[NÚMERO 21]
CORREO SEMANARIO DE MÉXICO(1)
Miércoles 11 de abril de 1827
El precio de la subscripción a este periódico serán 6 reales mensales en México y un peso fuera. Se reciben las subscripciones en esta capital en la Librería del difunto Ontiveros; en Durango,(2) en casa del ciudadano Pedro Carrasco; en Guadalajara,(3) en la del ciudadano José Ignacio Herrera; en Tlacotalpan,(4) en la del ciudadano coronel Joaquín García Terán; en Perote,(5) en la Administración de Correos, y se irá advirtiendo en qué otras de otros lugares, según se proporcionen correspondientes.
PAPAS
220 ADRIANO VI
De 1522 a 1523
Adriano Florente, natural de Utrecht, cardenal obispo de Tortosa, inquisidor general de España y maestro del emperador Carlos V, fue elegido papa mientras él estaba en España, en 9 de enero de 1522, y no mudó de nombre, cosa no verificada desde muchos siglos antes, tanto que ya se creía obligación mudarlo; pues Amadeo,(6)duque de Saboya, quiso conservar el suyo cuando el Concilio de Basilea(7) lo eligió papa, viviendo Eugenio IV, y se le dijo que no podía ser mediante que Jesucristo había hecho que se llamase Pedro quien antes se nombraba Simón.
Adriano VI murió en 24 de septiembre de 1523, sospechando algunos que fue por efecto de veneno; y no es increíble, pues en su corto pontificado manifestó intenciones de reformar los abusos de la curia romana; y esto bastaba para tener muchos enemigos poderosos y atrevidos. No pudieron éstos llevar en paciencia, ni aun después de su muerte, que escribiendo Adriano a la dieta imperial de Núremberg sobre las cosas de la religión turbada por Lutero, confesase haber Dios permitido esta persecución contra su Iglesia, por las culpas de los prelados, y prometiese imitar a Jesucristo que para corregir al pueblo comenzó por el templo.
Sabemos —proseguía— que aun en la Santa Sede se han hecho por espacio de algunos tiempos muchas cosas abominables, abusos en los asuntos espirituales, excesos en las providencias, en fin, perversidades en todo. Y estando enferma la cabeza, no es extraño que se hayan contagiado los miembros, pasando el mal desde los sumos pontífices a los otros prelados inferiores... Por lo que a nos toca prometerás —decía a su legado— que procuraremos con toda eficacia que ante todas cosas se reforme nuestra curia, como fuente de que ha dimanado todo el vicio, para que así como ella produjo, con su mal ejemplo, todo el daño que han hecho los desórdenes de los otros prelados, así también influya con otro buen modelo a la reforma de los inferiores, a la cual empresa nos vamos a dedicar con tanta mayor eficacia, creyéndonos obligados a ello, cuanto más grande vemos ser el ansia general que todo el mundo cristiano manifiesta de la reforma.
No podía gustar a los romanos el propósito; y aun Pallavicino,(8) en la Historia del Concilio Tridentino, no dudó adular a los papas diciendo que Adriano VI fue imprudente en confesar, con exceso de candor, lo denigrativo de los papas. No nos admiremos de que muriese luego. Estaba en el orden anticipar su deposición definitiva del pontificado.
Siendo inquisidor general en España, adoptó una doctrina de otro inquisidor subalterno suyo, que debió retractar y no retractó, después de ser papa. Albertino,(9) inquisidor de Mallorca, que después fue obispo de Patti, en Sicilia, defendió que se podía y debía revelar el sigilo de la Confesión sacramental, en cuanto al fondo del asunto comunicado en ella, con sólo ocultar quién lo había confesado, si el uso de la noticia convenía para evitar el mal del prójimo. Esta doctrina se defendió con ocasión de haberse revelado el proyecto de matar a un inquisidor.
