[NÚMERO 25]
VIGESIMAQUINTA Y ÚLTIMA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
SACRISTÁN: ¿Cómo va, compadre?
PAYO: Aquí entre contento y enojado. Contento porque Rosita se ha casado a mi gusto con don Jacinto. El mozo es muy fino, nada tonto, le quiere mucho y tiene con qué pasarla, que es lo principal; pues, porque aunque los casamientos no se deben hacer por interés, sin embargo, las mujeres deben ver con la que pierden y no enlazarse con un hombre que no tenga arbitrio ni destino, pues por mucho que estos hombres las amen, los cariños no hinchan barriga.
SACRISTÁN: Pero, compadre, el matrimonio es el contrato de las voluntades; no de los estómagos.
PAYO: Por eso salen tantos casamientos infernales: si los estómagos contratasen las bodas, después de registrar las bolsas de sus dueños, no habría tantos matrimonios desgraciados. Por esta parte creo que la ha de pasar bien Rosita.
SACRISTÁN: ¿Y se la lleva usted?
PAYO: No, lo primero porque su marido aquí tiene su modo de pasar, y lo segundo porque ¿a qué la voy a sepultar en aquellos cerros?
SACRISTÁN: ¿Y por qué está usted enojado o contra quién?
PAYO: Contra tantos necios que hablan de usted.
SACRISTÁN: ¿De mí?
PAYO: Sí, de usted.
SACRISTÁN: ¿Pues qué dicen?
PAYO: Que es usted impío, dicen unos, porque quiere que se quiten los canónigos, que los Estados administren los diezmos, después de arreglarlos en beneficio de los labradores, y porque desea que los curas se doten con los mismos diezmos para que casen, entierren, confiesen, etcétera, sin exigir nada a los pueblos. Otros dicen que es usted un impolítico porque aunque, en efecto, la reforma de ambos cleros es necesaria, no es conveniente en el día porque nos estamos constituyendo.
SACRISTÁN: Antes por esa razón, debe hacerse ahora; porque al tiempo de celebrarse los pactos, se estipulan las condiciones, después ya no se puede. Así una nación cuando se está constituyendo o celebrando entre sí el pacto social, entonces es cuando debe reformar todos los abusos, pues si en ese tiempo crítico los deja pasar, su silencio se reputa por consentimiento y los dichos abusos se erigen en costumbres bien recibidas, y ya no hay que esperar arrancarlos ni con mil yuntas de bueyes. Los Congresos que al tiempo de decretar su Constitución no hagan lo mismo que Jalisco,(2) en punto a diezmos, remachan en el acto el clavo de la tiranía eclesiástica sobre sus pobres comitentes; y cierto que les vivirán agradecidos.
PAYO: Yo pronostico tumultos y revoluciones en los Estados donde no se imite a Jalisco.
SACRISTÁN: ¿Y en qué funda usted esa predicción?
PAYO: En unos principios muy sencillos y naturales. Todos los hombres apetecen su comodidad; hacen cuanto está de su parte por conseguirla, y tratan de romper cuantos obstáculos les impiden esa consecución, como que apetecer el bien y huir el mal es naturalísimo aun a los brutos.
Sentado este principio, es muy sencillo que advirtiendo los pueblos inmediatos de Jalisco el beneficio que disfruta este Estado con su nueva administración de diezmos, y arreglo del culto y sus ministros, la prosperidad de sus labradores y el ningún desembolso de los feligreses a sus curas, es muy sencillo, digo, que deseen gozar iguales beneficios, y que maldigan a sus representantes que por adulación a los canónigos, por fanatismo o ignorancia los dejaron sujetos, como siempre, al despotismo canonical y al imperio y tarifas de los curas.
SACRISTÁN: Eso quiere decir que los diputados se quedarán maldecidos, los canónigos ricos y los pueblos desesperados; pero hasta aquí no advierto cómo pueda verificarse la funesta predicción de usted de que habrá tumultos y levantamientos populares.
