[NÚMERO 5]

MATERIAS CURIOSAS

COMUNICADO


Jueves 17 de febrero de 1814(1)

Señor Pensador

Muy señor mío:

He leído el Suplemento de usted del sábado 12 del que rige, y no puedo menos de celebrar el tino con que usted le advierte al Arquitecto, su antagonista, que los títulos de tal o de otra cosa no bastan por sí solos a probar pericia y suficiencia en quien los posee, pues se pueden conseguir de mil modos. He dicho que celebré el concepto y su expresión, y no me cansaré de celebrarlo. Yo a lo menos no me hubiera explicado con más energía, estando como estoy recientemente agraviado.

Pero para que usted se lisonjee del acierto de su proposición y el Arquitecto y el público se satisfagan de su verdad, voy a contar a usted el motivo de mi queja, dejando al juicio de los sensatos la calificación de mi justicia.

Yo soy un pobre mozo que, después de haber empleado toda mi juventud en las penosas tareas de un continuado estudio de la arquitectura, llegué a obtener en toda forma y justicia el título de académico de mérito, que, a la verdad, para nada me ha servido, como usted verá.

La plaza de Arquitecto supernumerario de la ciudad debe ser ocupada por sujeto idóneo porque, después que la facultad en sí sola es de tanta consideración, lo es más por desempeñar los deberes de tan ilustre ayuntamiento, especialmente cuando en defecto de los propietarios tiene aquél que entrar en su lugar. Para darla se necesita que el agraciado tenga, por lo menos, título de académico de mérito, lo que no se ha requerido en algunos propietarios, por haber mediado circunstancias que no hay en el día, como estará instruido el excelentísimo ayuntamiento.

Es el caso que, estando vaca dicha plaza, la pretendí, fiado en el honorífico título con que me justifica la academia y en el amor patricio que supongo en los señores del cabildo; pues con tan fundadas esperanzas me quedé colgado, como suele decirse, porque la mayor parte de los señores, poco aplicados a distinguir el mérito y suficiencia de los pretendientes, o más bien engañados, dieron el empleo a otro individuo que tan lejos está de tener los conocimientos que yo en la materia, que no tenía cuando se colocó ni aun el título de académico supernumerario en toda su extensión, y para comprobar que tenía el expresado título no presentó sino una simple certificación particular.

Si los premios son consiguientes al mérito y éste se prueba por la más o menos habilidad, yo hubiera apetecido que el noble ayuntamiento, antes de conferir el empleo al dicho individuo, hubiera mandado que entre él y yo se hubiesen discutido en un acto público algunos puntitos intricados de arquitectura, preguntándome lo que quisiera y haciendo yo lo mismo. Como esta función debía haberse celebrado ante los peritos del arte, fácilmente se hubiera conocido quién de los dos tenía más suficiencia y, por consiguiente, más mérito para obtener la plaza pretendida; pero como no se atiende al mérito cuando se trata de quedar bien con los empeños, de ahí es que esas diligencias son excusadas.

Agregue usted a lo dicho que el sujeto que con agravio mío obtiene la plaza es bastante acomodado y no necesita el empleo para subsistir, cuando yo soy un pobre que por las agravantes circunstancias de mi situación hubiera obtenido este empleo como efecto de gracia y de justicia.

He aquí como a la Academia le faltó energía y vigor para sostener sus respetos sosteniendo mi mérito; al ayuntamiento le faltó la justicia distributiva y la caridad paternal para socorrer a un hijo suyo y premiar sus tareas, y a mí me faltó medio para reclamar mi derecho, porque siendo un pobre, ¿cómo voy a emprender un moroso litigio no menos que con la ciudad de México? Por lo que me consolaré sólo con que usted me haga la gracia de publicar mi queja en su apreciable periódico, suplicándole diga alguna cosita sobre tan injusto proceder.

Diga usted que ¿cómo se han de aplicar los jóvenes a esta clase de estudios, si saben que, después de afanarse y trabajar, han de tener el dolor de ver que sobre ellos se premia a quien en la facultad tiene menos conocimientos; y diga usted, por fin, cuanto le parezca oportuno para darle por el pie a esta clase de felonías, entendido de que usted no se hará responsable de este escrito, porque cuanto he dicho es la verdad, que estoy pronto a probar en tribunal superior, pues si no puedo seguir un pleito costoso porque soy un pobre, podré a lo menos quejarme públicamente de una tal injusticia, para que, llegando a oídos de quien la pueda remediar y evitar, se ejecuten otras por este estilo, le quede esta satisfacción a su afectísimo servidor que besa su mano.

