[NÚMERO 24]
EL CONDUCTOR ELÉCTRICO(1)
Señor Pensador Político de México
Por los años de 1801 a 1802 llegó a mis manos entre otros manuscritos, el célebre papel titulado Vicios de España, conocido vulgarmente con el de Pan y toros.(2) La fama de su ingenioso autor me hizo preferirle en su lectura y, a pesar de mi corta edad, fue tal la emoción que causó en mi alma está elocuentísima pieza que, no pudiendo conservar su traslado, temeroso de los esbirros del despotismo inquisitorial, no menos que del gobierno político, me resolvía a archivarlo en mi memoria, como lo ejecutaba con otros muchos, para tener la satisfacción de recordarlo a mis solas o con alguno de mis amigos.
Sabe usted muy bien que la indiscreta piedad o demasiada credulidad, así como la mal entendida caridad, engendran la una el fanatismo, la otra la tolerancia. Yo, que a poco tiempo di en la intolerable manía de escrupuloso, y aquel papel ataca directamente tan abominables vicios, no dejé de fascinarme, haciendo escrúpulo de su lectura y referencia; mas en los intervalos de mi enfermedad físicomoral, no obstante mis cortas luces, me dediqué al examen filosófico y cristiano de sus proposiciones. Tan lejos estuve de calificarlas de impías que, por el contrario, las hallé demasiado conformes a la razón y a la disciplina católica.
Receloso aún de mi juicio y con ánimo sincero de reformarle, procuré consultar el contenido del papel con personas de erudición, virtud y sabiduría en esa Corte, lugar de mi educación y residencia, de cuyos nombres podría formar una dilatada lista. Entre todos ellos y otros varones de iguales prendas, ante quienes he vertido estas especies por espacio de 19 años, no he encontrado uno siquiera que califique de sospechosa o impía la justa crítica contenida en este papel, el cual oían de mi boca con demasiado gusto y atención y aun me suplicaban su repetición, aprovechándonos no pocas veces de su metódica locución y finísimo criterio.
Al fin, en estos días de luz y de claridad, he tenido la dulce satisfacción de ver impresa esa bellísima producción, bien que mezclada la amargura de saber que en esta ciudad, por algunos de sus moradores, se ha hecho la más corrosiva censura; ha sido juzgado y sentenciado, pero sin ser oído ni citado, tal vez por aquellos mismos que reprueban el despotismo inquisitorial, bajo cuyo tiránico poder han padecido tantos y tan luminosos escritos. Lo califican, pues, de herético, y añaden que sus proposiciones vienen doradas a manera de píldoras; especies que no han dejado de llamar mi atención, aunque expuestas en términos generales.
Disto mucho, sin embargo, de constituirme apologista ni de estas, ni de otras más pequeñas y triviales obras, porque ni mis conocimientos ni el estar como estoy, condenado a un continuo trabajo para adquirir una mezquina subsistencia, me permiten semejante dedicación, la que además sería extraña a mi profesión. Lo que apetezco, empero, es que la verdad salga a luz, que la filosofía triunfe de la ignorancia y que la santa religión brille sobre la impiedad, la superstición y el engaño.
Si el papel de Vicios de España abunda, como se ha dicho, de herejías disfrazadas, de blasfemias doradas y de veneno encubierto, debe en conciencia el ingenioso que lo ha descubierto desenrollar sus ideas, demostrárnoslas para huir; seguro, al menos de mi parte, de que obro de buena fe y, desde ahora, le protesto la más sincera convicción, con lo cual procuraré en lo posible reparar el daño de haberle retenido en mi memoria y recitándolo por espacio de tanto tiempo, en cuyo evento, lleno de admiración exclamaré: ¡Oh Oaxaca feliz, que abrigas en tu seno personassuperiores en ciencias y virtud, a las que en la Corte de México y otras ciudades, en 19 años, no han podido o no han querido percibir el hálito dañado del papel Pan y toros!
Apreciaría, sin embargo, de la pluma de usted, un análisis, aunque sea muy compendioso, del referido papel, en concepto de que haría un particular servicio a este público en manifestarle o los errores que aquél comprende, o las verdades que sin ofensa de la religión descubre. De este modo y sin perjuicio de lo que puedan demostrar sus antagonistas, a quienes incito, o depondremos el afecto que algunos profesamos al indicado discurso del señor Jovellanos o le haremos aquel aprecio que justamente ha merecido en todos tiempos la delicada pluma de este autor.
Al efecto, si a usted pareciere oportuno, podrá insertar esta carta en su periódico que, con el título de Conductor Eléctrico, sale todas las semanas, o despreciar esta impertinencia, que de todos modos queda conforme su afectísimo que besa su mano.
M. S. E.
Oaxaca, agosto 12 de 1820.
CONTESTACIÓN DE EL PENSADOR
Nada hay más común que disfrazar el vicio con la brillante capa de la virtud. Así el avaro llama a su mezquindad economía; el pródigo a su desperdicio liberalidad; el orgulloso a su soberbia pundonor; el indolente a su descuido condescendencia, y el hipócrita virtud a sus convenenciales fingimientos.
