[NÚMERO 3]
EL PENSADOR MEXICANO
Jueves 16 de septiembre de 1813(1)
Contra la odiosa preocupación de calificar a los hombres
por el lugar de su nacimiento,graduación de su empleo,
distinción de su traje, cantidad de su haber, etcétera.
El execrable error en que están muchos de graduar el mérito o demérito de los hombres por los accidentes, hace que truequen con notable perjuicio el justo concepto que deberían hacer de ellos. Más claro.
La mayor parte del género humano juzga las exterioridades de los hombres, debiendo juzgar a los hombres desnudos de toda exterioridad, porque como ésta es tan falible, cuantas consecuencias se deduzcan de ella es preciso sean las más veces erradas, absurdas y, por lo mismo, funestísimas en la sociedad.
Yo veo que los hombres profundizan con aprovechamiento sobre todas las ciencias; no se contentan con examinarlas en su superficie, ni perdonan tiempo, trabajo, gasto ni incomodidad como la consideren obvia a su perfecta instrucción: así los vemos rondando por los cerros escarpados, fluctuando en las salobres aguas, padeciendo mil molestias, luchando entre los contratiempos y diversos climas con las enfermedades y con el hambre y exponiendo su vida a todo riesgo, sólo por indagar si la figura de la Tierra es esférica o elíptica. Los veo, como otros atrevidos Ícaros, remontarse por los aires en pos de sus observaciones. Los veo descender a la profundidad del mar y penetrar las entrañas de la tierra a costa de mil fatigas, sólo por inculcar dónde se cultiva la mejor perla y cuál es la señal de la veta más rica y abundante. Los veo detenerse en el prolijo examen de una yerba y la última disecación o análisis de un insectillo; y por último, yo veo a los hombres dedicados con el mayor tesón a escudriñar la naturaleza por cuantos lados se presenta, desde el mayor planeta hasta el átomo indivisible; y al mismo tiempo veo que el hombre considerado en su mejor substancia, esto es, en cuanto animal racional, es el objeto más indiferente a sus ojos.
El hombre en lo moral es el mejor libro del universo: su estudio es el más interesante de todos (a excepción del de la sagrada teología); sus lecciones son utilísimas, por más que parezcan complicadas, porque conociendo al hombre nos conocemos a nosotros, y sólo así podemos saber la diferencia que hay de nosotros a Dios, las relaciones que hay entre nosotros y los demás hombres, la felicidad de que somos capaces en esta vida, los medios de conseguirla y el modo, que no es lo menos, de tener paz con nosotros mismos.
Por desgracia, éste es el estudio más abandonado. Pocos son los que procuran estudiar en los demás hombres y poquísimos los que se estudian a sí mismos. ¿Qué mucho es haya tantos errores en el mundo?
Es un dolor que sean los hombres, por la mayor parte, tan desidiosos para estudiar los preciosos libros de ellos mismos, al paso que muchos se fatigan en indagar el movimiento de la Tierra, en poner nombre a las escabrosidades de la Luna, en registrar las manchas del Sol y en otras cosas acaso ridículas e impertinentes. Éstos y otros estudios muchas veces son útiles y provechosos al género humano; pero comparados con el estudio moral del hombre son una bagatela, pues no nos enseña a dirigirnos bien con Dios, con nuestros semejantes y con nosotros mismos, de cuya rectitud de principios depende la mejor armonía de la sociedad, la paz interior de las familias y nuestra general felicidad.
Como no nos conocemos ni procuramos conocernos, estamos firmes en nuestras preocupaciones, sin persuadirnos de una vez a que el error es nuestro inseparable compañero y que estamos en él más fijos que la estrella en el norte. Cuando nos parece, hacemos a los demás hombres la injusticia de calificarlos inerrables; pero ¿cuándo es esto? Cuando nos creemos agraviados por ellos. ¿Qué pocas veces preparamos disculpas a sus yerros y qué muchas los revestimos de la superchería de la malicia, para hacerlos criminales y responsables de toda deliberación?
