[NÚMERO 22]
CORREO SEMANARIO DE MÉXICO(1)
Miércoles 18 de abril de 1827
El precio de la subscripción a este periódico serán 6 reales mensales en México y un peso fuera. Se reciben las subscripciones en esta capital en la Librería del difunto Ontiveros; en Durango,(2) en casa del ciudadano Pedro Carrasco; en Guadalajara,(3) en la del ciudadano José Ignacio Herrera; en Tlacotalpan,(4) en la del ciudadano coronel Joaquín García Terán; en Perote,(5) en la Administración de Correos, y se irá advirtiendo en qué otras de otros lugares, según se proporcionen correspondientes.
PAPAS
249 BENITO XIV
De 1740 a 1758
Próspero Lambertini, natural de Bolonia, cardenal, arzobispo de su patria, fue elegido papa en 17 de agosto de 1740 con el nombre de Benito, y murió en 3 de mayo de 1758. Fue sapientísimo y bueno, pero pudo y debió ser aún mejor. Si no hubiera sido tan sabio, yo le disculparía, en ciertos artículos, pero él sabía las verdades de teología, cánones, historia eclesiástica y política que se necesitaban para reformar todos los abusos de sus antecesores y de la curia.
Sabía que lo temporal era usurpado sucesivamente contra el Imperio de Occidente y otros soberanos; y lo eclesiástico relativo a reservas contra los obispos diocesanos; que las exenciones concedidas a monasterios y congregaciones reglares, eran contrarias a la doctrina de san Pablo, según la cual el Espíritu Santo encomendó todo el rebaño de la iglesia particular al obispo Timoteo, sucediendo lo mismo a los demás.
Esto no obstante conservó las reservas, y las exenciones en el Estado que las halló, y en su obra de Sínodo diaecesana pondera la potestad pontificia y extenúa la episcopal; de manera que sólo permite a los obispos, sin concesión del papa, ordenar clérigos y confirmar bautizados, pues aun para oratorias particulares, reducción de misas fundadas y otras bagatelas quiere que acudan a Roma, dejando en esqueleto la dignidad episcopal. ¿Cómo lo disculparé? ¿Fue por ignorancia de la primitiva disciplina? No, porque la sabía profundamente. Fue porque así daba gusto a la corte pontificia, y no es digno de alabanza en ello.
Tampoco lo considero tal en haber lanzado excomunión contra los francmasones. No puedo creer que ignorase las constituciones y costumbres de las logias. Si las hubiese prohibido como reuniones destituidas de todo apoyo legal, las despreciase como inútiles, impertinentes, y aun las reprobase sin censura eclesiástica por necias, extravagantes y ridículas, yo elogiaría su prudencia y juicio; pero anatematizarlas con censura como si fuesen opuestas a la relación católica, de que prescinden, fue injusticia y falta de previsión de que eso mismo les daría la importancia que no tienen, y engendraría, en muchos, el deseo de ser francmasones por curiosidad. Yo he leído la copia de una carta que un caballero de Nápoles, amigo antiguo suyo, le escribió de resultas de haber visto la bula.
¿Conque me habéis excomulgado? —le decía—. Bien sabíais que yo era francmasón hace algunos años. Pero no acabo de admirarme de vuestras opiniones en este punto. ¿Cuáles son los méritos sobre que recae la excomunión? ¿Son los actos de beneficencia que a lo menos por vanidad se ejercen? Pues excomulgáis las buenas obras. ¿Son las ridiculeces de las pruebas para el ingreso? Pues ridiculizáis la excomunión. ¿Son los juramentos execratorios del secreto? Pues dais importancia grande a lo que sólo es fórmula de estilo. Revocad, revocad vuestra bula, y no hagáis agravio a vuestro talento, vuestra sabiduría y vuestra buena fama. Dejadnos divertir en estas extravagancias, pues sólo son un capricho que a nadie ofende, sea lo que se quiera sobre su origen y su objeto.
No he visto la respuesta de Benito XIV; pero he oído decir que se rió mucho con la carta de su amigo, y le contestó diciendo que por su empleo no pudo proceder de otro modo, pero que no temiese a la tal excomunión, porque no le secaría, como cuentan que secaba en los tiempos antiguos a los excomulgados. Si la respuesta fue cierta, equivale a decir que había librado la bula por complacer a los cardenales tontos.
