[NÚMERO 23]

CORREO SEMANARIO DE MÉXICO(1)

Miércoles 25 de abril de 1827


El precio de la subscripción a este periódico serán 6 reales mensales en México y un peso fuera. Se reciben las subscripciones en esta capital en la Librería del difunto Ontiveros; en Durango,(2) en casa del ciudadano Pedro Carrasco; en Guadalajara,(3) en la del ciudadano José Ignacio Herrera; en Tlacotalpan,(4) en la del ciudadano coronel Joaquín García Terán; en Perote,(5) en la Administración de Correos, y se irá advirtiendo en qué otras de otros lugares, según se proporcionen correspondientes.

 

PAPAS

 

SIGLO XIX

253 Pío VII

De 1799 en adelante

Bernabé Charamontí, natural de Cesena, monje benedictino, cardenal romano, creatura de Pío VI, fue elegido papa en Venecia en 14 de marzo de 1800. Tomó el nombre de Pío como su antecesor, y vive ahora mismo en la edad de setenta y cuatro años. La vacante duró siete meses por las circunstancias en que se veía la Europa, particularmente la Italia. Es muy cierto (aunque se procure ahora desfigurar la verdad) que hubiera estado la Santa Sede vacante por mucho más tiempo sino por Napoleón Bonaparte, primer cónsul entonces de la república francesa. Éste la gobernaba de un modo dirigido a sofocar las divisiones antiguas y reunir la nación a las ideas generales del bien común. Creyó que sería fácil restableciendo el culto católico público, suprimido casi totalmente desde los tiempos de Robespierre, y proporcionando en Roma un sumo pontífice con quien tratar el negocio de manera que no sirviera de obstáculo la mansión de clérigos constitucionales, y clérigos no juramentados, a quienes abrió las puertas de la Francia. En su consecuencia facilitó y aun auxilió la reunión de cardenales en Venecia, para que con plenísima libertad hiciesen elección canónica de sumo pontífice romano. Resultó Pío VII, y su corazón será ingrato si negare que debe a Napoleón Bonaparte la libertad y facultad de sus electores y la pacífica posesión de su silla en Roma.

En su consecuencia llevó adelante sus ideas el primer cónsul hasta concordar con Pío VII, el modo de restablecer el culto público, mantener el clero y sujetar a ley fija las relaciones de la iglesia galicana con el jefe de la religión católica. Se formó un reglamento y Pío VII lo aprobó, llenando de pomposos elogios al primer cónsul. En el breve de confirmación canoniza Pío VII a Napoleón, titulándolo varón justo,restaurador de la religión católica de Francia, y protector especial del culto público. Con efecto (digan ahora los franceses lo que quieran por la mutación de circunstancias) el hecho cierto es que Napoleón hizo lo que confesó entonces Pío VII, y que si él no hubiera querido, la Francia estaba ya en estado de proseguir tranquila, sin culto público de la religión, con sólo el privado que las personas particulares se procuraban.

Los franceses quisieron elevar su primer cónsul a la dignidad de emperador, y Pío VII fue de Roma a París muy contento para coronarle, como lo hizo en gran ceremonia con solemnidad incomparable. Posteriormente los negocios políticos tomaron otro aspecto, y el emperador despojó a Pío VII de la soberanía temporal de los estados romanos. Éste es el origen verdadero de las nuevas discordias. Yo no extraño que Pío VII lo sintiese, porque no es agradable al corazón humano, verse privado de los honores temporales que se poseen. Pero debo extrañar que Pío apelase a cortar las relaciones espirituales como si estuviéramos en los siglos inmediatos al mal ejemplo de Gregorio VII. La conducta posterior de Pío con Napoleón, manifestó que los consejeros íntimos de su corte tenían las mismas ideas del siglo undécimo, y que procuraban poner, por medios indirectos espirituales, al emperador en estado de restituirle sus antiguos señoríos temporales, o a la nación francesa, en términos de sublevarse contra el emperador, con pretexto de religión. Semejantes medios no conforman con las luces del tiempo, ni con el ejemplo de los primeros papas santísimos, que nunca negaron por motivos humanos, ni para conseguir bienes seculares, los oficios del ministerio pastoral de las almas.

