[NÚMERO 6]

EL SEDICIOSO MANIFIESTO
DEL OBISPO DE SONORA(1)

 

Impugnado por El Pensador en la sexta Conversación del Payo y el Sacristán


El obispo de Sonora, enemigo declarado de la soberanía popular, tiene por locura esta misma soberanía, la libertad y la igualdad civil, que son derechos imprescriptibles del hombre, y para desvanecer los nobles y patrióticos sentimientos de sus miserables diocesanos, echa mano de la seducción en el púlpito, aturdiendo a unos, escrupulizando a otros y aterrorizando a todos. De esta manera consigue hacer odioso nuestro sistema y resfriar el amor patrio en aquellos lugares. De esto se gloria cuando dice: que la lluvia del cielo causó todo su efecto; pero este efecto no fue del cielo, sino de su chaquetismo(14) pastoral. Siga usted leyendo.

Por otra parte, se conoce que el subdelegado Quirós es un hombre de bien y buen patriota, que cumplió con su obligación en denunciar a un obispo sedicioso. ¿Ni cómo bastaban ocho pesos rateros para tapar la boca a un hombre honrado? Siga usted.

"Y he aquí cómo la sujeción que se les debe no es puramente política, económica o externa, cuyas faltas se castigan con penas temporales, sino interna, espiritual, que liga la conciencia, y deja la responsabilidad para la eternidad. La necesidad los obliga a la sujeción, no sólo por evitar la ira, sino por la conciencia.(i)

"Es, en fin, de fe divina, que son ministros de Dios en beneficio de los vasallos,(j) y que los que les fueren rebeldes resistiendo sus leyes justas, faltándoles a la debida obediencia, al amor y respeto que demanda su alto origen, y la naturaleza de los oficios que ejercen, no sólo experimentarán los efectos de su airada justicia, el castigo temporal correspondiente a su delito, sino que ellos mismos por sólo esto deciden la suerte de su eterna perdición. Los que resisten fabrican su condenación.(k) Estas verdades irrefragables y divinas que no están sujetas a la prudencia, a la sabiduría, ni al consejo humano, son comunes a toda legítima dominación, sin excepción de judío ni de gentil, católico ni de hereje, de bueno ni de malo en las costumbres, pues que nada puede inficionar(23) la naturaleza de la autoridad que tiene la participación y el origen del trono del Altísimo, sin que de los influjos de su dominación nadie de los súbditos pueda substraerse, ora sea noble o plebeyo, docto o ignorante, eclesiástico o secular, de alta o de baja esfera. La soberanía popular es un robo sacrílego hecho al Altísimo, a quien pertenece exclusivamente por necesidad de naturaleza, sin que la soberbia y presunción del hombre obste al ser infinito e inmutable del Criador, ni pueda alegar más derecho a ella que el que lo destruye, a saber: el principio de la nada y el nacimiento de dependencia, después de ser práctico apóstata de la única y santa religión, negando las verdades reveladas."

"Son innumerables los títulos honoríficos y misteriosos con que Dios ha honrado a los reyes llamándolos dioses, cristos, ungidos, príncipes, potestades, padres de los vasallos y de sus pueblos; para inspirarles de este modo el alto origen de su autoridad, y los respetos de la divinidad de que están revestidos, obligándolos a que los reverencien, los obedezcan, los amen con aquel amor, respeto y sumisión que se debe a la Majestad infinita, cuya persona representan, y en cuyo nombre ejercen la soberanía.

"Los llama dioses en el capítulo veintidós del Éxodo:(24) No murmurarás de tus dioses, nombrándolos con este dictado divino, propio del Ser Supremo, y exclusivo de todo otro ente, para darnos a entender la analogía y semejanza que el rey tiene con Dios, como vicegerente que es en su reino de la Eterna Majestad, e imagen visible de su poder.

"En el segundo de los Reyes los llama cristos o ungidos, que aunque significan una misma cosa, expresan con más energía su alto carácter, y la inmediación al Todopoderoso, con quienes repartió el poder y la soberanía para el gobierno de los pueblos, comunicada íntimamente de su Majestad y no de la elección de los vasallos. 'Cogió Samuel el vaso pequeño de óleo y lo derramó sobre la cabeza de Saúl diciéndole: he aquí cómo el Señor te ha ungido en príncipe de su heredad; librarás a su pueblo de los enemigos que lo rodean.'(25) Y cuando éste fue testigo de la conducta que observó Samuel en el gobierno del pueblo a quien convocó para este fin les dijo: 'Por vuestra boca habéis confesado de no tener queja contra mí; habla delante del Señor y de su Cristo; testigo es el Señor y testigo su Cristo en este día.' El mismo concepto sublime lo mereció David perseguido por él, instigado por sus compañeros en las cuevas de Engadi(26) para que lo matara: 'No haré tal, dice, no permita el Cielo haga yo semejante cosa a mi Señor Cristo de Dios. No pondré mi mano en el que es Cristo de mi Criador.'(27) Y mandó quitar la vida al amalecita(28) que fingió haberlo muerto en los montes de Gelboe,(29)diciéndole '¿Cómo no has temido poner tu mano en el Cristo del Señor?'