En cuanto a su conducta con los soberanos, manifestó bastante juicio, prudencia y conformidad con su conocimiento profundo de la historia. Muchos cardenales quisieron que lanzara excomunión contra el rey de Portugal, Juan V porque, despreciando repetidas amonestaciones, escandalizaba tratando con monjas en amores deshonestos. Benito se negó constantemente previendo los peligros de que despechado el rey imitase a Enrique VIII de Inglaterra. "¿Expondré yo —decía— por unas putas todo el reino a caer en un cisma? No por cierto. El rey se cansará, o Dios le dará una enfermedad para que se arrepienta." Sucedió así. Juan V enfermó por largo tiempo, y dio muchos indicios de verdadero arrepentimiento.
La España debe a la prudencia y luces de Benito XIV las grandes ventajas de hacerse las provisiones eclesiásticas en Madrid, sin necesidad de llevar el dinero a Roma. Pasaban de doce millones de reales de vellón(6) por año los que salían para la curia pontificia. Conocía tanto Benito el disgusto de ésta y los peligros suyos, que las conferencias para el Concordato del año 1753 con el rey Fernando VI, fueron personalísimas entre el mismo sumo pontífice y don Manuel Ventura de Figueroa, representante español, a quien dijo su santidad, con la mayor eficacia, que callase todo como si fuese materia de sigilo sacramental, porque si llegasen los curiales a translucir el asunto antes e concluirse, le quitarían la vida con veneno para evitarlo. ¡Cuán a fondo conocía Benito las gentes de su corte!
La obra que escribió De festis es testimonio eterno de su grande crítica en la historia eclesiástica. Manifiesta lo que hay de verdad en cuanto a la Verónica, imagen de Jesús, que con el curso de los siglos ha sido convertida en mujer santa, con muchas particularidades de su vida; lo mismo en los magos que visitaban a Jesús, dados a conocer en el siglo VI con los nombres antes ignorados de Gaspar, Melchor y Baltasar, y tenidos por reyes en el siglo XII; otro tanto en diversos puntos de historia eclesiástica relativa a la liturgia y Actas de santos. Por eso no le perdono yo que, sabiendo las muchas patrañas escritas en las lecciones del segundo nocturno de maitines del oficio de santos y santas, haya dejado el Breviario romanointacto con todas ellas, como lo encontró, para que los frailes las anuncien en los sermones panegíricos al pueblo cristiano, como verdades constantes que dicen ellos propone la Santa Madre Iglesia para la creencia, siendo así que no pasa de permitir su lectura.
¿Qué hizo en esto sino fomentar la mentira y la superstición? Conozco su disculpa que se reduce al miedo que le daría el peligro de desengañar al vulgo eclesiástico. Es lástima que no hubiese tenido el corazón de un Hércules.
Con este motivo me parece que no debo dejar en silencio un ejemplo de las patrañas de[l] Breviario. En las lecciones de la beata Mariana de Jesús,(7) de Madrid, se dice que fue monja mercenaria solemnemente profesa; y esto es mentira tan grande, que no había en Madrid convento alguno de monjas mercenarias cuando murió la beata. El don Juan de Alarcón y el de San Fernando son más modernos. Sólo hubo de verdad que Mariana vivía cerca del convento de frailes mercenarios descalzos de Santa Bárbara, vistiendo el hábito de monja. Si de veras hizo algunos votos, serían simples y no solemnes en manos del fraile confesor suyo. ¡Cuánto hay de esto en el Breviario! Así hay una obrita francesa en dos tomos en dozavo, impresa en 1698 por monsieur Pedro José, con el título de Frailes recibidos en empréstito, en la cual se refieren los muchos santos que los frailes de casi todos los institutos se han apropiado, pintándolos como individuos de sus respectivas órdenes, sin que jamás lo fueran en su vida. La congregación de ritos no permitiría estos fraudes si el dinero no hiciese sus fiscales y jueces tan indulgentes. Estos engaños hacen gran mal a la religión: porque los protestantes tienen, en sus iglesias reformadas, hombres sapientísimos, de una crítica muy fina, los cuales descubren y demuestran la mentira, de que toman armas poderosas para persuadir que otro tanto sucedería en las demás narraciones históricas de santos milagrosos, por la regla del proverbio antiguo de Castilla que dice: Los milagros de ogaño me hacen no creer los de antaño. ¡Cuánto mejor sería impedir esas fábulas como estaban impedidas en los primeros siglos, a pesar del crecido número de mártires! El que desee ver reunidos los elogios de Benito XIV en pocas cláusulas, y todos verdaderos, lea su artículo en la obra de Arte de verificar fechas.(8)
251 CLEMENTE XIV
De 1769 a 1774
Juan Vicente Antonio Ganganelli, natural de Sant-Arcangelo, cerca de Rimini, religioso claustral del orden de San Francisco de Asís, cardenal romano, fue elegido papa en 19 de mayo de 1769, y murió en 22 de septiembre de 1774 con el nombre de Clemente, teniendo sesenta y nueve años incompletos de edad.
