[NÚMERO 5]
QUINTA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTAN(1)
SACRISTÁN: No me he tardado, compadre.
PAYO: Y ha hecho usted bien porque ya no veo la hora de oír el proyecto de milicia que usted ha formado.
SACRISTÁN: Él es muy sencillo.
PAYO: ¿Es posible?
SACRISTÁN: Sí, lo es tanto que se reduce a tres condiciones, las cuales guardadas, le aseguro que sobrarán soldados.
PAYO: Dígamelas usted que ya reviento por saberlas.
SACRISTÁN: La primera consiste en que les varíen uniforme, porque el que actualmente tienen es muy indecente, feo y ordinario y tanto que parecen cocheros esos ciudadanos y aun peores que muchos, pues hay cocheros infinitamente más decentes.
PAYO: Pues si todo el proyecto es así, ciertamente que carece de fundamento, porque ¿qué tiene que ver que el vestido sea así o asado para que abunden los cívicos?, y si aun este vestido feo o barato no pueden hacérselo muchos, ¿cómo podrán costear uno mejor? Además que el vestirse así es por manifestar su patriotismo y el deseo que tienen de que las artes progresen en su país.
SACRISTÁN: En primer lugar que siendo como somos, materiales y orgullosos por naturaleza, no es innato el deseo de parecer bien, y el hombre libre, pues, que no sea fraile, siempre que puede le acomoda vestirse de lo mejor y más fino. Hablo de la gente de buena educación, pues nuestro populacho no se acomoda sino con el uniforme de Adán, en tales términos que si los visten de balde, no verán las horas de desnudarse, beberse el precio de la ropa y quedarse en pelota como siempre.
PAYO: En efecto, compadre, que la desnudez de la plebe de México es lo más sucio, asqueroso, obsceno e indecente que puede presentarse. Los extranjeros los miran con hastío.
SACRISTÁN: Y no es eso lo peor, sino que hablan y muy mal del gobierno.
PAYO: ¿Pues qué, el gobierno tiene la culpa de la insolente desnudez de la plebe?
SACRISTÁN: Sin duda; lo mismo que usted la tendría de que sus hijos anduviesen con las nalgas de fuera y hechos unos barrenderos de horno.
PAYO: ¿Pero cómo lo ha de remediar el Congreso?
SACRISTÁN: Con querer solamente. Ni arbitrios faltan, ni fuerza para hacerlos llevar a cabo. Y volviendo a nuestros cívicos, digo, que solamente con hacerles un uniforme vistoso y decente, ya era un principio para que se alistaran muchos y buenos, pues, a la verdad, no parece sino que de propósito se pusieron a estudiar el modo de vestirlos lo más feo que se pudiera. Yo conozco a algunos y buenos, que no se han querido alistar por no vestirse de lacayos. Así se explican.
PAYO: ¡Qué poco patriotismo tendrán esos caballeros!
SACRISTÁN: O tendrán mucho; pero no querrán vestirse mal. Cuando por una equivocada nomenclatura, en tiempo de Venegas(2) y Calleja(3) se llamaron patriotas los que servían de balde al gobierno español contra la patria, se alistó lo mejor de México, y entonces estaban los géneros por las nubes, y era de mucho costo un uniforme, pero muy decente y vistoso; y esto bastó para que no quedara sastrecito ni barberito que no fuera patriota y se hiciera su uniforme, aun a costa de muchos sacrificios. ¡Vea usted cuál es nuestro amor propio!
Tampoco es prueba de patriotismo el vestirse ordinariamente, así como no lo es de virtud ni ciencia el andar mugrientos ni haraposos. Esto lo conocen todos y, en prueba, mil cívicos, esto es, cuantos pueden, se ponen el uniforme el día que están de guardia, y después se lo quitan y se visten de fino. Si el vestirse ordinario fuera por patriotismo y porque nuestros artefactos tuvieran consumo, siempre usarían fraques y levitas de paño de Querétaro(4) y camisas de manta. No lo hacen así, luego... usted sacará la consecuencia.
PAYO: Estoy convencido de que como somos materiales, nos pagamos de lo exterior; pero dígame usted cuáles son las otras dos condiciones.
SACRISTÁN: Prest(5) y subordinación; y no, no me arrugue usted las cejas, porque es como se lo digo. Una tropa, sea la que fuere, que no tenga subordinación, no vale nada, es un navío sin lastre. Pero para que guarde esta subordinación es menester que tenga premio o, a lo menos, qué comer, porque donde no hay refectorio, no hay obediencia. Querer tener soldados que se vistan de su cuenta, que trabajen de balde y que cumplan exactamente con su obligación, es pensar en lo excusado. Por esto andan como andan las milicias cívicas, cuyos soldados hacen o no hacen la guardia, según quieren, y tal vez se ponen con los jefes. ¿Sabe usted lo que me parecen las compañías cívicas?
