[NÚMERO 22]
VIGESIMASEGUNDA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
PAYO: Deseando venir he estado para que me diga usted cuál fue el origen del poder temporal que se agregaron los papas.
SACRISTÁN: Pues oiga usted en breve lo que dice un autor católico y moderno en un opúsculo que escribió sobre la política eclesiástica. Atienda usted.
Apuntes sobre el poder temporal, y pretensiones de los papas
"El verdadero origen de la dominación temporal de los papas, no sube del siglo VIII. Mal gobernada una gran parte de Italia por los exarcos y enviados de la corte de Constantinopla, y ocupada la otra por los lombardos, acaeció la ruidosa herejía de los iconoclastas. La devoción de los italianos buscó en el papa un defensor de las imágenes contra los decretos del emperador León Isáurico(2) y sus sucesores. Las provincias sujetas todavía al Imperio romano, se sublevan: el papa se pone al frente de aquellos pueblos, pero temiendo que los reyes lombardos se aprovechen de las turbulencias para ocupar a Roma y estados adyacentes, recurren a la corte de Francia, entonces manejada por los mayordomos de palacio que aspiraban al nombre y dignidad real. Acuden éstos efectivamente a Italia, hacen guerra gloriosa a los lombardos, y en cambio de inmensos bienes y provincias enteras, cedidas al sumo pontífice, consiguen autorizar con el rito sagrado y con la anuencia del primer jefe del cristianismo, su usurpación bien dirigida. Tal fue el principio de la monarquía temporal de los papas. Empero, como en los siglos medios importase desfigurarle, para promover ulteriores pretensiones apareció una donación de Roma, hecha por Constantino al papa san Silvestre, no se sabe si publicada por la ignorancia, o inventada muy de propósito por la mala fe del interés. Triunfó este hallazgo, y se defendió casi con el mismo acaloramiento que un dogma; hasta que las luces de la crítica, auxiliando a la historia, descubrieron su falsedad y le clasificaron entre los monumentos apócrifos, como puede verse en Fleury(3) y en otros historiadores eclesiásticos.(a)
"En las provincias de Italia, donadas por el rey de Francia Pepino, y confirmadas por Carlo Magno y por su hijo, no gobernaba el papa independiente, sino que reconocía la soberanía del emperador, quien por esta razón se llamaba advocatus et defensor Ecclesiae, confirmaba según la costumbre antigua la elección de los papas(b) y ejercía varios actos de autoridad en Roma.(c) Pero después de varios empeños para sacudirla, se consiguió al fin en el turbulento reinado de Enrique IV, víctima de sus desavenencias con Gregorio VII; y desde entonces el sumo pontífice no solamente se llamó soberano temporal independiente, sino que aspiró a la supremacía temporal sobre todo[s] los príncipes de Europa, tratándolos como vasallos, pronunciando su deposición cuando le parecía, absolviendo a los súbditos del juramento de fidelidad, citando a unos ante su tribunal para que vinieran a comparecer y justificarse, y obligando a otros a pagarle tributo. Ya en el siglo IX, el papa Gregorio IV se erigió en juez de las diferencias que Luis el Piadoso, rey de Francia tuvo con sus hijos; y Nicolás I quiso deponer al emperador Lotario.
"Una ceremonia introducida a mitad del siglo VIII en la coronación de los reyes de Francia, y adoptada después en muchos reinos de Europa, para dar mayor solemnidad a aquel acto, contribuyó sobremanera a fomentar las pretensiones de dominación temporal en los papas y obispos. Se confundieron ideas muy distantes entre sí, y se engrandeció la esfera de la autoridad eclesiástica bajo el pretexto de unción y consagración, que los reyes mal advertidos solicitaban, y que las naciones, desconociendo su dignidad y sus derechos, miraban como nudo y garante de su obediencia a los monarcas. 'Hasta Pepino (observa un historiador filósofo) la inauguración de los reyes de Francia había sido una ceremonia puramente civil. Pepino, para hacer su coronación más respetable a los ojos de sus vasallos, interesó en ella a la religión, y acogió entre los franceses una costumbre que sólo los judíos habían conocido. Consagrado primeramente por Bonifacio, obispo de Maguncia, cuya santidad era entonces célebre, hizo reiterar esta ceremonia por el papa Esteban III, cuando vino a implorar su protección contra los lombardos. El pontífice, que consagró también los hijos de Pepino, no se olvidó de llamar a éstos y a su padre ungidos del Señor; y aplicando los principios de un gobierno enteramente divino, cuyos resortes eran otros tantos milagros, al gobierno de los franceses que Dios abandonaba al derecho natural y común a todos los hombres, comparó la dignidad de Pepino con la majestad real de David, que era una especie de sacerdocio, y contra lo cual no podían los judíos atentar sin sacrilegio. Aunque acababan los franceses de elegir a Pepino libremente, y sin que ningún profeta lo hubiese ordenado de parte de Dios, el pontífice les dijo que aquel príncipe no tenía su corona más que de Dios solo, por la intercesión de san Pedro y san Pablo, y les amenazó con las censuras de la Iglesia, si se apartaban en cualquier tiempo de la fidelidad y obediencia al nuevo rey y a su posteridad.'
