[NÚMERO 5]

SOBRE LA INQUISICIÓN

Jueves 30 de setiembre de 1813(1)

Un sordo ruido inspirado por una falsa piedad y por una crasísima ignorancia, así de los estatutos de la Iglesia como de los derechos del hombre, ha murmurado secretamente de la abolición del tribunal de la Inquisición en los dominios de España.

La gente pobre vulgar, y alguna de la vulgar no pobre (porque también hay vulgo decente), se ha llenado de espanto con esta loable providencia, y en los secretos de su corazón, y aun de sus casas, ha declamado agriamente contra ella, persuadida con la mayor necedad a que no puede haber religión católica donde no hay un tribunal déspota como el que se acaba de demoler a impulsos del celo y sabiduría de la nación o de sus beneméritos representantes.

Con este error tan grosero se llenan de un escándalo (al principio) de niños, como llaman los moralistas; esto es, nacido de pura ignorancia; pero ya hoy es un escándalo farisaico, porque ya no deben pretextar ignorancia después que saben que esto lo ha determinado una nación soberana; una nación que no aspira sino al mayor bien y felicidad de sus conciudadanos; una nación representada por la flor, digámoslo así, de sus sabios; una nación que acaba de hacerse libre reconociendo los derechos del hombre; una nación que en el mismo paso de su libertad ha fijado el de su ilustración, y, por último, una nación católica y cristiana. Después que han visto lo que han escrito en el particular hombres sabios, hombres timoratos e individuos de la misma Inquisición derrocada, ya no deben conceder, con justicia, ningún lugar a la duda. Después que han leído el Bando de su demolición y, por fin, ese cuaderno de oro del doctor Antonio José Ruiz de Padrón, es menester ser muy ciegos para no ver la luz: entonces ya éste es escándalo y faramallas farisaicas. Los fariseos se escandalizaban de ver a Jesucristo hacer milagros y beneficios a los hombres en el día sábado (que era su domingo) y no se azoraban ellos de quebrantar toda la ley. ¡Cuántos fariseos no habrá entre nosotros que se espantan de que se ha derribado el despotismo de un tribunal ilegal, opuesto a la sociedad, a las regalías de los soberanos, al instituto de la Iglesia y al mismo Evangelio (como prueba del citado Padrón) de un tribunal odioso en sus principios, criminal en sus procedimientos y aborrecible en sus fines; cuántos se escandalizarán de esto y no les hará fuerza quebrantar impunemente los diez preceptos del Decálogo, y si fueran veinte no se quedaran sin frangir los otros diez!

Desengañémonos: los pueblos acostumbrados por mucho tiempo a sufrir en silencio las duras cadenas del despotismo se connaturalizan con la esclavitud, en términos que, a fuer de ingratos y necios, se recelan de la misma mano benefactora que se empeña en desuncirlos del fatal carro de la opresión y tiranía.

Tal es y han sido el ruin proceder de cuantos se oponen y han opuesto al aniquilamiento de un tribunal que siempre fue injusto, ilegal, inútil en la Iglesia y pernicioso en las sociedades.

Yo ni soy hereje ni pienso serlo: católico nací y tan católico soy como el vicario de Cristo, y así, estas expresiones no salen dictadas por un espíritu de irreligión; lo contrario soy capaz de probar, esto es, que cuantos defienden como necesario en la iglesia de Dios el tribunal de la Inquisición están muy poco instruidos en la misma religión a cuya capa lo defienden: nacen, pues, estas mis declamaciones del íntimo convencimiento de mi entendimiento en fuerza de los gritos de la verdad y la experiencia; y si ahora dos o tres años hubiera yo vivido en Filadelfia, o hubiera estado seguro del rigor de este negro tribunal, hubiera hablado con la misma claridad que ahora; pero entonces no había más que sufrir su tiranía velis nolis y, por más injusticias que se le notaran, por más reflexiones que se hicieran, nadie podía decir esta boca es mía. Era el común proloquio que defendía y patrocinaba el despotismo de este tribunal, decir: "Con el rey y la Inquisición, chitón". "¡Jesús, y qué fatales consecuencias se seguían de este absurdo principio! ¿Conque si a un miserable le levantaban una calumnia? Chitón. ¿Si lo enterraban en un calabozo?Chitón. ¿Si le confiscaban sus bienes? Chitón. ¿Si le embarazaban las defensas?Chitón. ¿Si se desatendían sus descargos? Chitón. ¿Si se esforzaba la calumnia?Chitón. ¿Si se acriminaba la causa? Chitón ¿Si se sentenciaba inicuamente? Chitón. ¿Si era conducido al último suplicio? Chitón ¿Y si su nombre quedaba infame en su generación y su miserable familia sepultada en el oprobio y la indigencia, aunque fuera tan cristiana como san Pedro? Chitón... ¡Oh axioma cruel y detestable por las naciones libres e ilustradas y sólo abrigado por los pueblos ignorantes y esclavizados de la Tierra!

