanás y de sus pompas.
PAYO: No, nunca lo he oído.
SACRISTÁN: Sí lo ha oído usted; sino que no lo ha entendido porque se lo preguntan en latín.
PAYO: ¡Oh! ¿Pues cómo lo ha de entender el niño? Tal vez, si se lo preguntaran en castellano... ¿Y qué responde?
SACRISTÁN: Él nada; pero los sacristanes responden por él, diciendo que sí renuncian.
PAYO: ¿Y qué sucede?
SACRISTÁN: Que en cumplimiento de esta promesa llega la vanidad de los padrinos a tal locura, que arrojan dinero para manifestarla y lisonjear la holgazanería del leperaje(2) que los rodea. Después sigue en la casa del buen refresco y las propinas de costumbre.
PAYO: ¿Pero eso qué tiene de malo?
SACRISTÁN: Nada. Ellos gastan su dinero sin perjuicio de otro, y hacen muy bien; pero ése no es el modo de renunciar las vanidades del mundo. Así siguen renunciándolas los que tienen facultades, y observan tan escrupulosamente esta humildad, que aún después de muertos la manifiestan con los lucidos entierros, elevadas tumbas o piras, suntuosos mausoleos y los larguísimos y molestísimos dobles con que nos martirizan los oídos y cabezas; que es decir, que los cristianos que esto hacen, y son cuantos pueden hacerlo, son unos embusteros, que prometen hacer una cosa y hacen la contraria. Prometen en el bautismo ser humildes y renunciar las pompas del diablo, y como tengan dinero son tan soberbios, orgullosos y vanos, que hasta en el sepulcro y después que no existen, ostentan su locura y vanidad. ¿No es esto obrar hasta la muerte, contrariando lo que prometieron en el principio de su vida?
PAYO: Es verdad, compadre; pero me ocurren dos poderosas razones para hacer ver a usted que no les obliga la tal promesa. La primera es que se la exigen a los niños recién nacidos, preguntándoles en latín, idioma que no entienden; y la segunda, que ellos no responden sino sus padrinos o los sacristanes, a quienes no les han otorgado ningún poder anticipadamente. Así es que no hay una razón de justicia que pueda obligarlos al cumplimiento de una promesa que ellos no hicieron ni entendieron.
SACRISTÁN: Compadre, usted es quien no lo entiende; pero dejemos esta conversación que nada nos importa, a bien que los curas se hacen pagar a buen precio las locuras y vanidades de los cristianos, y aun los condenan en la décima y costas. Dígame usted ¿qué le parece a usted mi proyecto sobre milicias cívicas?
PAYO: Muy bueno, y con él sin duda que sobrarían soldados; porque todos los hombres trabajan con gusto cuando se les permita su trabajo; y si no, no. Pero pierda usted cuidado, no se admitirá el proyecto.
SACRISTÁN: ¿Por qué?
PAYO: Porque lo propone un sacristán que no vale nada.
SACRISTÁN: Es verdad; mas en esto de proyectos no se debía atender a las personas, sino a las razones. ¿Y todavía está usted tan confiado de que es imposible que venga la Santa Liga?(3)
PAYO: Antes estoy demasiado acobardado con lo que usted me ha dicho. En efecto no tenemos un ejército capaz de rechazar a veinte mil hombres disciplinados y aguerridos.
SACRISTÁN: Pues no se acobarde usted tanto, que sí tenemos quien rechace a cien mil.
PAYO: ¡Compadre!, usted se contradice. El otro día me puso usted tanta cabeza haciéndome ver que estamos impotentes y ahora ha variado de parecer, y quiere hacerme creer que estamos en estado de rechazar a cien mil hombres. ¿Cuándo me engañó usted, el día 7 de este mes o ahora?
SACRISTÁN: Ni entonces ni ahora. Si los enemigos nos hallaren desunidos, cualquier número es bastante para reconquistarnos. La desunión de los tlaxcaltecas con los mexicanos(4) facilitó la conquista de todos a Cortés, y la desunión de los americanos fanáticos y chaquetas,(5) prolongó los males de la patria por doce años en la pasada insurrección; pero al momento que se reunieron, se hizo la Independencia. Esto prueba que unidos no nos reconquistará toda la Europa; pero desunidos, sobra con un puñado de gente, pues nosotros mismos nos de[s]trozaremos.
PAYO: Espero en Dios que no hemos de ser tan lerdos, y conociendo el pan que amasan los españoles cuando vencen. ¡Ay!, ¡pobres de nosotros si volvieran a dominarnos! En los siglos de los siglos no volvían los americanos a zafarse el lazo.
