[NÚMERO 22]
VIGESIMASEGUNDA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
PAYO: Hija, muy ocupada has estado.
ROSITA: Sí, pero gracias a Dios que ya concluí la fastidiosa impugnación a la Pretendienta.
SACRISTÁN: No la llames fastidiosa, sino provechosa para muchos. Vamos, lee.
ROSITA: Dice así: ¿Qué le parece a usted, señor doctor, tengo o no razón en lo que he dicho? ¿No es verdad que el Supremo Gobierno de la Federación, y aun los Congresos particulares de cada Estado pudieran y debieran mandar por ley, que no fueran perpetuos los votos monacales? ¿Pugna acaso esta saludable providencia con el dogma católico, ni con la autoridad pontificia? El papa, que no puede obligarnos a hacer un voto, ¿podrá oponerse a que no sean perpetuos, mandándolo así la suprema autoridad civil de una nación, a quien toca exclusivamente el cuidar de la felicidad temporal de sus súbditos? ¿No es también cierto que la perpetuidad del voto de castidad o el celibatismo religioso es demasiado nocivo a los Estados, pues les cercena una tercera parte, por lo menos, de población, sin contar con las inocentes víctimas que perecen abortadas de los vientres de las madres, por un punto de honor mal entendido, y por un voto perpetuo que se hizo a fuerza o sin premeditación, y que no se pudo cumplir con la facilidad que se hizo? y por último, cuando se quiera escrupulizar mucho en la materia ¿no está la puerta abierta y no es ahora el tiempo más oportuno para celebrar el Supremo Gobierno un concordato con la silla apostólica, exponiéndole en el idioma de los sabios todo cuanto yo digo en mi estilo sencillo y familiar, suplicándole su apostólico beneplácito para que alce el gobierno este formidable anatema de la perpetuidad de los votos que tanto daño causa a los Estados, y cuya pública relajación, manifestada con públicos excesos tanto escandaliza al pueblo fiel y religioso?
Yo podré engañarme en mi concepto; pero atendida la miseria humana, y publicados por una larga y constante experiencia los tristes y escandalosos efectos del perpetuo celibatismo religioso, me parece que sería más acepto a Dios, más útil al Estado, más edificante para el pueblo, y más ventajoso para la Iglesia que el voto de castidad fuera temporal y no perpetuo. En este caso, los eclesiásticos serían célibes el tiempo que pudieran o quisieran, conforme al consejo evangélico, sin hacer precepto del consejo, que pues Jesucristo no lo hizo, ¿quién es el hombre atrevido para enmendarle a Dios la plana?
Muy bien conozco que éstas son cosas duras para los fanáticos e ignorantes, y que usted, al modo de los necios y soberbios inquisidores, las llamará ofensivas de oídos piadosos. Así llamáis a los santos ecos de la verdad cuando con la majestad del rayo truena sobre vuestras desconcertadas cabezas; pero ya va pasando el tiempo de deslumbrar a pueblos ignorantes con el brillo de la religión de Jesucristo... Sí, ya van conociendo los hombres que una cosa es ser cristianos, otra hipócritas. Ya distingue al verdadero virtuoso del fanático, y al hombre de bien del impostor; y, en fin, ya sabe que la primitiva, original y cierta religión de Jesucristo es suave, sencilla, desinteresada y tolerante; llena de fuego y caridad amorosa hacia todos los hombres del mundo; benigna, afable, comedida y generosa hasta con los mismos enemigos; y hacen muy buena distinción entre la verdad y la impostura, entre la doctrina de Jesús y los errores de algunos de sus vicarios, entre los preceptos del Evangelio y sus gratuitas interpretaciones, y entre la conducta humilde y desinteresada de los apóstoles, y el orgullo y codicia de muchos de sus sucesores... Yo lo siento, doctor mío; pero no lo puedo remediar. Las luces van extendiéndose sobre el globo con la rapidez del fluido eléctrico, y a la ilustración no la hacen volver un paso atrás ni los sarcasmos ni las algarabías teológicas, ni las bayonetas afiladas, ni las excomuniones fulminantes. Al hombre que una vez conoció la verdad es imposible de toda imposibilidad convencer su entendimiento contra ella. La fuerza podrá obligarlo a llamar verdad a una mentira; pero jamás él creerá que la mentira es verdad; así como al hombre que no ha visto el sol se le puede hacer creer que es del tamaño de una bola de billar; pero una vez que este ciego vea, no lo creerá, y si con un puñal al pecho se le obliga a confesar que el sol es del tamaño de una nuez, dirá que sí, y su pronunciamiento verbal nunca será una prueba de su intelectual convencimiento.
