[NÚMERO 4]
Jueves 3 de febrero de 1814(1)
Concluye la carta de mi hermano
Las aflicciones de mi espíritu comenzaron, como digo, desde que improvisamente me vi constituido presidente de la gobernación absoluta de esta isla. Tengo por excusado decirte que fue la elección tan a gusto del pueblo que en la votación no se halló un sufragio menos. Las fiestas y regocijos públicos en obsequio del nuevo presidente me testificaron no ser lisonjas comunes, sino efectos de una decidida voluntad. En las loas, en las inscripciones de los carros y portadas, en los teatros y en todas partes me oía proclamar por Padre de la Patria, título más adulador para mis oídos cuanto grato a mi sensible corazón, que ha visto y mira los intereses de estos isleños como suyos propios y que no ha llevado ni llevará otro sistema que combinar del mejor modo la justicia con la utilidad y beneficio de mis súbditos.
Como no he perdido de vista estos objetos tan sagrados, he tenido que trabajar infinito, y como por ciertas disensiones políticas suscitadas a pocos días de mi gobierno han chocado unos con otros de los provinciales, empuñando las armas, apellidando justicia por ambos partidos y agotando todos los arbitrios de su ruina con una insurrección, guerra o como quieras llamarla, la más impolítica y venenosa. Por estas razones te repito que mis fatigas y cuidados se han aumentado hasta lo sumo; porque, por fin, aunque yo deseo la paz y felicidad de la isla, es menester proteger alguna causa, o a lo menos guardar en sosiego y tranquilidad a los neutrales, y advirtiendo que unos alegan por motivo de quejas sobre los anteriores gobiernos, necesito (para conservarme a los quietos y atraerme a los sublevados) instalar una nueva suerte de gobierno que, siendo capaz de conciliar los ánimos, sea el medio de perpetuar una eterna felicidad a estos pueblos.
Éstas son y han sido mis intenciones; pero como ya sabes cuánto dista el comerciante del político y un mero tratante de un presidente de gobierno, te confieso ingenuamente que me hallo embarazado e irresoluto muchas veces, no porque me falten armas y autoridad para hacerme obedecer a toda costa, sino porque no quisiera que me llamaran déspota o tirano, mucho más no habiendo nacido en este suelo, por más que me digan soy de su misma nación, pues en efecto, yo considero que este solo accidente pueda alarmar la lengua de los mal contentos con las apariencias de justicia, pues pueden decir, y aun dicen algunos, según me cuentan:
¿Qué cuidado se le dará a éste de que la isla se destruya y sus habitantes se maten como perros? Al fin él no es de aquí; acaso se pondrá de parte de nuestros enemigos y se desvelará por arruinarnos.
Así se explicarán muchos, quizá guiados de emulación y perversidad, sólo por no ser yo natural de estos países, y esta sorda desconfianza lastima mi corazón demasiado.
Yo apreciara tener mucho talento y muchos buenos amigos que, desnudos de toda adulación, me aconsejaran con acierto. No tengo otros afanes que mi buen gobierno; quiero decir, no trato sino de hacer mi gobierno bueno en cuanto pueda y acarrear a mis súbditos toda la felicidad posible.
Como no pierdo momento para instruirme, ya aconsejándome de los sabios, ya leyendo en las historias y ya aprendiendo de los publicistas, anhelo por cuanto papel hay, con tal que me parezca pueda traerme alguna instrucción. En estas diligencias llegó a mis manos tu periódico El Pensador, que ha sido recibido con aprecio de algunos hombres de talento y circunspección, sin embargo, de que no te han faltado algunos tontonotes que te critican las verdades más inconcusas; mas ten el consuelo de que estos idiotas no son capaces de impugnarte por las prensas, sino de ladrarte por detrás, lo que ciertamente te hace honor.
Luego que hube tu papel, tuve a un tiempo dos satisfacciones. La una, saber que existías, y la otra, saber que podías serme útil con tus consejos. No por esto debes envanecerte en el concepto de ti propio. Yo muy bien sé o presumo hasta dónde podrá llegar tu entendimiento para el caso; sé la poca experiencia que tienes del gran mundo, y sé, por fin, todas las arduas dificultades de la empresa; mas también conozco tu corazón y la ingenuidad de tu carácter, y sé que nadie me ha de amar más que tú, en razón de nuestro íntimo parentesco, por lo que creo me darás tu parecer con la mayor sencillez y desnudo de toda pasión de lisonja o cobardía; pero antes es preciso imponerte el algunas particularidades de esta isla, para que puedas formarte un fundado concepto y, según él, dirigirme tus reflexiones, las que yo pondré en práctica cuando coincidan con mis deseos, y el parecer de los muchos sabios y políticos honrados que hay aquí, y sean relativas a la felicidad de mis súbditos; y cuando no, las guardaré como papeles tuyos sin darles curso alguno en sus propuestas. Esto tan lejos está de incomodarte, cuanto que te hago la justicia de persuadirme de tu juicio y verdad que lo recibirás como un efecto de mi prudencia y madurez.