 

J. M. E.

Crítica sobre el diario de 11 de este mes

Señor don Antonio Chispas

Amigo mío:

A usted, como que no es Arquitecto, es menester tratarlo con mucha urbanidad y respeto, y aun no sé si con algún miedo, por el que influye su apellido, pues esto de chocar con chispas tiene su riesgo por lo que pueden quemar; pero como usted sabe y aun ha dicho en su papel, que las opiniones de los hombres varían lo mismo que las cabezas, creeré de su prudencia que no tendrá a mal manifieste yo mi parecer sobre algunas de sus chispas, que yo las llamara juiciosas y prudentes reflexiones.

Todas me parecen justísimas y fundadas, porque ¿quién no advierte que es una ridiculeza el ver a los granaderos del comercio con gorros franceses y casacas moderniespañolas? Digo así, porque usted bien sabe que las casacas pertenecen al traje francés, adoptado después que se desterraron las ropillas, bigotes, capotillos, mangas y greguescos acuchillados de los tiempos de Wamba; pero sin embargo, aunque sean de un mismo origen las casacas con los gorros, no son de un mismo uniforme, pues a la casaca dice bien el sombrero montado y, por una corruptela, el redondo, pero jamás dirá el gorro de campaña, que es lo que usted repugna en los dichos granaderos; pero tenga usted tantita paciencia, que no hay dinero para encascar a tanto soldado. Quizá querrá Dios que para la próxima Semana Santa los veamos usted y yo como deseamos.

La reflexión sobre no estar sino una puerta franca los días festivos en la santa casa Profesa es muy juiciosa, y la fácil enmienda de esta incomodidad, etcétera, debemos prometernos del padre prepósito.

Sobre la falta de policía de que usted acusa a los señores regidores por la permisión de pajerías y casas de trato en que es preciso haya mucho fuego o muchos combustibles, no digo más, sino que a veces no se pueden remediar muchas cosas.

Habla usted sobre asuntos de moda y repugna la pelonería en las damas, creyendo que el pelo parece que es un privativo adorno en las mujeres; pero amigo, en el caso no hay más solución sino que es moda; yo escribí ahora dos años un poemita, titulado La furiosa y la pelona(2) contra esa moda; pero el papel se quedó escrito y las tijeras siguieron ejecutando sus trasquilas. Yo estoy convencido de que la pelonería no es la peor moda; a lo menos ahorra piojos y el trabajo en peinarse. Acerca de las figuras que hacen los tápalos,(3) es menester decir que es ridícula; pero qué más dijera usted si hubiera oído decir, como yo, que hay modas inventadas para ridiculizar a los ministros de la religión católica y aun a los mismos santos.(a)

No se escandalice nadie; así es; muchas modas del día no son sino inventos de la impiedad francesa para burlarse de las pías costumbres de los creyentes romanos. El tápalo es para ridiculizar la cogulla de los obispos católicos: cotéjese corte y corte y se verá. Para el mismo detestable fin son aquellas bolsitas que suelen traer algunas señoras en la mano, engañadas con que son para guardar el polvero, el abanico y el rosario, y no son sino para ridiculizar y poner en faceto las bolsas guarda mitras de los obispos. Los ridículos son unos capotones tales para burlar el traje de los monjes. Las diademas de algunos soldados, o aquellos semigorros redondos galoneados, no son sino para mofarse de las laureolas de las imágenes.

Estos usos o abusos(b) no son sino ecos del materialismo e irreligión del impío Voltaire y sus secuaces, que así comenzaron a zanjar en la Francia el ruinoso edificio de la depravación y el libertinaje. Es muy piadoso(c) creer que los más que adoptamos estos trajes no lo hacemos con objeto tan criminal, sino por figurar entre los monos del día.

En todo lo dicho, ya usted ve que soy de su mismo modo de pensar, menos en lo tocante al párrafo en que dice usted que las cruces que están en las esquinas del cementerio de Catedral se hallan en contradicción con nuestras leyes cristianas, porque, según los teólogos, a la santa cruz se le debe tributar adoración, latría, etcétera. Añade usted que en semejantes parajes no sólo se expone a repetidas y casi continuas faltas en este particular, sino que además se cometen muchas indecencias y desacatos delante de un objeto tan respetable. Lo mismo dice usted de las imágenes de Cristo y su santa madre que se hallan colocadas en el Portal de Mercaderes y en el de las Flores.(4) Alaba usted y celebra la providencia del señor intendente Mazo por haber quitado las imágenes que se hallaban en el portal de la Diputación, y lo instimula para que quite las de los Portales dichos para que se eviten las profanaciones que suelen ser comunes en tales lugares; concluye usted invocando la atención de todas las gentes, etcétera, para que adviertan el respeto que debemos a las imágenes, según nuestro apreciable Ripalda.