Napoleón ha perdido su imperio, y la corte de Pío VII ha manifestado pasiones próximas a la venganza, no obstante la edad de setenta y cuatro años. No expidió las bulas del arzobispado de París, y de otros obispados a las personas electas por Napoleón, conforme al Concordato. Esto fue tanto más notable, cuanto su santidad tenía preconizadas ya las mitras en favor de los electos, y ciertamente no hacía en ello más que justicia, porque todo presentado la tiene para que se le confirme, si no es indigno. La muerte natural del patronato no destruye los efectos de presentaciones ya hechas en tiempo legítimo: cualquiera sabe que sucede lo mismo con la muerte civil.

De resultas de las desgracias de Napoleón, reina Fernando VII en España. Durante la revolución hubo algunos presbíteros seculares y regulares, que abandonando la mansedumbre sacerdotal y tranquilidad eclesiástica, dejaron sus iglesias y se hicieron jefes de bandidos, que se titulaban soldados defensores de la libertad española, contra la ocupación francesa, y pasaban su vida en robar y matar, no a los franceses (de quienes continuamente huían como no hallasen algún aislado y solo) sino a los españoles, con el pretexto de imputarles adhesión al rey José; para lo cual bastaba ser rico o presumiese que lo era, pues al que no tenía dinero le miraban con indiferencia. Hubo muchísimos frailes que, dejando los hábitos de su instituto, eligieron el mismo rumbo, tanto éstos como los clérigos añadieron a los vicios de asesinos y ladrones el de lujuria desenfrenada y vida escandalosa en todo sentido. Como las apariencias eran las de favorecer la causa de Fernando VII, ha mirado el papa Pío VII con benignidad nunca vista los delitos de tales monstruos, cuyas iniquidades tal vez publicará la historia, y ha librado a petición de Fernando VII una bula, dispensando cualesquiera irregularidades y censuras en que hayan incurrido. Esto ha sido contra todas las disposiciones de los cánones y contra el ejemplo de sus predecesores, León X, Adriano VI y Clemente VII que mandaron procesar criminalmente al obispo de Zamora y a todos los clérigos y frailes que tomaron armas en la guerra civil, llamada de Las Comunidades, reinando Carlos I de España y V de Alemania; siendo ciertísimo que aquéllos lo hicieron en verdadera defensa de la libertad española, y que no cometieron tantos crímenes como los bandidos llamados guerrilleros de la revolución española. La conducta del papa es tanto más extraña, cuanto se ha negado pasar el más leve oficio al rey Fernando VII, en favor de los eclesiásticos que por librarse de la muerte con que les amenazaban aquellas mismas bandas, se refugiaron en Francia, sin tener delito alguno más que haber reprobado y detestado la conducta fascinerosa de los malos clérigos y frailes guerrilleros. Aun causa mayor admiración el ver que, contra los principios comunes de la curia romana, permite que la potestad temporal declare vacantes las prebendas de los ausentes, con desprecio de la naturaleza perpetua de la colación canónica.

El modo con que la corte de Pío VII se ha conducido en Roma, después de reintegrado en su antigua soberanía, no le hará honor en la historia. Una de las cláusulas de los tratados de paz general de la Europa fue que nadie fuese mortificado por opiniones políticas, aun cuando hubiese tenido adhesión al gobierno anterior cesante. Pío VII, como vicario del Dios de paz, de misericordia y de bondad, estaba obligado a cumplir este artículo con más exactitud que los otros soberanos; y por desgracia sucedió lo contrario. El emperador de Rusia, los reyes de Inglaterra, Prusia y otros que Pío VII trata de herejes y de cismáticos han manifestado las virtudes cristianas de moderación y perdón de ofensas en forma heroica, cuando la corte del jefe de la religión católica ejercía sus venganzas con hombres de mérito relevante a favor de la patria, sólo porque habían mostrado placer de verla libre de la soberanía eclesiástica.