El secreto y las excomuniones eran los escudos que protegían las iniquidades e injusticias de este lúgubre y enlutado tribunal. El secreto era la llave misteriosa de las ilegalidades, usurpaciones y calumnias que cometía, y las excomuniones conminaban con más violencia que las mismas bayonetas. El siglo solapaba sus injusticias, y éstas eran más repetidas a la sombra de las excomuniones.

Yo no haré sino extractar algo de lo mucho y bueno que dice Padrón para que los ignorantes vean cuál era el tribunal que se les ha quitado y cuán sin fundamento reclaman muchos su restablecimiento en los secretos escondrijos de su corazón, aparentando una piedad y religión que no conocen; y ni aun esto hiciera (como no lo había hecho) a no saber que se ha criticado lo que he dicho de paso acerca de este tribunal en dos de mis anteriores papeles. Pero para desengañar a estas buenas almas y que otras no menos sencillas no se dejen alucinar de estos espíritus espantadizos, haré lo que digo y después añadiré algunas reflexiones mías. Dice, pues, el autor citado:

Jesucristo nuestro Señor fue fundador y legislador de su Iglesia. Nada omitió para su establecimiento y perpetuidad: proveyóla suficientemente de cuanto era necesario; instituyó sus legítimos ministros, no dejando esta divina institución a la arbitrariedad y capricho de los hombres. Estos ministros son los pastores de primero y segundo orden, es decir, los obispos y los párrocos. San Pablo dice que el Señor constituyó a unos apóstoles, a otros, profetas, evangelistas, pastores y doctores. El sagrado depósito de la fe, su custodia y defensa fue confiada exclusivamente a los obispos. Ni en el catálogo de los ministros de la fe que enumera san Pablo ni en el concilio de Jerusalén se encuentra un lugar vacío donde colocar siquiera un inquisidor.

De que concluye no ser necesario tal tribunal en la iglesia de Dios.

Dice después que es opuesto a la Constitución, lo que no se necesita probar, sabiendo que el espíritu de ésta es defender y proteger la libertad del ciudadano, cuando el de la Inquisición parece que sólo se dirigía a confundirla y oprimirla.

Pasa, por fin, a probar que este tribunal es no solamente perjudicial a la prosperidad del Estado, sino contrario al espíritu del Evangelio que intenta defender.

Para esto señala la rutina de sus procedimientos en esta forma:

Él ha admitido abiertamente en su seno la maledicencia y la calumnia, la delación y la venganza. Hace verdades, decía el señor Palafox,(2) las que son atroces calumnias... y lo que es más, defiende lo hecho con la misma jurisdicción de su tribunal, de suerte que como hombres afrentan y como inquisidores se vengan. ¿Y qué maravilla es que hayan perecido millares de víctimas, ya en destierros, ya en sus obscuros calabozos, ora en las prisiones y tormentos, ora en las hogueras homicidas? El secreto profundo e inviolable bajo pena de excomunión es como el alma del Santo Oficio, porque así encubren mejor sus abusos, y en esto se diferencia principalmente de todos los tribunales del mundo. Manda la pesquisa, encubre la denuncia, protege el espionaje y, contra todas las leyes de la naturaleza, intima con imperio la acusación recíproca de las personas que más amamos. ¡Desgraciada naturaleza, que siempre ha de estar expuesta a los caprichos de la arbitrariedad y del error!... Yo no quiero hablar de tantos inocentes que han sido víctimas del encono y envidia, de la maledicencia y la calumnia, pues que a todas abriga este santo tribunal. Quiero suponer el hereje más obstinado, el más descarado apóstata, el más rebelde judaizante: o es confeso o es invicto. En el primer caso, se le sentencia después de mil preguntas misteriosas; mas en el segundo, además de la prisión, destituido de todo humano consuelo, se emplean con él horribles tormentos que estremecen a la humanidad para que confiese. Una garrucha colgada en el techo por donde pasa una gruesa soga es el primer espectáculo que se ofrece a los ojos de aquel infeliz. Los ministros lo cargan de grillos, le atan a las gargantas de los pies cien libras de hierro, le vuelven los brazos a la espalda, asegurados con un cordel, y le sujetan con una soga las muñecas, lo levantan y dejan caer de golpe hasta doce veces, lo que basta para desmayar al cuerpo más robusto. Pero si no confiesa lo que quieren los inquisidores, ya le espera la tortura del potro, atándole antes los pies y las manos. Ocho garrotes sufría esta triste víctima, y si se mantenía inconfeso, le hacían tragar gran porción de agua para remedarse a los ahogados. Mas no era esto bastante. Completaba últimamente esta escena sangrienta el tormento del brasero, con cuyo fuego lento le freían cruelmente los pies desnudos, untados con grasa y asegurados en un cepo... Es menester callar por no escandalizar más a los que me oyen, ¿qué es esto? ¿Son éstos los ministros del impío, del execrable Mahoma, cuya religión se sostiene con sangre y fuego, o los de un Dios piadoso, clemente y rico en misericordia? Hablando expresamente con los fariseos, les dice en su Evangelio: quiero la misericordia y no el sacrificio. Misericordiam volo, et non sacrificium. Pero la Inquisición quiere el sacrificio y el sacrificio más cruento. Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y que viva, como nos lo anuncia por su profeta; pero la Inquisición quiere que muera, sin dar lugar a que quizá llegue el día de su conversión... ¿No es éste el más extraño contraste que puede ofrecerse a la imaginación de un cristiano?