Ya se deja conocer que habría dos partidos entre los cardenales, uno de los jesuitas y de los curiales, otro de los cinco soberanos. El cardenal Chigi,(9) bisnieto de un hermano de Alejandro VII, estuvo expuesto muchas veces a salir papa en los tres meses de cónclave, pero el partido jesuítico no pudo nunca reunir dos terceras partes de votos. Ganganelli era el único cardenal que había reglar; y esta circunstancia influyó para que los menos tenaces de la facción jesuítica cediesen, esperando que tomaría interés en cerrar la puerta de supresiones de institutos reglares. Su esperanza se frustró. Clemente XIV era de los hombres más ilustrados del siglo XVIII, como demuestran sus cartas y su conducta pontifical.
Reconcilió las cinco cortes, dando satisfacción a todas, particularmente a las de Lisboa y Parma, que eran las más ofendidas. Mandó que no se publicase más la bula llamada In caena Domini, que tanto hería los derechos de soberanos temporales y de sus pueblos. Para tratar del asunto de los jesuitas formó una congregación de cinco cardenales y muchos jurisconsultos: todos votaron la supresión, y Clemente la hizo en breve de 21 de julio de 1773. Al tiempo de firmarla dijo: "lo hago con gusto porque he meditado bien en pro y contra. Si no lo hubiese ya firmado, lo haría de nuevo; pero preveo que me costará la vida." No erró; muy pronto le dieron veneno que lo fuese matando gradualmente; luego fue perdiendo fuerzas; aún se animó el día de la Ascensión a concurrir al Vaticano para publicar la Bula del jubileo, del año 1775. Sus enemigos tuvieron la osadía de anunciar que no lo vería, y aun de poner en su palacio pontifical un pasquín con estas letras I. S. S. S. V., cuya lectura íntegra parece haber sido In settembre sera sede vacante que significa en español: En septiembre será la sede vacante; y se verificó con efecto en el día 22 del mes anunciado en mayo. ¿Será juicio temerario culpar al partido jesuítico?
252 PÍO VI
De 1774 a 1799
Juan Ángel Braschi, natural de Cesena, cardenal romano, fue elegido papa en 15 de febrero de 1775. Tomó el nombre de Pío, y murió en Valencia del Droma, en Francia, año de 1799. Será ocioso detenerme a persuadir que el espíritu de intriga inspiró la elección. Los soberanos querían un papa enemigo de los jesuitas; éstos un apasionado suyo: cinco meses de cónclave no bastaron para que cediesen los unos y los otros. El conde de Floridablanca estaba en Roma, por parte de España, y tuvo gran parte en la elección, porque sugirió la idea de escoger un cardenal de los que se decían indiferentes: tal era Braschi. Floridablanca(10) se ingenió bien ganando a costa de millones de España, las damas romanas, amigas de cardenales, para que por medio de sus cartas conquistasen votos. Le auxiliaron por iguales medios los embajadores de Francia, Portugal y Nápoles, y venció. El suceso, con una multitud de anécdotas particulares, resulta del proceso criminal formado en Madrid contra el conde de Floridablanca en 1792, después que cesó de ser ministro secretario de Estado y de Justicia. Véase de cerca el influjo directo del Espíritu Santo en las elecciones. Su pontificado hizo ver cuán mudada estaba ya la opinión pública sobre los derechos de soberanos y los de Roma.