"Mas si estos principios se dirigían a constituir a los reyes independientes del poder y de la soberanía del pueblo, también los sujetaban a las amenazas y a la autoridad del sacerdocio, en cuya mudanza nada ganaron, por cierto, ni la dignidad real ni la tranquilidad pública. Así es que ya en el siglo IX Carlos el Calvo, nieto de Carlo Magno, creyó que los obispos que le habían consagrado eran sus jueces.
"Cundieron también en Aragón estas ideas de ambición desmesurada, que enlazaban con la solemnidad de un rito sagrado, aunque insignificante, las pretensiones del despotismo pontificio; pero en aquel país, nutrido en los sentimientos de la libertad, todos los ataques del clero, sus sofisterías y tramas no fueron bastantes para hacer olvidar al pueblo sus derechos imprescriptibles. En esta parte es hermosa la historia aragonesa de los siglos medios y conviene no dejarla sepultada en las tinieblas del olvido. El rey don Pedro II, aquel mismo que después murió gloriosamente en los campos de Muret combatiendo por la independencia de su corona contra las huestes inquisitoriales,(d) había tenido años antes el capricho de ser coronado en Roma por el papa, quien aprovechándose de aquella circunstancia consiguió que el monarca obligase a su reino el pago de un vergonzoso censo en provecho de la curia romana. Manifestaron los aragoneses grande sentimiento al saber este acto degradante, y como dice el historiador Gómez Miedes(4) conquesti sunt, quad ex libera regno, et omni onere soluto, rex estipendiarum constituerit.(e) Mas si a los aragoneses que vivían en principios del siglo XIII fue tan dolorosa esta debilidad del rey don Pedro, porque su amor a la libertad les hacía muy repugnante la calidad de tributarios de un príncipe extranjero, los reyes sucesores de Aragón no resistieron con menos esfuerzo las pretensiones que la curia romana fomentó en consecuencia de aquel reconocimiento; y los hechos que hallamos en la historia nos manifiestan cuán penetrados estaban de que sus reinos eran independientes en lo temporal, y que el papa ningún derecho tenía en ellos. El rey don Jaime el Conquistador, hallándose el año 1274 en el Concilio General de León, quiso ser coronado por el papa Gregorio X; pero éste le decía que primero había de ratificar el tributo que don Pedro, su padre, había otorgado al dar a la Iglesia, y pagar los atrasos que se debían a la sede apostólica. Entonces el rey envió a decir al papa: que habiendo él tanto servido a nuestro Señor y a la Iglesia romana en ensalzamiento de la santa fe católica, más razón fuera que el papa le hiciera otras gracias y mercedes, que pedirle cosa que era en tan notorio perjuicio de la libertad de sus reinos, de los que en lo temporal no debía de hacer reconocimiento a ningún príncipe de la tierra; pues él y los reyes, sus antecesores, los ganaron a los paganos derramando su sangre, y los pusieran debajo la obediencia de la Iglesia; y que no había ido a la corte romana para hacerse tributario, sino para más eximirse, y que más quería volver sin recibir la corona, que con ella tanto perjuicio y diminución de su preeminencia real. ¡Memorables palabras! El rey don Pedro III, al ser coronado por el arzobispo de Tarragona en 1277, protestó que no recibía la corona de mano del arzobispo en nombre de la Iglesia en Roma, ni por ella ni contra ella; protesta que repitió su hijo don Alonso III al tiempo de su coronación, e imitaron otros reyes.(f)
"Estas noticias son del mayor interés para los que aprecian la dignidad nacional. Deseamos hacerlas comunes en nuestro pueblo, para que ni el papa ni sus tropas auxiliares puedan nunca deslumbrarle con supercherías, ni degradarle con sofismas. Es verdad que las luces del siglo parece que se oponen a la renovación de opiniones tan absurdas como contrarias a la independencia de las naciones; pero no confiemos demasiado. La superstición conserva su trono y sus agentes; el fanatismo se agita todavía con descaro; los intereses personales de los que viven de abusos y de errores, combaten furiosos por su presa que se les escapa. Preciso es, pues, que se presenten a la nación, deslumbrada miserablemente, monumentos históricos que acrediten no ser esfuerzos de la moderna filosofía, sino conatos majestuosos de nuestros abuelos libres, la oposición y resistencia al triunfo de la teocracia. Agobiados bajo la coyunda de una dominación extranjera, y más si se dice sancionada por la voz del Cielo, nunca podremos tener libertad: las ligaduras de la superstición y los grillos de la tiranía deben caer de un golpe. De otra manera ni nuestros ánimos podrán elevarse, ni las virtudes civiles tener acogida en nuestro corazón, ni el nombre de patria excitar aquellos sentimientos de consagración y entusiasmo, que serán siempre desconocidos a pueblos encenegados en el fango de fraudes, de patrañas y de torpe ignorancia." Y. M. de A. M.
