[NÚMERO 25]

 

VIGESIMAQUINTA Y ÚLTIMA CONVERSACIÓN DEL PAYO Y EL SACRISTÁN(1)

 Es un sueño



Luego que me vio me hizo una cortesía con la cabeza, y se sentó en el mismo escaño en que yo estaba, pero sin hablar una palabra.

Se deja entender si me sorprendería o no, una figura tan extraña e interesante; pero lo que acabó de rematarme fue advertir su silencio, que sólo interrumpía de cuando en cuando con algunos sollozos y suspiros. Sus mejillas estaban encendidas como las lindas rosas cuando se desatan del botón, y se presentaban más divinas cuando eran salpicadas con sus lágrimas, entonces no había con qué compararlas sino con la brillante alejandrina rociada con el llanto de la aurora.

De cuando en cuando miraba el ramo de oliva, alzaba al cielo sus hermosos ojos y los bajaba inundados en el licor de la amargura.

Admirado y compadecido de aquella dama tan interesante y afligida, le dije: "permitidme, señora, que os pregunte la causa de vuestra pesadumbre, ofreciéndome a serviros si me considerarais útil". Ella entonces, mirándome con ternura, me dijo: "tú eres quien necesitas de mis auxilios. ¿Me conoces?" "No he tenido hasta ahora tanto honor." "Se echa de ver." "¿Cómo os llamáis?" "Lo sabrás a su tiempo. Acompáñame."

Tomamos el coche, y nos dirigimos al centro de la capital, y me fue haciendo notar lo mismo que yo tantas veces había visto. La guarnición de la ciudad servida, y el resto de la tropa paseando o durmiendo. El Senado dictando providencias económicas y gubernativas; el Congreso del Estado empeñadísimo en hacer su Casa de Moneda aparte; los periodistas desmintiéndose unos a otros, y el resto de los ciudadanos alegres y contentos como siempre.

"¿No te parece —me dijo la beldad a quien acompañaba— que esta calma del gobierno y la alegría de tus compatriotas anuncian una paz octaviana?" "Sí señora", le dije. "Pues te engañas —prosiguió ella—; acaso no está lejos el día en que esa criminal tranquilidad se convierta en luto, horror y desesperación. ¿Ves este ramo de oliva, símbolo de la paz, mustio y marchito en mis manos? Pues éste es un agüero muy fatal. Así como tú, no me conocen tus paisanos, y por eso me ven con tal desprecio; ellos son muy ingratos, pues debiendo saber cuánto les sirvo, y cortejarme todos a porfía, me ven con un desprecio intolerable. Tal sentimiento arranca de mi corazón los ayes y suspiros que excitaron tu curiosidad en la Alameda. Una dama de mis prendas sólo se aprecia en las naciones cultas... Yo, yo me iré a Colombia o a Lima, donde me estiman tanto, y os abandonaré, ingratos, a los horrores de la esclavitud y de la guerra. Entonces me querréis conocer y tener en vuestra compañía, mas yo, desdeñada y ofendida, os diré con las palabras de la Escritura: 'Os llamé y no me oísteis, toqué vuestras puertas y no quisisteis abrirme; pues yo también, a la hora de vuestras desgracias me reiré de vosotros, y os haré burla'."

"Señora —le dije—, ¿sois alguna diosa por ventura? Vuestra belleza, magnífico vestido y vuestras palabras imponentes así me lo persuaden; aunque vuestra aflicción y tratabilidad me os representan humana." "De todo participo —me respondió—, mi origen se deriva de Dios, aunque el aprecio de mi persona pende totalmente de los hombres. No tardarás mucho en saber quién soy, si me protestas tu amor, obedecer mis preceptos, serme fiel, y acompañarme a donde fuere."

"Todo lo haré, señora, pues gano en todo". Al decir esto, el coche se convirtió en una hermosa nube, adornada de los colores del iris, y arrebatada por los vientos llegamos en instantes a Veracruz;(3) pero como estábamos tan altos podíamos ver muy bien los demás puertos de la costa.

Luego advertí en el mismo muelle la piedra donde el año de [18]22 leí el siguiente soneto que vuelvo a escribir aquí por si se les hubiera olvidado a mis paisanos.

 

SONETO(4)

Yace aquí para siempre, mexicanos,

la libertad que el cielo os concedía

por mano de Iturbide, y que podía

haberos sido eterna; pero insanos

 

la dejasteis volar de vuestras manos,

sujetándoos a extraña dinastía.