El emperador de Alemania, José II, suprimió muchos monasterios, conventos y comunidades religiosas, dispuso de sus bienes a favor del Estado, y providenció varias cosas relativas a la disciplina exterior de la Iglesia, usando de su potestad soberana sin pedir permiso ni aprobación al papa, ni contar con su voluntad. Pío VI le escribió varias cartas procurando persuadirle se abstuviese de las reformas, supresiones y demás providencias ofensivas de los derechos de la Santa Sede. José II contestó que no los había violado ni los violaría, porque todos sus reglamentos pertenecían a la potestad temporal. Sus predecesores Enrique IV, Enrique VI, Federico I, Federico II y Luis de Baviera fueron destronados pontificalmente por mucho menos, o mandados ir personalmente a Roma descalzos en forma de penitentes, y postrarse como reos a pedir perdón a los orgullosos papas inexorables.
Pío VI conoció bien haberse pasado ya la era del orgullo pontifical, y en lugar de citar ante su tribunal al emperador José II, sale de Roma para buscar a su majestad imperial en Viena, José le sale a recibir, pero no le lleva las riendas del caballo a pie, sino que abraza y besa respetuosamente al sumo pontífice, quien tampoco exige humillaciones vergonzosas, como sus antiguos antecesores, y acepta el asiento de la carroza que le ofrece aquel soberano. Hospedado en el palacio imperial de Viena, ve Pío de cerca la continuación del sistema sin novedad, y tiene que regresar a Roma sin conseguir nada en sus objetos. No por eso excomulgó a José, ni lo trató de hereje y perseguidor de la Iglesia, como en casos menores habían hecho los papas anteriores a la reforma de Lutero; antes bien, alabó la religión y las virtudes de José II en discurso que se imprimió en Viena, estando aún allí su santidad, y le dio la comunión por sí mismo.
Con este motivo, decían los franceses con gracia, "el papa ha ido a celebrar dos misas en Viena: una sin credo para el emperador; otra sin gloria para sí." No era menos picante cierta estampa alegórica a la caída del poder pontifical que se publicó en Viena.
El águila imperial quita de la cabeza del papa la tiara de tres coronas; los muchachos juegan a la raqueta con el chapín del papa, y con las llaves del Cielo; el fanatismo está en el fondo del cuadro rechinando los dientes de rabia; los frailes se dejan ver abatidos por la fuerza del dolor; y el jefe de la Iglesia se queda sin más apoyo que su báculo pastoral.
Ocho años después la revolución de Francia ocupó de nuevo a Pío VI. Los franceses formaron su constitución nacional, de lo que una parte tenía relación con el clero, y se tituló Constitución civil del clero de Francia. Se pidió al papa su aprobación, y su santidad la negó, diciendo ser injusta, nula y contraria a las instituciones divinas y derechos de la silla de San Pedro. Se le hizo ver que toda era conforme a los seis primeros siglos de la Iglesia, y que se oponía únicamente a los abusos y usurpaciones que tuvieron lugar en siglos posteriores, por lo que se insistió en que aprobara el juramento que se había mandado prestasen para su observancia todos los clérigos. Pío VI reprobó el juramento, lo declaró ilícito, injusto, nulo, y prohibió prestarlo bajo la pena de excomunión a los que lo prestasen, y de poner entredicho general en la Francia. Escribieron algunos obispos unas exposiciones al papa llenas de doctrina sólida y católica, en que hacían demostración de proceder Pío VI sin fundamento canónico suficiente, y estar obligado a mudar de rumbo en la dirección del negocio, para evitar un cisma en el clero francés. El papa, lejos de acceder a la propuesta, libró nuevos breves, amenazando con declarar excomulgados y cismáticos a los que jurasen. De aquí resultó la emigración de muchos obispos y clérigos; pero quedaron en Francia los necesarios para suplir su falta.
