[NÚMERO 6]
CORREO SEMANARIO DE MÉXICO(1)
Miércoles 27 de diciembre de 1826
El precio de la subscripción a este periódico serán 6 reales mensales en México y un peso fuera. Se reciben las subscripciones en esta capital en la Librería del difunto Ontiveros; en Durango,(2) en casa del ciudadano Pedro Carrasco; en Guadalajara,(3) en la del ciudadano José Ignacio Herrera; en Tlacotalpan,(4) en la del ciudadano coronel Joaquín García Terán; en Perote,(5) en la Administración de Correos, y se irá advirtiendo en qué otras de otros lugares, según se proporcionen correspondientes.
PAPAS
13 VÍCTOR I
De 192 a 202
Ya comenzamos a descubrir en los papas el espíritu de ambición y de imperio, que con el tiempo llegó a producir efectos funestísimos. Los doce primeros pontífices romanos ciñeron todas las prerrogativas de su primado a[l] recibir las consultas o pretensiones caritativas que otros obispos les hacían voluntariamente. Habiendo consumado san Pedro y san Pablo la carrera de misión apostólica en Roma, todos los obispos del orbe cristiano concibieron en favor de su Iglesia un respeto religioso que, unido a la circunstancia de ser Roma la capital del Imperio, produjo el verdadero primado universal, no de la persona de san Pedro (que lo recibió ciertamente de Jesucristo), sino de los obispos de Roma, los cuales hubieran sido casi iguales en todo a los demás sino por la reunión de las circunstancias indicadas. Así el obispo de Alejandría resultó patriarca primero del Oriente, porque su ciudad era la segunda imperial, y el de Antioquía segundo, por ser tercera. Si la calidad del fundador y el orden de antigüedad rigiesen, el obispo de Jerusalén hubiera sido el primado universal y no el de Roma. El consentimiento de todos los obispos del mundo en favor del obispo de la capital del Imperio y de una Iglesia consagrada por la sangre del presidente del colegio episcopal y con la de otro apóstol que había sido predicador del Evangelio en todo el mundo y fundador de muchísimos obispados del Oriente, del Egipto, de Asia y de la Europa, fue la verdadera creación del primado romano; pues de lo contrario no tendríamos un texto a que apelar para sostener que la iglesia romana fuese más propia y particular de san Pedro que las de Antioquía y otras muchas que fundó en Oriente y Occidente; ni tampoco para persuadir que san Lino heredó por muerte de san Pedro la presidencia del colegio episcopal. Siendo el consentimiento general de los obispos el que por respeto a san Pedro y san Pablo y por atención a ser Roma la corte imperial, dio ser al primado de los papas, se aclaró que no se puede ni debe suponer en ellos voluntad de atribuir al primado más poderes que los necesarios para dirigir y mantener el buen orden en el gobierno de la Iglesia Universal, y que se reservaron el Poder Legislativo para ejercerlo como los once apóstoles congregados bajo la presidencia de san Pedro, o comunicando sus opiniones por escrito sin congregarse, y consintiendo que prevaleciese la opinión del mayor y más estimable número. Éste es el verdadero primado romano, el cual no sólo es de honor, sino de jurisdicción y potestad, porque en su virtud el obispo de Roma tiene derecho de convocar concilios si las circunstancias lo dictan, y de mandar a los obispos que muestren su opinión sin concilio, en los casos dogmáticos que ocurran, si lo practica con todos los obispos por punto general; de anunciar a los fieles cristianos el resultado fiel de los votos emitidos con libertad plena; y de hacer ejecutar por medios espirituales las leyes eclesiásticas acordadas por el cuerpo Legislativo. Éste es el verdadero primado que si hubiera permanecido dentro de sus límites, sería utilísimo para la conservación del orden público sin ser odioso a nadie, porque ningún obispo sufriría limitaciones arbitrarias en el gobierno de su diócesis. No se oponen a esta verdad las declaraciones de que el primado romano sea de derecho divino por disposición de Jesucristo, ni cuanto se quiera decir en este punto, pues todo es compatible mediante el consentimiento general de los obispos del orbe cristiano; así como decimos que la potestad de los reyes es de derecho divino y por ordenación de Dios, pero ésta se verifica interviniendo el consentimiento de los pueblos que quisieron tener gobierno monárquico.