Perezca amén, tan azaroso día

en que esclavos seréis, no ciudadanos.

 

Tal es mi presentir, ¡oh patria amada!

Si a dominarte vuelven los Borbones,

toda moderación será afectada,

 

y no se perderán las ocasiones

de echarte la cadena más pesada

con muy duros y fuertes eslabones.

 

 

Muy divertido estaba yo leyendo el soneto, cuando el estallado del cañón me volvió de mi distracción con mucho susto. "Mira —me dijo la deidad—, mira los estragos que hace en tu patria la vana confianza con que han vivido de que la España estaba impotente y que era imposible sorprenderos." Volví la vista a Veracruz y demás puertos, y vi que desembarcaban impunemente porción de españoles, rusos, suecos y franceses, haciendo estragos horrorosos en los pocos que tenían la noble osadía de resistirlos. La "Iguala" y los cuatro barquichuelos nuestros, ya habían sido apresados por los buques mayores enemigos.

Como el desembarco era simultáneo por diversos puntos, la guarnición estaba aturdida sin saber a dónde atender. Todo era confusión, todo desorden, y como al desorden sigue el miedo, las retiradas eran huidas sin método alguno militar; y así es que perecían a centenares los soldados, no sólo a manos de los enemigos descubiertos que los seguían, sino también a las de los que habían tenido por amigos, que reunidos en gran número con los americanos viles, les habían cortado la retirada y los esperaban en las puntas de sus bayonetas y lanzas.

Dentro de pocas horas ya no se veía ni un jefe ni la más pequeña división americana. Tal cual soldado corría por las barrancas y los montes. Todos los demás estaban hechos pedazos en los campos, sin verse un prisionero, porque esta tropa de asesinos no daba cuartel a persona humana.

Marcharon inmediatamente sobre las villas, se apoderaron del Puente del Rey (5) y Fuerte de Perote,(6) y nuestras cortas divisiones apenas se reunían para resistir, cuando eran destruidas, pues siempre se hallaban con enemigos a retaguardia y a vanguardia.

La dama celestial no podía contener su llanto. "Vamos —dijo— a la capital; tal vez su sabio gobierno habrá tomado medidas más prudentes para defenderse con calma y energía."

En un momento retrocedió la nube, nos colocamos sobre la Ciudad y vi... ¡Válgame Dios! Vi no a la quieta y tranquila México, sino a la confusa Babilonia. Los correos se atropellaban trayendo de todas partes las noticias más tristes y funestas. Se juntó al Congreso Extraordinario para tomar activas providencias; pero no se pudieron reunir doce diputados porque los más se habían marchado desde las primeras noticias. El presidente y los ministros aumentaban la asamblea y la confusión; porque nadie se podía entender. La decantada división de poderes era la que menos se defendía, porque cada autoridad quería dejarle a su inmediata la que ejercía. El presidente reclamaba del Congreso que le dictara las providencias oportunas en el caso, y el Congreso le decía: "a nosotros nos toca dictar leyes y a vuestra excelencia el hacerlas cumplir; dictamos en su tiempo las necesarias. La nación confió en manos de vuestra excelencia el Poder Ejecutivo General, y nosotros le conferimos facultades extraordinarias para que con ellas hubiera prevenido este peligro." "Sí, señor excelentísimo —decía otro vocal—, ¿qué uso ha hecho vuestra excelencia de esas facultades extraordinarias, o de esa disimulada dictadura que le conferimos?" "Yo —contestaba el presidente— he procurado hacer cumplir las leyes, ser benéfico a mis conciudadanos y conservar el orden interior." "Todo eso es cierto —decía otro vocal—; a vuestra excelencia no se le niegan sus virtudes; mas ésas no han bastado para ponernos a cubierto de este riesgo. El uso de las facultades extraordinarias, bien dirigido, nos hubiera libertado de esta sorpresa. Vuestra excelencia es el único responsable por su excesiva bondad de la sangre que se está derramando y de la infalible pérdida de la patria." "Si me ha faltado acierto en mi gobierno —respondía el presidente—, Dios sabe que ha sido por falta de previsión y no por malicia de la voluntad. En todo he consultado con los ministros, y en algunos periódicos leía que era imposible que nos viéramos en este caso." "Esa vana confianza nos ha perdido —decía otro diputado—, y..."