Por tanto, nada extraño es que o la ignorancia, o la malicia llame impío y herético al papel Pan y toros. Su autor no hizo más que ridiculizar con fina y picante sátira los abusos que notó en España en su tiempo, con el santo fin de que se remediasen; lo mismo hizo el padre Isla con el Gerundio, Francisco Santos con sus Tarascas,(3)Quevedo con sus Visitas del otro mundo, Cervantes con su Quijote y otra multitud de autores que sería largo el referir.
En todos tiempos y en todas partes ha habido hombres benéficos que no han perdonado fatiga ni desvelo para curar las dolencias de su patria, usando para ello muchas veces del remedio de la sátira para hacer odioso el vicio, advirtiendo, con Horacio, que las más veces se cortan y corrigen los abusos con más facilidad poniéndolos en ridículos que declamando contra ellos seriamente.
Ridiculum acri fortius plerunque secat res.
En esta virtud, usted y todos los que oigan gritar contra el Pan y toros pueden tranquilizarse, asegurados en estas verdades y en que los que se quejan por semejantes escritos no es porque son tan piadosos como aparentan, sino porque se sienten adoloridos, se ven retratados fielmente, su figura ridícula les incomoda y exclaman ingratos contra la medicina que les puede facilitar la sanidad.
Últimamente, yo desafío al que quiera a que me señale una proposición herética en el Pan y toros, en cuyo caso, y si lo prueban, protesto con la mayor docilidad cantar la palinodia.
Es cuanto tiene que añadir a las reflexiones de usted su atento servidor que besa su mano.
J. F. L.
COMUNICADO
Muy señor mío: el amor a la patria me instimula(4) a comunicar a usted las conjeturas que he formado, guiándome por el conocimiento que tengo de mis paisanos, por la total indolencia con que los acomodados ricos y orgullosos miran el bien público, origen fatal de su egoísmo, de sus intrigas y espíritu de partido.
En esta ciudad son pocos los que han querido leer la nueva Constitución que nos rige, poquísimos los que la han meditado y contados los que han formado el debido concepto de las utilidades que puede proporcionarnos; ésta es la causa de que algunos que no tienen otro mérito que llevar una conducta pública regular, sólo han pensado en usar o, por mejor decir, en abusar de la Constitución para sostener su quimérica grandeza, la nobleza efímera de su linaje y la dominación que gozan sobre la plebe humilde de la misma ciudad.
Las elecciones de compromisarios(5) y electores de parroquia se hicieron, mostrando el magistrado y todas los más concurrentes el mismo tedio y frialdad con que hubieran concurrido a elegir alguaciles, portero de la cárcel, pregonero o guarda de algunos presidiarios. La misa de Espíritu Santo la oiría, desde luego, el señor intendente y el portero de Cabildo, porque yo sé de algunos sujetos que salieron bien temprano de sus casas y no alcanzaron dicha misa.
Plática exhortatoria a los ciudadanos creo no hubo en la iglesia, ni más discursos que unas cuantas voces descompasadas que, sin son ni trón, pronunció el señor cura, con el puro en la boca, en el portal de las Casas Consistoriales, lugar donde se puso la mesa del señor intendente, donde acudían a dar cada uno su lista de compromisarios que votaban, verificándose todo sin el menor decoro, sin ningún orden, ni aun aquel que se tiene para rayar los sábados los mozos de una hacienda. Me consta de varios sujetos que acudieron desde muy temprano a votar, y habiéndose mantenido observando a poca distancia la ridícula farsa, hasta las diez de la mañana no quisieron votar y se volvieron llenos de indignación y fastidio a sus casas.
Para arredrar al pueblo humilde, sin duda, a que sólo votasen los señores de alto bordo, que parecen ver con desafecto la Constitución y que suspiran por el yugo antiguo, se pusieron con arte y maña unas bancas que servían de barreras o atajadizos, a fin de hacer en los pobres la impresión oportuna, para que concibiesen que aquél era un sagrado a que no debían llegar y, de este modo, se quedó el pandero en manos de los que con miras torcidas, acudieron a tocarlo. Éste fue el origen del corto número de votos que se recogieron para elegir los treinta y un compromisarios y, para convencerlo, tenemos una comparación muy obvia que no nos puede dejar la más mínima duda.
En la primera junta formada para electores de Ayuntamiento, subió la votación, en el que más votos sacó, a ciento treinta y dos y, en el que menos, a cincuenta. Siguiéronse las elecciones de compromisarios y en ellas, el que más, sacó setenta votos y en el que menos, veinte y nueve, ¡Diferencia notable por cierto! Y ¿de qué provino?