La pasión más fuerte del corazón humano es la de ambición: el deseo de ser más, mandar más y poder más es tan natural a la naturaleza humana, que por eso la serpiente del Génesis no tentó a Eva, y por su medio a su marido Adán, con otro aliciente que el de ser como dioses si adoptaban su propuesta. No es extraño consiguientemente que la ambición haya tenido entrada en varones santos, pues Adán y Eva, en la época del suceso, eran santísimos, inocentes, y sin embargo cedieron a la esperanza lisonjera de aumentar su dignidad y poder. El papa san Víctor es buen ejemplo del deseo natural de ampliar sus facultades, aunque también lo fue de la virtud, de la docilidad para no abusar del derecho que pensaba tener.
Tratando de san Aniceto hemos visto la cuestión de la Pascua.(6),(7) Las iglesias de Asia prosiguieron celebrándola en el día 14 de la luna de marzo. San Víctor quiso excomulgar a san Policrates, obispo de Éfeso, porque no se conformaba con lo determinado por él en un Concilio Romano(8) de que todos celebrasen la Pascua en domingo. San Policrates le dijo que él era hijo y nieto de obispos, y el octavo de los obispos que contaba ya su familia, y hacía lo que todos ellos, porque su práctica se hallaba fundada en la de san Felipe apóstol y san Juan apóstol, san Policarpo,(9)discípulo, mártir y obispo de Esmirna, san Traseas, mártir y obispo de Eumenia, san Sagaris,(10) mártir y obispo de Laodicea, san Melitón,(11) obispo de Sárdica, san Papirio,(12) y otros santos que había convocado muchos obispos de Asia, los cuales habían resuelto seguir una práctica tan autorizada, por lo cual no le daban miedo las amenazas de excomunión, mediante que los apóstoles habían dicho ser más justo obedecer a Dios que a los hombres. Los obispos del Concilio Romano exhortaron vigorosamente a Víctor que se abstuviese de intimar la excomunión a tantos obispos, porque sería escándalo separar de la iglesia romana todas las provincias de Asia. San Irineo,(13) de acuerdo con muchos obispos franceses congregados a Concilio en Lyon,(14) escribió lo mismo a Víctor, añadiendo que imitase el ejemplo de sus antecesores pues con motivo de haber residido en Roma sabía que los papas Sixto, Telésforo, Higinio, Pío, Aniceto y Sotero habían sido de opinión contraria a los obispos de Asia, pero no por eso habían turbado la paz de la Iglesia condenando el uso contrario. El papa Víctor cedió por fin a las instancias multiplicadas, y los asiáticos prosiguieron su costumbre, que aún duró algunos siglos. Murió después en la quinta persecución general, movida en el año de 202 por el emperador Septimio Severo.
El suceso de Víctor nos ofrece testimonios de un exceso de poder y otro de imprudencia. ¿En qué texto se fundaba el papa Víctor para creer que tenía potestad de excomulgar a todos los obispos de Asia no incursos en herejía? ¿Qué disculpa podía tener suficiente para dejarse llevar de la cólera hasta el grado de declarar por separados de la comunión romana todas las provincias de Asia? ¿No le había enseñado san Pablo que el uso de los poderes espirituales había de ser para edificación y no para destrucción? Podemos decir que toda la pureza del fervor de santidad de los pontífices romanos se conservó solamente por los doce primeros, porque desde Víctor iremos descubriendo ya en los papas las pasiones humanas más fácilmente que la santidad. Veremos que la ambición y el deseo de mandar más y de poder más ocuparon las atenciones principales, aunque se disfrazasen con los vestidos del celo apostólico, que ya no fue sino aparente en un crecido número de papas.
No nos debe aterrar para conocer y confesar estas verdades la circunstancia de ver calificados a muchos papas de esta naturaleza con el renombre de santos: lo primero, porque no consta la canonización sino de poquísimos; lo segundo, porque aun constando no es artículo de fe, ¿cómo lo había de ser la de Carlo Magno(15) y otros tales? Tercero, porque aun venerando las canonizaciones, debemos creer que se haría por respeto al martirio que sufriesen al fin de su vida, el cual purificó sus defectos anteriores. Cuarto, porque aun siendo canonizados por virtudes heroicas y no por martirio, no se sigue que todas las acciones de su vida fuesen virtuosas, por lo cual san Agustín dijo que no todo lo que hicieron los santos fue santo; porque, a la verdad, algunos santos canonizados han hecho cosas muy malas, aunque su intención fuese buena; mas unas veces conducidos de falso celo, otras de opiniones contrarias a la verdad. Sirva esta salva para todo lo que diremos desde ahora en esta obra.
La conducta de san Víctor con san Policrates es tanto más extraña cuanto más indulgente había sido con los herejes montanistas, pues escribió carta en su favor, y los admitió a su comunión sólo porque recurrieron a él contra los obispos que los habían excomulgado. Aprobó la santidad y perfección aparente que predicaba Montano,(16) creyéndola verdadera, y permaneció en el error hasta que se le instruyó mejor de la verdad.