222 PAULO III
De 1534 a 1549
Alejandro Farnese, natural de Roma, cardenal obispo de Ostia, decano del colegio de cardenales, fue elegido papa en 13 de octubre de 1534, siendo de edad de 68 años, con el nombre de Paulo III, y murió en 10 de noviembre de 1549. En una obra impresa en París, año 1591, por Eustaquio Vignon con el título de Estado de la Iglesia, con el discurso de los tiempos desde los apóstoles hasta nuestros días, se dice que Alejandro VI lo había hecho cardenal en premio de haberle cedido su hermana Julia Farnese para concubina.
Siendo cardenal se disfrazó para celebrar matrimonio nulo, de mala fe de su parte, con una dama de Bolonia, a quien persuadió que era secular libre, y mayordomo del cardenal legado. Tuvo de ella dos hijos sacrílegos de su parte. Pedro Luis y Constanza. El hijo fue después duque de Parma por gracia del sumo pontífice, su padre, y tronco de la casa Farnese, conexionado desde el pontificado de Paulo con todas las soberanas de Europa. Constanza casó con Bosion Esforsia, del cual escriben algunos historiadores que murió envenenado por el suegro, lo cual no es inverosímil, como sea cierto también lo que le imputan, de haber quitado la vida con veneno a su propia madre, haber tenido por concubina su hija Constanza, haber vivido amancebado con una hermana, matado a un hijo de ella y luego a la hermana misma por celos, y por heredar lo que ella había heredado de su hijo predifunto. Éstos y otros crímenes horribles se cuentan en aquella obra. Con sólo ser cierta una parte del todo, es necesario reputar a Paulo III como monstruo horrible de su tiempo.
La donación de Parma y de Plascencia, en favor de su hijo Pedro Luis, necesitaba ser confirmada por el emperador como feudos dependientes de Milán. Hubo grandes contestaciones en el asunto; pero al fin se vencieron las dificultades casando Octavio Farnese, hijo de Pedro Luis y nieto del papa, con Margarita de Austria, hija del emperador Carlos V, y viuda de Alejandro de Médicis, duque de Florencia. Después de muchas disputas con la corte de Francia, se terminaron también por matrimonio de Horacio Farnese, duque de Castro, hijo bastardo del citado Pedro Luis y nieto del pontífice, con Diana de Angulema, hija bastarda del rey Enrique II.
Persiguió a los luteranos y demás secuaces de la iglesia reformada, excitando al emperador y a los reyes de Francia y España, para que los castigasen con pena capital de fuego, abandonando las máximas del carácter sacerdotal, y no quitando la ocasión, la causa ni el origen de aquellas pretendidas reformas, pues no sólo no cortó los abusos de Roma, sino que los autorizó con su mal ejemplo personal y político.
Queriendo persuadir lo contrario, encargó a cuatro cardenales y cinco prelados proponer los puntos que necesitasen. Los comisionados lo ejecutaron con claridad admirable. Descubrieron todos los abusos, vicios y delitos de la corte pontificia, exponiendo que sólo su reforma podría impedir los progresos de la herejía. Paulo aparentó conformidad, pero después procedió en sentido contrario con el pretexto, que cuenta Palavicino, de que sería contra el honor de la Santa Sede confesar tanta iniquidad.
Convocó el Concilio Tridentino(10) contra toda su voluntad, porqué ya llegaron a faltarle disculpas y pretextos; pero receló que, siendo fuera del estado pontificio la reunión de tantos prelados, podrían resultar decretos desagradables a los papas, por la disminución de potestad usurpada contra los decretos del Concilio de Constanza, y no paró hasta trasladarlo a la ciudad de Bolonia. El emperador y los obispos alemanes y españoles contradijeron y protestaron la translación, y se suspendió el Concilio. ¿Cabe testimonio más claro de que los objetos principales no eran el dogma ni la moral? En estos dos puntos, todos los obispos habían decretado una misma cosa en Trento que en Bolonia; el recelo era sólo acerca de la disciplina.