Haz, pues, de saber que la historia particular de esta isla americana es de lo más curioso e interesante y la más parecida a la de nuestro país; pero no me propongo transcribírtela porque esto pide más papel que el de carta y más disposición que la mía; baste decirte que, habiendo por una terrible revolución faltado el último jurado rey de estos Estados, el amado e inocente joven Annfredo II de este nombre de la ilustre casa de los Borbones, resolvieron mudar de gobierno, creyendo, no sin fundamento, que en el monárquico tiene el rey hecho todo el costo para ser tirano si quiere, pues lejos de tener quien le reprima y modere sus perjudiciales decretos, puede tener siempre quien se los apoye por adularlo, cediendo esto en notable daño de la nación, la que dicen aquí que es la legítima soberana; y cuando esto no sea, cuando tengan un rey benigno y justo que los mirase como amigos o como padre, podría suceder que un privado se apoderase de su corazón y causase mayor detrimento a los vasallos, prevaliéndose de la real confianza, como dicen que acaba de acontecer.
Por todos estos motivos, vuelvo a decirte que mudaron gobierno, instituyendo a los reyes unos meros presidentes del consejo y limitándoles su autoridad, sin ultraje de su representación, en obsequio del mayor bien de los pueblos.
El consejo o junta de gobernación se compone de doce vocales o diputados: seis de parte de la nobleza y seis de la plebe, los que nada pueden determinar sin acuerdo ni asistencia del presidente, ni éste sin el de ellos, pero en igualdad de votos tiene su voz toda la autoridad, y no son pocos los casos en que el presidente es el que decide en los asuntos más arduos por esta igualdad o uniforme desigualdad de pareceres.
También es de la autoridad del presidente informar a la junta sobre lo que le parezca conveniente al bien público, como lo es de la de todos y cada uno de los vocales proponer a la asamblea cuanto estima conveniente al propio fin.
Esta isla abunda en castas, siendo la que sobresale indios medio salvajes, rudos por naturaleza, idiotas, supersticiosos y cobardes; sin embargo, los paisanos se sirven de ellos para las labores del campo, acarreos de víveres y otras cosas de poca monta; bien que con decirte que estos indios son lo mismo que los de esa América, quedas bien enterado de sus modales.
Hay además porción considerable de negros, mulatos y otras castas, lo mismo que en esas provincias; y porque en todo se parezca esta isla a mi patria, hay otra tercera casta dimanada de los europeos y los indios: los hijos de ésta se llaman criollos.
Por razón de tanta mezcla y distinción de generaciones ha habido algunos disturbios, ya originados entre los indios y los criollos, ya entre los negros y los blancos y ya entre los criollos y los europeos.
Esta última, por mi desgracia, se ha suscitado en mi tiempo por los primeros, y aún dura después de que en el antecedente gobierno se declaró a todos estos habitantes por nacionales, ciudadanos e iguales en derechos y representación al mejor de los individuos de la isla; pero como la revolución comenzó por seducción o por entusiasmo(a) y ahora sigue por venganza, alegando cada partido multitud de agravios, se derrama la sangre de estos súbditos con una profusión dolorosa, se va arruinando esta tierra por instantes, se va asolando a toda prisa, y yo me temo que pase el arado por sobre ella alguna potencia extranjera, cuando falta de gente y de recursos no pueda resistir la más débil intentona.
En tan críticas y tristes circunstancias me hallo con el timón del gobierno en la mano, deseando acertar y pacificarlos y no sabiendo cómo, anhelando por la felicidad que apetecen y no encuentran y queriendo economizar la sangre que desperdicia la ira, la pasión y la venganza.
Tú considera si mi corazón estará quieto, y compadece las aflicciones que me agitan, y escríbeme cuanto te parezca conducente al bien de este pueblo, al decoro de mi honor y al beneficio general de la nación. Dame cuantas instrucciones te parezcan oportunas y envíame un detalle de la legislación que te parezca más conforme a conciliar y mantener la paz en éstos mis desgraciados dominios.