La historia no perdonará tampoco a los soberanos, autores del tratado de paz, la injusticia y mala política de haber vuelto los estados romanos a la dominación papal. Sabían los de Rusia, Prusia, Inglaterra y otros estar separados de la comunión de la iglesia romana, únicamente por consecuencia de los desórdenes que ellos descubrieron y probaron provenir de la mezcla del poder temporal de un territorio particular con el espiritual universal de todo el orbe cristiano; y después de ver extirpada la raíz del mal, vuelven a plantarla para que fructifique abrojos y espinas de discordias mientras subsista el vicio de ambición en Roma, que será eterno supuesta la restitución. Si creían convenir para la política la existencia de un soberano particular en los estados romanos, ¿por qué no los daban al rey de Etruria? ¿No han quedado cubiertos de infamia con la injusticia de restituir a esta rama de la augusta familia de Borbón ni la Toscana, ni Parma, que se le debían de justificar?

Pío VII acaba también de publicar otra bula, que le dará malísima nota en la historia. Ha restablecido el orden de los jesuitas, suprimido por Clemente XVI, a petición de todos los soberanos de la real familia de Borbón y de otros varios, por unos motivos infinitamente justos, poderosos y verdaderos; y no contento con eso, es panegirista de los jesuitas en otro breve a Fernando VII, elogiándole mucho por haber acogido favorablemente a los jesuitas, anunciándole muchas felicidades de su admisión nueva, y significando haber sido calumniosas las acusaciones echas contra ellos. ¿Por qué no ha leído primero sus propios archivos pontificios? ¿No resultan en ellos completamente probados los delitos del Paraguay y la China contra la religión católica, en favor de los ritos idólatras? ¿No consta en los de París la intervención para varios regicidios de los monarcas Borbones? ¿No se conservan en Lisboa los testimonios de conjuración contra el rey de Portugal? ¿No están en Madrid los infinitos papeles reunidos por el Consejo Extraordinario, para ver los daños que habían causado en España? Léanse los libros impresos en que dejaron eternas noticias de tener por lícitos el regicidio, el juramento de restricciones puramente internas, y otros desórdenes morales, con cuanto podía contribuir a la mayor autoridad y riqueza de su corporación, sin reparar en medios. Diga después la corte de Pío VII que ha sido calumnia cuanto se imputó a los jesuitas. No lo diría, ni se desentendería de la investigación de la verdad, sino por el cuarto voto de los jesuitas, de hacer en todo la voluntad del papa, de resultas del cual, son los mayores agentes del despotismo pontifical.

 

SIGLO XIX

LEÓN XII

Año de 1824

El señor León XII, que actualmente reina, es criatura del señor Pío VII y tan papa como todos. Es además muy devoto de los jesuitas; en el corto tiempo que cuenta de pontífice ha canonizado uno, cuyo mayor milagro, y quizá el que le granjeó la canonización, fue el siguiente: estando comiendo unos personajes en una ciudad de Italia, entró este santo jesuita, y escandalizado porque vio en la mesa unas gallinas siendo viernes, los reprendió seriamente; mas los señores no hicieron aprecio, siguieron comiendo y riéndose del jesuita, quien motivo de un santo celo, bendijo las gallinas y echaron a volar de los platos. El milagro es patente, no hay duda, y todo el que haga volar a las gallinas asadas o cocidas, merece colocarse en los altares.

El año de [1]824, fue coronado el señor León XII, y en México se celebró su coronación con bastante solemnidad; sin embargo, su santidad parece que no está por nuestra Independencia: al fin pertenece a la llamada Santa Liga.(6) El desaire que hizo al enviado de Colombia, y el que seguramente ha hecho al nuestro, a quien parece que no se le permite pasar a Roma, bastaría para testificar su resistencia a convenir con nosotros sobre nuestra forma de gobierno, si no tuviéramos los más seguros testimonios de ella en sus famosas encíclicas, bien que su santidad se habrá espantado por las reputaciones que le hicieron los americanos, y más lo estará al saber que no ha pasado su Bula de jubileo. El mayor empeño del santo padre es que seamos vasallos de su amado hijo en Cristo, Fernando VII, pero es casi imposible que los americanos le den gusto en eso; antes si se empeña mucho y se hace de rogar o se niega entrar en concordatos con nosotros, puede temer una pesadumbre como la que le dio la Inglaterra.

Mientras que los papas no renuncien a los pretendidos derechos de mandarlo todo, y de sojuzgar a los pueblos en lo temporal, éstos se irán separando de Roma, sin dejar de ser cristianos. Aquí tienen buen lugar los siguientes versos, cuyo autor pinta lo que fue la Iglesia en sus principios, lo que ha llegado a ser por los abusos, y lo que le conviene si quiere permanecer tranquila.