La conducta de Pío VI con la Francia fue chocante, si se compara con la que tuvo en los asuntos de Alemania, porque había muchos puntos de contacto en las providencias del emperador José II y la Constitución civil del clero de Francia. La diferencia estuvo en que muchos obispos interesados en no perder los diezmos, los señoríos temporales y las rentas de bienes raíces, persuadían al papa que si no cedía, todo volvería luego al estado antiguo, porque, según su opinión, el cuerpo general de la nación francesa estaba contra la constitución civil del clero, y caería el poder de los constituyentes que ellos titulaban de aparente, usurpado y faccioso, pero momentáneo. Haciendo creer esto, produjeron al papa gravísimos sentimientos, porque la Revolución Francesa fue a más en lugar de ir a menos, y la religión perdió mucho entonces, dejando como separada de la comunión romana la iglesia galicana, cuyo gravísimo daño estaría evitado con sólo aprobar laConstitución, bien que nunca llegó a ser declarada cismática. El único efecto fue interceptarse las relaciones de comunicación directa.
Las ocurrencias posteriores, demostraron que Pío VI hubiera aprobado laConstitución sino por las sugestiones de los emigrados; pues creciendo por días el poder de la República Francesa, y llegando a dominar gran parte de la Italia, se creó allí otra República llamada Cisalpina, la cual formó constitución del clero al nivel de la francesa, sobre las mismas bases, con todas sus concurrencias y casi con las mismas palabras. Entonces Pío VI, que no tenía emigrados cerca, y recelaba con razón la permanencia de la nueva República, entró dentro de sí mismo, y prefirió carecer de los derechos poseídos durante algunos siglos, al peligro de tener dentro de Italia un Estado en concepto de cismático. Aprobó con bula especial la constitución civil del clero cisalpino, y, por eso, después se publicaron en varias gacetas grandes elogios de la prudencia de Pío VI; pero con la reflexión picante de que desmentía lo dicho por el mismo Pío, en los antiguos breves dirigidos a Francia.
La razón era muy sencilla, porque si de veras creía oponerse a las instituciones divinas, no pudo aprobar la constitución del clero cisalpino; y si no lo creía de veras, debió confirmar la del galicano. Pero el mal estaba hecho. Es de creer que si entonces se lo pidiese la Francia, hubiese condescendido para manifestar consecuencia con lo que hacía en Italia; mas se había pasado el tiempo de suplicar a Pío la República Francesa, cuando ya lo tenía muy humillado y en términos de pender su vida misma de la voluntad de los gobernadores de Francia, quienes por último se vengaron de la terquedad antigua de Pío, trayéndole al territorio republicano, donde falleció.
No se puede negar a Pío VI el elogio de pacífico y prudente, por su conducta en los asuntos de Alemania y de la República Cisalpina; pero tampoco la historia podrá menos de imputarle tenacidad en la conservación de los derechos usurpados por sus antecesores en la Francia. ¡Es cosa terrible que los papas no acaben de conocer la fuerza de la opinión pública, y que antepongan las grandezas del poder humano y temporal a la doctrina y ejemplos de Cristo y de san Pedro!
Finalizan las octavas de Voltaire
De jerigonza armados e idiotismos
llegan frailes y cuervos a bandadas,
y empiezan a tirarle barbarismos,
que el bachiller contesta a rebuznadas;
en breve no se entienden a sí mismos,
por más que bien se expliquen a patadas;
y el pueblo que presencia el altercado,
de la esencia de Dios queda enterado;
bien, disputadores, sostenéis
que es cosa ventajosa el argumento,
porque el ingenio aguza, y suponéis
que así el hombre mejora su talento;
mas en tanto negar nunca podréis
que nada ganará el entendimiento
en disputas fundadas solamente
en errores que ofuscan nuestra mente.
Sócrates, nos decís, que disputaba
en todos los festines que tenía,
y, aun desnudo, en los baños, sustentaba
argumentos con todo el que acudía;
a mi entender, en esto demostraba
que también tiene el sabio su manía;
bien que a Sócrates nunca se ve ufano
querer que su opinión rija a su hermano.
Oculta el pedernal en su rudeza
un fuego, proseguís, que al choque sale,
y así del hombre rudo en la cabeza
el saber disputando sobresale.
Por último, decís, que a la torpeza
de una criatura nada se le iguale;
sin embargo, dispútale: al momento
sentencias de él oirás de un gran talento.
Concedo que sea así pero es más claro
que nada en disputar se ha conseguido:
que la disputa sólo es el amparo
de un talento mezquino, oscurecido,
lleno de necio orgullo y de descaro;
que la disputa al mundo no ha instruido;
y mientras más el hombre disputara,
menos se corrigiera e ilustrara.