Roma, aquella famosa Roma acostumbrada en los tiempos de su mayor relajación a los más crueles espectáculos en las sanguinarias fiestas de los gladiadores, se atemorizaba con el suplicio de la hoguera como el más horrible de todos; pero el Santo Oficio de nada se horrorizaba cuando se trata de herejes. ¿Y si son judaizantes? Éstos iban seguros a la hoguera:dámelo judío, dártelo he quemado. Este bárbaro estribillo tenía siempre en la boca el inhumano Lucero, inquisidor de Córdoba.

La autoridad de este tribunal se extiende también hasta la religión de los muertos. ¡Cuántas veces no ha mandado excavar los sepulcros para exhumar las osamentas de los que ha creído que han muerto en la herejía para arrojarlos a las llamas! Infelices reliquias del linaje humano, tristes despojos de la muerte, sombras respetables que quizá habréis pasado a la otra vida en la inocencia como víctimas de alguna calumnia, de algún encono o venganza, ¡perdonad las preocupaciones y la barbarie de los pasados siglos!...

Hasta aquí lo extractado del señor Ruiz. Y digo yo, ¿es conforme este tirano proceder con el establecido por Jesucristo, cuya ley es santa, suave e inmaculada? ¿Podrá este tribunal ser instituido por el Dios de las misericordias? ¿Habrá quien se espante de su demolición y quien apetezca su nuevo establecimiento? Creeré que es menester estar privado de razón para producirse de esa suerte.

¿Qué más han hecho los tiranos con los mártires, ni los moros con los que insultan su Alcorán? Pero ¿qué digo? Han hecho menos, sin disputa, no hay que dudarlo. El proceder de los inquisidores era peor y más tirano que el de los moros y que el de los Calígulas y Nerones. He de probarlo. Aquéllos sólo exigían de los cristianos la abjuración de su ley, para lo que empleaban los edictos, las amenazas, los tormentos, y aun las promesas, los halagos y las dádivas, medios que jamás conocieron los inquisidores. Aquéllos permitían las visitas y comunicación de sus reos; éstos ni por pienso. Aquéllos se daban por satisfechos en negándoles los ultrajes hechos a su religión; éstos porfiaban porque los confesaran para asestar contra los infelices su venganza. Aquéllos no infamaban las descendencias; éstos afrentaban las últimas generaciones. Finalmente, aquéllos en cualquier instante que su supuesto reo abjurase, lo perdonaban; éstos si el hereje abjuraba en el camino del patíbulo, lo dejaban de quemar vivo: ¡qué misericordia! Pero siempre le quitaban la vida, quemaban su cadáver, se cogían sus bienes e infamaban sus hijos. ¿Qué tal? ¿Quién sería peor?, ¿un inquisidor cristiano o un tirano gentil? Quede la respuesta a la consideración del piadoso lector.