Tuvo Simón una barca
no más que de pescador
y no más que como barca
a sus hijos la dejó;
pero ellos tanto pescaron
e hicieron tanto doblón,
que ya tuvieron a menos
no mandar buque mayor.
La barca pasó a Jabeque,
de ahí a fragata subió,
después a navío de guerra,
y asombró con su cañón;
pero viejo y roto el casco
a los golpes que sufrió,
mil veces lo han carenado
y al cabo sería mejor,
desecharla y contentarnos
con la barca de Simón.

 

Léase la historia eclesiástica sin preocupación y con un sincero deseo de saber la verdad, y se conocerán los muchos arbitrios de que se ha valido la insaciable codicia y ambición de la corte romana para juntar dinero.

 

POLICÍA Y SEGURIDAD PÚBLICA

Es admirable la que se experimenta en el día sin serenos ni gendarmes: los robos y los asesinatos ya se van repitiendo tan escandalosamente, como antes que fuera gobernador el señor Molinos del Campo.(7) La noche del 19 de éste, en la calle del Puente Quebrado,(8) como a las ocho y media, resultaron asesinados dos infelices, y a lo que parece alevosamente, pues se infiere que ambos estaban ebrios y desarmados.

En fin, ellos ya están muertos, el agresor preso y la vindicta pública ofendida; veremos ahora cuánto tiempo dilata la causa para concluirse, y que este criminal pague como debe su delito. Mientras que los castigos no sigan inmediatamente a los delitos, y mientras que los criminales puedan tener la esperanza de embromar las causas hasta llegar a lo que llaman componer, ni habrá escarmiento en los malvados ni seguridad en los ciudadanos pacíficos.

 

COMUNICADO

Señor editor del Correo Semanario de México. Muy señor mío: En apoyo de las noticias extranjeras de Lima, y de las nacionales de Guadalajara en 5 de marzo, que asienta el Correo de la Federación Mexicana,(9) en su periódico número 168, traslado a usted la adición siguiente sobre la disciplina eclesiástica en general.

El doctor san Bernardo(10) dijo, en el siglo XII a su discípulo el papa Eugenio III, que deseaba ver la Iglesia de Dios reducida a su primitivo estado; y en su sermón treinta y tres sobre el Cántico de los Cánticos, escribió también: todo el cuerpo de la Iglesia está infecto de una peste de fiebres pútridas con tanta menor esperanza de remedio, cuanto más se ha extendido el mal; tanto más peligroso, cuanto más interior. ¿Si un hereje acometiese a la Iglesia, se le arrojaría de su gremio; si un enemigo violento la persiguiese, podría la Iglesia esconderse, huyendo de su presencia?, pero ahora ¿quién es aquél a quien ella debe expeler o de quién ha de procurar huir? Todos son amigos en un sentido, enemigos en otro; todos son parientes y al mismo tiempo adversarios, todos domésticos y ninguno pacífico; todos prójimos, pero buscando sus intereses, son ministros de Cristo y sirven al anticristo, viven honrados con los bienes del Señor, y no dan al Señor los honores debidos... En otro tiempo se anunció (y ahora vemos cumplido) aquel vaticinio que decía, en nombre de la Iglesia:

¡Ay!, en la paz se ha hecho amarguísima mi amargura; amarga por la muerte de los mártires, más amarga con los ataques de los herejes; ahora muy amarga con las costumbres de mis domésticos; la Iglesia no puede ahuyentarlos ni huir de ellos; prevalecieron y se han multiplicado innumerablemente. La llaga de la Iglesia es interior e incurable. Por eso es amarguísima su amargura, en medio de la paz. Pero ¿qué paz es ésta? No es distinta de aquella sobre la cual está escrito paz. Paz y no había paz: paz con los paganos y herejes, pero no con los hijos. Así puede sonar la voz de quien llora en estos tiempos, diciendo: yo he alimentado y elevado mis hijos, pero ellos me han escarnecido, me despreciaron e infamaron con su vida torpe, con su torpe codicia, con su torpe comercio; en fin, con sus negociaciones propias de los que caminan a oscuras.