Éste o éstos son los párrafos sobre que tengo que decir algo. ¿Y quién dudará que la piedad cristiana, el celo por el decoro de nuestra religión y una ferviente devoción no han sido los inspirantes que usted tuvo para explicarse contra la ubicación de las santas efigies mencionadas? Pero vea usted cómo una misma causa puede producir efectos distintos. Yo soy tan católico como usted y amo a los santos en sus retratos como el que más, y sin embargo, mi parecer en este punto es enteramente opuesto al de usted. Puedo errar, pero oiga usted.

Es claro que debemos a las imágenes la veneración que daríamos a sus originales, pero también es verdad que muy pocas veces hacemos lo que debemos por razón de nuestra naturaleza corrompida, de que se infiere que la misma causa que disminuye el respeto debido a las santas imágenes del Portal está vigente para disminuir la veneración que debemos a las que están en las iglesias, y no por eso diríamos que era oportuno cubrirlas, a lo menos para impedir la presencia de nuestros desacatos. ¡Qué más! En el augusto sacramento sabemos que no hay imagen, sino el mismo cuerpo físico de Jesucristo, y vemos en su presencia real cometerse las mayores irreverencias, si no son algunos sacrilegios. Es común tomar polvos, sentarse, escupir, distraerse, parlar y murmurar, y no es muy raro mirarse, sonreírse y hacerse quizá algunas señas más escandalosas entre ambos sexos; y, sin embargo de esto, nadie tendría por prudente la persuasión para que se escasearan los jubileos.

Si por algunas desatenciones se han de quitar de nuestra vista las imágenes del Portal, quítense primero las que tenemos en las casas, porque ¿dónde están expuestas a más irreverencias? En las casas se come, se bebe, y con exceso mil veces; se riñe con la familia; se usan quizá palabras indecentes, obscenas y escandalosas; se corta y se destruye el honor del prójimo; se están sentados o acostados en un canapé, y si se quiere, con los sombreros puestos, chupando, jugando, etcétera. En las salas se tienen los bailes; en éstos se hacen las contradanzas y wals, donde hay sus lazos, abrazos y manoseos; allí, por fin, se enamora y se seduce con la mayor libertad y sin tener a las imágenes el más mínimo miramiento.

Esto lo vemos todos y no se puede negar; ¿conque dígame usted si corren igual paridad las imágenes del Portal con las de nuestras casas, en cuanto son objetos representativos de unos originales a quienes debemos las adoraciones, hiperdulía y dulía? ¿Y si es así, es menester entrar por el aro de que no debe haber imágenes en las casas, pero, por la misma causa, ni en los templos, y entonces en qué nos distinguiremos de lo herejes? Nuestras costumbres están en un estado de relajación que poco nos distinguen de los ateos epicuros; nuestras ceremonias exteriores de religión se hallan ofendidas con nuestro desacato; no nos quedan sino algunos vislumbres de cristianos en la tal cual veneración y afecto que mostramos a María santísima y los santos en sus imágenes; con que, quitándonos éstas de la vista, ya pronto nos olvidaremos de la Iglesia católica romana.

A eso parece que se tira: en las principales casas apenas hay una imagen por cumplimiento, pero han sustituido sus lugares esas indecentes figuras de yeso, que mientras más remedan el natural más incitan a la lascivia, porque la gracia de ellas consiste en estar casi desnudas, y si no fuera por el qué dirán, en muchas partes las quitaran el casi. Venus, Baco, Cupido, Minerva, Apolo, Dafne, etcétera: he aquí los simulacros que han ocupado los lugares de las Rosalías, Antonios, Gertrudis, Nepomucenos, Rosas, etcétera. Yo no sé si los gentiles tenían otros santos dioses y penates que los primeros que he dicho y apreciamos. Dirán que se hace por adorno, por moda, y no por tributarles ningún culto; es verdad; pero si no se les da culto, ellos son tan benignos que hacen sus milagros a la diablesca, en la incitación torpe a que inclinan a los jóvenes que las ven, las observan y pretenden imitar.