Ésta empeoró durante la dirección de Paulo III, pues inventó, año 1536, la famosa bula llamada In caena Domini, porque se publicaba todos los años en el Jueves Santo de la Cena del Señor, lanzando excomuniones y otras censuras contra todos cuantos hiciesen la menor cosa de aquellas que los papas decían ser contrarias a las prerrogativas y derechos de la Santa Sede. Casi todos los soberanos reclamaron contra ella con mil protestas, pero ella prosiguió publicándose, y Pío V, Paulo V y Urbano VIII aumentaron capítulos a la bula. Clemente XIV suprimió ya su publicación.
Es indecible cuánto daño hizo esta bula, porque casi todos los libros de sumas de teología moral son posteriores a ella, con cuyo motivo los autores embrollaron la doctrina de absolución de pecados reservados al papa; y aunque ya no se publica semejante bula, los maestros de moral siguen sus principios y consecuencias como antes.
En 27 de septiembre de 1540 aprobó el instituto de los jesuitas, a pesar de las grandes contradicciones que halló san Ignacio de Loyola, su fundador. Todo el mundo sabe las consecuencias que produjo el establecimiento de aquellos clérigos reglares, suprimidos también por Clemente XIV; pero no hay que admirarse de que Paulo III los admitiera ni de que ahora Pío VII los restaure, si reflexionamos que hacen un cuarto voto más que todos los reglares, y no es menos que seguir, obedecer y ejecutar en todo la voluntad pontificia.
225 PAULO IV
De 1555 a 1559
Juan Pedro Carrafa, noble de Nápoles, obispo de Teatí del Abruzo, cardenal romano, fundador con san Cayetano del Instituto de clérigos reglares de la Providencia, fue elegido papa en 23 de 1555, siendo de edad de 79 años. Tomó el nombre de Paulo IV y murió en 18 de agosto de 1559. Siendo cardenal había manifestado virtud, pero áspera, dura, intolerante, y de tal naturaleza, que muchos formaron ya entonces concepto de que si en algún tiempo llegase al papado, sería violento, insufrible, a pesar de la hipocresía con que procuraba ocultar su ambición. Las profecías del abad Joaquín,(11) relativas a los papas, decían que: Intrabit velut draco, sederit velut alter leo, inmitis in populos, esto es, "entrará como dragón y ocupará el solio como león formidable al pueblo"; y sucedió así, pues apenas se vio pontífice, persiguió inhumanamente con crueldad y fraude de un dragón a los Colonas, los Esforcias y otros patricios de Roma, con fingidos pretextos para confiscarles sus feudos y títulos y darlos a sus sobrinos Carrafas, hombres indignos, viciosos, alborotadores de Roma y aun de Italia; tan malos, en fin, que su tío mismo se vio precisado a desterrarlos.
Se declaró enemigo capital de la Casa de Austria, y no podía sufrir con paciencia ser vasallo de Carlos V como rey de Nápoles, por lo que trató de despojarle de su posesión, ofreciendo el reino al rey de Francia. Se negó a confirmar la sublimación de Fernando, rey de Hungría y de Bohemia, rey de romanos, a la dignidad de emperador, porque Carlos V, su hermano, no había pedido su consentimiento para renunciar, y tuvo atrevimiento de escribir que sólo él, y no los electores, tenía facultades y derecho de admitir tales renuncias, porque sólo él hacía emperadores. No conoció aquel orgulloso pontífice que había cesado ya el tiempo de la barbarie, y que la superstición estaba ya desterrada de Alemania. Las resultas fueron, en parte, como correspondía que fuesen. Los electores y Fernando se burlaron de las amenazas de aquel necio, y acordaron que no se acudiese jamás al papa para titular emperador al que ya fuera electo rey de romanos, cuando le correspondiera ser jefe del cuerpo de germánico, ni el emperador fuese coronado por los papas, pues para nada se necesitaba. Paulo IV se vengó excomulgando a Carlos V, a su hijo Felipe II, rey de España, y al virrey de Nápoles, duque de Alba: bien que pronto lo puso éste con su ejército en estado de pedir misericordia, y le hubiera costado más cara la fiesta que a Clemente VII, si Felipe II de España no hubiera sido tan supersticioso.