El cardenal Pedro de Ally copió esta sentencia de san Bernardo, en un tratado de la reformación de la Iglesia, que presentó al Concilio Ecuménico de Constanza,(11) y prosiguió diciendo:

Si san Bernardo habló así en el siglo XII, ¿cuánto más podemos decirlo en el nuestro? Desde aquella época todo ha ido de mal en peor, pues, abandonando la virtud los laicos y los clérigos, ha prevalecido el vicio totalmente. Algunos lo previeron, y nos anunciaron la persecución del actual cisma, la substracción de la obediencia a la Iglesia, y otros escándalos horribles... Dios misericordioso (único que sabe sacar de los males algunos bienes), lo habrá permitido para que sean ocasión de que la Iglesia se reforme; lo cual corre ya prisa, porque si no, es de temer que veamos en breve todo perdido. Fasciculum rerum ex petendarum et fugiendarum, tomo 1º, página 407.

Nicolás de Clemanguis, arcediano de Bayeux en Francia, escribió, año 1398, un opúsculo del estado de corrupción en que se halla la Iglesia, habló del papa, sus cardenales y su corte de Aviñón, de los obispos y canónigos; de los curas beneficiados y capellanes, haciendo la pintura más lastimosa, declaró y probó que el origen de tan universal desorden habían sido los vicios de ambición, codicia, lujo y lujuria de los clérigos, manifestó cuán difícil, tal vez imposible, sería el remedio, y concluyó reclamando la restauración de la disciplina primitiva.

En el mismo sentido escribió, año 1559, en tiempo del Concilio Tridentino,(12)Ejencio Elbeto, doctor teólogo del papa Marcelo II, interpretando el canon del Concilio Ecuménico de Calcedonia,(13) la que prohibía ordenar clérigo alguno sin asignarlo a determinada iglesia, con obligación de residir en ella.

Álvaro Pelagio,(14) penitenciario del papa Juan XXII, obispo de Cilves, y legado pontificio en Portugal, su patria, escribió una obra intitulada Llanto de la Iglesia, y en ella dijo entre otras cosas las proposiciones siguientes:

¡Oh Iglesia, cuando eras humilde y pobre acerca de los negocios temporales, pero rica en virtudes, todo el orbe te adoraba y te ofrecía cosas que tú distribuías entre los necesitados, verificándose la profecía del capítulo 66 de Isaías que dijo: "Todos los de Sabá vendrán", etcétera.(15)Pero ahora que tú eres rica, casi todos te desprecian. Llegará tiempo en que ha de reinar la santa esposa de Jesucristo, la Iglesia renovada pasa los siglos infinitos conforme al capítulo 19 del Apocalipsis;(16) la cual renovación, pienso, que no está muy distante porque parece que ya es completa la malicia en el mundo!

Ya se ha llegado hasta el extremo de abusar de los muchachos jóvenes. ¡Ay!, ¡ay! Muchos religiosos y clérigos en sus gabinetes y aun en reuniones ocultas, y los laicos en el mayor número de ciudades, tienen un gimnasio nefando establecido casi públicamente, y los jóvenes más sobresalientes en hermosura están destinados al lupanar para tan abominable palestra.

Los pastores de la Iglesia son, por lo común, ciegos con dos cegueras, la de la ignorancia y la del pecado, verificándose la profecía que dijo: Ya están ciegos nuestros ojos, esto es, nuestros prelados que son ojos en la Iglesia.

¡Oh señor!, renueva nuestros días como en el principio. La oración de Jeremías se hace místicamente por esta Iglesia (ya tan privada de su perfección) para que restaure aquella santidad, que había en la Iglesia primitiva; pero esta renovación no se verificará si no precede la extinción de los vicios.

¡Oh Dios!, renueva nuestros días. Hablando verdad, mejor era un día de la Iglesia primitiva que mil días de los que ahora tiene la de nuestros tiempos: aquel día valía incomparablemente más que todos los actuales.

Apenas puedo creer que de cien obispos haya uno que no sea simoníaco en la colación de órdenes y beneficios, con especialidad en España; pues no celebran órdenes sino por recibir dinero con pretexto de sello, títulos, matrículas, letras, dimisorias, testimoniales u otras.

Los clérigos viven muy incontinentemente, ¡ojalá no hubiesen prometido jamás la continencia, especialmente los de España y Portugal! Pues vemos que el número de hijos de los laicos, excede muy poco en ambos reinos al de hijos de clérigos.