SIGLO III
14 CEFERINO
De 202 a 219
San Víctor había desplegado tan grande autoridad y mostrado poder tan superior a los otros obispos, que san Ceferino, sucesor suyo inmediato, no necesitó inventar sistemas de ostentación de potestad, sino seguir el de su antecesor. San Ceferino lo hizo con tanta exactitud, que Tertuliano(17) le dio ya en su tratado de Pudicitia, título de soberano pontífice y obispo de obispos. Es verdad que lo hizo en tono irónico, y no hay que admirar a la vista del inicuo e injusto trato que Ceferino y su clero dieron a Tertuliano, por envidia del crédito adquirido en Roma de ser más sabio que todos los romanos. La ingratitud del papa y sus presbíteros fue horrible, pues Tertuliano había trabajado inmensamente contra varias herejías y sus sectarios; y en lugar del obispado que merecía, le maltrataron tanto que por despecho se pasó al partido de los montanistas.
Ceferino hizo grande ostentación de su primacía, reconciliando con la Iglesia, sin esperar tiempos algunos de penitencia, ni testimonios permanentes de arrepentimiento, a Natalio,(18) que después de haber padecido por Cristo en una persecución, incurrió en la herejía de Teodoro el Curtidor,(19) y fue obispo de su secta.
Procediendo en sentido contrario, excomulgó a Tertuliano, separando de la Iglesia uno de los mayores defensores de la religión, en lugar de reconquistarlo con medios dulces que compensasen el daño del principio en que le habían hecho caer sus asperezas.
Todos estos procedimientos parecen despóticos, arbitrarios, ajenos de la calidad de padre común, pero de hereje, cuyo crimen le imputó Lorenzo Banek en su obra deTiranide papae in reges et principes christianos, sin expresar cuál fue su herejía. Quid judicandum [dice] si papa fuerit femina qualem Joannem VIII fuisse annales referunt?...Vel si hereticus, qualem Zefirinum, Marcellinum, Liberium, Anastasium aliosque fuisse ajunt ac probant annales et historici?(a)
15 CALIXTO I
De 219 a 222
De san Calixto sólo se sabe de cierto que edificó una basílica en la orilla exterior del río Tíber, y proporcionó un cementerio que ha conservado su nombre. Lo demás que se cuenta sobre disposiciones del gobierno eclesiástico es fabuloso, resultante sólo de las decretales fingidas, lo mismo que cuanto se refiere de sus antecesores y sucesores en esta materia, sin constar de otras fuentes.
16 URBANO I
De 222 a 230
Lo mismo sucede con san Urbano I, a quien se le atribuye constitución, habilitando a las iglesias para poder aceptar y poseer bienes raíces, donados o legados por fieles cristianos. La ficción de la epístola de san Urbano, hecha en el siglo VIII, llevaba la idea de persuadir que los sumos pontífices ejercieron esta potestad desde los primeros siglos. El impostor no previó que los sabios debían conocer pertenecer a sólo el soberano temporal, dar leyes relativas a propiedad y posesión de tierras. También intervino la segunda intención de hacer creer que la Iglesia poseía bienes raíces desde antes de la mitad del siglo tercero, a pesar de ser gentiles los soberanos. Los papas han sacado grandes ventajas de estas mentiras desde el siglo VIII, hasta nuestros tiempos.
17 PONCIANO
De 230 a 235
Tampoco se sabe de san Ponciano más que haber sido desterrado a Cerdeña en tiempo del emperador Alejandro Severo, no obstante su favor prelado(20) tan públicamente a los cristianos, que Lampricio(21) en su Historia dejó dudas de si fueron cristianos él y su madre Mamea,(22) la cual hizo grande aprecio de Orígenes,(23) cuya opinión de sabio y justo era tan general en Roma como en Alejandría. El destierro de Ponciano da motivos de sospechar que su celo de la religión le arrebató hasta insultar los dioses del Imperio, lo que no sufriría el famoso jurisconsulto Ulpiano,(24) que era prefecto de Roma y aborrecía los cristianos por autores de un Dios nuevo.
18 ANTERO
De 235 a 236
Sin hacer caso de lo que dicen las falsas decretales acerca de san Antero, sabemos por los historiadores del siglo IV que, deseando conservar la memoria de los mártires, creó notarios encargados de buscar los procesos hechos por los jueces, y les mandó escribiesen sus actas, origen de tanta fábula como hay escrita en las leyendas de santos mártires. Los notarios que no hallaban procesos suplieron su falta con invenciones suyas y ajenas.(25)
San Antero fue martirizado en la persecución general sexta, movida en el año de 236 por el emperador Maximino.