PAYO: Admirado estoy de saber tantas cosas que me cogen de nuevo.
SACRISTÁN: Así está todo ignorante mientras no le llega el desengaño. En la conversación siguiente concluiremos esta materia, y le haré ver no sólo que podemos, sino que debemos no obedecer al papa, si éste trata de someternos a la dominación española.
PAYO: Pero, ¿qué haremos de papa en ese caso?
SACRISTÁN: Sobran papas entre nosotros con tantas facultades como el de Roma. Ya me oirá usted.
PAYO: Pues mientras, a Dios, hasta el sábado.
México, junio 22 de 1825.
El Pensador
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.
(2) León Isáurico. Emperador de Oriente, fundador de la dinastía Isáurica (1718-1741). Sucedió en el trono a Teodosio III; gobernador y estratega de la provincia de Anatolia. Derrotó a los árabes en la batalla de Akroinos. Inició una campaña contra el culto a las imágenes.
(3) Claudio Fleuri (1640-1723). Abate francés. Abogado del Parlamento; preceptor de los hijos del príncipe de Condé y del hijo natural de Luis XV, el conde de Vermandois. Sus obras son: Tratado de la elección y método de los estudios (1686). Su Historia eclesiástica es notable por el estilo y abundante erudición; obra que mereció las alabanzas de Voltaire.
(a) Es bien sabida la respuesta ingeniosa de Jerónimo Donato, embajador de Venecia, al papa Julio II, que le preguntaba cuáles eran los títulos de las pretensiones de su República sobre el golfo Adriático. "Vuestra santidad —contestó al pontífice— hallará la concesión del Mar Adriático al dorso del original de la donación que Constantino hizo al papa Silvestre de la ciudad de Roma y demás tierras del Estado eclesiástico." Sin embargo, en siglos de ignorancia, en medio de aquellos tiempos tenebrosos que se trató como herejes a los que conocían y divulgaban las primeras verdades morales, políticas y naturales, fueron castigados severamente en Roma y en otros pueblos cuantos negaron la autenticidad de esta donación, hoy reprobada por los mismos sabios italianos. No falta quien asegure que hubo personas condenadas a las llamas en Estrasburgo, en 1478, ¡por haberla combatido con demasiada claridad!
(b) El emperador Justiniano y sus sucesores exigían además una suma de dinero para obtener la confirmación los papas electos: servidumbre de que libró a la iglesia de Roma el emperador griego Constantino Pogonato en 681.
(c) En la donación que hizo Luis el Piadoso, hijo de Carlo Magno, al papa Pascual I, en nombre del apóstol san Pedro, de la ciudad y ducado de Roma, se reserva el donador expresamente la soberanía: salva, dice, super eosdem ducatus nostra in omnibus dominatione, et illorum ad nostram partem subjetione, Don Lud. Pii ad sedem apostolicam. No obstante, este mismo emperador Luis fue el primero que en 824 declaró libre la elección de los papas, por una constitución solemne que no siempre observaron los emperadores de los siglos X y XI.
(d) Las opiniones supersticiosas habían progresado tanto en el siglo XIII que, a pesar del espíritu tolerante del Evangelio, los santos predicaban la cruzada, y la guerra contra los herejes se hacía con encarnizamiento. No pueden recordarse sin horror las escenas de sangre en que los fanáticos, cuyo capitán general era un legado del papa, devastaron las más hermosas provincias de Francia, bajo pretexto de matar albigenses. Los historiadores filósofos han manifestado hasta la evidencia que con estas guerras escandalosas de religión, se consolidó por mucho tiempo la omnipotencia papal, pues el pontífice romano era el general en jefe de todas ellas, y sin costarle un maravedí, con solo el impulso del fanatismo, levantaba ejércitos numerosos que hacían temblar en su trono a los reyes de Europa y aterraban a los pueblos embrutecidos por la superstición.
(4) Bernardino Gómez Miedes (¿-1589). Historiador español. Arcediano de Sagunto y obispo de Albarracín. Escribió: De vita et rebus gestis Iacobi primi regis Aragonum, que él mismo tradujo al castellano.
(e) Zurita, Anales, libro 2, capítulo 12 [Jerónimo Zurita y Castro (1512-1580). Historiador español. Su obra más importante es Anales de la corona de Aragón. Trabajó en Indices rerum ab Aragoniae regibus gestarum y Antonini Augusti itinerarium]; Miedes, libro I, folio 12.
(f) Zurita, libro 3, capítulo 87; libro 4, capítulos 2 y 79.