Nadie quiere decir razón no tengo,
y ceder la victoria a su enemigo;
sino, al contrario, siempre: lo sostengo,
porque yo sé muy bien lo que me digo;
cuando disputo, sé lo que mantengo,
en todo menos esto, sed mi amigo,
y después de gritar a cual más puede,
ninguno en su opinión un punto cede.
La disputa de acción y movimiento
al tumulto feroz de las pasiones,
sofocando en el hombre el sentimiento
que moderar le manda sus acciones;
es digna la verdad de acatamiento,
mas es bueno callarla en ocasiones,
y aun a veces, según el tiempo y rito,
tener mucha razón es un delito.
Fue un tiempo que a la Tierra gobernaron
la VERDAD sacrosanta y la JUSTICIA,
y los hombres entonces disfrutaron
de paz inalterable la delicia;
mas luego a estas hermanas ahuyentaron
la mentira infernal y la injusticia;
y siendo la VERDAD a un pozo echada,
la JUSTICIA huyó al Cielo apresurada
Y la falsa opinión, fruto de aquéllas,
imperando quedó en el universo,
produciendo disputas y querellas
que engendran en el hombre humor perverso.
En la región del rayo y las centellas
está de aquesta diosa el templo adverso,
y a los pies de su trono a centenares
se ven dioses, demonios, duendes, lares.
Que en sus manos ostentan, engendrados
por mágico poder, miles de nadas,
y, de lejos por óptica aumentados,
los muestran del humano a las miradas.
De espumas de jabón, bien figurados,
en el aire fluctúan a millaradas,
en torno de estos entes ideales
nuestros vicios, virtudes, bienes, males.
El soplo de los vientos por la esfera
va el tenebroso templo paseando,
y por todos los climas vocinglera
la diosa su doctrina va sembrando;
mira su culto y fama por do quiera
irse a cada momento propagando;
y aunque a veces la arrojan de un paraje,
vuelve cierta de hallar buen hospedaje.
Nada iguala sus célebres manías:
hoy arrastra un mortal al cruel suplicio,
y un altar le levanta a los dos días,
mandándolo adorar cual Dios propicio;
por halagar de un pueblo fantasías
deifica sin rubor el negro vicio,
e inspira a sacerdotes que persigan
los que el error del pueblo contradigan.
Ella hace nos riamos al presente
de costumbres un tiempo respetadas;
y hará que también ría futura gente
de las que vemos hoy tan veneradas;
las beldades del siglo precedente
en el nuestro serían monstruos llamadas;
pues la opinión domina a la hermosura,
aunque ésta es otra reina en la natura.
Ella es causa secreta y espantosa
de las universales convulsiones,
y el móvil de la acción estrepitosa
que derriba o levanta las naciones;
será eterno el imperio de esta diosa,
y del sabio jamás oirá razones,
permaneciendo en tanto sepultada
la VERDAD en el pozo do fue echada.
Aun hay otra ilusión que ciegamente
algunos de los sabios han seguido,
y por ella, sin fin entre la gente
sanguinarias disputas encendido:
de esta ilusión extraña, impertinente
errores tan atroces han nacido,
que con razón la han puesto el raro lema
de espíritu furioso de sistema.
El inventor del cálculo famoso
aritméticamente a Dios buscaba,
y sostuvo que al Todopoderoso
entre números sólo se encontraba;
y el autor de mecánicas gozoso
la libertad del hombre sujetaba
a la constante ley del movimiento
comparándose a sí con el jumento.
Otro para formar nuestro hemisferio
del extinguido sol sacó materia,
y otro dijo con noble magisterio
de vidrio es la terraquia periferia.
Luce en estos sistemas el criterio,
y es cosa de admirar nuestra miseria
el ver los argumentos tan terribles,
que producen errores tan visibles.
¿Pero quién del devoto infatuado
la furia a describir será bastante,
si en su opinión se mira contrariado,
y no la dejan ser la dominante?
De rabia destructora acompañado
a la lid se presenta intolerante
y a la gloria de Dios, según afirma,
a fuego y sangre su opinión confirma.
Llámase a esta ilusión el fanatismo;
parto de las tinieblas y el infierno,
que destruye con fiero brutalismo
a todo el que resiste yugo interno;
el hombre desconócese a sí mismo,
e inflamado de chispas del averno,
con veneno, la llama y los puñales
a asesinar se apresta a los mortales.