PAYO: ¿No lo advierte usted?; pues es bien fácil de advertirse. Los pueblos que no disfruten las ventajas que los de Jalisco, considerarán que no son de inferior condición para desmerecerlas; se exasperarán; eludirán la ley no pagando el diezmo que debieran, sino la vigésima parte; los canónigos conocerán el fraude; habrá mil reclamaciones y negativas; se tratará de implorar el auxilio del brazo secular para exigirlos; los interesados revolucionarán para no pagar y en cualquier movimiento contarán con los pobres de los pueblos hostigados por los curas; y vea usted qué fáciles y repetidos serán los tumultos y alborotos. Por menos motivos los ha habido.
SACRISTÁN: Pero como esos supuestos alborotos deberían ser principalmente contra los curas y canónigos, muy breve calmarían con una excomunioncilla o un entredicho tocado a tiempo.
PAYO: No, compadre, ya no pegan esas diligencias; ya no estamos en el siglo XV en que hasta los reyes se morían de miedo al oír tronar el Vaticano. Hoy los hombres ya van conociendo sus derechos a gran prisa y saben que el Ser Supremo no está para cumplir antojitos de clérigos fatuos o ambiciosos, y así las excomuniones se quedarán lanzadas y los pueblos amotinados contra sus injustos opresores. Mil ejemplos tenemos del poco fruto que se debe esperar de las excomuniones. A Bonaparte nada se le dio de la excomunión del señor Pío VI; a su ministro Talleyrand menos; a los insurgentes de las dos Américas menos, que menos se les ha dado por las tenebrosas excomuniones de los obispos corrompidos y de la alquilona Inquisición. Los pueblos han visto estas cosas, y que en medio de las maldiciones eclesiásticas los sucesos políticos siguen en su marcha, y la naturaleza no se inmuta, ni los astros se eclipsan, ni los ríos detienen su curso, ni los cuerpos de los excomulgados se extenúan, ni el sol deja de calentarlos, ni sucede nada de cuanto temían las viejas de antaño. Ven además los pueblos que las excomuniones han estado en boga mientras hubo Inquisición, es decir, mientras el despotismo real, unido al fanatismo religioso, mantuvo a los hombres en la ignorancia más vergonzosa, sin permitirles usar de su razón, y han visto por último que se fulminan excomuniones para quitarles su libertad, para encarnizarlos unos contra otros y para hacerles odiosa la dulce religión de Jesucristo.
En vista de tamaños atentados ¿qué juicio quiere usted que se formen de las excomuniones? ¿Qué respeto, qué temor han de infundir después de conocidos los torcidos fines con que se fulminan, y los ningunos sobrenaturales efectos que causan? Lo mejor es que mientras más se vayan ilustrando los pueblos, más ridículas se han de presentar las excomuniones; porque donde hay luces, las excomuniones son moneda falsa que no corre.
SACRISTÁN: Según eso, usted no teme que si viene la Santa Liga(3) se repitan las excomuniones, como en los principios de nuestra insurrección.
PAYO: Sí lo temo. Sobre estar convencido de que obispo liberal, canónigo republicano y fraile padrote despreocupado son entes de razón imaginarios, ¿no he de esperar de sus mercedes éstas y mayores diligencias? El fanatismo, el vil fanatismo nunca cesa de alarmar a la religión en su provecho; ni dejan los fanáticos de tramar mil artimañas para volvernos a uncir al carro de un rey, sea Borbón o sea el gran turco; el caso es que sea rey, porque las reales testas son protectoras abiertas de los fanáticos. El señor Bustamante,(4) don Carlos, nos acaba de regalar una Avispa de Oro (la número 5) en que inserta una carta muy chusca dirigida al doctor Mier(5)y atribuida por una monja a nuestro Señor Jesucristo.
SACRISTÁN: Será de lo más gracioso. ¿La tiene usted a la mano?
PAYO: Sí, aquí está; óigala usted que merece leerse en los púlpitos para edificación de los fieles chaquetas.(6) Dice pues:
"Señor don Servando Teresa de Mier. Señor de mi atención y respeto. No extrañe usted que me dirija con ésta para otro objeto sino para el más santo.
"He de suplicar a usted por nuestro Señor Jesucristo, primeramente, no tome el contenido de ésta, sino como de mano de Jesucristo, que me ha inspirado por su santísima bondad que le diga las siguientes palabras.