Así es que, careciendo nuestros juicios de solidez respecto al conocimiento del hombre y no queriendo estudiar para conseguirla, juzgamos de ellos por la exterioridad o apariencia, sin inculcar en su raíz el origen de tal y tal acción antes de vituperarla o aplaudirla como debíamos; porque lo primero es fácil y aun común a cualquier sabio, y lo segundo no lo es tanto ni a los más sabios.
En este error encuentro el fomes(2) o principio de todas las sediciones, de todas las guerras, de todas las antipatías y de todas las enemistades particulares. De aquí me parece se derivan todos los odios, rencillas y malos juicios; de aquí también nace, en mi concepto, el aplauso de la iniquidad y el abatimiento del mérito.
Esta metafísica es bastantemente comprehensible a los más ignorantes. Erramos porque somos hombres, y no queremos salir del error porque somos malos. Cuando juzgamos por las exterioridades, o no conocemos la razón o nos desentendemos de sus avisos, y de éstos siguen unas sobre otras las más fatales preocupaciones.
Por no querer gastar un poco de tiempo y consideración, hacemos mil injusticias y nos solemos llevar muy buenos chascos. Vemos un hombre bien vestido, que ostenta mucha circunspección, que garla(3) del punto, del honor, de la vergüenza... y luego luego lo graduamos por veraz y acaso es un gran pícaro; y cuando lo echamos de ver, es cuando nos ha pegado una buena droga o nos ha metido en un enredo, del que no somos capaces de salir sin gran trabajo. Así nos engaña a cada paso un vestido en un tramposo, una locuacidad en un necio, una carita en una coqueta, etcétera, y, cuando vamos a buscar la realidad, nos hallamos con humo entre las manos.
Por eso debemos estudiar y más estudiar el fondo de los hombres y no sus exteriores, y entonces veremos cómo es una injusticia amarlos o aborrecerlos por lo que parecen y no por lo que son. Entonces veremos cuánto nos alejamos de la razón, al creer, verbigracia, que todo rico es noble, ni malo todo el que no ha nacido en nuestro suelo, y sabremos por que no tenemos conocimiento de la verdadera nobleza, ni de la cierta malicia, ni de lo que son en sí virtud y vicio.
¿Quién me ha de persuadir a que un hombre, sólo porque ostenta gravedad, anda lucido, cruje seda, va rodeado de pajes y libreas y me sorprehende con la carrera de su coche... quién me ha de persuadir, repito, a que sólo por estos accidentes de la fortuna, crea yo que este hombre es caballero, es noble, es instruido, religioso, atento, amable y útil a la sociedad? No, señor; yo por su dinero únicamente jamás le haré tantos favores. Por esto lo que debo creer es que si él fuere bueno, podrá hacer bastante bien. Esto deberá creer que será y que podrá ser en cuanto rico; pero lo demás lo creeré si lo viere o lo supiere con evidencia, porqué sé que el dinero ni da buena cuna, ni sabiduría, ni virtud; que estas prendas se hallan sin él, y que tengo experiencia de que hay ricos plebeyos y ordinarios en su nacimiento (en todo el mundo), groseros en su educación, ignorantes por esencia, malos y soberbios por naturaleza, y que a éstos la riqueza sólo ha servido de confirmarlos en su iniquidad, solapando y aun apoyando sus detestables máximas debajo del negro escudo del interés y la lisonja.
¿Por qué razón he de creer, igualmente, que un semblante macilento, un vestido sucio y desaliñado, unos ojos bajos y una voz sumisa en el pobre hacen la prueba inequívoca de su virtud, ni me he de persuadir por esta exterioridad a que todo pobre es bueno y honrado? Ni por pienso. Yo sé que la pobreza está muy fácil a parecer virtud, y que la hipocresía suele ser a las veces un reprobable ardid para eludir los asaltos de la pobreza; y así como no juzgaré noble, sabio ni cortés a todo rico por rico, así tampoco juzgaré humilde, virtuoso ni moderado a todo pobre; pues así como "debajo de una mala capa hay un bebedor", así también puede haber, y mil veces se encuentra, un buen asesino, un buen ladrón y un buen pícaro (si esta polilla pudiera ser buena), y acaso la pobreza abre la puerta al delito más francamente que la abundancia.
