[NÚMERO 22]
EL CONDUCTOR ELÉCTRICO(1)
AVISO AL PÚBLICO
Sobre despotismo de imprentas
Estamos en el caso de que si los jueces constitucionales no saben o no quieren hacer justicia, se suspenda este periódico, porque el administrador de la imprenta de don Mariano Ontiveros no quiere continuar imprimiéndolo, sin más razón que porque NO QUIERE o porque NO QUIERE SU AMO, y ya se sabe que un no quiero es palabra castellana, aunque impolítica.
Sosténgome y sostendré en juicio que no hay un motivo justo para desecharme, si ya no es que se califica por justo el despotismo privado cuando se declama contra el público. Probémoslo.
Se me da por causal(2) para no imprimir mi periódico el que la imprenta tiene mucho que hacer y están muchos papeles rezagados, y que así que ya no se me imprima, se les dará curso, como si en la dicha imprenta no hubiera sino una caja de letra, un cajista y una prensa, y yo diera dos pliegos diarios, de suerte que ocupara mi periódico toda la letra, prensas y oficiales. Es muy difícil, señor De Paredes, alucinar a los que hemos estudiado lógica y ponemos nuestros argumentillos enbárbara, y más difícil aturdir con esas especiosidades a un público ilustrado como el de México.
Responda usted si no, por la prensa, qué motivos justos alega para singularizarme y despedirme de la casa que administra, porque el que dice, no pega. ¿Será porque reclamo que se me entreguen a tiempo oportuno mis ejemplares? ¿Será porque he devuelto, aunque nunca he cobrado, varios pliegos rotos, sucios y cabalgados? ¿O será porque puse un Artículo comunicado acerca de una imprenta y a seguida increpé las excepciones, arbitrariedades, etcétera, que a todos nos consta saben ustedes cometer cuando quieren? ¿Por qué será, amigo mío? Creo que por algo de esto o por todo.
Advierta usted que los impresores son personas públicas de oficio, destinadas a servir al público que los engrosa, especialmente en México, donde por ser tres, son todos ricos; y así están constituidos, repito, a servir a este público sin deferencia ni acepción, sino al primero que llegue, lo mismo que el panadero en todos tiempos debe vender la torta al primero que la compre, y así, habiendo yo llevado mi periódico primero que otros a su casa de usted, me debe servir primero que otros por haber sido primero.
Sepa que en clase de impresos los periódicos, después de admitidos por el público, son más apreciables que los papeles sueltos, de los que hoy sale uno de un autor y otro nunca o cuando se le antoja por no estar comprometido, y por lo mismo son preferibles, como también porque al periodista se dirige el público para dar a luzsus comunicados que de otra suerte no pudiera, por no tener un punto fijo a donde dirigirse.
Sépase, si lo ignora, que merecen los periodistas tal distinción que se la concede aun la hacienda pública en los portes de correo, la que no verifica con los demás escritores particulares.
Sépase... pero tiene mucho que saber y lo irá sabiendo poco a poco, aunque debe saber, por último, que conmigo han dado ustedes con la horma de su zapato, pues en uso de mis derechos hoy mismo me presentaré judicialmente a donde corresponde, y el público interesado en la continuación del periódico y como tan acreedor a que se le satisfaga, irá sabiendo mis escritos, los alegatos y excepciones de usted y las sentencias de los jueces.
Desde luego le pronostico la pérdida del pleito con costas; porque ya no es tiempo, amigo, de hacer lo que se nos antoje a título de dinero, sino que arreglarnos a la ley. México, 7 de septiembre de 1820.
J. F. L.
COMUNICADO
Señor Pensador. Muy señor mío: a ver si le hace usted un huequecito en suConductor a este papel que es una chispa eléctrica, de suma importancia para la sólida felicidad pública. Me acuerdo de haber visto en una de las leyes recopiladas de Castilla, que las secas, langostas y otros males que arruinan a los labradores y causan miserias a los pueblos, provienen de la usura; vicio que, desmereciendo la bondad de la Providencia, la provoca a esa clase de castigos; pues yo le voy a poner a usted delante otro vicio de aquellos que, como dice un prelado francés, se encuentra entre los agraciados, de modo que hay renta, hay asiento y hay diferentes negociaciones aprobadas con la mayor solemnidad, en que precisamente se incurre, sin que nadie haga reparo; pero, por desgracia, esta falta de advertencia no ha de valerles a los transgresores, ni a los que permiten los haya en punto tan delicado.
Le parecerá a usted que voy a salir con el "nuevo caso de conciencia" de Feijoo, que dio bastante que reír a los moralistas y demás literatos despreocupados; pero no, yo hablaré de hechos innegables que pugnan con prohibición cierta, absoluta y que no ha menester sutilezas para aplicarla. ¿Quién deja de saber que los correos caminan semana por semana todos los domingos y en cualquiera fiesta de dos cruces intermedia? ¿Quién no ve, que los coches de providencia trabajan más esos días que los comunes del año? ¿Quién ignora que los dueños de alquiladurías cifran sus principales ganancias en esos mismos días festivos? Y ¡lo que siempre me asombrará! ¿Qué las familias más arregladas, que tal vez no sacan su coche en los días de trabajo, lo mandan poner el domingo temprano para ir a confesar y comulgar, después lo ocupan para asistir a alguna función de iglesia, a la tarde para el paseo y a la noche para una visita?
