[NÚMERO 3]
TERCERA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
PAYO: ¡Qué larga ha estado la estación, compadre!
SACRISTÁN: He tenido quehacer, por eso me he dilatado.
PAYO: Pues sepa usted que me quedé el otro día con mucha lástima y cuidado.
SACRISTÁN: ¿De qué era esa lástima?
PAYO: De ese pobre angloamericano que mataron. En verdad que el hecho fue muy bárbaro y atroz.
SACRISTÁN: ¿Se ha convencido usted de esa verdad?
PAYO: ¿Pues no me he de convencer de esa verdad? Y soy de parecer de que, en observando los hombres las leyes civiles del país en que viven, en sus opiniones religiosas nada tenemos que ver, siempre que no mofen las nuestras ni dogmaticen. Allá se lo haya cada uno, y con su pan se lo coma.
SACRISTÁN: Así es compadre, y lo contrario es el mayor fanatismo e hipocresía.
¿Qué nos pareciera a nosotros si oyéramos decir que un lépero(2) de Londres había matado al señor Michelena(3) porque era católico romano? ¿No nos escandalizaríamos, y no hallaríamos sarcasmos con que apodar tan bárbaro e impolítico procedimiento, no del lépero, sino de los ingleses en general? Pues lo mismo, lo mismo van a decir ellos de nosotros, y mucho más cuando sepan la segunda parte de la tragedia.
PAYO: ¿Pues qué, tuvo segunda parte?
SACRISTÁN: Sí, señor, el día del entierro, por el Puente de la Mariscala,(4) según supe, se amotinaron unos vagamundos del populacho, comenzaron a silbar a los acompañantes, los llenaros de injurias y desvergüenzas, y se desacataron hasta a apedrearlos en los coches en que iban, llegando a romper una vidriera.
Figúrese usted la consternación en que se hallarían aquellos extranjeros al verse insultados por un populacho bárbaro y feroz, que no conoce ni por el forro la civilización ni la política; pero ni la religión de que se finge tan celoso defensor. Esta misma religión nos manda amar y respetar a nuestros semejantes sean los que fueren; pero la religión de estos brutos estriba en exterioridades e hipocresías. Uno de éstos hará mucho escrúpulo de quedarse sin misa el domingo, y no hará el más mínimo de robar en ese día al que pueda, y si se ofrece, de matar al robado, como lo saben hacer y no de tarde en tarde. Líbrenos Dios de estos cristianos tan pícaros y escrupulosos.
PAYO: ¿Y en que paró la fiesta?
SACRISTÁN: En que pidieron auxilio a una guardia, y parece que hubo algunos tiros; pero no resultó ningún herido ni pudieron coger a ninguno.
PAYO: ¿Y qué, fue de día?
SACRISTÁN: Sí.
PAYO: Pues fue un milagro patente que tropa, y de día, no lastimara ni asegurara a esos pillos. Pero éstos se burlarían de lo ridículo del entierro.
SACRISTÁN: Más razón tuvieran los extranjeros para burlarse de las ridiculeces de los nuestros, que abundan de ellas, aquellos trapientos forrados de bayeta encarnada, que llaman trinitarios, son unas figuras tan extrañas, que viéndolos despacio, son capaces de hacer reír al mismo muerto, así como fueran capaces de alegrar a los dolientes los gestos y visajes que hacen nuestros cantores al entonar su de profundis.
PAYO: Pero dicen que los ingleses les ponen vino y qué sé yo qué cosas a los muertos, y ya usted ve que esto sí es herejía.
SACRISTÁN: Herejía no es, compadre; a lo más será superstición. Yo ni lo vi, ni sé el objeto con que lo hacen, pero no me escandalizo, porque he visto que nuestros indios también les ponen a sus muertos tamales, tortillas y otras viandas que llaman itacates, para el viaje. Los he visto salir con unas máscaras horribles, saltando y dando alaridos delante del Sacramento del Altar en las procesiones del Corpus; a sus santos los adornan con cañas de maíz, elotes, calabacitas y demás verduras. En Xochimilco,(5) el día de la Ascensión a las doce, suben en la iglesia una imagen de Jesucristo con reatas, llevando en la mano un melón o calabaza; los muchachos se ponen en la puerta de la iglesia con pedazos de espejo introduciendo los reflejos de la luz del sol, e incomodando al pueblo, y de repente disparan por las bóvedas una furiosa descarga de confitazos, tales y con tal fuerza, que pueden romperle a uno la cabeza.
La tronería de los confites en las bancas, los chillidos de los niños chiquillos a quienes les alcanza una pedrada, la gritería y carreras de los muchachos grandes por cogerlos, el habladero y risa de la gente, la raspadora música y los desatinos que aullan en el coro los indios, quizá beodos, forman una algarabía, un retozo y una bulla, que en una pulquería no se sufriera, y esto en la iglesia, en el mismo Altar Mayor, delante del Santísimo Sacramento y del preste que asiste de capa, y tal vez del cura, como yo mismo lo vi el año de [1]821, y lo puede asegurar su actual párroco, el doctor don Jacinto Sánchez de Aparicio.(6) Conque no hay que escandalizarnos de las supersticiones de los extranjeros; porque en cuanto a supersticiones, no sirven para nuestros aprendices.
