[NÚMERO 4]

Jueves 23 de septiembre de 1813(1)

Continúa la materia del anterior

La preocupación que vamos a refutar es del mismo calibre que las antecedentes, y tal vez más funestos los perjuicios que acarrea a la sociedad. Ésta es aquella ojeriza con que los hombres de una tierra ven a los de otra, sin advertirse más causapróxima de ésta, que llaman también antipatía, que la diferencia de lugares respecto al nacimiento de unos y otros.

Un error tan craso como éste ni es niño ni ha debido su cuna a sólo este Continente; es ciertamente muy antiguo y muy general en el mundo. Griegos y troyanos, lacedemonios y mesenios, romanos y cartagineses, judíos y samaritanos, franceses y españoles, tlaxcaltecas y mexicanos, etcétera, etcétera, se vieron arder con esta rivalidad en las guerras más espantosas; y aun cuando por fortuna o conveniencia recíproca se trataba entre ellos de paces, se rompían éstas cada instante por el menor motivo.

No es lo más notable que estos celos, diferencias y rencores tuvieran su asiento entre gentes de diversas naciones y, por lo mismo, de distintas leyes, usos y religiones; lo particular es que este género de odio ha tremolado su negra bandera entre los habitantes de unos propios reinos; unos por religión, vasallaje y costumbres, el cual, cuando no ha originado turbulencias y conjuraciones intestinas, se ha mantenido sofocado en los corazones de estos ridículos antípatros.

Nosotros sabemos bien las burletas o mutuas injurias con que se zahieren, so color de chanza y pasatiempo, los de unas provincias con los de otras. Sean ejemplos caseros los catalanes con los montañeses, los vizcaínos con los andaluces y, en este reino, los poblanos con los mexicanos, los de Guadalajara con los de Valladolid; y los de este pueblo con los de aquél; porque es casi general buscar los de una tierra defectos que echarles en cara a los de otra, y defectos que no pueden tener la menor culpa. Así vemos a cada paso hablar mal del temperamento de este pueblo, de la pobreza de aquella ciudad, del estilo o tono de locución de la otra villa, de la mala calidad del agua de tal lugar, y de otras cosas como éstas con cuyos vituperios se pasa el rato y se fomenta la antipatía.

¡Qué mucho se advierte ésta entre los que han nacido un poco retirados de los demás, aunque sean connaturales del país, si los de una misma ciudad o pueblo no se pueden exceptuar de ella mil ocasiones; antes parece que la propia vecindad que los debía unir con amor y benevolencia los aparta, fomentando el odio hasta el extremo de alarmarlos e incitarlos a destruirse sangrientamente! Por esto hemos visto (no muy lejos, en la Puebla) juntarse en tales o tales días los de un barrio para pelear a sangre fría con los de otros a palos y pedradas, siendo el fruto de estas guerras locas (si hay alguna que no lo sea) quedar muchos rotos de cabeza, perniquebrados y no pocos muertos. Lo mismo sucedía en esta ciudad por los años de 46 con los indios del barrio de Santa María la Redonda(2) y los de Santiago Tlaltelolco.(3)

Aún es poco lo dicho; se advierte esta misma rivalidad, como apuntamos, no sólo entre los de un mismo reino ni de una misma ciudad, sino ¡lo más raro!, entre los de un propio gremio o facultad, con tal que intermedien algunas circunstancias por donde pueden los unos fundar alguna vanidad y los otros algún resentimiento. ¡Quién lo creyera! Los de un colegio zahieren y se burlan de los de otro; los de este regimiento de los de aquél y, comúnmente, los de una profesión, de sus compañeros. Por esto dice un refrán castellano: "¿Quién es tu enemigo? El de tu oficio." ¡Válgate Dios por locuras de los hombres! ¿Es posible que los que debían amarse con más interioridad por razón de paisanaje, de vecindad y profesión no estén seguros de aborrecerse? No hay remedio. Esto lo vemos, y nadie podrá negar una verdad tan evidente.

¿Y cuál será la causa de estas funestas rivalidades? ¿De dónde provendrá esta conocida antipatía? Yo jamás he dudado un instante acerca del origen de esta clase de aversiones. Puedo engañarme, pero soy de parecer que no hay antipatías, esto es, ojerizas cuyas causas sean inescrutables. En este concepto, creo que el origen de estos odios depende o de agravios recibidos o de envidias fomentadas y no de otra cosa.