Un grupo de tropa y oficialidad cortó esa inútil disputa, porque entró al salón, y el jefe de ella, dirigiendo a todos la palabra dijo: "¿Qué sucede, señores? ¿A quién obedecemos? Antes que llegue el enemigo a esta ciudad ya toda está envuelta en convulsión y horror. El pueblo con parte de la tropa se ha alarmado contra los gachupines(7) o si se quiere decir, contra sus bienes: unas casas están ardiendo, otras saqueadas; los españoles se han hecho fuertes en el Parián(8) para defenderse; pero es en vano, porque el populacho está furioso, no se puede contener. ¿Qué hacemos para ocurrir a los peligros exteriores e interiores porque según un correo, el enemigo avanza sobre la ciudad a marchas forzadas y, según él, a esta hora se halla en la villa de Guadalupe?" "Que tome las medidas oportunas el jefe del Estado Mayor General." "Ya las ha querido tomar, su excelencia, pero nada puede hacer, porque como tiene dividida la opinión, no cuenta con la total subordinación de la tropa, porque una parte lo teme como sospechoso, y la que lo sigue satisfecha de su honradez es también mal vista del pueblo, porque éste se presume que es mandada por los jefes capitulados, y he aquí la más funesta división en la tropa y en el pueblo." "Pues que haga dimisión del empleo en los señores Bravo(9) y Guerrero(10) para que éstos reúnan el ejército, así como reúnen la opinión." "Ésas son las facultades extraordinarias que vuestra excelencia debía en tiempo haber puesto en uso —dijo un diputado—; pero ya es tarde." "Y muy tarde —continuó diciendo el jefe que hablaba—; porque el marqués de Vivanco(11) tiene mucho honor para dejar las armas a la hora del peligro; antes preferirá morir con cuatro soldados en defensa de sus derechos que abandonar el puesto con desdoro."

"¿Y qué hacen los generales Bravo, Guerrero, Quintanar,(12) Bustamante,(13) Filisola,(14) Santa-Ana,(15) Miñón,(16) Melchor Álvarez,(17) Hernández(18) y tantos otros", dijo el presidente. A lo que el jefe respondió: "¡Oh, señor!, generales, coroneles y oficialidad nos sobra. Tropa, parque y dinero está escaso. El amor a la libertad infunde valor, y el valor todo lo suple. Pero la desunión todo lo destruye." "Los generales corren a caballo por la ciudad —decía el mensajero—, procurando reunir el ejército y contener al pueblo, pero todo es en vano porque los enemigos del sistema hacen por su parte cuanto pueden para prevenir el triunfo al enemigo. El oro y la plata se derraman con profusión para corromper la tropa y seducir al pueblo; ciertos frailes y clérigos fanáticos, acostumbrados a insultar al gobierno cuando éste pudo sofrenarlos, corren por las calles con el Cristo en la mano exhortando a la guerra, a la desolación y a la muerte en el nombre del Dios de la Paz, de la Misericordia y de la Vida. Ellos gritan al pueblo inocente y fanático: 'Hijos, hoy es el día de la expiación de vuestras culpas y de la propiciación del Cielo. ¡Ay de aquellos que os indujeron por el camino de la iniquidad! Cuatro ambiciosos os inspiraron las heréticas doctrinas de que la soberanía reside en el pueblo,(a) cuando reside esencialmente en los reyes puestos por Dios sobre la Tierra, según su divina palabra en la Escritura, palabra que no pueden desmentir estos herejes. Ellos han halagado vuestras pasiones criminales con una libertad impía que no conocieron vuestros padres.

