[NÚMERO 3]

Jueves 27 de enero de 1814(1)


Continúa la carta de mi hermano


Viéndome solo, rico y en tierra extraña, determiné volverme a mi patria, porque no sé qué tiene esta patria que hasta las piedras de ella se aman. Con esta mira, vendí mis fincas y posesiones, empleé todo su cuantioso producto, compré dos barcos de transporte, pedí mis licencias, los equipé y tripulé y, embarcando mi grueso capital, me hice a la vela con viento en popa, el que nos duró como doce días, al fin de los cuales comenzó a agitar la mar, soplando el nordeste fuertemente y, cerrándose los horizontes, nos anocheció más temprano que otras veces. El viento crecía por instantes; la oscuridad llegó a su último grado; ningunos faroles podían mantenerse en las jarcias, por lo cual, después de haberse apartado un barco del otro, ya no nos podíamos ver ni socorrer. Como a las diez de esa noche se decidió la tempestad contra nosotros. Los aires se encontraron, y era tal su furia que quebraron los palos de mesana(2) y chafaldete;(3) a poco rato se rompió la tabla del timón, con lo que quedamos sin gobierno alguno; los golpes de mar eran tan terribles que nos anegaba el navío por sobre puentes; faltaban manos para manejar las bombas; en esto tronó el trinquete, y jarcia y velamen fue despojo de la furia de los vientos; quedó el barco hecho una boya y a discreción de los aires y los mares; nos traía por acá y por acullá, sin saber nosotros por dónde endábamos. Es ocioso decirte que en este tiempo todos estábamos encerrados bajo las escotillas, esperando el fin de nuestra suerte y ocupados en desaguar a tientas.

Amaneció el día entre estas congojas, y se serenaron los huracanes y los mares; fuimos saliendo sobre la cubierta, y nos llenamos de la mayor aflicción al ver el destrozo que nos había causado la tormenta, porque nos hallamos desarbolados, sin palo, jarcia, vela, toque, cabo ni perroquete, porque lo que no había quedado en el agua estaba inservible. A más de esto, con la que hacía el barco y los continuos y molestos balances, habían muerto casi todos los bueyes, carneros y gallinas de la provisión; esto, y no saber en dónde nos hallábamos ni el rumbo que debíamos tomar nos consternó demasiado.

Se trató, por fin, de componer el timón de la manera posible, y estando en esta maniobra, alcanzó a verse con el anteojo el otro barco compañero; ya compuesto el timón, nos fuimos acercando hasta haberlo conocido bien, y con la satisfacción de que no estaba tan maltratado como el nuestro; pero ¡cuál fue nuestro sentimiento cuando oímos que nos gritó con la bocina: "Banco, banco, estamos varados"! Entonces no hubo más arbitrio que echar las lanchas para ver cómo se podía socorrer.

En efecto, para no cansarte, el barco estaba de lado y tan encallado en la arena que por más diligencias fue imposible levarlo. Determinamos pasar al nuestro la gente y lo más precioso del cargamento con las piezas que nos hacían más falta. Con esta resolución, se quitó el timón, el velamen y los palos más servibles; se trasportó la tripulación, agua, víveres y algo del cargamento.

Compusimos el buque de la manera posible, y como a la cinco de la tarde volvieron a alborotarse los mares, a enfurecerse los vientos y a atormentarse los ánimos. A las once de la noche arreció el huracán y, aunque no con la furia del día anterior, porque no nos desarboló, sin embargo, hubimos de amarrar el timón, recoger las lonas y dejarnos llevar a disposición de los vientos.

Así caminamos toda la noche sin dirección, hasta que al amanecer se serenó el temporal y nos hallamos con tierra enfrente, que yo juzgué era alguna costa; pero el piloto me dijo que, según el horizonte, aquello no era costa, sino alguna isla muy grande; yo le pregunté que qué tierra sería, pero él, después de haber visto y revisto sus mapas, me contestó que no la conocía, y que los perfiles de aquellos cerros no los tenía en carta alguna.

Yo le consulté sobre si convendría atracar o no, pues no sabíamos qué casta de tierra era: si habitada o desierta, si poblada por hombres o por fieras, o si sus naturales serían gentes civilizadas o bárbaros salvajes. Él me dijo que aquellas reflexiones eran justas; pero que debía considerar que necesitábamos en todo caso el reponernos, pues el barco iba sobrecargado y los víveres y aguada no eran suficientes. A más de esto, que el barco estaba descompuesto y nosotros ignorantes de las mares en que estábamos; que le parecía prudente enviar una lancha al puerto, con dos o tres marineros y un presente para el dueño o gobernador de la isla, suplicándole su licencia para reformarnos.