"El nombre de príncipe es nombre de sucesión en la corona, o por la elección de los vasallos, y en este sentido llama la Divina Escritura a los reyes, príncipes del Señor; porque no permitiendo la materialidad del hombre sino un gobierno visible, los reyes hacen las veces de Dios visible, y ocupan aquel supremo puesto de la divinidad, donde ejercen los oficios que ella ejercería sobre los hombres, si el estado de viadores lo permitiera. Los príncipes de los pueblos se congregaron con el Dios de Abraham,(l) ungieron [por] segunda vez a Salomón, hijo de David. Lo ungieron para el Señor en príncipe. Se sentó, pues, Salomón sobre el solio del Señor como rey, después que murió David su padre.(m)

"Son potestades sublimes a distinción de las subalternas, que ellos destinan para el mejor orden de la jerarquía, y llevar por estas segundas manos la felicidad a los pueblos distantes del trono, quedando del todo sujetos a la regia potestad. Todo hombre debe estar sujeto a las potestades más sublimes.(n)

"Salomón sucedió inmediatamente en el trono a David, su padre, y es digna de atención la frase de la Divina Escritura. 'Empuñó su cetro, ciñó las sienes con su corona, se sentó en su solio, no de otra suerte que lo hacen los demás reyes del mundo aunque sean gentiles.' Aquel trono, aquella sucesión, aquella soberanía nada tiene de particular que no tengan las otras. En lo humano, en lo historial bastaba con decir que Salomón sucedió en la corona a David, su padre. Pero no bastaba el intento del Espíritu Santo. Se habían de levantar espíritus presumidos, soberbios como Lucifer, ciegos, atrevidos, que disputarían la dominación del Altísimo, se erigirían sobre él, lo despojarían de sus infinitas perfecciones, se colocarían ellos en su trono, lo postrarían a sus pies: y fue preciso desengañase al orbe de la malignidad de estos perversos incrédulos, de que el trono que ocupó Salomón no era de David, su padre en la soberanía, sino del mismo Dios."

La soberanía no es otra cosa que el ejercicio de la voluntad, y, como cada hombre tiene su voluntad, cada uno tiene su soberanía. Crió Dios al hombre absolutamente libre, sin dependencia de ningún ente criado; de manera que, en el estado natural, todo hombre podía hacer lo que quería, sin responder a nadie de sus acciones. Pero como multiplicándose los hombres, se multiplicaron también sus necesidades y placeres, resultó que los fuertes se aprovechaban de las personas y propiedades de los débiles para satisfacer las unas y contentar los otros.

Los débiles entonces se reunieron para defenderse de los fuertes. He aquí el origen de las sociedades; pero como ninguno tenía un derecho para mandar a los demás, resultaba una confusión de entre la misma sociedad. ¿Qué hicieron entonces los débiles para ordenarse? Depositaron todos y cada uno una parte de su libertad en uno o en muchos, contribuyéndole con algo de sus propiedades, jurando obedecerlo, y el jefe o jefes depositarios de estas libertades se comprometieron a conservarles sus derechos, defenderlos de los enemigos exteriores, y hacer guardar el orden entre ellos mismos. Éste es el pacto social estipulado entre los reyes y los pueblos, o entre las naciones y sus gobiernos; de manera que los hombres reunidos en sociedad, jamás renunciaron su libertad o su soberanía sino que depositaron una parte de ellas en uno o en muchos para lograr mayores ventajas. Y así es que los reyes tan lejos están de ser soberanos como se dicen, y como quiere el obispo de Sonora, como lo está un apoderado de ser dueño de los bienes de su poderdante, pues la soberanía que ejercita no es real sino representativa.

Los nombres de dioses y de cristos, de imágenes de Dios o semejantes al Altísimo que se hallan en las Sagradas Letras aplicados a los reyes, deben entenderse en sentido alegórico, y nunca con ultraje del Ser Supremo. ¿Quién es ante esta terrible Majestad el monarca mayor del Universo? Un átomo imperceptible, un escarabajo miserable que se arrastra en el cieno de su nada, que se parece tanto a Dios como las tinieblas a la luz, el pecado a la gracia, y el no ser al ser; pero el obispo de Sonora, olvidándose de estas verdades y queriendo que incensemos los americanos con la rodilla en tierra a su ídolo, Fernando, nos le quiere sentar en el mismo trono del Eterno. ¡Qué blasfemia!

El pueblo debe entender que cuando en la Escritura se dan estos epítetos honoríficos a los reyes, es en sentido alegórico para infundirles respeto a los vasallos. Así también para que los criados respeten a sus amos, se les dice en el catecismo que se deben portar como quien sirve a Dios en ellos. A los hijos se les insinúa que sus padres ocupan el lugar de Dios en la Tierra. A los casados que deben vivir con sus mujeres, como Cristo con la Iglesia; a las mujeres, que se deben manejar con sus maridos como la Iglesia con Cristo; y a todos, finalmente, que somos hechos a semejanza del Altísimo; y no por estas expresiones debe persuadirse que los amos y padres son semejantes a Dios, los maridos a Cristo, ni las mujeres a la Iglesia.