Fue autor verdadero del cisma de Inglaterra con su imprudencia. La reina Isabel, aunque seguía en su corazón la religión reformada, diputó embajador extraordinario a Roma, para comunicar al papa su elevación al trono y prestarle obediencia. Paulo IV recibió mal al legado, diciendo que Isabel no podía heredar el reino por ser hija de Ana Bolena, y como tal bastarda de Enrique VIII; que la Inglaterra era feudo de la iglesia romana y por eso, faltando sucesor legítimo, era derecho del papa conceder aquella corona a quien le pareciese. Isabel, irritada, proscribió la religión romana, y se condujo de manera que jamás contase la Inglaterra con los papas para nada, siendo los reyes los jefes de la Iglesia anglicana.
Con igual imprudencia orgullosa trató a los romanos, pues no contento con haber influido en tiempos anteriores al papa Paulo III el establecimiento de la Inquisición general de Roma, le aumentó sus facultades ahora por sí mismo; creó la congregación llamada del Índice para condenar libros, con lo que se prohibió la lectura de muchos muy preciosos, únicamente porque descubrirían las usurpaciones pontificias; la cual conducta le hizo tan odioso como se vio al tiempo de su fallecimiento.
El pueblo se conmovió gritando execraciones contra Paulo; destruyeron y arrojaron al Tíber la estatua de su persona, que se le había hecho por intrigas en el principio de su pontificado; quemaron la Inquisición, sus papeles y aun el edificio, en parte, sacando libres a todos los presos; quisieron insultar el cadáver y fue forzoso enterrarlo pronto en secreto, para evitar oprobios; y en fin, infamaron la memoria y el nombre de Paulo IV para todos los siglos.
242 INOCENCIO XI
De 1676 a 1689
Benito Odescalchi, natural de la ciudad de Como, en el Milanesado, cardenal obispo de Novarra, fue elegido papa en 21 de septiembre de 1676. Tomó el nombre de Inocencio XI, y murió en 12 de agosto de 1689. Conoció los daños del nepotismo, y prohibió a su sobrino Livio Odescalchi(12) tomar gobierno alguno, y recibir visitas políticas con título de sobrino del papa. El pueblo romano apreció tanto la constancia de Inocencio en esta parte, que le bastó para reputarlo santo al tiempo de su muerte, robando y repartiéndose cualesquiera ropas o cosas que hubiesen tocado el cuerpo. De aquí se puede inferir cuán escandalizado estaría de los pontificados nepotistas.
En tiempo de Inocencio, el clero de Francia congregado aprobó las cuatro proposiciones publicadas por la Universidad Literaria de París, año 1682, reducidas a que el papa ni la Iglesia no tienen poder alguno en los negocios temporales, ni sobre los reyes para deponerlos ni para librar a los súbditos de la obligación jurada de obedecerles. Que el Concilio General Ecuménico es superior al papa, conforme se declaró en el de Constanza, sin que se pueda esta doctrina limitar a las ocasiones de cisma, perteneciendo a todos los tiempos. Que el ejercicio de la potestad pontificia es limitado a la conformidad con los cánones y Concilios Generales, y sin perjudicar a los derechos de las naciones ni a los de sus soberanos. Que el papa tiene la parte primera y principal en las causas de fe, pero que sin concurrir la autoridad de la Iglesia no es infalible en sus decisiones. Los romanos sintieron mucho está declaración, quisieron condenarla: el obispo Bossuet las defendió, y por más que han hecho los papas posteriores, no hay en Europa canonista ni teólogo de algún mérito que no reconozca la verdad de las cuatro proposiciones del clero galicano. También tuvo Inocencio disputas con la corte de Francia sobre preeminencias de embajadores, que suprimió el papa en bula de 12 de mayo de 1687. El embajador francés apeló al Concilio futuro, celebró los oficios de Navidad en su capilla de San Luis. El papa puso entredicho en aquella iglesia, y murió sin dejar fenecidas las controversias. ¿No es lástima que hombres buenos, como fue aquel papa, se dejen llevar de sugestiones de los malos, por tener éstos mayor astucia?