19 FABIÁN
De 236 a 250
Despreciando las decretales apócrifas como ellas merecen, y haciendo poco caso de leyendas de mártires, en cuanto refieran cosas inverosímiles, apenas tenemos que hablar de san Fabián, sino que murió en la séptima persecución general ordenada por el emperador Decio en el año 250.
ESCRITORES
Los ciudadanos cuyo principal objeto al escribir es ilustrar a sus semejantes a proporción de sus talentos, combatir los abusos más perjudiciales y advertir a los gobernantes de los defectos, aunque involuntarios, en que incurran, son, o por lo menos deben ser, muy apreciados en la sociedad. Ellos, como dice Raynal,(26)ejercen una especie de magistratura, son los órganos de la opinión y los tribunos del pueblo.
Todo gobierno, dice el espectador sevillano, debe animar a los sabios para que escriban e instruyan la nación; debe poner la más reflexiva atención a los trabajos que salen de sus manos, examinarlos, adoptar las verdades que demuestren y corregir los errores en que pueden caer. Es muy común en los gobiernos modernos ridiculizar a los filósofos, cuando no los persigan. Los periódicos franceses, vendidos a Napoleón, señalan su adulación a este monarca, ensalzando sus planes de gobierno sobre todas las ideas conocidas, y ridiculizando los pensamientos de los mejores publicistas, que han honrado el siglo XVIII. Esta conducta es muy impolítica y ajena de los gobiernos liberales. El hombre que enseña es acreedor al respeto del pueblo y del gobierno, no a aquella deferencia servil que adopta las opiniones sin examinarlas, y que recibe de un mismo modo el error que la verdad, no a aquella sumisión legítima que deben atraerse las autoridades públicas, sino a aquella atención que merece todo hombre útil. Sus mismos errores, cuando son descubiertos por medio de una discusión, que él ha provocado, le hacen acreedor a la estimación de sus conciudadanos.
Las personas que están al frente de la administración de un Estado, deben tener más luces e instrucción que un político particular, ya por la experiencia adquirida en el manejo de los negocios, ya por el número de datos que pueden conocer; mas no por eso deben despreciar las luces particulares, ni aun creerse más sabios que ellos. El genio suple a todo: y vemos en la historia que de la obscuridad de la vida privada han salido hombres superiores a los que habían consumido su vida en la práctica del gobierno. Además, los hombres instruidos han hecho en todas épocas considerables servicios al gobierno: han simplificado y favorecido sus operaciones.
¿Quién ha civilizado a los pueblos bárbaros? La sabiduría. En medio de los hombres más feroces y bajo la influencia del clima más áspero, la Providencia ha hecho nacer algunos hombres que han sabido pensar. Estos seres privilegiados son los que han enseñado las primeras artes; los que han formado el embrión de la sociedad naciente, los que han dictado las primeras leyes de los pueblos, groseras, es verdad, pero menos funestas a la humanidad que las numerosas y parciales instituciones de los pueblos ya corrompidos. Aquéllas respiraban la igualdad primitiva de los hombres; éstas han encadenado la multitud al pie de sus magistrados, y han confundido el orden con el despotismo y la obediencia con la servidumbre. Los progresos de la civilización en las naciones donde no ha habido libertad, sólo han servido para apartarlas más y más de los principios universales de la equidad.
La misma causa que formó las sociedades, contribuyó a conservarlas y perfeccionarlas. Los conocimientos políticos, las luces, la instrucción, son los grandes agentes que mantienen el equilibrio en la sociedad entre tan diferentes pasiones y complicados intereses. Destruid los conocimientos útiles en un Estado: la ignorancia y el error atraerán sobre él el caos primitivo de los pueblos incultos. Cada conocimiento que se obscurezca, causará la destrucción de un derecho justo y dará nacimiento a un monstruoso abuso. El vínculo social irá aflojándose sucesivamente, el ciudadano virtuoso gemirá, los malvados de talento, conociendo la depravación general, tratarán de aprovecharse de ella, y viendo los vicios del gobierno, se valdrán de ellos para destruir los fundamentos de la moral. La arbitrariedad se sentará sobre el solio de las leyes; la acción del gobierno se entorpecerá si el despotismo no la auxilia, y los grandes móviles serán la osadía y la violencia. Ésta es la fiel imagen del Imperio Romano en su decadencia; y lo es también de todas las naciones donde el fanal de las ciencias morales y políticas ha sido apagado por el despotismo.