¿Por qué el rico, por serlo, ha de exigir de mí adoraciones que no le debo, ni ha de tenerse por insultado cuando no le doble la rodilla? ¿Acaso un mono vestido será menos mono que otro en pelos? De ninguna manera. Pues lo mismo es el hombre: en casas magníficas, con coche y ropajes brillantes es tan hombre como el roto y arrastrado mendigo, y no se diferencia en nada de la esencia humana el potentado del galeote. Así, los ricos deben respetar en cada hombre, sea quien fuere, un su semejante y no ultrajar, como muchos hacen, a la madre naturaleza, creyéndose distinguidos por ella y sobre sus infelices individuos.
Si reconocieran estas verdades, el mundo mudaría de sistema en un instante, y una igualdad proporcionada sería más proficua(4) a las sociedades que toda la petulancia y quijotismo con que hacen su coro aparte muchos de estos señores, conciliándose, a lo menos, la indignación secreta y la ojeriza del mayor número de los habitantes de los pueblos.
Un error encadena otro, y un cimiento frágil promete la más segura ruina al edificio que sobre él se levanta. Oro y plata componían la estatua del soberbio Nabuco y, a pesar de la solidez de estos metales, una pequeña piedra la derribó vergonzosamente por los suelos. ¡Qué mucho, si los pies del coloso eran de barro!
Si la prepotencia de los ricos, por lo común, no es tirana; si su dureza con los pobres no es criminal, y si con ésta no se granjean el odio universal, ¿por qué los ricos son los primeros que se acorbardan y sorprehenden en las conmociones populares? Diráseme que lo que temen es el furor de la codicia; a lo que replico que, si ésta fuera la única causa, los intereses solos sufrirían el desahogo de esta pasión; pero lo que se nota es que muchas veces aquéllos han quedado inmunes cuando sus dueños no han disfrutado igual beneficio, y otras ocasiones han respetado la cólera y la venganza a algunos ricos amables, caritativos y benéficos, sin tocar en sus personas y propiedades, y ha sabido distinguir la bondad entre la confusión y el desorden. Si no pareciera prolijidad, se podría citar algunos ejemplares acontecidos en nuestro mismo suelo.
Pudiérase decir: para conciliarse los ricos la benevolencia del pueblo pobre y establecer la pretendida igualdad en este sistema, fuera menester repartir a prorrata sus caudales; y en tal caso (aún suponiéndolo posible), breve se vería trastornado el orden social: la ociosidad sería infinita; a ésta seguirían todos los vicios, la igualdad pasaría a menosprecio, éste a orgullo, y he aquí la anarquía más brutal y desenfrenada.
Así pudiera expresarse el que no estuviera satisfecho de que yo jamás propongo quimeras ni solicito milagros políticos, porque no es necesario para esta igualdad deshacerse del numerario ni fomentar los vagos en el pueblo; mucha menos necesidad hay de abatirse entre la plebe ni asistir a una pública y general comida, como los lacedemonios. No es menester tanto: bastaría sacrificar parte de los intereses particulares en beneficio común, de modo que no se vieran mendigos(a)en las calles ni se oyeran tan frecuentemente aquellos lastimosos sucesos que se atribuyen a la miseria, no debiendo su origen sino a la inhumanidad de los más de los pudientes.
Si yo no supiera que hablar de esto en México y en el día es lo mismo que hablar de Eucaristía en Constantinopla,(b) ya propondría algunos arbitrios para que se vencieran los que parecen montes de dificultades y no son más que montañas de codicia; pero, por desgracia, ésta se halla muy entronizada, y se lee cualquier papel que trata de caridad, limosna, bien público, etcétera, con tanta frialdad como las coplas de Mingo Revulgo.(5)
Amigos, todo esto proviene de juzgar por carretilla, de racionar por apariencia y de no estudiar al hombre.