PAYO: ¡Oh!, pero esas supersticiones las cometen los indios.
SACRISTÁN: Y las consienten los curas.
PAYO: Pero porque les pagan.
SACRISTÁN: Entonces ya usted lo dijo todo. Lo que aseguro a usted es que los entierros de los ingleses son más baratos que los nuestros.
PAYO: Pero nosotros somos cristianos, católicos y romanos.
SACRISTÁN: Por eso tenemos las obras de misericordia que mandan consolar al triste y enterrar a los muertos, y lo que he visto es atormentar a los dolientes afligidos cuando no tienen con qué pagar el entierro de sus difuntos.
PAYO: Es verdad, compadre. ¡Qué bueno fuera que se dotaran a los señores curas para que no nos fueran tan gravosos!, y no que desde que nacemos hasta que nos echan la tierra encima, hemos de tributar a los curas sin cesar, como pudiéramos a un bey de Marruecos; y luego pague usted los diezmos a la Iglesia. Amén, Jesús.
SACRISTÁN: Deje usted, quizá el nuevo Congreso lo resolverá así.
PAYO: ¿Y qué, habrá curas en el nuevo Congreso?
SACRISTÁN: Es regular que sí.
PAYO: Pues pierda usted las esperanzas.
SACRISTÁN: Lo que no se me olvida son estas atrocidades que han cometido nuestros paisanos contra los ingleses y extranjeros; no sólo porque se les ha faltado a la consideración y a la política hospitalidad, sino por lo trascendental que ha de ser este funesto caso a toda la nación, porque esto lo escriben a los Estados Unidos y a Londres, en estas partes lo imprimen; los impresos circulan en Francia y en toda la Europa, y usted considere qué juicio formarán de nosotros. Más valía que la América hubiera perdido un millón de pesos, que no haya acaecido tal diablura en este tiempo. A lo menos creo que la colonización se paralizará. ¿Qué extranjero querrá venir a avecindarse en un país donde asesinan e insultan a los de diversa comunión? Si los españoles enlazados con nosotros tuvieron la osadía de decir a España que los americanos éramos brutos o monos zambos, sin haber hecho con ellos iniquidad igual a la que acaban de cometer con los ingleses, ¿qué dirán éstos?, ¿con qué pinceles nos retratarán?, ¿y qué retratos tan odiosos y horribles enviarán a la Europa de nosotros?
PAYO: El mal concepto se lo formarán de los americanos fanáticos, hipócritas y necios, pero no de todos.
SACRISTÁN: Eso es lo que usted deseara y yo también; pero lo que será es que el mal juicio se lo formarán de todos en general, especialmente los que no están ni han estado en la América. Por el honor de ésta y para satisfacción de ellos, les aseguro que así la muerte del angloamericano como el insulto que hicieron a sus paisanos, han indignado a toda la gente sensata del estado supremo y mediano, y aun a los hombres de bien del bajo pueblo.
PAYO: ¿Y el gobierno qué ha hecho en este caso?
SACRISTÁN: Yo nada sé; pero es muy regular que tome las más enérgicas providencias para que no se repitan estos atentados que nos degradan y hacen odiosa nuestra religión. Mas usted me explicó de qué provino su lástima, dígame ahora por qué es su cuidado.
PAYO: Por eso que me dijo usted de la Liga;(7) pues, porque aunque no quiero creer que vengan los españoles, las razones que usted me da son tales, que me hacen temer no se salga con la suya.
SACRISTÁN: ¡Ojalá y vinieran lo más presto!
PAYO: ¡Compadre!, ¿está usted condenado?, ¿qué es lo que habla?
SACRISTÁN: Lo que usted oye. Esta frialdad con que usted y otros se manifiestan cuando oyen que han de venir los españoles, esta confianza en que se arrullan de que no son capaces de venir, y aun el empeño que tienen muchos de disuadir este temor, dicen bien claro que no hay patriotismo, y no lo hay, porque no se conoce lo que vale la libertad. Es menester que perdamos ésta por unos días, para que la apreciemos. Sí, es menester una irrupción fuertecita por uno días, que nos maten a unos cuantos, cosa de ochenta o cien mil hombres, que abusen de nuestras hijas y mujeres, que talen nuestros campos y quemen nuestras casas, que ahorquen tres o cuatro mil patriotas, y sellen a otros tantos en la cara y los vendan en los mercados como bestias de carga, y entonces se uniformará la opinión, volverán todos sobre sí, se reunirán en masa, desplegarán su valor, se alejará el egoísmo, y haciendo, como debe hacerse, causa común la libertad de la patria, se lanzarán furiosos sobre los enemigos, los exterminarán, recobrarán sus derechos y trabajarán para que jamás se los usurpen. Pero como ahora casi nada les ha costado esta libertad a la mayor parte de los americanos, y menos a la más florida, como clero, nobleza y ricos, la ven con indiferencia y creen que todo el monte ha de ser orégano, y que siempre han de caer parados. Con que es menester que se pode la rosa para que florezca.