El trilladísimo texto de que los reyes mandan por Dios, tan alegado por los realistas, quiere decir que Dios es la causa primera de todo, y así como por Dios mandan los reyes, así también por el mismo Señor mandan los Congresos y demás gobiernos republicanos. Y esto no es parola, ni sofisma, consta del mismo texto, óigalo el pueblo: "por mí reinan los reyes", dice Dios, y añade "y los que hacen las leyes (esto es, los diputados a Cortes), por mí determinan lo justo." He aquí cómo la autoridad que ejercitan los reyes y la que ejercitan los gobiernos republicanos toda emana de Dios.

Hasta aquí pudiéramos estar a mano; pero es menester que el obispo de Sonora (para que otro día no trate de fascinar al pueblo, persuadiéndolo de que desobedece a Dios cuando no se sujeta al rey) sepa que Dios detesta el gobierno de los reyes; que su pueblo escogido de Israel fue gobernado republicanamente por jueces o senadores; que estos israelitas hostigaron a Samuel para que les diera rey a imitación de los gentiles, que el Señor se irritó con la petición de este pueblo servil, y le dijo al profeta: "anda y diles o adviérteles el derecho del rey que ha de reinar sobre ellos". Entonces Samuel les dijo: "Éste es el derecho del rey que os ha de dominar. Tomará vuestros hijos y se hará llevar sobre sus hombros. Paseará las ciudades en triunfo; los unos de vuestros hijos irán a pie delante de él y los otros lo seguirán como viles esclavos. Por fuerza los hará entrar en sus ejércitos. Los hará servir a la labor de sus tierras, y les hará cortar sus mieses. Entre ellos escogerá los artesanos de su lujo y pompa. Destinará vuestras hijas a servicios viles y bajos. Dará a sus favorecidos y servidores vuestras mejores haciendas. Para enriquecer a sus cortesanos os sacará el diezmo de vuestros productos. Vosotros, finalmente, seréis sus esclavos, y será inútil que imploréis su clemencia, porque Dios no os oirá, pues vosotros mismos os fabricasteis las desgracias. Entonces sabréis y veréis el grande mal que os habéis acarreado delante del Señor, pidiendo un rey sobre vosotros... aquí clamó Samuel al Señor, y envió el Señor truenos y lluvias en aquel día... Y temió todo el pueblo en gran manera al Señor y a Samuel, y dijo todo el pueblo a Samuel: 'ruega por tus siervos al Señor Dios tuyo para que no muramos; porque hemos añadido a todos nuestros pecados este más, de pedir un rey para nosotros'."(30) Yo quiero que el obispo de Sonora desmienta estas verdades; y si no puede desmentirlas, que conozca el triste pueblo a quien trata de seducir, que el gobierno monárquico es el más duro, déspota, cruel, tirano y opuesto a los naturales derechos del hombre libre, y que esos reyes y soberanos de la Tierra, esos dioses y cristos, tan de la devoción de fray Bernardo, fueron dados por Dios a Israel en castigo de su idiotez y servilismo. Siga usted leyendo.

"No me es extraño hablen de mí, estoy prevenido con anticipación de mi divino Maestro. Si a mí me han perseguido, también han de perseguir a vosotros. Si al padre de familia llamaron Belcebú, mucho más a sus domésticos. No ha de ser el discípulo sobre el maestro. El gobierno superior ha sido zaherido por estos Aristarcos,(32) el Criador lo ha sido también. Son unos mismos los respetos, porque lo es la potestad."

"Lutero en la Sajonia a principios del siglo diez y seis, Calvino en París, y en la Saboya Carlostadio,(34) Zuinglio,(35) Ecolampadio(36) en Holanda, Baviera y Países Bajos, Ro[us]seau en las montañas de Ginebra, son los primeros inventores de la soberanía popular, tuvieron y aún tienen otros muchos prosélitos; pero el orbe cristiano los ha abatido, los ha postrado, los ha arrojado de sí, no componen en el mundo para formar opinión, si no es por los que están tan corrompidos y ciegos como ellos."

En Culiacán a 4 de octubre de 1824. Fray Bernardo, obispo de Sonora.

México, 4 de febrero de 1825.

El Pensador

 

NOTA DEL AUTOR. Después de impreso este papel me dijeron que cuando entró en Sinaloa el señor obispo fray Bernardo, aquellos milicianos sencillos le rindieron las armas. Su reverencia se dejó querer, y habiéndole advertido uno de su comitiva este hecho, respondió muy tranquilo: No hacen mucho; al fin soy un príncipe de la Iglesia. Considérese por esto, cuál será el orgullo y despotismo de este santo prelado.

 


(1) Imprenta de don Mariano Ontiveros.

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