¡Desgraciado, pues, del gobierno que se declare enemigo de la verdad y de los que la buscan y siguen! ¡Desgraciado del que persiga a los sabios, o afecte hacia ellos un desprecio que no puede ser verdadero! Perseguir y despreciar la verdad es manifestar que teme a los que la enseñan: es confesar tácitamente que sus operaciones no pueden sostener el examen de la razón; es romper la unión que debe haber entre los que tienen por oficio hacer bien a los hombres, gobernándolos e instruyéndolos, es destruir el más firme apoyo de la autoridad nacional, que es la opinión pública.
¿Cuándo son buenas las leyes?, cuando expresan la voluntad general de la nación y el voto del gobierno. Y ¿quién puede reunir estos extremos, al parecer tan distantes, sino los escritos de los sabios, que forman la opinión pública e ilustran, confirman o corrigen la del gobierno? La ley debe salir del seno de la nación, que es la parte instruida del pueblo, y volar al pie del trono para ser sancionada. Entonces y solamente entonces es un vínculo social: pues solamente entonces expresa la voluntad de ser ligados por ella.
ATAQUE DIRECTO A LA LIBERTAD DE IMPRENTA
¡Qué diferente contraste hace lo que el lector ha leído, escrito en España bajo un sistema monárquico, y lo que ve en México acerca de libertad de imprenta, bajo el sistema republicano!
Allá se recomiendan a los escritores, y aquí se persiguen a la vez, y tanto, que a no ser algunas ocasiones por la prudencia e integridad de los jurados, ya habría muy pocos que escribieran, según que de cuando en cuando abaratan las denuncias.
Pero el ataque más soberbio que ha sufrido la libertad de imprenta es la prohibición del voceo de papeles, que se ha repetido en estos días con escándalo de la razón y la justicia.
Dos objetos puede tener esta providencia, y ambos la justificaran, si no tuvieran otro arbitrio para darle el lleno que se desea. El primero es evitar que se pregonen por las calles títulos fraudulentos, injuriosos y alarmantes; y el segundo evitar la holgazanería, que naturalmente se extiende entre el populacho, mediante la facilidad que encuentra de adquirir un peso sin trabajo.
Ambas miras son muy justas y dignas de la atención de un gobierno verdaderamente liberal. Nada hay más razonable que mantener el orden entre los ciudadanos; nada más político que disminuir la holgazanería del bajo pueblo; pero nada más criminal que atropellar las leyes bajo pretextos especiosos.
Si para evitar esos males no hubiera otro arbitrio que prohibir el voceo de los papeles, yo sería el primero que lo persuadiera al gobierno; mas no es así. Contra los autores de títulos fraudulentos, injuriosos, etcétera, hay leyes y penas establecidas en ellas. ¿Hay más que aplicar estas penas a los contraventores de la ley? Nada hay más fácil; y sin embargo, nunca se ha visto un escritor castigado por esta clase de infracciones. Pues entonces la culpa no está en los escritores de tales títulos, sino en los magistrados que se desentienden de las leyes.
¿Y por qué los escritores han de cometer los excesos, y los muchachos han de sufrir las penas ya no pudiendo vender a gritos su propiedad, que son sus papeles, y ya exponiéndose a arrastrar una cadena, a guisa de facinerosos, si se descuidan en quitarlos?
Mucho más fuerza hace este argumento si se considera que esta prohibición no dimana del Poder Legislativo, sino del Ejecutivo, que no tiene facultad de hacer leyes; de consiguiente, la providencia tiene todo el carácter de nula.
Es, además, anticonstitucional. En toda la Carta y Acta Constitutiva no se lee otra cosa que la obligación en que están las autoridades de proteger y sostener la libertad de imprenta, y por cierto que es un bello modo de protegerla atacarla de frente en sus mismas trincheras. Prohibir el voceo de los papeles es impedir que se vendan; conseguido esto ya no hay quien escriba, y el que lo hace se pierde sin remedio. El que dude de esta verdad que haga la experiencia con su bolsa.
Hemos probado que para impedir los títulos alarmantes no se necesita prohibir el voceo, sino aplicar a los transgresores las penas demarcadas por la ley; es así que el gobierno se desentiende de esto y autoriza la prohibición, luego no es el objeto de ésta impedir tales títulos, y sí atacar de frente la libertad más sagrada del hombre. Los Venegas y Callejas, los Apodacas y Novellas(27) siempre fueron enemigos de la libertad de la imprenta; pero jamás discurrieron medios más eficaces de atacarla con apariencias de justicia, que el que ha puesto en práctica nuestro gobierno.