Dudo que haya habido tribunal, por tirano que fuera, que haya sacrificado más víctimas a la ignominia, a la indigencia y a la muerte que el dicho Santo Oficio. El año de 1571, fue fundado el tribunal de la Inquisición en México, por el señor Felipe II con bulas del santo Pío V, y fue su primer inquisidor el doctor don Pedro Moya.(3)Todavía estaba el reino entre las ceguedades del gentilísimo; pero a los tres años de instituido en esta ciudad el dicho tribunal, halló el señor inquisidor sesenta y tres reos que fueron castigados en un auto de fe y que, seguramente, se quedaron sin blanca... Desde entonces acá, ya veíamos el tapiz con que se cubrían las paredes de la santa iglesia Catedral. ¡Cuántos inocentes estarían confundidos con los culpados en aquellas criminales rotulatas!

Este tribunal había entronizado tanto su dominación, que los mismos soberanos lo respetaban y se comprometían a unas acciones que ciertamente degradaban su carácter, no desdeñándose de asistir en persona a sus sangrientos espectáculos para ver quemar a los nombres a sangre fría. ¡Qué pudieron hacer más los tiranos del gentilísimo! Entre cuarenta infelices que el año de 1559 sacó en auto la Inquisición en Valladolid de España en presencia del señor Felipe II, fueron condenados a perecer vivos entre las llamas (¡horrorosa crueldad y digna sólo de ejecutarse por un inquisidor o por un tirano!), fueron, repito, condenados al fuego don Carlos de Sesé, hijo de un privado del mismo señor rey, el doctor Casalla y el cura Pedraza. Y estando Sesé en el brasero exclamó: "Señor, ¿es posible que vuestra majestad ha de permitir que nos quemen vivos?" Nótese que el miserable no pedía ya la vida, sino la disminución del tormento, lo que no se le concedió, y sí vio el rey y la Corte perecer a aquellos infelices con la misma serenidad que vio Nerón arder a Roma. ¡Oh, fuerza de la barbarie de los pasados siglos!

A más de lo dicho, la Inquisición ha sido un auxilio mezquino de los poderosos; así, cuando éstos la han habido menester para confundir las causas de la religión con las de Estado, no les ha sido difícil arrancarle edictos y excomuniones en docenas. Esta proposición la apoya el mismo doctor Ruiz Padrón con esta otra, a fojas 28 y 29:

Tampoco hablaré (dice) de la astucia y política que ha empleado en todo tiempo para sostener su dignidad. ¿Quién ignora que en estos últimos años, olvidándose del fin para que fue establecido, sirvió de vil instrumento al poder absoluto del gobierno? ¿Quién ignora que se prestó a los caprichos y venganza del más infame y voluptuoso favorito de que habla nuestra historia? Este tribunal, tan prepotente y tan terrible con los desvalidos, no tuvo valor para hacer la causa a un malvado sin religión, a un monstruo compuesto de todos los vicios, sin virtud ninguna, y permitió, a la faz de la corte de un rey católico, no sólo hacer panegíricos de Godoy, sino colocar su imagen asquerosa sobre los altares al lado de la cruz de Jesucristo. ¿Es éste su celo por la religión y por la fe? ¡Oh, santo Dios! ¿Y se ha podido llamar a este tribunal santo oficio? ¿Y hay todavía quién lo desee, para honra y gloria de Dios y felicidad del estado?

Qué tal! ¿No se explica bellamente el señor Padrón en todas partes?

Por cualquier lado que se vea la Inquisición es temible y abominable. ¿Qué diremos de aquel soberano despotismo con que, sin consulta de nadie sino de sí propio, se condenaban cuantos libros y escritos no entendían? Solamente el ser una obra sublima y extranjera era recomendación para ser sospechosa a este tribunal y prohibida o in partibus o in totum (sería sub conditione), esto es, por si fuera mala.

He oído a muchos sabios disputar sobre la prohibición del Eusebio,(4) del Iglesias,(5) de algunos versos del Arriaza,(6) etcétera, y deseaban saber por qué se prohibieron; pero a la Inquisición no le tocaba satisfacer, sino mandar, y a nosotros no nos era lícito indagar, sino obedecer a puño cerrado, tuerto o derecho, justo o injusto, que éste es el carácter del despotismo y la divisa de los pueblos ignorantes y esclavizados.

No me desdigo; dije que se prohibían muchas obras sin entenderlas, y pudiera, en confirmación de mi verdad, citar un caso sucedido conmigo en esta ciudad que me sacaría verdadero, pero lo omito porque no se crea que me valgo de la ocasión para vengarme: antes repito que lo que he dicho es únicamente con el fin de que mis conciudadanos alucinados se instruyan de lo bien abolido que está dicho tribunal y no formen el más ligero escrúpulo por eso, ni menos crean que porque se acabó la Inquisición en el reino se acabó la fe ni se disminuyó la religión: nada menos que eso; los señores obispos, como que son los jueces legítimos en estos casos, tendrían buen cuidado de celar y velar para que el hombre enemigo no siembre la cizaña en medio del grano, ni por este lado pueda dañarnos el hijo de la iniquidad. Otros son los abusos que se deben temer, otros los males que amenazan y otros lo remedios que dictan para precavernos la sabiduría y la justicia.