"Libertad de conciencia, libertad impía, libertad de imprenta, libertad de opinión. Os han enseñado que según ella, podéis no sólo rebelaros contra vuestro rey y señor natural don Fernando VII, sino contra el mismo Dios, su vicario, la Iglesia, y sus ministros. Ese Pensador, más hereje que Lutero, más libertino que Sardanápalo(19) y más maldito de Dios que Lucifer, digno de ser reducido a cenizas en las hogueras de la fe, os ha enseñado a ser libres, esto es, a ser viciosos y libertinos, a mofaros de Dios y de sus santos, de la Iglesia y sus ministros, de la revelación y de su dogma. ¿Y podéis creer que un gobierno que tolera en su seno impunemente a un criminal de esta naturaleza, sea un gobierno justo y católico? No, hijos míos, es tan herético y criminal como él. Detestadlo. Volved a la religión de vuestros padres. Reconoced a vuestro legítimo soberano don Fernando VII de Borbón. Arrepentíos de vuestra pasada ingratitud, si queréis alcanzar las misericordias del Señor y la salvación de vuestras almas, decid conmigo con todo vuestro corazón: Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, por ser vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, nos pesa y nos repesa de haberos ofendido, haciéndonos lo que llaman libres, independientes y republicanos. Protestamos, Señor, que nos arrepentimos de todo corazón, que detestamos tan criminales nombres y tan herético sistema, y que desde hoy en adelante seremos fieles vasallos de nuestro amo y señor Fernando VII, obedientes a vuestra santa ley, súbditos eternos de nuestro sumo pontífice, y del más mínimo donado de una de nuestras santas religiones. Mueran los republicanos y vivan nuestros católicos monarcas, por cuyo sostenimiento derramaremos nuestra última sangre y la de cuantos liberales hay en el mundo, con la ayuda de vuestra gracia y en honra y gloria vuestra. Amén."

"La seducción que se hace en nombre de Dios, es la más sacrílega y más temible —dijo un diputado—; que se recojan esos frailes y se pongan en segura prisión."

"Ya es muy tarde —exclamó otro vocal—. Antes, antes de este lance se debían haber sujetado y castigado muchos individuos del clero, que abusaban del púlpito, de la sociedad y de las prensas para malquistar nuestro sistema. Jamás fueron desconocidos al gobierno, ni se curaron de ocultar su opinión, ni menos faltó quien advirtiera al gobierno este peligro; pero se les temió, se les consideró demasiado, y se quedaron impunes sus crímenes. Veamos ahora cómo contiene el gobierno tan peligroso daño, que debe ser general en toda la nación; porque en todas partes los intereses del clero están en oposición con los intereses del pueblo."

A este tiempo se oyó un estruendo horroroso de artillería y fusilería. "¿Qué es eso?", preguntó un ministro. Y se le contestó por un ayudante que acababa de entrar, "qué ha de ser, señor, que el enemigo está entrando en la Ciudad." A esta voz todo el Congreso huyó, el presidente montó en su caballo y salió con espada en mano. Nosotros lo seguimos.

En efecto, la confusión era espantosa; los gritos de viva España y mueran los rebeldes, acompañados del ruido de las armas, gritos, ayes y lamentos de los heridos, formaban una música desapasible. Nuestros generales discurrían por la Ciudad con las tropas que los acompañaban; pero como mucha parte de ellas había salido fuera y habían ya sido derrotados, no contaban con fuerza suficiente disponible. El bajo pueblo se entretenía en incendiar y saquear las casas que podía. Los paisanos buenos patriotas corrían a incorporarse entre las filas; pero a esa hora se hallaron desarmados. Una fuerte división de españoles y americanos desnaturalizados salió, quién sabe de dónde, bien armada, y éstos eran los que hacían más daño en los nuestros. ¡Válgame Dios! ¡Cuántos conocí, a quienes tenía por muy adictos y pacíficos!

Con tales auxilios no fue mucho que las tropas de la Liga(20) llegaran y vencieran como César.

A las dos horas de fuego y de carnicería, ya no había quién les hiciera resistencia, porque nuestras tropas estaban muertas, y otras fugitivas y dispersas; los más de nuestros héroes habían pasado a la inmortalidad. Las calles estaban inundadas de sangre; las más casas de los pobres desiertas y saqueadas completamente. Sólo una cosa me faltaba que ver para apurar de una vez todo el extremo del dolor, y ésta fue la separación de mi dulce y hermosa compañera.