Yo convine en propuesta tan racional, y desde luego destacamos al pilotín con mi ayuda de cámara y el escribiente, y poniéndoles en la lancha algunos relojes, muselinas y otras cosas, juntas con una carta mía por si hubiera allí quien entendiera los idiomas inglés o español, los despachamos, quedándonos nosotros a la vista, esperando el suceso de esta aventura. Luego que llegaron mis emisarios al muelle, se agolpó porción de gente; pero no nos dio cuidado respecto a que no vimos armas ni orden, por cuya razón nos persuadimos a que iba movida de la curiosidad de los extranjeros de la lancha, como así fue.

Ocho horas habrían pasado, cuando ya cerca de la noche llegaron a bordo los mensajeros, con una carta del presidente de la gobernación, cuyo tenor era el siguiente: "Monsieur, podéis pasar cuando gustéis a proveeros de los auxilios que os falten, los que os ministraremos gustosos. Dubbois." Esta carta, tan cortés como lacónica, picó vivamente mi deseo de tratar y comunicar aquella gente. En efecto, luego que el sol rayó sobre nosotros, desanclamos y nos acercamos al puerto lo posible. Así que estuvimos en lugar proporcionado, fondeamos y echamos al agua otras dos lanchas, en las que me embarqué con lo más lucido de mis criados.

Saltamos en tierra entre bastante concurso de gente curiosa y nos dirigimos a la casa del presidente, quien me recibió con la mayor atención y política. Nuestra conversación fue familiar y detenida. Después que supo de mí que era el dueño de aquel buque y todo su cargamento y que no tenía precisión de continuar mi viaje con violencia, me rogó hiciese pasar mi equipaje a su casa y me sirviese de capaces bodegas que tenía para encerrar el cargamento, mientras se carenaba y componía el barco con despacio.

Al instante se conoce el idioma de la amistad, por lo cual yo no dudé aceptar su obsequio y hacer como quería, a pesar de las insinuaciones del piloto, capellán, contramaestre y otros de mis dependientes.

En aquel día se trasladó mi equipaje a su casa y en dos de los siguientes embodegó la carga. La familia del presidente era una señora mayor, que era su esposa, y una niña de quince años, cuya hermosura me acordó sensiblemente la de mi amada Jennis. Dije sensiblemente, porque luego que la vi fue tal la turbación de mi corazón, que se me conoció por la notable diferencia del semblante y no sé qué ternura de los ojos; esto fue tan indisimulable que lo advirtió mi amigo, y con una expresión interesante me dijo:

¿Qué es eso, monsieur, qué os agita? ¿Qué os sobresalta? Apenas veis a mi hija y el rostro se os demuda, la voz os titubea y los ojos se os llenan de agua. Vaya, decidme, ¿qué os aflige? Sois joven y mi hija no es de despreciable figura; pero esos movimientos extraordinarios no pueden ser efectos del amor a la primera vista; con que ¿qué os turba...? ¿Estáis enfermo...? Explicaos...

A todo esto había yo callado; pero advirtiendo la debilidad en que había incurrido, volví sobre mí, y procurando reprimir mi pasión, le respondí: "Monsieur, si mi turbación os ha sorprendido, con pocas palabras os serenaréis." Entonces le conté mi vida y lo mucho que se parecía su hija a mi esposa; él, apretándome la mano, me dijo: "Si el retrato os agradare como el original, seremos felices." Fuese, y yo me quedé vacilando sobre mi nuevo sistema, porque, si te he de hablar la verdad, la muchacha me agradó demasiado.

Por fin, pasamos algunos días en aquel puerto, al cabo de los cuales fue mi amigo el presidente promovido a la regencia absoluta de la isla, por muerte del antecesor y unánime elección del pueblo (que es el estilo de esta tierra). Él me dijo:

Monsieur, ya mi fortuna mudó de semblante; ya no soy un subalterno honrado, sino un casi soberano de este país; el pueblo me ha elegido por presidente de su regencia y yo debo pagarle su confianza; yo os amo mucho; vuestro carácter ha confrontado con el mío; trasciendo la inclinación que tributáis a mi hija; esta isla es muy rica (por eso se llama Ricamea); si queréis veniros conmigo a la capital, enlazaros con Roseana y radicaros en ella, acaso no extrañaréis las mayores satisfacciones del mundo, y cuando no, podréis hacer una viajata, aunque no sea por otra cosa que por divertiros en los días de mi entrada y tener que observar nuestra costumbres, cuya curiosidad siempre es útil a los viajeros.