Si indagamos con reflexión y prolijidad, hemos de encontrar precisamente con la verdad de esta proposición; porque los hombres ni obran ni nunca han obrado maquinalmente, sino siempre por algún fin determinado. Esto es constante, y de ello se sigue que, cuando se han odiado y aun destruido con las guerras más escandalosas, ha sido o por inferir agravios o por justa defensa de ellos. Y por lo que respecta a las rivalidades veniales,(4) quiero decir a aquellas en que no corre sangre, como verbigracia, en las de unos profesores con otros, de estos vecinos con aquéllos, etcétera, podemos decir que las ha fomentado la emulación. Casi todos envidian a los demás las ventajas que les reconocen y de que saben están desproveídos. Así, el ignorante (si no lo es demasiado) envidia al sabio en cualquier facultad; el artesano a su compañero, si trabaja mejor y tiene por esta razón mayores créditos; el comerciante al otro que tiene mejores consignaciones; el labrador al otro que posee mejor terreno; el general al otro más esforzado o más favorecido de la suerte; la dama a la plebeya, si es más hermosa..., y para no cansarnos, todos se envidian; hasta el pobre mendigo quiere envidiar al otro menos pobre, según aquello de que un cantor envidia la mejor voz del otro y un mísero la menos mala suerte de su igual.

Invidet et cantor cantori, et egenus egeno. Pues si casi todos se envidian y recíprocamente se agravian, ¡qué mucho es que casi todos se aborrezcan!

Muchas veces en estos odios median a un mismo tiempo el agravio y la emulación, y entonces son los resultados más funestos. ¡Cuántas veces una nación ha decretado guerra a otra sin más motivo que satisfacer la envidia que la ha tenido por ésta o la otra ventaja en que la reconoce superior! ¡Y cuántas se trama un pleito en las Audiencias por querer el poderoso despojar injustamente a algún pobre de esta posesión, de aquella tierra, de aquel derecho, etcétera, que le ha envidiado!

En estos casos la envidia es la que motiva el agravio; y éste y aquél, por activa y por pasiva, originan y fomentan la rivalidad entre los contendientes, ya sean naciones, ya particulares.

Ello es que siempre que yo veo guerras o pleitos civiles refresco la memoria del cuentecillo de la pelea de aquellos dos pueblos sobre la preferencia en la habilidad de rebuznar y me acuerdo del lema de uno de los estandartes que decía: "No rebuznaron en balde el uno y el otro alcalde."(a)

¡Válgame Dios, y qué moralidades útiles podían sacarse de esta jocosidad de Cervantes! Seguramente siempre que hay riñas (llámense como quieran) no son en balde; motivos hay en medio, sin disputa; lo ridículo y lamentable es que algunas ocasiones suelen estos ser tan triviales o indecorosos como el de rebuzno, y sobre quién rebuzna mejor de dos alcaldes se levantan todos los días en el mundo unas peloteras, que a no verse serían increíbles.

Es un principio de derecho sabido de todos que la guerra no puede ser justa por ambas partes (lo mismo se debe entender de cualquier riña o pleito, sea con plumas o con armas), porque disputándose la justicia, ésta no puede estar simultáneamente en una y otra potencia, ni en uno y otro individuo. Siendo esto así, ¿por qué son duraderas las guerras, perdurables los pleitos y eternas las disputas entre los hombres? ¿Por qué ha de ser, sino porque nos ciega nuestro amor propio, nos creemos infalibles, nos es duro prescindir de las primera ideas que hemos abrazado, aun cuando conocemos son injustas y, por fin, estamos seguros de que nadie puede rebuznar mejor que nosotros?

La emulación es en el hombre un principio de bien o mal, según el fin a que se dirige. Por esto se han adelantado unos a otros en virtud, ciencias y heroicidad unas veces, y otras, en infamia, imprudencia y tiranía.

Dejemos esto por sabido y preguntémonos: ¿en qué consiste que con ultraje de la razón hallen siempre lugar en las cabezas de los hombres las opiniones más extraviadas y las más absurdas preocupaciones, a pesar del transcurso de los tiempos? ¿En qué consiste que éstas pasen como por herencia de generación en generación, ya desentendiéndose de la justicia o ya del desengaño? Esto es lo que no me será fácil explicar, pues contrayéndonos al caso de que vamos hablando, suponemos que la rivalidad con que por razón de los diferentes lugares de nacimiento se ven los mortales tiene una causa o pretexto próximo; pero bien escudriñado, se encuentra otro remoto que casi siempre apadrina la rivalidad con las apariencias de justicia, es decir, agravios o emulaciones. Hagamos al capricho de los hombres todo el favor que se quiera; concedamos a sus pasiones cuanta libertad sea imaginable, y permitámosles serles lícito envidiar a los demás lo que no tienen, apoderarse de ello e inferirles sin responsabilidad cualquier agravio. Démosle a los otros por muy justa la venganza: ya tenemos una guerra lícita por ambas partes, una rivalidad mutuamente razonable o, más bien, una quimera defendida.