Un grupo maldito de soldados la vio a lo lejos, y lo mismo fue verla que conocerla y gritarla: "¡Ah malvada!, de esta vez no escaparás de nuestras manos." "Con voz hablan, señora", le dije. "Sí, conmigo hablan." "Pues huyamos." "Es imposible", me dijo; "yo soy la alhaja más estimable para vosotros, y que no supisteis conservar. Éstos me quieren entre sí, y me aborrecen en este país. Mi prisión es segura". "Moriré a vuestro lado por defenderos", la dije, alzando un sable ensangrentado que estaba a mis pies. Y ella me dijo: "No hagas tal; yo puedo ser robada y trasladada a otras regiones; pero nunca morir, y tú sí. Conque huye, sálvate. Toma este papel, y entrégalo a tus compatriotas por si quisieren aprovecharse dé él." "¿Y quién sois por fin, bellísima y desgraciada dama?", le pregunté, y ella anegada en llanto me contestó: "Soy la Libertad Nacional; no me habéis sabido ni apreciar en la paz, ni defender en la guerra. Yo no os abandono; vosotros me dejáis arrebatar de vuestros brazos." A este tiempo llegaron los soldados, y rodeándola con las armas me la quitaron de delante. Ella anegada en llanto, me dijo: "A Dios para siempre; ya no volverás a verme en este país."

Tan funesta amenaza y la violencia con que se ausentó de mi vista, me sacó fuera de mí, y absorto, enajenado y lleno de dolor fui andando maquinalmente por entre escombros de cadáveres y de repente me hallé en el Campo Florido.

La soledad del sitio me hizo volver en mí, y sentándome junto a un árbol, abrí el papel que me había dado la Libertad y decía así:

Yo he dictado este bando por si su observancia cooperare a que no seáis esclavos de los Borbones.

EL CIUDADANO, GUADALUPE VICTORIA,(21) presidente de los Estados Unidos de la República Mexicana.

Por cuanto atendiendo a los gravísimos males que amenazan a la patria, cuya defensa se confía a nuestro cuidado, y en uso de las facultades extraordinarias que el Soberano Congreso Constituyente nos concedió al tiempo de su receso, hemos venido en decretar la rigurosa observancia de los artículos siguientes:

Con este plan se consiguen tres objetos muy recomendables. Primero: conservar el orden interior. Segundo: estar en continua alarma de día y de noche contra los enemigos de la patria. Y tercero: mantener [por] tres mil inútiles a otros tantos ciudadanos pobres y laboriosos.

Dado en el Palacio de la Libertad, a 12 de julio de 1825. Guadalupe Victoria, o el protector de la libertad americana. Por mandado de su excelencia. El Patriotismo enérgico y desinteresado.

Muy entretenido estaba yo leyendo mi papel, cuando me lo arrebataron de las manos unos soldados españoles que, aprovechando mi distracción, llegaron por detrás de mí sin sentirlos. Volví la cara, los vi, me puse en pie y les dije: "volvedme mi papel, que es propiedad mía". "Ésta es tu propiedad, traidor", dijo uno de ellos, y preparando el fusil, me lo disparó sobre el corazón a quemarropa. La congoja del susto me despertó y di gracias a Dios, porque aunque no tenía el papel, aun respiraba con libertad. Éste es el funesto sueño que me ha desconcertado la salud.

Entonces, ¡buenos tontos fueran nuestros enemigos caseritos, si viéndonos sin fuerzas, no sacaran las uñas y nos almorzaran en dos por tres!

Fuera de que, ríase usted, patriotismo sin armas y sin unión no vale nada. Los descalabros que sufrieron por doce años nuestros insurgentes no reconocen otro origen. Valor y patriotismo les sobraba; pero las más veces les faltaban armas y unión. ¡Una niñería!

La expedición de La Habana, si se verifica, tendrá mal fin, yo se lo pronostico. Es menester no saber lo que es La Habana ni por dentro ni por fuera para intentar contra ella unas empresas que yo siempre llamaré quijotescas. La Habana, por dentro, es un enjambre de partidos, los unos dominados por los otros, y los dominantes temerosos siempre de los dominados. Serviles y liberales, gachupines y criollos, libres y esclavos. He aquí una balanza política, en cuyos platos pesan a la vez el interés y las opiniones. El temor solo es el que tiene el fiel en equilibrio; porque como teme ser destruido por sus contrarios el primer partido que se alarme, y nadie trata de su exterminio, de ahí es que están quietos exteriormente, aunque rabiando en su interior. El temor de los negros esclavos basta para retardar la independencia de La Habana. Para cada blanco se regulan diez negros... Esto es muy largo de decir: en La Habana no es fácil una reacción interior contra los españoles.