CÁMARAS, MASONES,(13) LADRONES, BORBONES Y FACCIONES
De muy alta importancia y categoría deben ser los masones, pues que han llamado de preferencia la atención de las Cámaras en estos días, las que han trabajado y están trabajando en su extinción con un calor extraordinario. ¡Qué tan perversos y temibles serán estos hombres, pues hacen ocupar al Poder Legislativo en su aniquilamiento con preferencia a otros asuntos de mayor gravedad!
Vemos que no se toma tanto empeño en ponernos a cubierto de los ladrones, decretando medidas de salvamento, ni los borbonistas deben ser tan malvados, como los masones, pues que contra ellos no se ha publicado una ley tan severa; sino antes bien, cuando se decreta alguna medio fuertecita sobre expulsión de gachupines(14) capitulados, luego se endulza, limitándola a los que no quieran jurar la Independencia, lo que vale tanto como escribir la ley con una mano y borrarla con la otra, pues es claro que con ese portillo del juramento que se les deja abierto, queda la ley reducida a cero, porque en jurando se quedarán con nosotros todos los capitulados del mundo, y como el jurar no cuesta trabajo, es evidente que todos jurarán, se quedarán, y la ley quedará en ridículo.
Contra los criminalísimos sediciosos de Durango, no he visto una ley que corresponda en severidad a tamaño delito; pero contra los masones... ¡Cáspita!, que se ha dado una ley terribilísima. Acaso desde que existen, y desde que los reyes se dedicaron a perseguirlos, no se ha dictado ley igual. Ello es verdad, que las naciones cultas de la Europa no dejarán de reírse alegremente al ver el empeño de las Cámaras de México sobre destruir las sociedades secretas en el año de [18]27, y en un sistema republicano. Sea lo que fuere, las Cámaras lo han hecho y basta para que se respete esta interesante ley. Por mí persíganlos o no los persigan, nada me importa; lo que apreciara mucho sería que se tomara igual empeño en remediar otros mil perjuicios y atrasos que está padeciendo la República, como es la falta del arreglo de la hacienda pública, la de administración de justicia, reforma de diezmos, corrección de abusos eclesiásticos, expulsión de gachupines sospechosos, etcétera, etcétera. Los frailes, esos frailes carmelos y crucíferos, deben llamar la atención de la Cámara sobre su expulsión. Éstos son enemigos disimulados: éstos tienen sus sociedades secretas, y secretamente minan en los confesonarios el sistema; éstos son más temibles que los masones, juntos con los canónigos de todas partes. Ya hemos visto lo que han hecho los canónigos de Durango, la falta de respeto con que los de México desobedecen las leyes, y más que nos falta que ver. Sin embargo, contra los padrecitos no se decreta una ley, porque es mucho lo que los legisladores contemporizan con sus señorías. Mil veces hemos declamado yo y otros contra esta apatía, y otras tantas hemos visto callar a las Cámaras: pues bien, yo no he de remediar el mundo, que hagan lo que quisieran y dejemos a este mundo loco, así como lo hallamos, que atrás viene quien arrea y sople el que se quemare.
Hoja de servicios del cura de Santa María del Río,(15)
o sea, copia de una carta que acabo de recibir
Señor don Joaquín Fernández de Lizardi. Santa María del Río, 28 de marzo de 1827.