Pues en este caso, que riñan, que se aborrezcan norabuena, pues ellos lo han querido; pero ¿qué razón hay para que, habiendo muerto muchos siglos ha los agraviantes y los agraviados, aquellos que ni los conocieron ni tuvieron la menor parte en sus disputas mantengan el odio primitivo, se aborrezcan y traten de destruirse, tal vez con mayor ahínco que sus mayores? Aquí hay misterio, el que no me atrevo a descubrir.

 


(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.

(2) Santa María la Redonda. Fray Diego Durán habló de este barrio en los siguientes términos: "...habló Vitzilopochtli a su sacerdote o ayo, y díjole: 'di a la congregación mexicana que se dividan los señores cada uno con sus parientes, amigos y allegados en cuatro barrios principales tomando en medio a la casa que para mí descanso habéis edificado y que cada parcialidad edifique en su barrio a su voluntad'. Estos barrios son los que hoy en día permanecen en México, y es a saber, el barrio de San Pablo, el de San Juan y el de Santa María la Redonda, que dicen, y el barrio San Sebastián." Antes de la Conquista, estos barrios se llamaban, respectivamente: Tecpan, Moyotlan, Cuepopan y Atztacalco. Cf. Artemio de Valle- Arizpe, Historia de la ciudad de  México según los relatos de sus cronistas, ed. Pedro Robredo, México, 1946, pp. 31-32.

(3) Santiago Tlatelolco. Fray Juan de Torquemada escribió: "... pero después que la gente fue creciendo y en número mayor multiplicando, les fue forzoso buscar más sitio en que extenderse, y así pasaron adelante a otro lugar que hallaron descubierto de el agua y cubierto de arena y al cual llamaron Xaltelolco, y allí se puso la mitad de la gente y es el segundo barrio de estas ciudad que se llama Tlatelolco." Cf. ibid, p. 156. Hacia 1536, los franciscanos fundaron ahí un convento y el colegio de Santa Cruz, de los altos estudios. Adyacente a la plaza [donde] está la iglesia de Santiago Tlatelolco.

(4) venial. Palabra que dice de lo que se opone a la ley y por eso es de fácil remisión.

(a) muchos pobres (o no pobres) que compran El Pensador no tienen el Quijote ni lo han leído jamás: por esto y porque vean la verdad de lo que he dicho, les he de referir un cuentecillo.

Un alcalde de monterilla o de capirote (que para el caso es lo mismo) perdió su borrico (según nos refiere el inimitable Cervantes) y comunicó su cuidado a otro alcalde, su compañero que gobernaba un pueblecito vecino. Éste le dijo lo llevara al lugar donde había perdido al jumento, porque él sabía rebuznar tan al natural que si el animal estaba por allí, acudiría al reclamo de su voz sin duda alguna. Alegróse demasiado el alcalde perdidoso, y acordándose que él también tenía la gracia de rebuznar grandemente, aplazaron el día, y se fueron al bosque donde se había desaparecido el borrico. Luego que llegaron, se apartaron a rebuznar cada uno por su lado. En efecto, comenzaron la música jumentaria, y fue la desgracia que, por más que rebuznaron largo rato, no se dignó contestar el asno perdido a ninguno de los dos; pero como ambos alcaldes rebuznaban tan lindamente, se engañaron creyéndose borricos, y uno al otro se buscaron y se hallaron prontamente con la fiel guía de sus rebuznos. Diéronse los plácemes del engaño, y no volviéndose a acordar del borrico perdido, se ocuparon en elogiarse recíprocamente de la inaudita habilidad de que los había dotado el Cielo en esto de rebuznar como los mejores borricos del mundo. Luego que se supo el chasco en sus respectivos pueblos, se celebró como era debido, pero siempre quedó entre ellos la duda de cuál alcalde era mejor rebuznador, y esta emulación llegó al extremo de odiarse unos a otros, de modo que se majaban a palos entre chanzas y veras al estilo de campaña. Una de éstas vio el infeliz Don Quijote, e informado del origen de la pendencia, trató de reducirlos con razones, olvidándose de que la razón es lo menos que escuchan los hombres irritados; no bastaron, y quiso (como loco) oponer él solo su fuerza a la de tanto villano, en cuya refriega salió tan mal como todos saben.