Todo esto, dice aquel obispo portugués con otras muchas cosas que omito, y cualquiera podrá considerar en cuanto al fondo de la materia, si podríamos citar hoy algo que se le parezca; y si tendremos razón para decir con él que valía más un día de la Iglesia primitiva, que mil de nuestros tiempos; y si será verdadera en nuestra boca como en la de aquel obispo penitenciario del papa, la proposición de que cuando la Iglesia era pobre todos le rendían adoraciones, porque era rica de virtudes; pero casi todos la desprecian ahora que la ven rica de bienes temporales, porque no lo es de virtudes como entonces.

El venerable Juan Gerson,(17) canciller de París, escribió un sermón de los signos de la Iglesia cristiana, y continúa.

He dicho todo esto, porque se vea si será conveniente a la Iglesia universal volver todas las cosas al estado primitivo de la Iglesia, esto es, al que tenía en tiempo de los apóstoles, en cuanto sea posible abandonando tantas jurisdicciones, que sólo han servido para convertir la Iglesia en carnal, brutal e ignorante de lo necesario para la salud de las almas, por vicio de los que abusan de tales jurisdicciones.

Los escritores de todos los siglos modernos, tanto los de teología mística como los de la moral, han manifestado diferencia entre las costumbres y disciplina de los dos primeros siglos, y la de los posteriores al Concilio Tridentino con exclamaciones de un deseo vehemente de que volviésemos a la pureza de los tiempos apostólicos.

Aun los jurisconsultos españoles han escrito lo mismo, como consta de la excelente obra intitulada Juicio imparcial sobre el monitor de Pasma, expresando que "los primeros siglos de la Iglesia fueron los mejores y los más florecientes." Esta calificación vale por muchas, a causa de que aquella obra fue escrita por el orden del rey Carlos III, corregida por los sabios condes de Campomanes(18) y de Floridablanca,(19) fiscales del Consejo de Castilla, aprobada por este Supremo Tribunal y por los cinco obispos del Consejo Extraordinario.

En fin, la razón natural es el fundamento más sólido de la proposición en que se afirma que los dos primeros siglos deben servir de modelo cuando se proyecta una reforma de la disciplina eclesiástica, porque se presume haber sido más puros y más perfectos aquellos que tenían más cercano el origen de las tradiciones divinas y apostólicas, y por consiguiente menos mezclado con las tradiciones puramente humanas.

Sobre respeto debido al estado eclesiástico, dice el autor americano:

Cuando se trata de una reforma se debe probar su necesidad y utilidad, lo cual es imposible sin referir los abusos, y éstos no se pueden expresar sin manifestar, a lo menos en general, sus autores, por respetables que sean, perdieron su derecho al respeto de esta clase desde que abusaron de él, para los objetos contrarios al bien común.

Hasta aquí el citado autor americano, y deseoso de que se difundan las luces que nos ministra su alta sabiduría, para el mejor servicio de Dios, y principio de la paz y felicidad de nuestra patria, suplica a usted, señor editor, tenga la bondad de insertarlo en su apreciable periódico. Su atento y seguro servidor que besa su mano, y se suscribe. El Copiador.


Sobre el celibato clerical

Debe ante todas cosas suponerse que Jesucristo no prohibió a san Juan Evangelista casarse después de hacerlo apóstol, obispo y presbítero; y cito a este santo porque fue el único apóstol no casado, según la opinión de los escritores más antiguos que sabían la verdad de los hechos mejor que los modernos, a quienes el deseo de sostener la opinión agradable a sus contemporáneos, hizo discurrir interpretaciones arbitrarias, violentas y contrarias al sentido literal de lo escrito sencillamente, sin espíritu de partido.

Mucho menos prohibió a los otros apóstoles la continuación de su vida conyugal en santa unión casta con sus esposas, como consta de san Ignacio,(20) san Justino,(21) san Cipriano,(22) san Hermas,(23) san Papías,(24) Orígenes(25) de los tres primeros siglos; por lo que aun el apóstol san Pablo (también casado, según san Ignacio, y otro de los citados) decía que él estaba autorizado a llevar en sus viajes a su mujer, como los otros apóstoles, aunque no lo practicase. Por esta razón tampoco la Iglesia prohibió en los primeros siglos a los obispos y presbíteros el uso del matrimonio contraído antes de su ordenación, habiéndose contentado san Pablo con encargar que no fuera elegido para obispo sino el casado con una sola esposa, que tuviera hijos bien educados, y de honesta reputación y fama.