" 'No, hijos míos, no abracéis más otro modo de gobierno, sino el de obedecer a un solo superior(a) que os conducirá por mí a mi Padre.
" 'Yo os he dado ya lo que deseabais, y vosotros lo habéis despreciado.(b)
" 'Yo os amonesto la enmienda para mi gloria y la vuestra.
" 'Yo os di un superior y libertad, por mi grande misericordia.(c)
" 'Vosotros lo habéis despreciado por soberbia.(d)
" 'Yo soy quien soy, y me compadeceré de vosotros.
" 'Haced penitencia, y mi palabra no faltará.
" 'Yo, así como castigo, perdono con clemencia, sin ofensa de mi justicia.
" '¡Ay de los que siguen la sensualidad! ¡Ay de los soberbios y vanos, quisieran no haber nacido!'
"Señor, hasta aquí me es mandado decir lo que me dijo el Señor mi Jesús, mi Dios y Redentor, a quien le pido con toda mi alma os santifique y haga un santo como lo espero de Su Majestad. Sor Juana de Jesús.(7) Enero 19 de 1824."
SACRISTÁN: Perdida estaba la cabeza de la pobre monja visionaria cuando escribió tamaños desatinos.
PAYO: Quién sabe si el Jesucristo que se los dictó sería algún canónigo o fraile fanaticón de los que digo; pero es un atrevimiento dirigir semejante patraña a un patriota tan ilustrado como el doctor Mier: la elección no pudo ser más equivocada.
SACRISTÁN: Los fanáticos no se paran en pintas;(8) por todo saltan como crean conseguir sus fines. Por eso se debe temer que se repitan las excomuniones si llega a venir la Santa Liga.
PAYO: Un remedio hay para que no se repitan muy seguido.
SACRISTÁN: ¿Y cuál es?
PAYO: Ahorcar al primer excomulgador, sea quien fuere.
SACRISTÁN: ¡Jesús, compadre! ¡Qué herejía! ¡Ahorcar a un señor sacerdote, a un señor obispo o provisor! ¡Quién dijera eso! ¡Jesús qué sacrilegio!
PAYO: Yo lo digo y con todas las veras de mi corazón. Si fuera gobernador de un Estado, y al desembarcar la Liga un eclesiástico me quisiera amotinar al pueblo, y separarlo de la obediencia debida a las supremas autoridades, escribiendo, predicando, excomulgando o tocando entredicho, lo ahorcaría en la misma lengua de la campana.
SACRISTÁN: El remedio fuera duro, pero eficaz, y ciertamente los Estados de la República deben estar prevenidos contra el clero alto en el peligro que nos amenaza; y en donde comiencen a titubear, a escrupulizar fanáticamente, sin hacer castigos ejemplares, ya nos enredaron y nos hacen matar como el año de [18]10.
PAYO: Los señores eclesiásticos, por su alto carácter y sagrado instituto, son acreedores a nuestra consideración y respeto; pero éste tiene sus límites. Al eclesiástico virtuoso, sabio y patriota debemos colocarlo sobre las niñas de nuestros ojos; pero al revoltoso, al que abusa de su ministerio para sacrificar a sus hermanos, al traidor infame que tratare de vender su patria: ahorcarlo, ahorcarlo y breve. Así se honra la justicia, se guarnece la patria, se defiende la humanidad y se le ofrece un homenaje grato al Ser Supremo. Los sacerdotes que llenan este sagrado título, son dignos de todo nuestro aprecio, y no me cansaré de repetirlo. ¡Cuán grata nos es la memoria de los Hidalgos(9) y Morelos,(10) de los Matamoros(11) y los Saltos,(12) de los Crespos(13) y los Torres(14) y de tantos otros que sacrificaron sus preciosas vidas en las aras de la patria! ¿La gratitud no arrancó de nuestros ojos lágrimas tiernas al oír sus fines desgraciados? ¿Pudimos ver con semblante sereno sus venerables restos, conducidos a esta capital el día 7 de septiembre de [1]823, entre los aparatos de un triunfo fúnebre? El corazón de todo americano digno de serlo, ¿no se siente oprimido al acordarse del fin trágico que tuvieron estos héroes esclarecidos, que compraron nuestra libertad a costa de sus fatigas, de sus haberes, de su honor y de su misma vida?, y por fin ¿no amamos y reconocemos hoy mismo a otros mil sacerdotes que viven y cooperaron a nuestra libertad, con mejor suerte? Pues ¿qué más se quiere para conocer que los pueblos son agradecidos, y que admiran y respetan la virtud donde la encuentran, así como abominan del vicio donde lo hallan? ¿De qué modo tan distinto se habla de los inquisidores, obispos y cabildos que excomulgaron a nuestros héroes?: con odio, con vituperio, con desprecio. Todos son sacerdotes; pero no todos son iguales en cuanto a ciudadanos. Estos desgraciados fueron verdaderos hijos de la patria; aquéllos también lo fueron, pero desnaturalizados y bastardos. Por eso nuestras lenguas se desatan en elogios hacia los unos y en execraciones hacia los otros.