No digo esto por hipocresía ni por virtud. La primera repugna a mi genio y la segunda está lejos de mi corrupción. ¡Ojalá mintiera en esto! Pero aunque nuestra conducta privada no sea la que debe ser, a lo menos conservemos las cristianas exterioridades de nuestros mayores, y ya que seamos malos, no nos avergoncemos de parecer cristianos: malo es que seamos pecadores, pero peor es que queramos parecer herejes (esto no habla con usted sino sobre la moda de las figuras dichas).

Volviendo a nuestro asunto, digo que hacen mal cuantos se desacatan a las imágenes del Portal y a cualquiera otra que se halle en público; pero no me parece oportuno el que se quiten de la pública veneración por esta causa. Si unos pasan con el sombrero puesto, otros se lo quitan; si unos hablando torpezas, otros rezando avemarías; y así, lo mejor en el caso, me parece, es dejar a tan bellas efigies en la antigua posesión de sus lugares y exhortar a los irreverentes currutacos que frecuentan el Portal de Mercaderes a que, cuando pasen delante de aquel respetable santo Cristo y de aquella hermosa purísima Virgen, toquen siquiera los sombreros para que den ejemplo a los miserables idiotas de la plebe, aunque de éstos lo pueden recibir en el particular; y aquí es bueno advertirles a estos mis señores que el vulgo, y aun de capilla y bonete y chaqueta, capote y levita tiene a esta clase de fantasmones por herejes, cuando ven que a las santas imágenes no les tributan ningún respeto, ni se destocan al Avemaría, ni hincan ambas rodillas al alzar el cuerpo de Cristo, ni se descubren cuando va para el viático, si no es pasando por frente de ellos. Tal vez estas faltas no serán efectos de herejía, sino de irreligión; pero el vulgo juzga por apariencias y es difícil persuadirle lo contrario.

Así pues, yo soy de parecer que las santas imágenes que están en el Portal no se deben quitar de allí jamás, porque tienen en aquel lugar el culto que no tendrían en otra parte. Si hay irreverentes que las insulten, hay piadosos que las veneren, y no se deben privar a éstos de los desahogos de su pública devoción por un pánico escrúpulo, ni quitar de nuestra vista unos objetos tan bellos y sagrados que allí, allí, excitan actos fervorosos y quizá impedirán muchas determinaciones inicuas.

La santa Iglesia, celosa siempre del culto debido a las imágenes santas, no ha prohibido, antes sí ha consentido con la piadosa devoción de los fieles, en tener imágenes públicas. El Concilio segundo General de Nicea dijo:

Habiendo empleado todo el tiempo y la exactitud posible, decimos que las santas imágenes... serán puestas así en las iglesias... como en las casas y los caminos. Esto es, la imagen de nuestro Señor Jesucristo, de su santa madre, de los ángeles y de todos los santos. Porque cuanto con más frecuencia se ven en sus imágenes, más se excitan los que las miran a la memoria y al afecto de los originales.

En el Concilio de Sens de 1628 se lee una decretal que dice: "Las imágenes sirven a los simples para excitarles a imitar la virtud." Y el santo Concilio de Trento se refiere en la sesión 25 sobre el caso a los demás concilios y particularmente al segundo citado de Nicea.

Éstos son los fundamentos en que estriba mi opinión de que no conviene quitar las imágenes dichas del Portal, sino exhortar a los inadvertidos a que les tributen la justa adoración que les es debida.

Repito que puedo equivocarme en mi juicio, pero mientras no halle segura contraria convicción he de permanecer en esta idea.

Soy de usted con el mayor afecto, etcétera.

El Pensador

 


(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.

(2) La furiosa y la pelona. Corresponde al primero de la serie de seis diálogos reunidos bajo el título general: Diálogos críticos sobre diversos asuntos. Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui, año de 1811. Furias se llamaba a las mujeres que usaban el copete o el cabello revuelto según una de las modas existentes. Cf. Santamaría.

(3) tápalos. Chal o mantón con el que se tapan la cabeza y el rostro las mujeres. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(a) Afortunadamente habitamos un país donde no se quiere ni se permitiría hacer moda de la religión o de sus ministros.

(b) Supuesta la significación que el autor les da.

(c) Y justo.

(4) Portal de Mercaderes y en el de las Flores. El primero se encontraba en el lado occidental de la Plaza Mayor de México, frente al Palacio Nacional. El de las Flores ocupaba casi la mitad del lado meridional de dicha Plaza. Debía su nombre al comercio de flores realizado en canoas, muchas de las cuales llegaban hasta la Plaza.