El primer precepto que se descubre del asunto es la decretal del papa Siricio que, a fines del siglo IV, dirigió al arzobispo de Tarragona,(26) en España, mandando castigar, sin esperanza de perdón, a cualquier obispo, presbítero o diácono que no guardase desde entonces el celibato. Pero este rigor confrontaba mal con la doctrina del apóstol san Pablo, que sólo había preferido la virginidad al matrimonio, por vía de consejo; y con tal moderación, que al que no se considerase fuerte para conservarla, encargó casarse. La fortaleza para empresa tan grande no es frecuente ni vulgar, es un don de Dios; porque sin esta gracia especial, la naturaleza inspira el amor a los placeres, con vehemencia tal, que siempre debiera presumirse había de ser infinitamente mayor el número de los que sucumbiesen a su complexión física, que el de los fuertes y vigorosos atletas contra los impulsos naturales de la carne y de la sangre; y las leyes para ser generales deben (además de ser fundadas en razón) acomodarse a las ideas generales del común de los hombres, como ellos son en sí, no a las circunstancias singulares de un corto número de personas privilegiadas por complexión fresca o templada.

Mejor lo habían reflexionado los trescientos diez y ocho obispos del Concilio General de Nicea,(27) del año 325, que se abstuvieron de promulgar esa misma ley o su equivalente, a propuesta de un apasionado del celibato clerical, porque les contuvo la fuerza de razones del contradictor san Pafnucio;(28) pues (a pesar de su grande ancianidad octogenaria, y de ser uno de los pocos célibes que había en el Concilio) sostuvo con tal vehemencia la causa del matrimonio clerical, que los adversarios quedaron sin réplica. El Concilio dejó en este punto las cosas como estaban, sin acordar más que la providencia de prohibir a los obispos, presbíteros y diáconos, las mujeres subintroductas, esto es, concubinas que hiciesen oficio de esposas legítimas, pues había comenzado a prevalecer el vicio de aparentar celibato como devoción de moda reciente, y por otro medio remediar las necesidades físicas o imaginarias de su carne y sangre.

El espíritu de la primitiva Iglesia fue tan contrario al celibato clerical, como manifiesta el canon tercero de los llamados Apostólicos (verdadera y primitiva colección de lo decretado en distintos Concilios de los siglos II y III, cuyas actas perecieron). Aquel canon decía que el obispo, presbítero o diácono que separase de su sociedad a su esposa, con pretexto de religión, fuese reprendido y amonestado a reunirse; y si aun así no lo hiciere, se le depondrá. Testimonio irrefragrable del conocimiento del corazón humano que tenían los obispos de aquellos siglos, pues preveían que por uno capaz de conservar castidad, serían ciento los dedicados al concubinato o medios equivalentes, cuyo daño querían evitar.

Ésta es la verdadera interpretación de las Epístolas de san Pablo, cuyo espíritu era mejor conocido por aquellos obispos primitivos, nietos y bisnietos espirituales suyos, como san Policrates,(29) obispo de Éfeso, se titulaba de san Juan, al mismo tiempo de afirmar que su padre y su abuelo carnales habían sido también obispos. Lo cierto es que san Pablo (sin embargo de anunciar su opinión personal de que, hablando en general, el que se mantenía virgen obraba mejor que el que se casaba, y sin embarro también de aplicar igual distinción al que se mantenía viudo, respecto del que buscaba segundas nupcias), manifestó con energía sus deseos de que las vírgenes se casaran, para evitar el peligro de prostituirse cuando ellas entrasen en recelo de no poder conservar su castidad; y que las viudas jóvenes pasasen a segundas nupcias en igual caso, diciendo a las unas y las otras que mucho mejor era casarse que abrasarse de lujuria. Y si nos contraemos a los clérigos, hemos visto ya que señaló para buenos obispos los casados con hijos, sin insinuar ni remotamente la separación conyugal; antes bien, indicando lo contrario en todas las ocasiones en que procuró alejar los peligros de adulterio y concubinato.