Por tanto, sacerdotes, es necesario que en todas épocas os acordéis que primero nacisteis ciudadanos que ministros del altar; que la obligación que habéis contraído con la patria os obliga semper et ubique, siempre y en todas partes; que sois venerados como sacerdotes sólo en la Iglesia romana; pero sois americanos en todo el globo, y en todo él debéis trabajar por el bien de vuestra nación y en cualquiera del mundo(15) serán abominables vuestros nombres cuando se sepa que fuisteis traidores a vuestra misma patria. Acordaos que sois ministros de un Dios de paz y tolerante; no satélites ni verdugos de un tirano que trata de esclavizar al género humano. No se os olvide que los apóstoles predicaban la subordinación a las potestades civiles sean las que fueren, y últimamente advertid que sólo un loco puede armar el puñal parricida contra su misma madre; y así sólo un clérigo loco puede alarmar los pueblos contra su patria; pero... cuidado, que si el loco por la pena es cuerdo, esta pena se debe aplicar aun con dolor contra sacerdote borbonista, para que no contagie a sus compañeros incautos.
SACRISTÁN: ¡Cáspita, compadre!, que está usted bravo como un Bernardo.
PAYO: Siempre que me acuerdo de lo que ha padecido la patria y lo que puede padecer, me pongo de mal humor. Pero, compadre, ¿es usted santo o le habla el diablo?
SACRISTÁN: Nada de eso; pero usted ¿por qué me lo pregunta?
PAYO: Porque cuando comenzamos nuestras Conversaciones, dijo usted de aquí a tres meses veremos cómo va de Independencia y aun fijó usted el número de nuestros enemigos a veintidós mil, y en efecto, por los papeles públicos sabemos que se preparan para invadirnos veinte mil, que es poco errar; y así señalar el plazo y fijar el número de nuestros enemigos es mucho tino para casualidad.
SACRISTÁN: Pues todas mis predicciones se fundan en cálculos políticos que los hace cualquiera. Lo que importa es que no venga la Liga o que si viene sea bien recibida.
PAYO: Pero ¿qué dice usted?, ¿vendrá?
SACRISTÁN: Es muy prudente el temerlo. Los reyes de la Europa están tamañitos(16) con la separación de las Américas del trono español, y forman este preciso raciocinio: "Los hombres ya conocen sus derechos; aspiran a gozar la libertad e igualdad que les concedió el Cielo; saben exponer sus vidas y derramar su sangre por conseguir tan innumerables beneficios; de hecho los han conseguido los americanos; los del norte se separaron cincuenta años hace de Inglaterra; los del sur y septentrión se han hecho independientes de España. ¿Qué esperamos? El amor de la libertad es innato en el hombre, y el ejemplo es un estímulo muy eficaz. Mañana se ilustran nuestros pueblos, quieren mandarse por sí mismos, como se los inspira la naturaleza, ven que pueden conseguirlo como los americanos, y se nos amotinan y nos destronan. Pues ¿qué remedio? Unirnos contra la libertad, meter en nuestra Liga al santo padre para que nos ayude; colectar nuestras fuerzas terrestres y marítimas y subyugar a aquellos pueblos rebelados; dividirnos su dominación dejando a la impotente España alguna parte o nada, que Fernando y sus sucesores quedarán muy contentos con llamarse reyes de las Américas, aunque sea tan huecamente como hoy se llaman reyes de Jerusalén, donde son unos tristes tributarios; pues a ello: guerra, guerra contra los americanos libres." Éste es el raciocinio. Diga usted si es de temer que nos vengan a incomodar.