De que el pueblo observó que en la primera votación se repelía a los pobres artesanos y de color bajo, sin más calificación, que la de unos cuantos señores comerciantes, que el pueblo mira con respeto y aun con miedo, porque está acostumbrado a ser tratado por ellos con un orgullo y vilipendio insoportable. Estos señores rodearon la mesa principal del señor intendente y constituidos censores, sin sufragio del mismo pueblo, calificaban al que se acercaba, sin examen ni averiguación alguna, de origen africano, le devolvían su lista o la rompían, como lo hicieron con algunos, cuyo hecho causaba bastante sonrojo.
Este despótico e inicuo procedimiento arredró a infinitos espectadores, que se retiraron temiendo un desaire y bochorno si no llevaban en los dedos su genealogía o, debajo del brazo, sus informaciones de nobleza para satisfacerlos. Contribuyó, a más de esto, el que en la elección de Ayuntamiento, observó el pueblo que de veinte y cinco electores que eran, votaron quince unos tras otros rabiatados y sin la más mínima discrepancia; esto y haberse unido, a los referidos quince, tres señores electores que eran canónigos, sirvió al pueblo de pleno conocimiento de que aquella elección fue efecto de la colusión o complot que llevaban concertado, y que la turba de electores iba conducida pecudum more por los referidos señores eclesiásticos; así no es mucho que se resfriase y no quisiese acudir a la elección de compromisarios.
Desengáñese usted, señor editor, que mientras la Constitución no se vea con el aprecio que merece y mientras no haya más amor al bien público, triunfará el espíritu de partido; de modo que, a poco más o menos, podría yo vaticinar a usted qué individuos salen nombrados para diputados por esta ciudad el diez y siete del que rige; y los nominaría uno por uno sino lo impidiese el Reglamento de la libertad de imprenta, que si así no fuese, erraría muy poco en mi vaticinio. Este aviso parece de poca importancia; pero puede decir a usted que casi me instimula la conciencia a darlo, descubriendo a la faz de la Europa y América, el estado mísero de las cosas públicas en esta ciudad, el ningún amor que algunos sujetos de influjo en el pueblo tienen al bien público, y la distancia enorme en que nos hallamos de qué medio se observe siquiera [en] nuestra sapientísima Constitución.
Es necesario mucho tesón, mucha paciencia, mucho y muy animoso brío para combatir a endriagos tan horribles como el interés personal, el amor al propio engrandecimiento, el espíritu de partido y la adhesión a mañas añejas e incurables, que son las causas a que deben su origen las elecciones que se han celebrado en esta ciudad. Digan lo que dijeren los habladores, han sido canónicas, y muy canónicas, y aun plus quam canonicas, pues deben calificarse con el epíteto de canónica mercantiles, que éstas se han hecho por unos cuantos individuos que por su hipocresía, y errada opinión, dominan hasta las autoridades —algunos señores comerciantes y los tres referidos señores canónigos— por lo que no han sido populares, y sí merecen el adecuado título antecedente las referidas elecciones. Sistema muy propio para sacar a nuestra Constitución civil del estado en que se halla.
Suplico, pues, a usted se sirva insertar en su periódico estas noticias con la mayor prontitud, a fin de que, viendo los acusados que no falta quien esté en observación de su conducta, reformen en alguna manera su modo de pensar y teman justamente, en lo sucesivo, la nulidad de cualesquiera de los actos públicos que en adelante se hicieren.
Si usted juzga digno de poner en su periódico esta mi carta, cooperando a los mismos fines con que la publico, hágalo y será acción que le agradecerá este su eterno servidor que besa su mano.
Oaxaca y septiembre 2 de 1820.
NOTA. Sin embargo de que en el número 22 ofrecí presentarme en debida forma, a efecto de que se me continuase imprimiendo mi periódico, he variado de pensamiento,en atención a que si cuando lo imprimían por su voluntad tenía yo que sufrir mil incomodidades, ¿qué será cuando se imprima por fuerza, en virtud de sentencia de juez?
Por tanto, el periódico se suspende, y continuará cuanto antes y luego que se me facilite, o que lo impriman en Puebla o que se me concluya una imprentita.
Entre tanto, prevengo que otros 24 números deben componer el tomo Primero. Esta prevención es oportuna para que no encuadernen los que han salido y después se hallen con la obra echada a perder.
(1) Imprenta de Ontiveros, año de 1820.
(2) Pan y toros. Cf . nota 47 a los números 4 a 10 de El Conductor Eléctrico.
(3) Francisco Santos (1617-1697). Literato español. Sus novelas de carácter picaresco estudian las costumbres de la Corte en los últimos años de la Casa de Austria. Entre sus obras, además de la que cita Fernández de Lizardi, tenemos: El diablo anda suelto; Periquillo el de las gallineras; El sastre del Campillo; El escándalo del mundo y Piedra de la justicia.
(5) compromisarios. Representante de los electores primarios para votar en elecciones de segundo o ulterior grado.
(6) El Amigo de Andar Derecho. De este mismo autor se conoce Carta del Amigo de Andar Derecho a su corresponsal D. Silencio, México, Imprenta de Ontiveros, 1820.