Digo con apariencias de justicia, porque no son otra cosa las razones en que se funda la prohibición. Nunca es en vano repetir que no es razón pretextar los títulos alarmantes, etcétera, pues que hay leyes prohibitivas de ellos, y así es excusado aumentar entidades sin necesidad.
Tampoco es razón suponer que la prohibición es por evitar la holgazanería de los muchachos vendedores, pues además que éstos pueden alegar que tal ejercicio lo han adoptado como un arbitrio para mantenerse, por no tener otro, así como los que compran billetes para venderlos a gritos, había el recurso de separar de este ejercicio a los que pudieran trabajar en otra cosa, dejando este arbitrio a los viejos, enfermos e impedidos, y de esta manera se ocurría a todo sin barrenar la libertad de imprenta, atacando de paso la propiedad del ciudadano.
La ley nos permite imprimir y publicar nuestras ideas. El mejor y el único medio que tenemos de publicar nuestros escritos es el voceo de ellos: ni hay ley, en ningún derecho, que prohíba semejante modo de publicarlos; luego, el prohibirlo es contra derecho y contra la Constitución,(28) porque ella no lo prohíbe, y ataca nuestra propiedad, impidiendo que la vendamos como se pueda.
Impide también esta prohibición la circulación de las luces, pues mientras subsista poco se ha de escribir, y a fe que no estamos tan adelantados en ilustración que vayamos a buscar a las imprentas los papeles del día para imponernos. Si con todo el pregón de los muchachos mil veces se perdían aun los autores de papeles buenos ¿qué será quitado este recurso? Se perderán todos y la libertad de imprenta vendrá a ser un privilegio exclusivo de los periodistas.
Yo bien conozco que lo que incomoda son ciertos títulos en que se acusa a los magistrados infractores de la ley. Para éstos el grito del muchacho es más terrible que el bramido de un tigre; pero cabalmente es uno de los principales objetos de la imprenta libre. El magistrado no tiene otro freno para contenerse en sus deberes que el temor de ver pintada con letra de molde su mala conducta, despotismo, venalidad, ignorancia, etcétera; y el grito público y penetrante de sus gracias le es insoportable. En fin, la materia es muy vasta: se ha escrito mucho sobre ella y sin provecho, porque... Esperemos a la nueva legislatura, en la que por fuerza se han de remediar muchos abusos, o se han de canonizar a los Pilatos, sin más razón que lo escrito, escrito.
Sólo quisiéramos saber si hay junta protectora de libertad de imprenta, quiénes la componen, qué suel[d]o tienen sus miembros y cuál es la protección que le dispensan.
COMUNICADO
Señor editor, autor y Pensador. Hasta ahora estaba yo persuadido de que en México había una multitud de guajes(29) o sean tontos que murmuran lo bueno y aplauden una majadería(30) sin más razón que porque no lo entienden; mas no creía que esos tontos lo fueran en tal grado que hubieran apreciado tanto el ridículo y frío folletito que abortaron las prensas el 18 de éste, titulado: Algo de masones, o sea diálogo entre un fanático y una vieja idiota, el que usted impugnó ligeramente con tanta gracia y solidez en el número 5 de su Correo.
Menos me persuadía a que los editores de El Águila(31) tuvieran la paciencia de transcribir en su periódico semejante sandez; pero yo veo que todo ha sucedido. Algunos me dicen que es parto de uno de los mismos editores, y yo lo creo por el empeño decidido que tienen en perseguir a los masones, gente alegre y pacífica, a quien sólo temen los ilusos y los borbonistas; aquéllos porque no están bien con la ilustración, y éstos porque les traslucen sus intrigas y se las desbaratan. Suplico a usted escriba un papelucho por separado, remedando al autor del algo, y vapuleando a los fanáticos hipócritas por el mismo estilo, a lo que le quedará reconocido: don Pancracio.(32)
Otrosí, digo: que después de que usted publique su papel, diga que se vendieron diez resmas, que la gente se rompía las cabezas por conseguir un ejemplar y que se los han pedido no sólo de todos los Estados, sino de Londres, París, Petesbourg, Pekín y Constantinopla. Después de esto, remítalo usted a El Águila, y verá cómo lo imprimen sus editores luego, luego. Vale ut supra, y no es de malicia. El mismo.
CONTESTACIÓN
Será servido el señor don Pancracio lo más pronto que se pueda, y haremos ver al público que el tal diálogo abunda no sólo en el fanatismo, sino en necedades, calumnias y blasfemias políticas. El papel saldrá por separado y se anunciará con este título: El fanático confundido.
DILUVIO UNIVERSAL
En la tarde del domingo 24 de éste, se representó en el Teatro Principal de esta capital, el insulso comedión titulado: El diluvio universal o segunda edad del mundo; la del 26 se repitió. No me sorprendió lo mal desempeñado de la pieza, porque en las malas comedias los mejores actores se echan a perder y los chambones(33) se rematan.