PAYO: Es muy justo tal temor y más si nos acordamos de que aquí tienen un ejército muy grueso de reserva y muchos miles de pesos y de fusiles bien almacenados. Pero ¿por qué dice usted que vendrán a incomodarnos?, ¿que no a dominarnos?
SACRISTÁN: No, compadre, nunca. La España perdió para siempre las Américas. Yo le aseguro a usted que ni un soldado vuelve de cuantos tengan la desgracia de acompañar su expedición: el que no sea víctima de las balas, lo será delvómito,(17) de la hambre y de los animales ponzoñosos, y el que escape de estas plagas, al ver nuestro hermoso cielo y nuestra tierra tan fértil, rica y seductora, se pasará a nuestras banderas; pero como esto no es obra del momento, es necesario que se derrame sangre nuestra y de ellos, y toda es preciosa, porque todos somos hombres y debemos amarnos como hermanos y llorar sobre la sangre del enemigo como sobre la nuestra. Ésta no sólo es virtud cristiana sino natural; por eso Alejandro lloró sobre el cadáver de Darío.(18)
PAYO: Yo lo que temo más es su ejército de reserva que vive con nosotros.
SACRISTÁN: Pues yo no lo temo, lo compadezco; porque ha de ser el primero que muera.
PAYO: ¿Es posible, compadre?
SACRISTÁN: Sí, compadre, y siento mucho la suerte desgraciada que se preparará a muchos buenos españoles que han tomado partido con nosotros; porque apenas se divulgará la noticia del desembarco de la Santa Liga cuando ¡a Dios gachupines!(19) ¿Quién los libertará del furor de unos pueblos resentidos y temerosos? No lo permita Dios; pero es muy temible mi pronóstico.
PAYO: Y ya verá usted como acierta sin que le hable el diablo. No lo deseo por Dios, pero es temible.
SACRISTÁN: Yo quisiera cuanto quiere el señor Bustamante en su Avispa citada; pero quizá el gobierno hace más de lo que pensamos; porque si no, a la hora de las carreras nos acalambramos.
PAYO: En parte, yo quisiera que viniera la tal Liga y que nos matara unos cuantos miles de americanos. Así sabríamos apreciar y defender nuestra libertad. Se quitarían la máscara los gatos. Los mataríamos nosotros mismos, y depurada la nación de tanto bicho que la infesta, nuestros descendientes consolidarían para siempre su libertad.
SACRISTÁN: Así es, amigo. Yo quisiera cuanto quiere el señor Bustamante, porque la verdad, en punto a desconfiar de los españoles, a mí no me entran puntas, ni jamás he llevado a bien nuestra apatía. España sabe lo que ha perdido con nuestra Independencia, y nosotros no sabemos lo que hemos ganado. La tenacidad con que el gabinete español se resiste al reconocimiento de nuestra libertad, y el empeño con que quiere prevenir contra nosotros al rey de la Gran Bretaña, claramente nos dice que no pierde las esperanzas de reconquistamos.
Bien sea que esta pobre nación se halle hoy reducida a la más abyecta nulidad; sin embargo, ella quiere hacer valer sus pretendidos derechos para reconquistamos. Es verdad que por sí no puede, ¿pero le faltará quien le ayude? ¡Oh!, yo temo mucho a los reyes de Europa. La Francia aún no nos reconoce; la Inglaterra tampoco, a pesar de los contratos y comercios que tiene con nosotros; el rey de Roma está ingerido en la Liga. Todo esto pinta una perspectiva funesta, y yo no las tengo muy cabales.(20)
PAYO: Compadre, ésos son muchos temores. ¿Qué interés pueden tener las naciones europeas en auxiliar a España?