El sacrificio que he dicho era debido y preciso para atraerse no sólo la voluntad de los pueblos, sino las bendiciones del Cielo, y al mismo tiempo saber usar otro secreto que no cuesta dinero y vale mucho. Éste es un exterior apacible con todo el mundo, quiero decir, desnudarse de aquella arrogancia insultante que parece natural en los ricos, y no es más que una afectación intolerable con que ven, hablan y tratan a los pobres... ¡Jesús, y con cuánto horror miro yo a muchos de éstos encapotar los ojos, enarcar las cejas, erguir el cuello, levantar la voz y sacar el pecho al frente cuando se dignan oír la súplica de un infeliz!
¡Qué diré de aquella soberbia grosería con que los reciben en su casa, cuando tienen la incomparable bondad de hacerlos subir las escaleras! Aquellas largas antesalas, aquellas soberbias con que se presentan a su vista y, por fin, aquel mal expediente con que salen despedidos las más veces, después de haber los pobres prodigado sus inciensos ante estos ídolos de la crueldad y villanía! (porque despreciar al infeliz el que no lo es, no cabe en la legítima nobleza).
¡Qué mucho, si los pícaros porteros, lacayos, cocheros y otros sacres(6) de esta clase gastan más soberbia que sus amos, y hay mulato de éstos que no usará la más mínima cortesía con una persona decente, siendo pobre, si le fuera la mitad de su salario! ¡Tanto puede el mal ejemplo de sus amos! Y si de tanto orgullo son capaces hasta los marmitones de las casas grandes, ¡de cuánto no serán los hijos consentidos y mal criados, imbuidos siempre en las máximas de la vanidad y altanería! Ya lo vemos.
¿Y qué diremos de algunos pobres farolones que corren por el mundo, que habiéndose mecido tal vez en cuna de petate y envueltos entre los refajos de un ordinario sayal, después que lograron mudar de fortuna con un ventajoso casamiento (ramo de comercio en nuestros días), un buen ejemplo, una repentina herencia o quizá con la astuta usurpación o trampa, pueden respirar con menos ansias, se nos transforman en un instante en unos señorones del cirio alto y, olvidándose de quiénes fueron, pretenden aparentar lo que no son y no sólo no conocen a sus confamiliares y amigos, pero ni a sus mismos bienhechores, no teniendo embarazo para tratar con la mayor dureza a sus propios parientes y aun a aquellos que supieron terciar en la mudanza de su suerte? ¿Qué hemos de decir? Lo que decimos de sus semejantes; que carecen de la filosofía racional, no tienen la más mínima idea del hombre; y así, no es admirable que se ignoren a sí mismos o que se desconozcan de repente, así como a sus hermanos, deslumbrados con los trampantojos que les presenta la apariencia, únicos termómetros por donde sabe graduar el mérito de los mortales su atolondrada fantasía.
(1) Imprenta de doña María Fernández [de] Jáuregui.
(2) fomes. Causa que excita o promueve una cosa.
(3) garla. Plática o conversación.
(a) Hablo de los que piden limosna justamente, y cuya justicia y necesidad se conoce de a legua.
(b) No negaré que hay ricos piadosos en esta ciudad; pero si se pesan con los crueles, ni se mueve la balanza.
(5) las coplas de Mingo Revulgo. Son treinta y dos estrofas octosílabas en forma de diálogo entre Mingo (Domingo) Revulgo, símbolo del pueblo español, y Gil Arribato, que lo es de la aristocracia. Presenta un cuadro de la sociedad del rey Candaulo (Enrique IV), de una pastora portuguesa (Guiomar de Castro, amante del monarca) y del lobo que devora las ovejas (Beltrán de la Cueva).