Todo esto se me cayó de la pluma para decir a usted que es mejor que haya mil clérigos casados y virtuosos, que quinientos hipócritas y amancebados; cien monjas verdaderamente castas, contentas y esposas dignas de Jesucristo, que doscientas mil rameras en deseos, desesperadas con la fuerza, adúlteras de Dios y tristes víctimas de su inconsideración y fanatismo.
Bien considero que para usted y sus dignos compañeros de armas éstas son blasfemias y herejías; pero si lo son, yo las he aprendido del Evangelio y de san Pablo. Si tiene usted cargos que hacerme, hágalos usted primero a Jesucristo porque no mandó que se le consagrara la virginidad con voto, ni san Pablo tuvo valor para aconsejar tal voto. Esto es hablando del voto como voto; ¿qué será hablando de un voto tan terrible y de por vida?
Yo confieso con san Pablo que el estado de virgen es más perfecto que el de casado; pero nunca diré que es fuerza que el hombre se obligue con un voto a ser virgen, sino que lo será mientras que pueda o quiera. Éste es el consejo evangélico, lo demás son invenciones de los hombres, y puntualmente el lazo que san Pablo no les quiso tender.
Usted se desesperará con mis cosas; dirá que soy hereje, libertina, fra[n]cmasona y cuanto le dé gana; pero tatita, ¿cómo ha de ser? Soy católica, apostólica, romana; respeto mucho a la silla apostólica y por eso y por aquello y por lo de más allá, he de creer más a Jesucristo que a todos los papas del mundo, entrando san Pedro por principio de cuentas. Sí, viejecito, yo debo perdonar a mi enemigo y no mentir ni ser perjura, porque me lo manda Jesucristo; y no ser vengativa, mentirosa, ni juradora en falso como san Pedro, primer papa de la Iglesia católica. Así es, hermanito, yo debo perdonar mis injurias como Jesucristo le perdonó a Malco(2) la bofetada que le dio; y no debo imitar la cólera del santo pescador cuando al mismo Malco le tiró la oreja de un machetazo. ¿Ya ve usted, señor doctor, cómo me debo creer más de Jesucristo que de todos los papas del mundo, entrando en su número el mismísimo san Pedro? Mas todo esto para con usted y los fanáticos, sus sabios y virtuosos compañeros, es majar en fierro frío; porque confesar estas verdades es imposible que les tenga cuenta. Me volveré a las pobres muchachas tontas, alocadas, fanáticas, alucinadas y falsas devotas para que no sean monjas, sino que sigan mi ejemplo, y yo les juro por el Dios de la naturaleza que me lo agradecerán y serán felices. ¿Qué se me dará de que el gobierno se desentienda de mis sólidas razones, ni de que no se oigan en el Vaticano, si consigo que las jovencitas conozcan que Dios las crió para madres y no para monjas, que el claustro es una cárcel para muchas, y no un paraíso como les hacen creer a todas, y que el voto de castidad perpetuo es una lucha perpetua contra la misma naturaleza, que es un enemigo más fuerte y más valiente que Sansón?
Muchachas incautas, jóvenes inocentes, no os dejéis alucinar de un falso celo, ni os creáis todas llamadas por Dios para los claustros, ni mucho menos escogidas. Advertid que el mismo Evangelio dice que éstas son pocas aunque aquéllas son muchas. No dejéis que vuestro orgullo llegue a persuadiros que podéis vencer fácilmente y por toda la vida a un enemigo a quien temieron los Pablos e Hilarios, los Jerónimos y Antonios(3) y tantos otros anacoretas extenuados; a un enemigo que derribó a David, que avasalló a Salomón, quitó a Sansón las fuerzas, y ha hecho temblar a tantos hombres juntos. Guardaos de seguir como inspiraciones de Dios las sugestiones de un padre codicioso, de una madre ilusa, de una vieja fanática, de un confesor inexperto, o de unos libros místicos y devotos.
Tened presente que no todos nacemos para todo. Antes de entrar en un convento, y mucho más antes de hacer unos votos tan terribles como eternos, tened presente, digo, vuestra debilidad, vuestra miseria, y que para servir a Dios y ser unas santas, no es necesario reducirnos al estado miserable de esclavas, ni exponernos a ser víctimas de un enemigo acostumbrado a derribar los hombres más robustos.