SACRISTÁN: Dos intereses tienen. El primero y principal es escarmentar a los hombres libres de las Américas para que no los imiten sus vasallos, y el segundo dividirse entre todos la capa del justo; porque en el malhadado caso de que la Europa nos subyugara, España siempre se quedaría sin las tres partes de las Américas; porque los ligadores no la habían de auxiliar por su linda cara, sino por hacer de una vía dos mandados: asegurar sus tronos y extender su dominación.
PAYO: Contra tamaño peligro convendría tomar unas medidas muy enérgicas y violentas. Cincuenta mil hombres de línea en nuestras costas sería un ejército respetable, auxiliado de las ventajas que nos proporciona el terreno, temperamento y animales. Para que esta tropa no haga falta en lo interior de la Federación, el cuidado del orden sería encargado a las milicias cívicas; pero aforándolas(21) y pagándoles en el servicio a los soldados pobres que necesitaran el prest,(22) porque sin comer no se puede trabajar.
SACRISTÁN: Pero ¿de dónde se sacarían fondos para gastos tan crecidos?
PAYO: Los Estados discurrirían de dónde.
SACRISTÁN: ¿Y esto no fuera gravar los pueblos?
PAYO: Sí fuera, pero fuera muy justo y necesario. Ninguna cosa por sagrada que sea goza privilegio, o excepción en estos casos, ni ningún ciudadano debe dejar de contribuir con cuanto pueda para la defensa de la patria. En tiempo del gobierno español, con menos necesidad que ahora, y para remachamos la cadena, se gravaron las casas, se aumentaron las alcabalas, se inventaron nuevas gabelas, se quitaron los caballos y hasta se pidieron las platas de los particulares; y todo esto se pagaba y se entregaba con mucha prontitud y humildad; pues ¿por qué el gobierno ha de andar ahora con tanto miramiento, ni los mexicanos se han de manifestar mezquinos cuando se trata de salvar a la patria o lo menos de asegurar su Independencia?
SACRISTÁN: No hay remedio, es menester energía por parte del gobierno y docilidad y patriotismo de la nuestra. Habiendo esto, yo aseguro que no digo España, pero ni toda la Europa nos reconquista.
PAYO: Ese general patriotismo es el que no vemos. Aún permanecen en mil partes los signos monárquicos: los padres canónigos, que no hay modo de que pinten una aguilita en Catedral; en los billetes de la lotería nacional aún se pone la coronita sobre las iniciales L. D. M., etcétera, etcétera.
SACRISTÁN: Todo esto indica que hay mucha gatería(23) entre nosotros, y por eso fuera útil que viniera la Liga para que se quitaran la máscara y los conociéramos; porque si no, siempre les cantaré aquella coplita vieja:
Mi nana tenía un perrito,
mi tata lo matará,
de su cuerpo hará un tambor,
lo que fuere sonará.
PAYO: Quiera Dios que en los labios de todos los americanos sólo suenen las dulces voces de viva la libertad, viva la Patria.
SACRISTÁN: Eso es lo que debemos desear. Entre tanto, compadre, a Dios, hasta otra vez.
PAYO: A Dios, compadre.
NOTA. Cuando se habla en este papel con desprecio de las excomuniones, se debe entender de las notoriamente injustas como las que hemos visto; y ordinariamente cuantas se fulminan no tienen por objeto la corrección del pecador, sino sostener las injusticias, que llaman derechos temporales. Rarísima vez se hubiera visto en la Iglesia católica un excomulgado, si para declararlo tal, se hubiera seguido no el espíritu de la carne, sino el de los cánones primitivos.
Cuando digo que yo ahorcaría al primer excomulgador que quisiera alborotarme el pueblo santamente, se debe entender que hablo de un eclesiástico traidor a su patria, no de un eclesiástico ni menos del estado eclesiástico, sino de un eclesiástico bribón. ¿Por qué razón los españoles pudieron matarnos a los eclesiásticos patriotas y nosotros no hemos de poder hacer lo mismo con los eclesiásticos traidores? En este sentido hablo, fanáticos enemigos míos, cuidado con andar proclamando entre las viejas que El Pensador es hereje, es enemigo de los sacerdotes,ha escrito que los quiere ahorcar, etcétera. Decid la verdad y no seáis a más de tontos, embusteros. Ya os conozco.