La comedia dicha fue, en efecto, un diluvio de fábulas, impropiedades y disparates. Se ha creído que porque por las tardes concurre al teatro la gente más pobre y más vulgar, se le deben presentar estas piezas de barbarie, apoyados, tal vez, los empresarios en el concurso, en el palmoteo y el aplauso; pero deben advertir que la ocurrencia la provoca el menos costo de la entrada y los aplausos son hijos de la misma ignorancia. Si a esas mismas gentes les representaran buenas piezas, también las aplaudirían, pues como dice Iriarte: el vulgo, si le dan paja, come paja, y si le dan grano, come grano.
El vulgo de nuestra tierra está muy bronco, muy supersticioso, muy fanático, y no es el modo de ilustrarlo, enfanatizarlo más con El diablo predicador,(34) Convidado de piedra,(35) Diluvio, San Antonio Abad,(36) y tanto maldito mamotreto que conserva el archivo del teatro de México para daño del vulgo, descrédito de la nación y padrón vergonzoso de la empresa.
¡Ojalá ésta sepa combinar su interés con la ilustración del vulgo, sustituyendo, en lugar de esos mamarrachos indecentes, comedias de costumbres en que aprenda a amar la virtud y aborrecer el vicio!
(1) Oficina de la Testamentaría de Ontiveros.
(2) Durango. Cf. nota 2 al núm. 1.
(3) Guadalajara. Cf. nota 3 al núm. 1.
(4) Tlacotalpan. Cf. nota 4 al núm. 1.
(5) Perote. Cf. nota 5 al núm. 1.
(7) Puesto que la Pascua se solemnizaba de varias maneras: en Asia se celebraba el decimocuarto día después del plenilunio de marzo; en Roma y en otras partes se procuraba que la fiesta cayese en domingo, Víctor I, en 170, quiso resolver la cuestión. Expuso sus ideas a los obispos de Asia y rogó a Policrates, obispo de Éfeso, que se reuniesen para consultarlos. Policrates fue contrario a la idea de que se celebrase el domingo. Recordó a las personalidades del Asia que, a partir de los apóstoles Felipe y Juan, se celebraba la Pascua según el Evangelio, o sea, en el decimocuarto día de la luna. Dijo: "Tengo sesenta y cinco años, he estado en continua relación con hermanos de todo el mundo, he leído toda la Santa Escritura, y no me dejo intimidar por las amenazas que me dirigen. Porque los que tienen más autoridad que nosotros han dicho: Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres." Cf. Carlos Castiglioni, op. cit., t. I, p. 30. Víctor los excomulgó y fijó la Pascua en el domingo siguiente al día decimotercero después del plenilunio de marzo.
(8) Concilio Romano. Las fechas en que se celebraron los Concilios Romanos son: Romanum, 313; I, 315; II, 324; III, 325. Romanum I en 337; II, 342; III, 342. Romanum 352; I, 368; II 369; III, 373; IV, 382. Romanum, 386. Los otros tuvieron lugar en los años: 430, 444, 445, 449, 483, 484, 487, 494, 495, 499, 500, 501, 502, 503, 504, 518, 530, 532, 590, 595, 601, 606, 610, 640, 648, 667, 680, 721, 724, 726, 731, 732, 743, 745, 759, 766, 799, 800, 826, 853, 861, 863, 864, 865, 868, 879, 881, 897, 901, 949, 963, 964, 965, 971, 984, 989, 993, 996, 1046, 1050, 1051, 1053, 1063, 1065, 1074, 1075, 1076, 1078, 1079, 1080, 1081, 1083, 1089, 1099, 1102, 1119, 1122, 1123, 1210, 1234, 1302.
(9) Policarpo. Cf. nota 11 al núm. 3.
(10) Sagaris, obispo de Laodicea. Mártir en 166.
(11) Melitón. Cf. nota 7 al núm. 5.
(12) Papirio. Mártir en Tréveris.
(13) Irineo. Cf. Nota 6 al núm. 3.
(14) Concilio de Lyon. El I, 1245, fue reunido por Inocencio IV y depuso al emperador Federico II; el II, 1274, reunido por Gregorio X, puso fin por breve tiempo al Cisma de Occidente y decretó algunas reformas, entre las cuales figura una sobre el procedimiento para elegir papa.
(15) Conservamos la grafía original.
(16) Montano. Cf. nota 11 al núm. 5.
(17) Tertuliano. Cf. nota 8 al núm. 3.