No se os olvide que la que hace voto de castidad, va a luchar de día y de noche, en la celda y en el coro, en el trabajo y en la cama con este enemigo tan terrible, es decir, con los estímulos de la naturaleza, y se obliga ante Dios y bajo de pecado mortal, a salir siempre vencedora de estas luchas, a dominar siempre sus pasiones, a resistir los fuertes apetitos y deseos, y a no transigir jamás con el enemigo ni por pensamiento, ni por palabra, ni por obra; y ¿quién es el miserable mortal que pueda decir hoyestoy seguro de no pecar mañana? San Pedro, símbolo de una firme roca sobre la que edificó su Iglesia Jesucristo, estaba valientísimo la noche de la prisión del Salvador. Él se creía bastante para arrostrar con todos los peligros; ¿y qué sucedió después de tanta valentía?, que el que no temió a los soldados armados que prendieron a Jesús, se acobardó a la presencia de una mujercilla, negó con juramento conocer a su Maestro, lo abandonó y no lo volvió a ver hasta después de su pasión. Si estas debilidades advertimos en la primera piedra de la Iglesia, ¿con qué valor podemos asegurar y nada menos que con voto, que hemos de triunfar siempre de un enemigo tan tenaz, tan formidable y tan doméstico que con nosotros vive y nos hace la guerra hasta durmiendo?
No obstante esto, la que se sienta verdaderamente inspirada de Dios, corresponda prontamente a su vocación, si ésta es la virginidad; la que tenga la dicha de que le hable el Espíritu Santo, obedezca su voz y vuele al claustro; pero la que no goce tan especialísimo favor, cásese enhorabuena, que el matrimonio es un estado santo, un Sacramento grande, que da gracia a los casados para bien vivir en él, y en medio de las caricias de un esposo amable, de los placeres de un himeneo inocente, y de los amores de unos hijitos tiernos, se puede servir a Dios perfectamente como lo han servido y lo sirven infinitas mujeres. Así espero yo servirlo con mi amable Jacinto, luego que nos casemos. ¡Qué diferente será mi vida en este estado a la que habría pasado encerrada en un claustro para el que no tenía vocación... ¡Jesús!, no quiero atormentar mi corazón con las negras ideas de la privación y el apetito, del crimen, del escrúpulo y la desesperación. Imitadme, muchachas, escarmentad.
SACRISTÁN: Vaya, hija, ese escudito de gala, que para ser mujer y sin letras no te has explicado mal; ya veremos qué te responde la Pretendienta.
ROSITA: Es regular que nada, pues así lo ofrece en su papel.
PAYO: Eso fue darse por vencido antes de entrar a la lucha; pero si no contesta, el campo queda por Rosita.
SACRISTÁN: Y la calle por ahora, pues con licencia de usted, compadre, me la voy a llevar al Coliseo(4) para que se desahogue, que bastante ha trabajado la pobrecita.
PAYO: Está muy bien.
SACRISTÁN: Pues a Dios, compadre.
ROSITA: Hasta luego, papá.
México, noviembre 27 de 1824.
El Pensador
NOTA. Ya al llevar este papel a la imprenta vino mi angelucho que se llamaChismosiel, y me dijo: los autores del papel titulado Se pide excomunión contra El Pensador Mexicano son cuatro colegiales de San Juan de Letrán, a saber: el bachiller don Buenaventura Argüero, vicerrector de dicho Colegio, quien en los ejercicios que dio a sus colegiales, el primer sermón que predicó fue contra ti, prohibiéndoles la lectura de tus papeles, ya que no puede contestarlos.
2º Bachiller don Silvestre Dondé, catedrático de Ética.
3º Idem don Mariano Monterde, catedrático de Matemática.
4º Idem don Francisco Andrade, catedrático de Lógica (¡Tal es ella!)
Estos cuatro sabios se juntaron en el cuarto número 19 y se desvelaron hasta las doce de la noche, para dar a la luz pública tan bella y divina producción, que nada menos contiene que una herejía que se denunciará al público en la Conversaciónvenidera; pero esto no lo digo yo, lo dijo el ángel.
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.
(2) Malco. Criado del sumo sacerdote al que Simón Pedro cortó la oreja derecha cuando iba en el grupo guiado por Judas a prender a Jesús.
(3) Usando sinécdoque se refiere a san Pablo, san Hilario, san Jerónimo y san Antonio Abad.
(4) Coliseo. Cf. nota l0 al núm. 19 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.