México, diciembre 16 de 1824.
El Pensador
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.
(2) Jalisco. Cf. nota 20 al núm. 2 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(3) Santa Liga. Cf. nota 19 al núm. 1 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(4) Carlos María de Bustamante. Cf. nota 8 al núm. 5 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(5) José Servando Teresa de Mier y Noriega. Cf. nota 16 al núm. 13 de lasConversaciones del Payo y el Sacristán.
(6) chaquetas. Cf. nota 6 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(c) Este superior no lo dio Dios, lo dio Pío Marcha. [El 18 de mayo de 1822 la tropa y el pueblo proclamaron emperador a Agustín de Iturbide. El sargento Pío Marcha hizo tomar las armas a la tropa de su cuartel y se lanzó con ella a la calle, aclamando a Iturbide "el emperador Agustín I". Que tal movimiento estaba preparado de antemano lo prueba que las tropas acuarteladas no investigaron el estrépito, sino que se lanzaron a la calle a secundar la proclama. También la gente estaba en sobreaviso: sólo esperaba la indicación de unos cuantos agentes para tomar parte en el suceso memorable. Alamán cuenta que un coronel llamado Rivero, ayudante de Iturbide, entró en el Teatro Principal e hizo que la concurrencia proclamara emperador a Iturbide. El estrépito se aumentó con el repique general de las campanas y las salvas de artillería.]
(d) ¡Cuántas cartas de éstas no enviarán los borbonistas en la presente época para sacar partido de los bobos y crédulos! Ya sabemos cómo se manejó la artería de la célebre monja de Guatemala para mantener a Fernando VII en su absolutismo. Así se abusa de la religión de nuestros pueblos.
La carta, copiada fielmente, está datada en 19 de enero de 1824. No creo que se escribiera entonces, y si tal sucedió, la madre monja perdió los estribos con la revelación, y no sabía el día en que vivía. ¡Alerta pueblos!
(7) Juana de Jesús. El dato conseguido es que existió una carmelita descalza llamada Ana de Jesús.
(8) pintas. Señal o muestra exterior por donde se conoce la calidad de las cosas o personas. También la expresión "tener la misma pinta" significa parecerse mucho a otra persona o cosa.
(9) Hidalgo. Cf. nota 8 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(10) Morelos. Cf. nota 10 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(11) Matamoros. Cf. nota 9 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(12) José Guadalupe Salto. Religioso e insurgente. Una de sus acciones importantes fue el intento de atacar el fuerte de Jaujilla, que está en la laguna de Zacapu. Fue fusilado por Trujillo.
(13) Manuel Sabino Crespo (1778-1815). Sacerdote insurgente, diputado al Congreso de Chilpancingo. Contribuyó a la redacción de la Constitución de Apatzingán. Se unió a las tropas de Rayón. Fue capturado por el comandante español Aquila. Se le prometió dos veces el indulto a cambio de predicar un sermón contra la Independencia. Ambas veces se negó. Fue fusilado por Calleja.
(14) Antonio Torres (1770-1789). Sacerdote insurgente. Se unió al caudillo Albino García. A la muerte de éste, Torres devastó varios pueblos, después de haberlos atacado, entre ellos: Valle de Santiago, Pénjamo, San Francisco, La Piedad y Uruapan. Estuvo en la defensa del Fuerte de los Remedios.
(15) cualquiera del mundo. Da por supuesta la palabra parte o nación.
(16) están tamañitos. "Se toma también por temeroso, o amedrentado de algún suceso: y así se dice: Quedarse tamañito." Cf. Diccionario de autoridades, t. III, Madrid, Gredos, 1964.
(17) vómito. Cf. nota 4 al núm. 4 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(18) Alejandro el Magno derrotó a Darío en Iso. También venció al nuevo rey persa Darío III en Gangamela.
(19) gachupines.. Cf. nota 11 al núm. 4 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(20) cabales. Acabadas, completas, todas. La frase significa que las perspectivas que él presenta no son muy halagüeñas.
(21) aforándolas. Darles poder, fuero.
(22) prest. Cf. nota 8 al núm. 12 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(23) gatería. Simulación, halago con que se pretende lograr una cosa.