En lo exterior, La Habana es inexpugnable: toda la Inglaterra dominadora de los mares no es poderosa para tomarla a fuerza. Es una roca, un Gibraltar y un diamante en medio del océano. Una vez se apoderó de ella el inglés, pero fue por una intriga de la reina madre. ¿Conque qué buen éxito podemos prometernos de una expedición en que la pérdida es segura y el triunfo imposible? Yo quisiera que nuestro gobierno y el de Colombia desistieran de este proyecto como mal pensamiento y que se redujesen a cuidar sus casas. Muy dignos son nuestros hermanos liberales de La Habana de que los auxiliemos y cooperemos a que sean libres; pero primero es pensar en dominar a España.

Por fin, ya es tarde. Usted tiene que madrugar. Nos hemos dilatado en nuestras conversaciones más de lo que quisieran nuestros enemigos. Nada remediamos con hablar. Nuestros avisos se desprecian y no se escuchan nuestras buenas intenciones; y así digamos con el profeta Jeremías, Curavimus Babilonem et non est sanata, derelincuamus eam. Hemos tratado de remediar los vicios de nuestra patria: si ésta no quiere corregirlos, abandonémosla. A Dios, compadre.

México, julio 12 de 1825.


El Pensador

 

 

NOTA. Desde el 18 de éste se hallará esta obra en dos tomos a la rústica a seis pesos en la librería de Ontiveros. No hay más que sesenta ejemplares; lo que puede servir de gobierno.

 

 

 

(1) Oficina de Ontiveros.

(2) Alameda. Cf. nota 12 al núm. 1 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.

(3) Veracruz. Cf. nota 15 al núm. 3 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.

(4) Citado por Carlos María Bustamante, op. cit., p. 24.

(5) Puente del Rey. Cf. nota 13 al núm. 4 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.

(6) Perote. Cf. nota 15 al núm. 4 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.

(7) gachupines. Cf. nota 11 al núm. 4 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.

(8) Parián. Mercado que se estableció en la Plaza de Armas de México. Se terminó en 1696. Se incendió en 1829, pero siguió funcionando hasta que fue demolido por orden de Santa-Anna en 1843. Ocupaba un cuadrilátero en el ángulo suroeste de la Plaza citada.

(9) Bravo. Cf. nota 8 al núm. 2 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.

(10) Guerrero. Cf. nota 7 al núm. 2 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.

(11) Marqués de Vivanco. José Morán y del Villar. Cf. nota 19 al núm. 2 del t. II de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.

(12) Quintanar. Cf. nota 22 al núm. 2 del t. II de las Conversaciones del Payo el Sacristán.

(13) Bustamante. Cf. nota 8 al núm. 5 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.

(14) Filisola. Cf. nota 23 al núm. 3 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.

(15) Santa-Anna. Cf. nota 9 al núm. 2 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.

(16) Juan José Miñón (1774-1847). Militar mexicano. En 1806 y 1807 fue habilitado y forrajista. Instruyó y disciplinó al Regimiento de Dragones de México y formó el Séptimo Regimiento con varios elementos y diferentes cuerpos. Comandante militar de Jalapa en 1822. En 1823 se pronunció contra Iturbide. Comandante general de las Californias, Guanajuato, Jalisco y Zacatecas. Fiscal interino del Supremo Tribunal de Guerra y Marina, y luego su presidente. Vocal de las Juntas de Ordenanzas y de la Consultiva. General de brigada desde 1821. También fue ministro de la Suprema Corte Marcial.

(17) Melchor Álvarez (1782-1847). Militar español. En las guerras de España tomó parte en veinticuatro acciones. Sirvió a los realistas contra los insurgentes. Se unió al Ejército Trigarante en 1821. Condecorado con las cruces de Bailén, Gerona, de Guanajuato y San Hermenegildo. Director de táctica del regimiento suizo de Redin. En México fue jefe político y gobernador de Oaxaca (1816). Comandante general y jefe de Querétaro; general de división en 1822, y jefe político de Yucatán. Vocal de la Junta Consultiva de repartimiento de bienes y tierra (1823), vocal de la junta de generales para el arreglo del escalafón; inspector general de infantería y caballería, y comandante del Departamento de México hasta 1837. Murió en la Ciudad de México.

(18) Francisco Hernández (1786-1850). En octubre de 1810, Hidalgo lo mandó a levantarse en armas al sur. Combatió en diciembre en Tepecoacuilco contra el teniente coronel Antonio Andrade. El 15 de diciembre de ese año lanzó una proclama en Iguala, que después imprimió en Guadalajara el 3 de enero de 1811. Hidalgo le expidió despacho de coronel. Luchó al lado de Morelos, Rayón, Guerrero y Pedro de la Ascensión Alquisiras. Fue general de brigada y se unió al Plan de Iguala. En 1831 le entregó a Nicolás Bravo, en Chilpancingo, la espada que el Congreso le concedió por la batalla del Molino. En 1847 combatió contra los invasores al lado de Jerán Álvarez.