PAYO: ¿Qué, compadre?
SACRISTÁN: Tropas de muchachos en el día de San Juan. Ya usted los ha visto. Ellos eligen sus jefes y los obedecen mientras se les antoja, y cuando no quieren, los echan noramala y se mudan.
PAYO: Pero, compadre, ¿cómo les han de pagar?, ¿y el patriotismo?
SACRISTÁN: Déjese usted de patriotismo. Empachadas me tienen las orejas tanto patriotismo. No hay más patriotismo que nuestro propio interés; lo demás son fantasmas de nuestra misma vanidad.
PAYO: Esa proposición es muy avanzada, ¿pues que no hay en el mundo patriotismo?
SACRISTÁN: Sí lo hay; pero aun el fino, porque también hay patriotismo falso, se apoya en nuestro interés: amamos a la patria y trabajamos en su bien, porque pertenecemos a ella y porque del bien general nos resulta el particular nuestro, sentado este principio, ¿cómo quiere usted que haya muchos individuos pobres artesanos que comen con sus familias de su trabajo diario, que se alisten en las milicias cívicas, sabiendo que el día que van a hacer su guardia, esto es, el día que sirven a la patria, se quedan sin comer o empeñan la prenda, o tal vez hacen mala obra, lo echa el maestro y se quedan en la calle? Es imposible que el patriotismo de éstos sea tan heroico que se sacrifiquen con sus hijas y mujeres. Compadre, usted desengáñese, contra el hambre no vale el patriotismo.
PAYO: ¿Luego usted quisiera que les pagaran a los cívicos lo mismo que a las tropas veteranas?
SACRISTÁN: Y que los aforaran y lo sujetaran a la ordenanza lo mismo, aunque la paga había de ser mejor. Esto es, cuatro reales al soldado el día de fatiga o servicio, seis a los sargentos y nada a los oficiales; porque se supone que son de proporciones. El fuero que lo gozaran siempre en lo criminal, y la subordinación que les obligara sólo en asuntos del servicio. Y aseguro mil veces que mientras no se esclarezcan bajo este pie las milicias cívicas, valdrá tanto como los soldados del día de San Juan.
PAYO: ¿Pero entonces, en qué se distinguieran los nacionales de los veteranos?
SACRISTÁN: En el uniforme, en el prest, en que no gozaban el fuero civil, en que la ordenanza les obligaría solamente en actual servicio, en que no estaban enganchados por tiempo señalado, y en que no saldrían a campaña sino en defensa de su mismo Estado, o para socorrer a su vecino.
Fuera difícil adaptar ese plan. Si se quiere poner dificultades, ¿qué cosa no las tiene? Pero si se quieren vencer, ¿qué cosa hay invencible? Lo que importa es que el gobierno tenga una fuerza respetable que defienda nuestras costas de los enemigos exteriores, y otra fuerza que conserve el orden interior, llámese estas fuerzas de línea, cívicas, nacionales, provinciales, o como quieran. El caso es que haya dos ejércitos, uno exterior y otro interior, ambos bien pagados, tratados y disciplinados, y entonces respiraremos con más seguridad.
PAYO: ¿Y con qué se pagaba tanta tropa?
SACRISTÁN: Al gobierno no le faltan arbitrios, y en el caso en que estamos, todos son justos para sacar dinero para un objeto tan sagrado. La patria necesita fuerza para salvarse, y el gobierno nada vale sin esta fuerza. Debe y puede imponer contribuciones, hacer pedidos y apurar todos los recursos posibles, y los pueblos no sólo no murmurar, sino ayudar sus providencias, considerando que si no tiene dinero no tiene tropa, y si no tiene tropa no podrá defender nuestra Independencia y libertad, y seremos presa del gobierno español.
PAYO: ¿Pues qué es de veras eso de que viene la Liga?
SACRISTÁN: Créalo usted más que si lo viera. Los papeles públicos nos avisan de los preparativos que ha hecho Fernando(6) para el efecto. Acá cuentan con un ejército de reserva muy respetable en una parte de él, y...
PAYO: Ya, ya sé que este ejército es de lo gachupines y capitulados. ¡Pobres de ellos el día que sepamos el primer desembarco! Uno no ha de quedar, por vida mía. Ellos nos matarán muchos criollos, pero no han de tener el gusto de saber si ganaron o perdieron la empresa sus paisanos. Las vísperas sicilianas, de que me ha contado el señor cura, serían juegos de toros comparadas con la zarra, zarra que habían de experimentar de nosotros.