Yo, mozo rico y que no me movían otros resortes que el amor y la novedad, ya enamorado de Roseana y deseoso de ver tierras extrañas, me resolví a acompañar a mi nuevo amigo; pero le dije:

Yo os amo mucho, monsieur, y amo igualmente a vuestra amable hija; pero aunque deseo acompañaros, deseo al mismo tiempo serviros; en tal concepto, es menester saber si os puedo ser útil, y en tal caso vos mismo podéis decírmelo, y si mi carácter se os manifiesta débil, desde luego me regresaré a mi patria como tengo pensado.

El buen isleño me contestó:

Bien conozco la sublimidad de vuestro pensamiento, y por lo mismo os lo agradezco; vos queréis ser útil, no a mí sino al Estado; esto es mucho mérito, y por tanto os digo que os considero útil, y desde luego os nombro por secretario y primer ministro de la nación, seguro de que nadie de los paisanos lo tenga a mal, pues aquí aman más a quien los ama más, sea de donde fuere; mi viaje está muy próximo; y así, resolved.

Yo, aunque no se me hallaba capaz de desempeñar tanta carga, estaba inclinadísimo a Roseana, de modo que aunque me hubieran mandado salir de la isla me hubiera resistido; así que no tuve más arbitrio que admitir mi nuevo empleo, y para adaptarme la inclinación popular quise dar una muestra de amor y desinterés, y para esto supliqué se publicara un bando o providencia para que todos los pobres vergonzantes del puerto acudiesen a mi mayordomo con certificación de su conducta e insolvencia para sus socorros respectivos. En efecto, la orden se publicó y en tres días que duramos allí se consumió en limosnas la tercera parte de mi grueso capital.

Al cabo de ese tiempo, emprendimos nuestra marcha para la ciudad principal. Luego que llegamos a ella, se trató de los obsequios y cumplimientos al nuevo presidente; pero éste, a no amarme tanto, se hubiera encelado por las demostraciones de gratitud y benevolencia que me manifestó toda la plebe y nobleza, por las noticias que tenía de mi liberalidad y cariño que profesé a sus connaturales. Me repetían las visitas, me prodigaban los obsequios, y cuando, preguntado por mi patria, decía que era de esa América, se expresaban con el mayor exceso de amistad, añadiéndome el amable título de paisano. Mi amigo te dije que no sólo no llevaba a mal estas expresiones, sino que manifestaba en ellas un particular interés.

Así viví colmado de satisfacciones, desempeñando los encargos de secretario y primer ministro a gusto del presidente y del pueblo, por el que siempre me manifesté incansable en el trabajo. Entre tanto, no perdía tiempo para mover el corazón de Roseana, cuya conquista me fue demasiado fácil, ya por ser joven, rico, amado del pueblo y la nobleza, y con un destino de brillo, ya por vivir en su misma casa, ya por no tener el tropiezo de la distinción de religiones, pues en esta isla se profesa la católica, y ya, por último, por la inclinación y amistad que me profesaba su padre, de cuyos extremos era ella un perpetuo testigo.

En efecto, luego que ella me advirtió de su fina correspondencia, lo avisé al caballero Dubbois, quien manifestó bastante complacencia por la resolución de su hija. Se celebraron nuestras bodas con el mayor lucimiento, y todo el pueblo recibió este enlace como un preludio de alguna gran felicidad.

Cinco años viví sin sustos ni sinsabores en compañía de mi amable esposa y buenos suegros, haciéndome cada día más grato al pueblo por mi constancia en el trabajo, desinterés y liberalidad, pues toda mi hacienda y parte del patrimonio de Roseana lo había invertido en fundar algunos hospitales, en dotar muchas niñas pobres, en proteger la industria, premiar el mérito, etcétera. Mi buen suegro y amigo vivió todo aquel tiempo muy amado del pueblo e igualmente descansado, pues satisfecho en mi conducta (como él decía) generosa, libraba sobre mis débiles fuerzas el peso de su gobierno; pero (según te he dicho y es constante) la fortuna, que sólo es invariable en su misma veleidad, se cansó de favorecerme y comenzó a disponer los fatales planes de mis trabajos. Enfermó gravemente mi padre político, y su naturaleza extenuada y avanzada edad, no pudiendo resistir por muchos días al rigor del accidente, terminó su carrera mortal, dejando a su casa y a su patria llorando injustamente su orfandad.

Después de pasados los días precisos del funeral y luto, se trató de elegir presidente de la junta nacional y gobernación del pueblo, cuya votación vino a caer, sin esperarlo, en tu hermano. Desde aquí comienzan las aflicciones de mi espíritu.

Se continuará

 


(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.

(2) mesana. Mástil que está más a popa en el buque de tres palos.

(3) chafaldete. Cabo que sirve para cargar los puños de gavias y juanetes, llevándolos al centro de sus respectivas vergas.