Estimado señor de mi aprecio: El 25 del presente, predicó el cura de este pueblo su corriente plática de los domingos. Entre la mezcla que acostumbra hacer en dichas pláticas, salió usted danzando; dijo que por amor de Dios no leyeran los papeles de El Pensador, que éste era un herejón, que no era más de un alucinado, que no se creyeran de él, etcétera. Aunque no asistimos ninguno de los que estamos subscritos en su periódico a dicha misa, porque ya sabemos lo que el gallo juega, pero no faltó quien nos lo dijera; y a mí me lo dijo mi esposa. Le daré una idea de lo perjudicial que es este señor en este pueblo, y en caso de necesidad lo acreditaré con todo este vecindario y que se tomen informaciones secretas. En primer lugar es fatuo, y revela el sigilo de la Confesión, pues confiesa a gritos, porque estando distante de su confesonario diez pasos, escuchan todos la Confesión, y se forman idea de ella, cuando menos, por la reprensión, que ésta es: o de ¡garañones!, o bruto, ¿para qué lo hiciste ojo de culo? A este tenor miles de cosas que sería cansar a usted si tratara decirle una a una. No les deja a sus vicarios ni lugar de tener un manual, pues tiene la idea de apropiarse todos los cabos de año que hacen los indios a sus muertos, y como éstos pagan tantos responsos, muy de mañana lo tiene usted diciendo su misa, y aun cuando sale alguna misa cantada, por no perder el responso cantado, están los cantores respondiendo la misa y al cura sus responsos: usted verá cómo saldrá. Es coime, tiene un billar y cobra él mismo las treguas, y adentro, que tiene un cuartito donde juegan albures, va y juega con todos y cobra un real de cada rey que sale, oculta a los hijos de familia que allí se hallan jugando, pues van sus padres a buscarlos y se les manda que se escondan, y a sus padres se los niega, y si los padres de éstos están con tenacidad en querer desengañarse, si están allí o no, los regaña y les saca sus defectos: vaya los viejos borrachones, mejor era que les dieran buen ejemplo a sus hijos, que el juego del billar es un juego decente, les dice. Usted verá. El Jueves Santo sale una procesión de Cristos que pasan de trescientos o cuatrocientos, de todos tamaños, de media vara hasta el más chico a dos reales, les pela por la licencia de que salgan en tal procesión. Algunos pobres, viendo su ensarta de Cristos tan chiquitos, le suplican que les haga una baja (este cobro lo hace su sobrino don Manuelito). Les responde que no es comercio, que anden y no estén entorpeciendo el pago de los demás. Si son de más de vara, les cobra un peso, de una y media vara dos pesos, en andas veinte reales, tres pesos. El siguiente día sale una procesión del Santo Entierro, y les permite a los indios y demás fanáticos que le paguen responsos: éstos son a dos reales, y al vicario que le toca sacar esta procesión y cantadera de responsos, que usted verá cuánto tiene que trabajar, pues juntan de este ladronicio ochenta y cien pesos, apenas le da cuatro o cinco pesos. En fin, se ha tomado una porción de capitales de fincas pías. Éste es el hombre que publica a usted de hereje, que por haberme dolido estas expresiones, se lo comunica a usted su más afectísimo amigo que lo estima y le besa la mano.
R. S.
El día 18 de febrero de este año, en su explicación del domingo, enseñó de un precioso modo a los casados y a los que no lo son, a matrimoniar bien, dijo: que los casados habían dado en la maña de tomar a sus mujeres por la parte posterior, que no hicieran eso que por la parte corriente era lo permitido. Todos salieron escandalizados y una de las personas que lo fueron, que es mi esposa, me lo dijo, y me advirtió que no volvía a llevar a mis niñas a tal explicación. Con esto puede usted acabar de conocer al sujeto. Vale.
*
He aquí la clase de gente que apellida hereje a El Pensador, y conjura porque no lean mis producciones. Yo no conozco al cura de Santa María, no tengo con él la más mínima ojeriza, y tan lejos estoy de escribir con venganza, que he borrado a la carta algunas cosillas que le incomodarían muy mucho si las hubiera dejado.
¿Pero será posible que unos hombres ignorantes, inmorales y escandalosos me llamen hereje porque les hago ver sus crímenes? ¡Cuánto mejor no les estuviera callarse la boca, y hacerse sordos a la verdad!, ¡pobres pueblos, a quienes ha tocado ser no rebaños de buenos pastores, sino montones de víctimas de la ferocidad y codicia de esos lobos que, disfrazados con la piel de oveja, los degüellan, los chupan, los oprimen a pretexto de religión! ¡Ah, curas ladrones y sacrílegos!, el Señor dice que os demandará la sangre de sus ovejas. ¡Ah, cura de Santa María, que robáis a esos infelices indios sin gota de vergüenza, haciendo tráfico vil de las imágenes del mismo Jesucristo! Judas, apóstol y sacerdote ambicioso como vos, vendió una vez su Sagrada Persona; pero vos traficáis todos los años con sus efigies, tasando la cotización del robo por el tamaño, así como pudierais tasar los pollos y gallinas.