Abre el hijo con mano sanguinaria
el vientre donde un tiempo fue llevado,
y con saña inaudita, extraordinaria
destroza el padre al hijo que ha engendrado;
nada sirven el ruego y la plegaria;
todo a la destrucción es condenado;
y a cenizas y escombros reducidas
quedan villas, ciudades distinguidas.
Hierve del templo santo el pavimento
con tanta sangre humana en él vertida,
y el sacerdote con puñal sangriento
al sacerdote priva de la vida;
el crimen, el pillaje y el contento
alientan la canalla embrutecida,
y en la sangre el fanático nadando
sin cesar al Eterno está implorando.
A mi patria infelice el extranjero
acomete con rabia sanguinosa,
con capa de piedad cubriendo artero
su intención infernal y rencorosa;
lleva al verdugo el padre placentero
sus hijos porque sufran muerte odiosa,
que el fanático tiene por doctrina
completar del vencido la ruina.
Permitid, ¡oh gran Dios!, que a los futuros
no lleguen estos hechos deplorables,
o que envueltos en hechos más oscuros
por fábulas las tengan despreciables.
Y vosotros, fanáticos, cual muros
no seáis al lamentar de miserables;
y dejad que el humano libremente
use de su razón y crea cual siente.
Mas veo que para mí se viene airado
un gran disputador, de humildad lleno,
y aunque en manto evangélico embozado
descubre la ponzoña de su seno:
"caballero, me dice, cuanto ha hablado
oculta en sí mortífero veneno;
ninguno, según vos, delito tiene
si a la razón por guía sola se atiene.
Y el error y verdad siendo ya iguales
es en vano buscar la verdad pura
y al instinto sujetos los mortales
estarán de la ley de la natura;
estas doctrinas son hereticales,
ya del bueno merecen la censura."
Pero, señor, contesto, ni un vocablo
digo de todo eso en lo que hablo.
"Aunque hayáis disfrazado sagazmente
el sentido, replica, interpretando
se conoce distinta y claramente
la ponzoña que de él está manando."
Perdonad, os suplico, justamente:
mis palabras muy claro están mostrando
que reunidos debemos en concierto
buscar a la verdad con sano acierto.
Éstas son mis palabras y he añadido
que es justo discutir, no disputarse,
y que en la corte y la ciudad ha sido
prudencia muchas veces el callarse...
Me interrumpe, "señor, más de un sentido
se ve en esas palabras ocultarse:
distingo..." Distinguid cuanto gustéis
y buen provecho os haya lo que habléis.
He dicho mi sentir, y para nada
intervengo en el vuestro, pues mi idea
es que la misma libertad amada,
que para mí pretendo, de otros sea.
"Vuestra alma ya, hijo mío, está condenada,
y la del hombre sin saber que os lea:
os prohibimos pensar para salvaros;
y voy, por vuestro bien, a delataros."
¡Oh felices mil veces y dichosos
los que lejos de eternos habladores,
de fanáticos, críticos celosos
en paz sobre Helicón recogen flores!
Así vemos acuden cuidadosos
a la rica colmena labradores,
y huyendo del enjambre las picadas
toman el néctar de que están colmadas.
(1) México: 1827. Oficina de la Testamentaría de Ontiveros.
(2) Durango. Cf. nota 2 al núm. 1.
(3) Guadalajara. Cf. nota 3 al núm. 1.
(4) Tlacotalpan. Cf. nota 4 al núm. 1.
(5) Perote. Cf. nota 5 al núm. 1.
(6) reales de vellón. Los reales de vellón eran monedas de plata.
(7) Mariana de Jesús. Mariana Navarra de Guevara y Romero, llamada "Azucena de Madrid." Se distinguió por las penitencias que se impuso.
(8) Arte de verificar fechas. Cf. nota 15 al núm. 17.
(9) cardenal Chigi. "La fama de su ilustración y su deseo bien conocido de mantener la paz entre la Santa Sede y los reyes, le dieron la sucesión de Clemente XIII, a pesar de las intrigas del cardenal Chigi." Cf. Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano, Barcelona, Montaner y Simón, s.a., t. IV, p. 252.