Las recuas de pulque entran los días de fiesta, aturdiendo con sus cencerros, como si vinieran entre lobos; los pregoneros de quesos, etcétera, andan toda la ciudad los días de descanso como los de trabajo; las canoas trajineras, de verdura y otras menores, caminan sin diferencia alguna; los billeteros corren todas las calles, lo mismo que ahora los que gritan papeles impresos; los pañeros, manteros, floreros, estamperos, etcétera, van a sus acostumbrados puestos, y muchos sólo para los días de fiesta los ocupan; los pulqueros y vinateros venden más en estos días que en los de trabajo; y, en una palabra, no hay violación más general, ni más pública, ni más escandalosa que la de las fiestas.
El precepto que las manda guardar, aunque positivo, incluye otro negativo de "todo trabajo". Si se quiere exceptuar el no mecánico, ¿habrá quién califique liberal ninguno de los que van indicados? Si se intenta salvar por necesario, ¿lo será el que no interesa la vida, el honor ni la piedad? Si se disculpa con su corta duración, ¿lo será emplear en esos afanes la mayor parte de la mañana, de la tarde y aun de la noche? Si se cohonesta con la costumbre, ¿cabe costumbre en los preceptos divinos? Finalmente si se opone el beneficio público, ¿podrá tolerarse esta réplica blasfema entre cristianos católicos, que deben estar prontos a rubricar con su sangre la verdad infalible de que Dios es el autor de todo beneficio?
Yo, que sinceramente deseo el de esta ciudad que, como metrópoli, debe dar ejemplo a todas las del reino, ya que hasta ahora sólo lo ha dado de éste y otros abusos, me resolví a hacerle esta ligera advertencia por escrito, una vez que las verbales que supongo repetirán los ministros del santuario en las ocasiones que se les presentan, no producen fruto. Siendo cura del Sagrario de esta santa iglesia el doctor don Josef María Alcalá,(3) se construyó esa plaza de la estatua ecuestre, cuando casualmente estaba explicando el tercer precepto del Decálogo. Su celo no le permitió disimular la nulidad de la dispensa dada para que se trabajase los días festivos en esa obra; pero ello es que así pudo concluirse para el día señalado. ¡Desgraciados reyes, a quienes se cree obsequiar con el desprecio del Rey de reyes!
La materia es tan delicada que en la teocracia de Israel, pareciendo muy dura a los hombres la espantosa pena con que se castigaba la violación del sábado (a que está subrogado el domingo cristiano), se consultó a Dios ¿si se impondría esa pena a un pobre que había recogido un hacecillo de leños? ¡Cuántas excusas tenía el infeliz en su miseria, en la cortedad del trabajo, en el poco tiempo ocupado, en el ánimo con que haría esta levísima infracción, en la reserva que guardaría para ejecutarla allá en un monte, en la observancia anterior del precepto, en la necesidad que lo precisaría a quebrantarlo, en la equivocación con que se persuadiría no era de tanta gravedad su pecado; pero lo cierto es que Dios mandó lo apedreasen!
Es verdad que santo Tomás enseña que la guarda del domingo cristiano no es tan rigurosa como la del sábado judaico, porque éste pertenece a la figura y aquél a lo figurado; pero después de que cesó la figura se ha visto en la Iglesia con mucha escrupulosidad lo figurado, tanto que, convertido Constantino, promulgó ley para que aun los soldados gentiles estuviesen francos del servicio los domingos; y hay quien asegure que en ellos ni pan se cocía. Ya se ve, todavía a fines del siglo tercero creían los cristianos que era incompatible con la religión la milicia, porque con sus evoluciones se profanaban los domingos; y de ahí provino la ley del citado emperador para combinar la honradez de los soldados cristianos con su inviolable fidelidad al tercer precepto de santificar las fiestas.
Y como ya entonces no faltaron quienes enseñasen que no debía verse este punto con tan nimia delicadeza, san Maximiliano selló con su sangre la verdad contraria. ¡Quién había de temer que después de confirmada con la prueba más insigne, cual es el martirio, había de olvidarse y confundirse tanto, que un religioso y cardenal, de memoria por otra parte digna del mayor respeto, hubiese establecido en España, sin que ni él ni autoridad alguna advirtiese la profanación, las asambleas militares en sólo los domingos, como días más proporcionados por la cesación de los trabajos ordinarios, para emplearlos en estos otros que no dejaban de serlo, y además ofendían la santidad de las domingos!