SACRISTÁN: Ese paso bárbaro y sangriento es el que se debe evitar, poniéndonos con tiempo en defensa.
PAYO: ¿Por qué dice usted que es bárbaro y sangriento?
SACRISTÁN: ¿Pues no lo ha de ser? Es verdad que los más de los españoles nos son sospechosos; porque es como natural que auxiliarán a sus paisanos contra nosotros; pero también es verdad que hay algunos que no sólo no nos han perjudicado nunca, sino que han tomado partido en nuestra revolución, que están radicados, casados con americanas, que tienen hijos americanos, y estos lazos de la naturaleza los han identificado con nosotros, de manera que nos aman con sinceridad y no cuentan con otra patria que la nuestra. Asesinar a semejantes hombres, y envolver a sus tristes familias en el luto y la desolación, fuera la barbaridad más torpe y más sangrienta. No, no debe ser éste el pecado del ratón. El inocente en todas las naciones es persona sagrada y las leyes deben asegurarle sus derechos.
PAYO: ¡Caramba compadre! ¡Qué agachupinado está usted de ayer acá! ¿Qué le han pagado a usted para que los defienda?
SACRISTÁN: A mí no me paga sino la razón y la justicia, y no encuentro ninguna para envolver el inocente con el criminal. Si hay algún día españoles ingratos que después de haber merecido a nuestro gobierno una hospitalidad y consideración de que no hay ejemplar en la historia, encararen las armas contra nosotros, matarlos, sí. Matarlos y hasta los perros de su casa, pues todos serán nuestros enemigos. Pero mientras no den motivo, es necesario respetarlos. Ésta es la ley de Dios y de la naturaleza. Si el infringir estas sagradas leyes es patriotismo, no quiero ser patriota a tanto precio.
PAYO: Pero, compadre, ¿usted cree que hay gachupines buenos y que amen de veras nuestra Independencia? Se están haciendo patos(7) como dicen, porque ven, no sólo que no se les perjudica, sino que el gobierno se ha empeñado en defenderlos y aun en conservarlos en sus destinos. Esperan las resultas de la Santa Liga para caer parados, y en este caso ya les vería usted sacar las uñas a estos hipócritas. Si hay un gachupín independiente quiero que me lo claven en la frente.
SACRISTÁN: Ése, ése es el idioma de las pasiones. Oiga usted ahora el de la razón y desmiéntame si puede. Es imposible negar los agravios que el gobierno español infirió a los americanos, ni el orgullo y altanería, y aun desprecio, con que éstos nos han tratado. Tampoco puede negarse que es muy justo y fundado el temor que usted y otros tienen de que a la ocasión precisa salgan los capitulados y auxilien a sus paisanos contra nosotros. Todo esto indica que nos debemos precaver contra ellos de todos modos. Pero la justicia también dicta que no debemos perseguir a quien no nos daña; y así el español pacífico no se debe asesinar ni perjudicar mientras lo sea. Así que lo deje de ser, las leyes y la fuerza lo oprimirán en derecho. En fin, en este caso debemos tomar el consejo del Evangelio: ser sencillos como las palomas y prudentes como las serpientes. Aborrecer y matar al gachupín sólo porque nació del otro lado del mar, es lo mismo que aborrecer y matar al que no profesa nuestra religión. Semejante religión y patriotismo nos caracterizarán de bárbaros; pero han tocado la campana. Vuelvo.
México, septiembre 11 de 1824.
El Pensador
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros
(2) Francisco Javier Venegas. Marqués de la Reunión de Nueva España (1760-1838). 59º virrey de la Nueva España, de 1810 a 1813. Luchó contra los franceses en la invasión de España. Teniente general y gobernador de Cádiz. Formó un ejército para combatir a los insurgentes, a su regreso a España se le nombró capitán general de Galicia.
(3) Félix María Calleja del Rey. Cf. nota 21 al núm. 3 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(4) Querétaro. Cf. nota 14 al núm. 5 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(5) prest. Haber diario que se da a los soldados.
(6) preparativos de Fernando. España estaba lista para reconquistar las que fueron sus colonias. "Todos temían la mano poderosa de la Santa Alianza, empeñada en sostener la dominación colonial de Fernando por el principio de la legitimidad." Cf. Enrique de Olavarría y Ferrari, México a través de los siglos, México, Publicaciones Herrerías, s. a., t. IV, p. 124.
(7) haciendo patos. Expresión que equivale a la de hacerse tarugo (tonto) o bien el desentendido o distraído. El texto significa que, ante los peligros de esos días, varios españoles se hacían los desentendidos sin querer "dar color" ni en pro ni en contra de la Independencia.