PAYO: ¡Qué temerario es usted, compadre!, pues yo no quiero nada contra mi patria.
SACRISTÁN: Ni yo tampoco, esto es en su favor; porque mientras al burro flojo no le dan de palos, no anda.
PAYO: Pero si no, es capaz que vengan los españoles. Sobre que están pobres.
SACRISTÁN: Más lo estaban cuando vino Cortés, y lo cierto es que vino. Últimamente, compadre, no sea usted tonto. ¿Cree usted que si no tuvieran los españoles las más firmes intenciones de reconquistarnos, habían de estar sosteniendo en este Castillo de Ulúa(8) más de mil doscientas plazas, cuyos gastos diarios no han de bajar de mil pesos? Créalo quien quisiere, o fínjalo creer, que yo no lo creeré jamás, porque no hay quien dé palos de balde.
A más de esto, tan cocida la ven, que ya se vuelven muchos de los que nos hicieron el fiero y se marcharon por no ser independientes; y ha sido necesario que el honorable Congreso de Veracruz les haya impedido el desembarco, para que no nos vengan a tiznar.(9) ¡Aleluya eterna y gloria inmortal al señor Illanes,(10),(a) a la ilustre corporación, y a nuestro Supremo Poder Ejecutivo, que han rechazado a estos ingratos y traidores a la patria!
PAYO: ¿Conque no los han dejado desembarcar?
SACRISTÁN: No, y han hecho muy bien en no dejarlos. Ésos vendrán en clase de emisarios y exploradores para seducir a los buenos americanos, afirmar en sus inicuos propósitos a los malos, intrigar, avisar, y allanar el camino a nuestros enemigos. Que se estén de mar afuera, porque si saltan, han de morir más breve que Iturbide.
PAYO: No, ¡pobrecitos!, serán unos inocentes que, perseguidos de Fernando VII, vendrán a buscar un asilo en nuestra patria, y se lo debemos dar, porque el Soberano Congreso mandó que se lo diéramos y les guardáramos los fueros de la hospitalidad.
SACRISTÁN: Noramala para ellos. Cuando el Congreso concedió esa franquicia, fue con sinceridad, y a los españoles que estuvieran perseguidos de Fernandote por su acreditado liberalismo, no a esos tunantes, que lo mismo fue oír decir Independencia, cuando se marcharon a toque de redoble. Éstos ni han sido ni serán liberales en su vida. Yo si fuera congreso, les echara la ley de proscripción. Esos tales le merecen más que Iturbide: sus circunstancias, planes y objetos, son muy diferentes. En fin, compadre, estas pláticas son tan interesantes como prolijas. Nada se debe quedar en el tintero. Ahora tengo que hacer. Hasta el martes, compadre.
PAYO: Sí, compadre, pero venga usted temprano.
México, 4 de septiembre de 1824.
El Pensador
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.
(2) lépero. Pícaro, bribón, canalla de baja condición moral. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(3) José Mariano Michelena (1772-1852). Precursor de la Independencia. Después de que ésta fue consumada, fue diputado al Congreso Constituyente; miembro del Poder Ejecutivo (1822-1824) y ministro plenipotenciario ante la Gran Bretaña.
(4) Puente de la Mariscala. Unía las hoy calles de Tacuba con la Avenida Hidalgo, cruzando la gran acequia que corría por las calles de San Juan de Letrán y Santa María la Redonda. Luego, estaba en la esquina frente al edificio del Correo.
(5) Xochimilco. Fue un Estado pequeño establecido en la parte meridional del Valle de México. Posteriormente, parte del Distrito Federal.
(6) Jacinto Sánchez de Aparicio. Tenemos el dato de una persona de este nombre que fue catedrático de astrología en la Real y Pontificia Universidad de México.
(7) Santa Liga. Cf. nota 19 al núm. 1 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(8) Castillo de San Juan de Ulúa. Cf. nota 19 al núm. 2 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(9) tiznar. Eufemismo por fregar o chingar. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(10) Illanes. El ciudadano Illanes escribió al Congreso con el objeto de que éste diera las órdenes pertinentes para que el gobierno de Veracruz no permitiera la entrada a ese puerto de otros oficiales que emigraron de la República a tiempo que se hacía la Independencia. Jalapa, agosto 18 de 1824.
(a) Este señor diputado de aquel Congreso fue el que hizo la proposición para que no se admitieran.