Nada debe retraerte de acceder a esta súplica de tu afligido hermano. No te es excusa razonable decirme que no eres político ni gabinetista; acaso éstos son los que yerran más cuando piensan acertar mejor, y acaso en los gabinetes se fraguan las guerras más crueles y se entorpecen los caminos de la felicidad de los pueblos por los particulares intereses de los ministros, aun a pesar de las santas intenciones de los reyes, como he leído en tiempos del cardenal Richelieu en la Francia, que por sus propias glorias, más que por las de su mano, turbó las potencias de la Europa y extendió entre todas una funesta guerra; y como acaba de suceder en España, entregada al tirano corso desde el gabinete de Godoy por las intrigas y codicia de éste.
Así es que, no dirigiendo tu pluma otro interés que el bien de tus semejantes, no llevas riesgo en condescender con mi súplica. Escribe, pues, y escribe con ingenuidad tus sentimientos, que nada se aventura, aunque sean desatinos conocidos, pues no vas a instalar ningún gobierno ni a ser responsable ante Dios ni ante el mundo de tus dictámenes, sino únicamente a aconsejarme lo que te parezca conforme al derecho de gentes; y en éste jamás puede haber riesgo alguno, porque tú no vas a derogar mi legislación, que sin duda ignoras, ni menos a reprobarla, sino sólo a decirme cómo te manejarías si te hallaras en mi lugar.
Vas, finalmente, a fingirte un reino en tu cabeza y hacerte rey o ministro en él, y así das tus leyes, seguro de que por malas y descabelladas que sean, como son un mero sueño, a nadie podrán perjudicar.
Tienes ejemplos sobrados de esta clase de gobiernos ideales, y los tienes también de que sus autores, lejos de merecer la más mínima reprehensión, se conciliaron los aplausos de sus tiempos. Tales fueron Platón y Aristóteles con sus Repúblicas, Tomás Moro con su Utopía, Santo Tomás con su Gobierno de príncipes, Albornoz con su Castilla política,(2) Saavedra con sus Empresas,(3) Campillo con su Gobierno de América,(4) Foronda con sus Cartas,(5) y otros varios.
Mira tú, pues, si harás algo de nuevo, y si el que te criticare tu trabajo dejará de ser un ignorante. Tú no vas a gobernar, sino a decir cómo gobernarías o cómo quisieras que tu hermano gobernara. Supón que tus proyectos no sean admisibles; da por sentado que sean locuras: ¿qué se pierde? Fuera de que ¿quién ha dicho que un loco no es capaz alguna vez dictar buenas reglas de legislación? Acuérdate de las sabias instrucciones que dictó Don Quijote a su escudero Sancho cuando lo mandó la duquesa a gobernar la ínsula Barataria. Conque así, haz cuenta que pues estoy en mi ínsula, soy tu Sancho y tú eres mi Quijote mentor. Hazme este gusto.
El negrito que te envié es ligerísimo y mágico: llámase pensamiento; cuando tengas algo trabajado, da sobre tu mesa tres palmadas y aparecerá en el momento para conducirme tus cartas.
Entre tanto, dispón de la voluntad de tu hermano.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(a) No quisiéramos que de la hipótesis adoptada infiriesen los lectores de este escrito que su autor clasifica.
(2) Albornoz con su Castilla política. Diego Felipe Albornoz. Canónigo y tesorero de la catedral de Cartagena. La obra citada es un tratado de moral y política para uso del rey Carlos II. Gustó tanto al infante Fernando que la copió de su puño y letra. Felipe V encargó su reimpresión al obispo de Orihuela, Elías Gómez.
(3) Saavedra con sus Empresas. Diego Saavedra Fajardo (1584-1648). Escritor y político español. En su Empresas políticas persiguió como objetivo contradecir las doctrinas de Maquiavelo basándose en el estoicismo. Además escribió: Idea de un príncipe cristiano representada en cien empresas, República literaria, Corona gótica y austriaca, Introducción a la política y razón de estado del rey católico don Fernando y otras obras.
(4) Campillo con su Gobierno de América. José del Campillo y Cosío (1693-1743). Militar mexicano. Ocupó varios puestos en el ejército y la marina. Escribió: La España despierta, Lo que hay de más y de menos en España y El nuevo sistema de gobierno para las Américas.
(5) Foronda. Cf. t. I, núm. 5. nota 3. Su Miscelánea contiene varias cartas sobre diversos asuntos: los entendimientos, policía, sobre el Contrato social, etcétera.
(6) Una distracción de Fernández de Lizardi, que empezó llamando Antonio a su personaje.