Dejad ya, por Dios, de robar a vuestros infelices feligreses. Enseñadles que para hacer devotos recuerdos de la pasión del Salvador, no necesitan sacar quinientos Cristos. Hacedles ver que ésas son supersticiones, y no concurráis vos mismo a mantenerlos en la idolatría por interés de estafarlos. Mucho menos los robéis recibiéndoles limosnas para el entierro de Cristo. Los pobres indios creen que hacen algún sufragio por el alma del Señor, lo que prueba que totalmente ignoran su religión; y de esto nadie tiene la culpa sino los curas, que nunca tratan de sacar a los indios de estos errores, por el provecho que a ellos les resulta, y así los indios no son cristianos sino idólatras, ni los curas como usted son pastores ni padres de los pueblos, sino ladrones sacrílegos y escandalosos simoníacos, que comercian con los Sacramentos, y con todo lo sagrado; pero sabed, ¡oh curas!, que estáis condenados en vida, porque estáis de asiento y muy bien hallados con una conducta tan criminal y escandalosa, en la que os hallará la muerte y Vestro pecato moriemini, moriréis en vuestro pecado, como Dios lo dice, y cargarán los diablos con vuestras almas inicuas.
Me llamáis hereje, ¡infelices! Pecador soy, pero Dios me libre de que mi conciencia me despertara con latidos, como a vosotros, con los recuerdos del escándalo que dais a vuestros feligreses, y de los perjuicios que les causáis con vuestras rapiñas. ¡Plegue al Cielo!, que antes que la muerte cierre mis ojos, vea yo los diezmos administrados por los gobiernos civiles, dotados con ellos a los curas y vicarios, y a los pueblos libres de esos continuos y simoníacos tributos con que los esquilman y desuellan sus pastores desde que nacen los niños, hasta que les cubre el polvo del sepulcro.
Que te cuadren lector, o no te cuadren,
has de leer estos versos de Voltaire
Octavas sobre las disputas
Vaga el mundo en contrarias opiniones:
la suya cada cual por mejor tiene;
las costumbres varían con las naciones;
y, al año nuevo nueva opinión viene.
No hay villa ni ciudad donde razones
falten para apoyar la que sostiene,
sin que en tanto se niegue por ninguna
que es una la verdad, la razón una.
Escucha y examina del vecino
la opinión, y aprovéchate si es justa;
mas nunca con extraño desatino
entres a disputar, si no te gusta.
Los arcanos que oculta el Ser Divino
quererlos descubrir es cosa injusta,
que jamás trajo bien a los mortales
investigar asuntos celestiales.
Quiso el hombre correr del firmamento
el manto que a su vista oculta todo,
y sólo consiguió su necio intento
de errores anegarnos en el lodo.
Predicar la razón, según yo siento,
es otro nuevo error: luego es el modo
mejor de que la vida dulce sea
a cada cual dejar seguir su idea.
Échese por el globo una ojeada,
y veránse del hombre las manías:
en sínodos, divanes congregada
pasa una parte sus fugaces días.
Sin cesar disputando sobre nada;
y a la opinión cediendo y fantasías
de tanto sacerdote diferente
el resto de la humana infeliz gente.
El dervis,(16) el imán y el muftí fiero,
el lama, los doctores y el rabino,
el bonzo, el papa y fraile más grosero
en disputar se afanan de contino;
es de todos el tema lisonjero
disputar que su origen es divino;
y aunque en nada se acuerdan, van unidos
en tener a los pueblos oprimidos.