(a) El obispo de Sonora [cf. nota 15 al núm. 5 del t. II de las Conversaciones del Payo y el Sacristán], el cura de Tepecoacuilco [municipalidad del distrito de Hidalgo, estado de Guerrero] y muchos padrecitos dicen ahora mismo que es herética esta doctrina.

(19) Sardanápalo. Nombre que dieron algunos escritores griegos a un afeminado rey asirio, cuya finalidad vital era gozar de los placeres de la comida, del vino y del amor. Ctesias, el historiador, nos relata leyendas sobre este rey, y Diodoro, su desastroso fin: fue vencido por el medo Arbaces, y se vio obligado a suicidarse. Generalmente se identifica a Sardanápalo con Asurbanipal, quien subió al trono el 668 a. C. y murió el 626. Monarca que conquistó Tiro, se apoderó de Babilonia y sometió la Arabia. Reunió una célebre biblioteca.

(20) Santa Liga. Cf. nota 19 al núm. 1 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.

(21) Guadalupe Victoria. Cf. nota 6 al núm. 2 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.

(b) Los señores canónigos, lejos de estar incómodos conmigo, deben estarme muy agradecidos, porque en las acusaciones que les he hecho por sus públicas y escandalosas infracciones de la ley, por su escandaloso chaquetismo [cf. nota 6 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán], y por su obstinada y pública desafección al sistema republicano, sufrible en un gobierno tan pacífico y tan bueno como el nuestro, les ha hecho su hoja de servicios muy ejecutoriada, porque si viene la Liga y nos llegan a reconquistar, con sólo que los canónigos presenten mis papeles, tienen cuanto necesitan para que el rey los haga obispos y cardenales; porque solamente en un gobierno tan humilde como el actual, pueden haberse burlado de una nación entera impunemente. Quitaron a pura fuerza las armas españolas de la lámpara de Catedral, y en su lugar substituyeron los jeroglíficos o atributos que se designan a la Virgen María. Digna es de que se le honre de todos modos; pero ¿que no cabía una águila mexicana donde estaba un castellano león? ¿Cuándo se hizo esa lámpara no había noticia de la Virgen Purísima? Pues ¿por qué desde entonces no se adorno con esos devotos emblemas? Finalmente, ¿por qué no se colocan las armas de la nación en la fachada principal de Catedral? ¿Han quebrado y fundido la calamina del escudo español? Aunque lo hayan fundido, ¿dónde está el metal o a quién se lo han vendido? ¿Con él mismo no pueden hacer una águila muy preciosa americana? ¡Ah...!, que la mayor parte del Cabildo de México es enemigo declarado de la Independencia y sin embargo vive, y vive como decía Cicerón a Catilina no para arrepentirse de sus crímenes, sino para reproducirlos con desvergüenzas, porque aunque nuestro gobierno tiene autoridad para enfrentarlos, no usa de ella, sino la tiene embotada como el Senado de Roma que respetaba el sedicioso Catilina, y tenía su autoridad, en expresión de Cicerón, tanquam gladius in vagina recunditus, "como el cuchillo guardado en la vaina". La tolerancia de los delitos aumenta el número de delincuentes y los hace cada día más osados; pero si la ley ha de pesar sobre unos, y ha de disimular y tolerar a otros, si a mí me han de castigar cuando infrinja esta ley, y al canónigo no se le ha de hablar una palabra, aunque públicamente la infrinja, yo pronostico que nuestra Independencia es nula, y muy precaria nuestra libertad.

(22) Zacatecas. Cf. nota 8 al núm. 3 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.

(23) Durango. Cf. nota 11 al núm. 3 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.

(24) Guadalajara. Cf. nota 16 al núm. 3 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.

(25) vivac. O vivaque. guardia principal de las plazas de armas, a la que acuden las demás a tomar el santo.

(26) chiqueo. Cf. nota 23 al núm. 6 del t. II de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.

(c) De esta generalidad deben excluirse los que lo merezcan.

(27) noramala. Forma dialectal de la expresión en mala hora.