Como retrocedamos al tiempo del Evangelio, Jesús hizo la elección del mayor número de apóstoles en hombres casados, con hijos, sin mandar separación. La solemnidad de un matrimonio mereció la primacía de sus milagros. La parábola de los eunucos que se castran por el reino de los Cielos, no tiene relación a la virginidad, aunque se haya interpretado así en siglos posteriores. Únicamente se refiere al asunto de que se trataba en la conversación de Jesucristo, esto es, a la privación del uso carnal con segunda mujer, en el que repudiaba a la primera, cosa que los apóstoles reputaban dura, por lo que les dijo la parábola de los eunucos. Así lo entendió san Clemente Alejandrino,(30) mejor intérprete que los modernos, por más próximo al verdadero sentido comunicado por la tradición, y más instruido en la significación de las palabras griegas.

Continuará

 


(1) México: 1827. Oficina de la Testamentaría de Ontiveros.

(2) Durango. Cf. nota 2 al núm. 1.

(3) Guadalajara. Cf. nota 3 al núm. 1.

(4) Tlacotalpan. Cf. nota 4 al núm. 1.

(5) Perote. Cf. nota 5 al núm. 1.

(6) Santa Liga. Alusión a la Santa Alianza. Firmada en París (1815) por Alejandro I de Rusia, Federico Guillermo III de Prusia y Francisco I de Austria. Su objetivo era mantener la paz en el orden político en Europa. Luego se adhirieron Luis XVIII de Francia, los soberanos de Cerdeña, los Países Bajos y Suecia. Guadalupe Victoria fue a Estados Unidos a pedir ayuda para consolidar la Independencia, amenazada por la Santa Alianza.

(7) Francisco Molinos del Campo, senador a la legislatura de 1825-1826 y a la de 1827, vivía en la calle del Espíritu Santo núm. 6.

(8) Puente Quebrado. Hoy República de El Salvador.

(9) Correo de la Federación. Cf. nota 30 al núm. 1.

(10) San Bernardo (1090-1153). Monje francés y doctor de la Iglesia. Fundador del monasterio de Claraval del que fue abad. Reformó la orden del Císter. Predicó la segunda cruzada. Escribió: De gradibus humilitatis et superbiaeDe diligendo Deo; De gratia libero arbitrio; Sermones; y De consideratione.

(11) Concilio ecuménico de Constanza. Cf. nota 14 al núm. 20.

(12) Concilio Tridentino. Cf. nota 27 al núm. 2.

(13) Concilio ecuménico de Calcedonia. Cf. nota 10 al núm. 10.

(14) Pelagio Álvaro (¿-1352). Obispo de Clives, legado pontificio de Portugal. Autor de Llanto de la Iglesia.

(15) capítulo 66 de Isaías, versículo 6: "Te inundarán muchedumbre de camellos, de dromedarios de Median y de Efa. Llegarán a Sabá en tropel, trayendo oro e incienso y pregonando las glorias de Yavé."

(16) Es de suponer que alude al capítulo 20.

(17) Juan Gerson (1363-1429). Teólogo francés. Canciller de la Universidad de París. A sus esfuerzos se debió, en gran parte, el fin de cisma de Occidente. Fue con su maestro y amigo Pedro de Ailly el alma del Concilio de Constanza. Se le llamó "Doctor cristianísimo." Se le atribuyen el De perfectione cordisDe unitate ecclesiae y otras obras.

(18) Campomanes. Cf. nota 29 al núm. 15.

(19) Floridablanca. Cf. nota 30 al núm. 15.

(20) San Ignacio. Cf. nota 10 al núm. 3.

(21) San Justino. Cf. nota 15 al núm. 2.

(22) San Cipriano. Cf. nota 11 al núm. 7.

(23) San Hermas. Cf. nota 9 al núm. 3.

(24) San Papías. Cf. nota 14 al núm. 2.

(25) Orígenes. Cf. nota 23 al núm. 6.

(26) arzobispo de Tarragona. Alude a Himenius, nombrado arzobispo en 384.

(27) Concilio General de Nicea. Cf. nota 19 al núm. 8.

(28) Pafnucio. Cf. nota 23 al núm. 8.

(29) Policrates. Cf. nota 7 al núm. 6.

(30) Clemente Alejandrino. Cf. nota 52 al núm. 5.