No faltará quien diga, revestido de una bobería o de una piedad aparatosa, que aunque se tenga a bien la demolición del tribunal y aunque se publiquen sus vicios, sería bueno usar más moderación en el lenguaje y no valerse de expresiones cáusticas y de una acrimonia como se ve vertida en los papeles públicos. A esto se responde que se habla del vicio, no de las personas, pues no existiendo ya el tribunal no hay inquisidores, y no habiendo éstos, ¿a quién se agravia?

Otros dicen: no hay duda; todo es cierto; pero no era necesario haber quitado la Inquisición; bastaría haber contenido o refrenado sus abusos. ¡Insensatos! ¿No ven que esa pretensión es una paradoja? Es lo mismo que decir, quítesele el agrio a un limón, pero no se le extraiga el zumo. ¿No diríamos que esto era una bobería, pues el agrio está en el zumo? Pues lo mismo es querer que se quiten los abusos de este tribunal quedando en pie. Si los abusos son sus constitutivos esenciales y todo él se componía de abusos, era imposible quitarle su esencia y dejarla en su ser.

Uno de los abusos más intolerables de la Inquisición era la insubordinación. Ella no respetaba ni rey, ni Roque, ni papa, ni monacillo. ¿Qué caso hubiera hecho deConstitución, ni de órdenes ni mandamientos? A todos les hubiera dado carpetazo, y a la mejor ocasión hubiera fijado en las Catedrales de España los nombres de los señores vocales y diputados en Cortes en sus rotulatas pintadas de amarillo.

Esto sobra para probar que la Inquisición está muy bien demolida y que ya parece se anuncia nuestra felicidad.

Si afectando piedad y cristianismo,

qué era la Inquisición tú me preguntas,

te diré que el asombro de las necias

y el hazme reír de las naciones cultas.

NOTA: Con este número concluyen algunas suscripciones. Se avisa a los interesados para que, si gustan, las refrenden.

 


(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.

(2) el señor Palafox. Juan de Palafox y Mendoza (1600-1659), juez de residencia, visitador, virrey de la Nueva España y fiscal del Consejo de Guerra y Marina y del supremo de Indias. Tuvo varios obispados. Mediante una controversia con los jesuitas impulsó la aclaración de varios puntos de la jurisdicción eclesiástica. Entre sus obras se encuentra el Libro de las virtudes del indio.

(3) doctor don Pedro Moya. Pedro Moya de Contreras (¿-1591), arzobispo español, visitador, virrey e inquisidor apostólico para establecer la Inquisición en la Nueva España. En 1574 celebró el primer auto de fe. Fue un virrey muy severo con los reos de peculado. Siendo arzobispo de México celebró el Concilio III Mexicano, cuya legislación sirvió para toda la época virreinal.

(4) Eusebio. Obra de Pedro Montegnón (1745-1824), el Eusebio (1786-1788) continúa la tendencia del Emile de Rousseau. En el prólogo de la primera edición, el autor afirma que deja al descubierto la "virtud moral desnuda y sin los adornos de la cristiana..." (Cf. Ángel Valbuena Prat, Historia de la literatura española, t. III, Barcelona, 1960). Fue una obra en la que Montegnón imitó el Antenor y la Eudoxia, hija de Belisario de Marmontel.

(5) Iglesias. Quizá se refiera a las Poesías póstumas del escritor español José Iglesias (1748-1791).

(6) algunos versos del Arriaza. Juan Bautista Arriaza (1770-?). Poeta español de la generación prerromántica. Su obra mejor lograda es Terpsícore o las gracias del baile. Menéndez y Pelayo afirmó: "El arte menudo y prolijo del abate Delille, aquella labor de taracea o de mosaico, consiste en amplificar poéticamente rasgos y detalles del mundo exterior, ya físico, ya artificial, tuvo entre nosotros muy aventajado discípulo en Arriaza, cuyo poema Emilia o las artes, escrito, según parece, para recreo de la famosa duquesa de Alba, contiene versos elegantísimos y más estudiados y maduros que lo fueron generalmente los de su autor, aunque por otra parte carezca de toda unidad de plan, reduciéndose a una serie de cuadritos o más bien de paisajes de abanico" (Cf. Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia de las ideas estéticas, vol. III, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1962, p. 597).