¿Sabe usted lo que me consuela?, que en cuanto a pelear contra los españoles, todos están unidos. ¿Se acuerda usted de un papel que salió días pasados diciendo de unos desertores que como en número de cincuenta se habían separado de sus jefes, llevando a su cabeza a un tal José María Santos, y que estaban resueltos a defenderse del mismo gobierno si los perseguía?
SACRISTÁN: Sí me acuerdo.
PAYO: Pues para que estos soldados abandonaran su proyecto y con su jefe se redujeran al orden, no fue menester más sino el rumor que corrió en esos días de que venían los españoles, a cuyo rumor dio motivo la escuadrilla que llegó a Ulúa. En el instante y apenas los exhortó a la subordinación el comandante militar don Francisco Naranjo(6) cuando todos reconocieron sus banderitas como unos corderitos. Ya ve usted que, según las ideas que tenían, debían de esperar batirse con los enemigos de un día a otro, este temor era bastante causa para desertarse otra tropa, no para volver a su regimiento unos hombres ya desertados. Pues lo cierto del caso fue que estos pobres seducidos manifestaron su valor y patriotismo, apenas entendieron que venían los enemigos a invadir su país.
SACRISTÁN: Ciertamente que es admirable nuestra historia. Este pasaje puede el ministro español escribirlo de buena letra para participarlo al gabinete inglés; pero era menester comentárselo, haciéndole advertir que por acá suele haber sus divisioncillas domésticas sobre algunas cosas, y también sus conspiraciones; pero todo calma sin una gota de sangre. Uno que otro han dado un grito de revolución, y los más contra los españoles, y con todo eso, apenas se presenta uno de nuestros generales, sin disparar un fusil, cundo los jefes ceden, entregándose a discreción y la tropa obedece al gobierno legítimo. De esta subordinación no abundan los ejemplos. Yo detesto las conspiraciones; pero mucho me compadecen los jefes que se han metido en ellas, y sólo por su docilidad los perdonara, si tuviera autoridad para ello.
PAYO: Pero dicen que entonces se repetirán los delitos, confiados en la impunidad.
SACRISTÁN: La reflexión es muy justa; pero para evitar el que se repitieran, no dejaría por mucho tiempo en un mismo punto un jefe militar. El soldado no debe tener ni tiempo para pensar el lugar en donde se aquerencie.(7) El continuo trabajo y el no dejarlo poner pie en postura en ninguna parte, lo hacen activo para la guerra, ve todos los lugares con indiferencia y sólo reconoce al gobierno supremo nacional de quien depende. Las milicias cívicas deben estar radicadas en sus pueblos y pelear en ellos. Esta tropa será más valiente defendiendo sus hogares y familias, y la de línea defenderá la patria en general, reputando su lugar el punto en donde se halle. Pero, después de todo, aunque nos sobren recursos para defendernos: gente, armas, unión, dinero y más valor que el de los espartanos, debemos estar unidos y más unidos contra el enemigo común, y el gobierno tomar cuantas precauciones pueda; porque bajo la desconfianza vive la seguridad, decían los viejos y decían muy bien. Nuestras casas y cofres no los cerramos delante los ladrones, sino cuando no los vemos y por si vinieren: así hemos de hacer con los hermanos españoles, prevenirnos contra ellos y muy bien, por si vinieren; que por ahora a lo menos, ganas no les faltan, y son emprendedores y porfiados como el mismo demonio. Es menester temerlos; en temiéndolos, nos prevendremos contra ellos, y prevenidos no nos entrarán; pero si nos andamos confiando en que no pueden venir, y nos descuidamos, a la hora serán las carreras y los gritos, pero en vano. Yo no trato de intimidar a mis paisanos, sino de inspirarles desconfianza, bien seguro de que ésta debe ser el primer baluarte que defienda nuestra libertad e Independencia.
PAYO: Usted dirá muy bien; pero los americanos son valientes, guerreros, constantes, sufridos y patriotas.
SACRISTÁN: Ríase usted de eso, compadre; todas esas virtudes, sin soldados, sin armas y dinero, valen tanto como el acierto imaginario de un jugador arrancado.
PAYO: ¿Pues qué no es cierto que los americanos tienen esas virtudes? ¿Ellas no valen nada?
SACRISTÁN: Sí las tienen, y valen mucho revueltas con bayonetas, obuses y cañones; porque... usted desengáñese, contra la fuerza sólo vale la fuerza. Un gobierno que no cuenta con la necesaria, no puede hacerse respetar ni sostenerse. Mientras yo no vea que nuestro gobierno no cuenta con un ejército de cincuenta mil hombres, únicamente dedicados a esperar a la Liga, no doy tlaco(8) por nuestra libertad.