No parece, según su general profanación, sino que ha tenido esta América la desgracia de oír las sacrílegas predicaciones de Hércules Coxan, hereje que en Inglaterra publicó estaban anulados los domingos y demás fiestas; pero avergoncémonos en comparación de los ingleses. Como asegura haberlo observado el gran padre Vieyra,(4) se escandalizó un posadero de Douvres de ver jugar a los dados a dos portugueses en domingo; en domingo no se abren allí los teatros, y ¿entre nosotros? Antes el nuestro se cerraba los viernes en honra de la Pasión, después los miércoles en honor del correo, y nunca los domingos, en que Dios manda, no por devoción particular y voluntaria, ni por comodidad e interés, sino por obligación, se suspenda el trabajo.
Sin embargo, en esta obligación, se incluyen nuestros verdaderos intereses, ya porque cumpliéndola habrá esa causa menos para perder los eternos, ya porque los temporales se prometen y se dispensan a los fieles observantes de los preceptos divinos y ya porque a la cesación de trabajo en el tiempo que Dios lo manda está como anexa la prosperidad. Nadie en el mundo sino los israelitas, ha podido con una siembra levantar tres cosechas; pero este milagro Dios lo ofreció ejecutar y de hecho lo repitió en cada septenio para que se guardara el año sabático. Si éste sólo, sin perjuicio de los frutos adquiridos en los seis anteriores, triplicaba aquéllos y ahorraba gastos ¿por qué un día de descanso, prevenido por el mismo Dios, no aumentará la felicidad de los seis días de trabajo?
Dios guarde a usted muchos años. México 17 de agosto de 1820. Besa la mano de usted su atento servidor.
Japhaernesto
RESPUESTA
El Pensador no puede menos que subscribir a estos sentimientos religiosos y a estas verdades irrefragables; añadiendo sólo, que el trabajo personal que jamás fue lícito entre los israelitas en el día del Señor, menos lo debe ser entre los cristianos, pues, como este escritor apunta, hay mucha diferencia entre la figura y lo figurado, entre la sombra y el cuerpo, entre la luz y las tinieblas; y que si las públicas diversiones se permiten y toleran en las ciudades populosas ad vitanda pejora; esto es, se toleran toros, Coliseo, etcétera, etcétera, en los días festivos, en que muchos que no tienen qué hacer tratan de divertirse, esto debe ser con modestia, tiempo y moderación. No para dar en tan santos días rienda suelta al lujo ni a la disipación, sino para conceder algún descanso a la fatiga que han sufrido en toda la semana.
¿Pero qué descanso ha de ser éste? Un descanso justo y santificado. Esto es: un descanso inocente incontaminado con el delito y que merezca el nombre de eutropelía, virtud que se cifra en la prudencia y en la observancia de la ley divina.
¿Y para conseguir este descanso se necesitan toros, funciones particulares de teatro, paseos públicos, bailes, etcétera, etcétera? Yo soy un infractor en concurrir a todo muchas veces; pero video meliora, proboque, deteriora sequor. Veo lo bueno, lo apruebo y sigo lo malo; y ¿por qué? Porque soy hombre, soy frágil, y me presentan la ocasión. Si me gusta la bárbara diversión de toros, y sé que no los hay sino los domingos y fiestas de guardar, iré a los toros el domingo que los hay. No los haya y no iré ni irá nadie. Lo mismo se puede decir de las comedias, tertulias y demás distracciones que parecen privativas de los días del Señor.
La diversión de toros es la más bárbara y cruel que se ha pensado. Ya en otros papeles impresos he declamado contra ella y con mordaza; porque el censor me borró muchos renglones valientes, a pretexto de que esta diversión la sostenía el gobierno para el socorro de sus urgencias, como si nos fuera lícito cometer un pecado mortal para remediar una necesidad. Mas aun prescindiendo de los daños morales y civiles que acarrea esta diversión, debería abolirse del todo, o a lo menos escasearse, considerando el germen de crueldad que deja en los espectadores, de lo que soy un buen testigo.
Tengo una niña de siete años y meses; ésta, cuando tenía apenas tres años, lloraba demasiado, y escondía la carita en el regazo de su madre cada vez que veía un caballo herido o el mismo toro con sangre; en cuatro años no la he llevado diez veces a la plaza, y con toda esta economía advierto que ya se necesita mucho para que se contriste a la vista de este espectáculo sangriento.
Si esto sucede en un corazón tierno y sensible como el de una niña, ¿qué será en el de un adulto, criado y nutrido con semejante diversión? Concluyo, pues, aprobando en todas sus partes el cristiano pensamiento de usted; y deseando que celebremos el día grande de la semana siquiera con aquella religiosidad que observan los ingleses europeos y americanos, que aun separados de la comunión romana, nos edifican y avergüenzan en esta parte.
Queda de usted afectísimo que besa su mano.
(1) Imprenta de Ontiveros, año de 1820.
(2) causal. Razón y motivo de alguna cosa.
(3) Josef Ma. Alcalá. Religioso y político. Canónigo lectoral de México; miembro del clero secular, y promotor de la Independencia.
(4) Antonio Vieira (1608-1697). Jesuita, predicador, diplomático y misionero portugués en el Brasil. Su obra más importante son los Sermones, publicados de 1679 a 1699.