(18) Natalio. Ceferino excomulgó a Teodoto y Artemón y acogió en la Comunión de los fieles al arrepentido Natalio, a quien los heresiarcas habían alejado de la verdadera Iglesia. Algunos historiadores lo han llamado el primer antipapa.
(19) Teodoto el Curtidor. Bajo el reinado del papa Víctor I, Teodoto el Curtidordifundió su doctrina contra la divinidad de Cristo. Fue excomulgado por Ceferino, igual que Artemón.
(20) favor prelado. Favor adelantado, anticipado.
(21) Lampricio. Uno de los escritores de la Historiae augustae. Figura como autor de las vidas de Cómodo, Diadumeniano, Heliogábalo y Alejandro Severo. Las dos últimas biografías están dedicadas a Constantino y fueron escritas a petición de este emperador después de la derrota de Licinio en Adrianápolis (325).
(22) Mamea. Julia Mamea, madre de Alejandro Severo, puso a éste a salvo de la persecución de Heliogábalo. Elevó a su hijo al rango de emperador. Se hizo odiosa a los soldados quienes, instigados por Maximino, la asesinaron, igual que a su hijo, el año 235. Orígenes la había instruido en los principios de Cristo y se mostró favorable a los cristianos.
(23) Orígenes (185-254). Padre de la Iglesia y escritor renombrado. Ascético cristiano que se castró para evitar las tentaciones de la carne.
(24) Ulpiano (¿-228). Jurisconsulto latino, prefecto del pretorio durante los gobiernos de Heliogábalo y Alejandro Severo. Asesinado por los pretorianos. Autor de obras jurídicas, cuyas citas textuales forman la tercera parte del Digesto de Justiniano.
(25) En el Liber pontificalis se dice... "mártir por haber ordenado a los notarios que recogiesen asiduamente y conservasen las Actas de los mártires". Cf. Carlos Castiglioni, op. cit., t. I, p. 38.
(26) Guillermo Tomás Francisco Raynal (1713-1796). Sacerdote y escritor francés. Perteneció a los Enciclopedistas. Escribió la Historia de las fundaciones de los europeos en entrambas Indias (1772).
(27) Venegas, Callejas, Apodacas y Novellas. Usando sinécdoque alude a: Francisco Javier Venegas, marqués de la Reunión de Nueva España (1760-1838), 59º virrey de la Nueva España (1810-1813). La supresión de la libertad de imprenta que decretó se debió, en buena parte, a la edición del núm. 9 de El Pensador Mexicano. Félix María Calleja del Rey, conde del Puente de Calderón (1775?-1828), 60º virrey de la Nueva España. Juan Ruiz de Apodaca, conde del Venadito (1754-1835), 61º virrey de la Nueva España. Cuando el conde del Venadito salió para España obligado por los militares, dejó el poder a uno de ellos, el mariscal Francisco Novella, en junio de 1821. Novella no tuvo tiempo de ser nombrado legalmente representante del rey pues en octubre siguiente llegó O'Donojú y Novella tuvo que entregar el gobierno de facto que tenía sobre la guarnición militar de la ciudad de México.
(28) Constitución. Alude a la de 1824.
(30) majadería. Dichos o hechos imprudentes y molestos.
(31) El Águila. Cf. nota 33 al núm. 4.
(32) Pancracio. No hemos identificado al personaje. El seudónimo puede aludir al doctor falso creado por Molière en su obra El matrimonio a la fuerza.
(33) chambones. Poco hábiles. Posiblemente una corrupción de chanflón: hombre de pocos conocimientos o bien poca destreza en su oficio o ejercicio.
(34) El diablo predicador. Obra de Luis de Belmonte y Bermúdez (1567-1630?). Escritor español. Considerado primera figura de la literatura peruana de su tiempo. Sus obras El diablo predicador, de vena satírica y de tono antidogmático, a la par deEl príncipe perseguido y La Hispálica, calificada como superior a la Conquista de la Béticade Juan de la Cueva, fueron muy conocidas en su época y posteriormente cayeron en el olvido por la censura que se ejerció en torno suyo a partir del siglo XIX.
(35) Convidado de piedra. Obra de Tirso de Molina.
(36) San Antonio Abad. Posible alusión a la obra San Antonio Abad, columna ceñida,sermón que en el día diez y siete de henero [sic] de este año de 1723, en la Santa Iglesia Cathedral de esta Metropoli de México, en que su muy noble y siempre augusta ciudad y su ilustríssimo eclesiástico Cabildo le juró en su patrón contra el fuego..., México, Herederos de la viuda de Francisco Rodríguez de Lupercio, 1723, escrita por Francisco Moreno.