PAYO: ¡Qué cobarde es usted!
SACRISTÁN: Más vale ser cobarde que imprudente. ¿Sabe usted lo que me parece que nos está sucediendo?
PAYO: ¿Qué cosa?
SACRISTÁN: Que estamos soñando que somos libres, lo mismo que Iturbide(9) soñó que era emperador. ¿Quién le había de decir a este hombre trágico, cuando era el ídolo de los mexicanos, cuando todos doblaban la rodilla en su presencia, cuando todo era fausto, felicitaciones y humillaciones, quién le había de decir que todo era ilusión y que, dentro de poco, sería arrojado del trono, proscrito y fusilado como un lépero? Nadie se lo hubiera dicho, porque nadie lo creería. Pero lo cierto del caso fue que sucedió. Esto quiere decir que, mientras no contemos con una fuerza respetable, es prudencia temer, no sea que estemos soñando que somos libres, y cuando despertemos sea con la cadena al cuello para siempre.
PAYO: Pero, compadre, en las circunstancias en que nos hallamos, ¿de dónde quiere usted que tenga el gobierno para sostener un ejército de cincuenta mil hombres, con más, los cívicos pobres que no tuvieran con qué subsistir?
SACRISTÁN: A los gobiernos nunca les faltan recursos, y menos en la América, que es el país de la abundancia y de la plata.
PAYO: Pero ésta se halla, por ahora, en las minas.
SACRISTÁN: También hay mucha en los cofres. En los casos apurados la necesidad no está sujeta a las leyes comunes. En siendo para defender la patria, nada, nada debe respetarse, ni sueldos, ni alhajas, ni diezmos, ni la plata de los templos, ni las custodias mismas.
PAYO: ¡Jesús, qué herejía!
SACRISTÁN: ¡Jesús, qué brutalidad!, exclamara yo. ¿Pues no considera usted que si el enemigo viniera y nos reconquistara, no sólo nos quitaría nuestra libertad y miles de vidas, sino también los caudales a cuantos los tuvieran, sin escaparse por sagradas las alhajas y platas de los templos? ¿No se acuerda usted de lo que hizo Calleja en los templos de Zitácuaro y Cuautla(10) y otros jefes españoles en otros pueblos? Pues imagine usted qué harían ahora.
PAYO: Compadre, usted tiene mucha labia y no me deja qué responder. Yo quisiera poder desmentir a usted; pero sus pruebas son innegables.
SACRISTÁN: Falta que oiga usted más para que acabe de convencerse; pero nunca faltan quehaceres. Volveré.
México, septiembre 15 de 1824.
El Pensador
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.
(2) leperaje. Conjunto o grupo de léperos. Cf. nota 2 al núm. 3 de lasConversaciones del Payo y el Sacristán.
(3) Santa Liga. Cf. nota 19 al núm. 1 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(4) tlaxcaltecas y mexicanos. Los aztecas trataron de conquistar al señorío de Tlaxcala, lo que dio pie a una guerra sin cuartel entre ambos. Cortés aprovechó la rivalidad: envió una embajada a los tlaxcaltecas que ofrecían su ayuda contra los mexicanos. En Tlaxcala se preparó la invasión de México y, en gran parte, la conquista de los territorios aztecas se debió a esta alianza.
(5) chaquetas. Cf. nota 6 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(6) Francisco Naranjo. Tenemos los datos de un obispo mexicano que en su juventud sirvió a la milicia nacional, sin goce de sueldo, en el Castillo de San Juan de Ulúa. Pasó después al claustro de predicadores dominicos. Fue obispo de Puerto Rico. Fueron renombradas su sabiduría y su prodigiosa memoria.
(7) aquerencie. Tomar querencia, cariño a un lugar.
(8) tlaco. Voz azteca que significa medio o mitad, era la octava parte de un real en las monedas circulantes en 1824. Después equivalió a centavo y medio.
(9) Iturbide. Cf. nota 2 al núm. 1 de El Amigo de la Paz y de la Patria.
(10) Cuautla. En Cuautla de Amilpas fue la famosa batalla con las tropas realistas de Calleja y Llano. En esa contienda estuvo el conde de la Casa Rul. En Zitácuaro, distrito del estado de Michoacán, también se libró una importante batalla. Ambos lugares fueron prácticamente arrasados cuando los ocupó Calleja.