Que un joven ambicioso haya arrasado
por saciar su pasión toda la Tierra;
que Venus por mirar con desenfado
encendiese la más terrible guerra;
que gima un clerizonte, sepultado
de la diócesis en un pueblo de la sierra,
al ver que le arrebata un beneficio
un cortesano abate, hijo del vicio.
Que un hombre testarudo e incansable
veinte años entretenga al Parlamento,
pleiteando por un muro despreciable;
que aparente un poetilla estar contento
cuando la envidia roe al miserable;
cosas son que demuestran al momento
que el corazón humano es infelice,
y que en vano el mortal grande se dice.
¿Mas cómo concebir el desvarío,
el furor, celo santo y pretensiones
de querer rinda el hombre su albedrío
y adopte a su pesar mis opiniones?
¿El ansia de que a fuerza el genio mío
domine sobre todas sus razones,
y de que nadie deba libremente
su pensamiento usar si al mío no asiente?
Mal haya, amén, mal haya tanto loco
que sólo en disputar emplea la vida,
teniendo la verdad en nada o poco,
con tal que su opinión sea mantenida:
a los sabios embiste con descoco
y de insultos los llena sin medida,
siendo para él todo hombre un ignorante
si su opinión no abraza en el instante.
¡Ojalá, charlatanes sempiternos,
como a monsieur D'Aube os sucediera
y fuerais a cansar a los infiernos
con vuestra charla oscura y majadera!
Monsieur D'Aube se tiraba de los cuernos
por disputar de todo y con cualquiera;
y murió de una fiebre, que al cuitado
le dio porque un sermón oyó callado.
Con dale la sabia omnipotencia
el descanso que a todos dio su muerte,
si al menos no disputa en su presencia,
pero ya que este asunto me divierte,
el que para escuchar tenga paciencia
sepa que un bachiller robusto y fuerte,
según anuncio, en tal lugar y día,
a disputar a todos desafía.
De Dios sobre la esencia es la disputa:
todos a preguntar tienen derecho,
y el bachiller, que aquí Dios se reputa,
les ha de responder tuerto o derecho.
Prepara su escuadrón con maña astuta,
colocando en lo alto de un barbecho
el silogismo en forma de batalla,
dispuesto a disparar mucha metralla.
Se continuará
(1) México: 1827. Oficina de la Testamentaría de Ontiveros.
(2) Durango. Cf. nota 2 al núm. 1.
(3) Guadalajara. Cf. nota 3 al núm. 1.
(4) Tlacotalpan. Cf. nota 4 al núm. 1.
(5) Perote. Cf. nota 5 al núm. 1.
(6) Amadeo (1435-1472). Beato. Noveno duque de Saboya.
(7) Concilio de Basilea. Cf. nota 16 al núm. 20.
(8) Pallavicino. Cf. nota a al núm. 9.
(9) Arnoldo Albertino (1545-?). Teólogo italiano. Desempeñó los cargos de canónigo de Mallorca e inquisidor de los reinos de Valencia y Sicilia. Escribió unTractatus sive quaestio de secreto quando debeat aut non debeat revelari y otroTractatus de agnoscendis assertionibus catholicis et haereticis.
(10) Concilio Tridentino. Cf. nota 27 al núm. 2.
(11) Joaquín de Fiore (1130-1202). Teólogo italiano. Conocido por los nombres de "Abate" y "Profeta". Fundó un monasterio que se rigió por una variante aún más estricta de la regla de Císter. Sostuvo que en la Trinidad existían tres naturalezas diferentes. El Concilio de Letrán condenó sus opiniones, de las que se retractó antes de morir. Sus doctrinas fueron adoptadas y ampliadas por los joaquinistas.
(12) Livio Odescalchi. Inocencio XI quiso liberar a la Sede Apostólica del nepotismo. "Suprimió el cargo de cardenal sobrino, antes habiendo llamado a su sobrino Livio (el único hijo de su hermano Carlos), le ordenó continuar sus estudios en el Colegio de los Jesuitas y le prohibió aceptar dones ni distinción que se basasen en que era sobrino del papa. Había de contentarse con la donación que él le hacía de su parte del patrimonio, sobre la cual Inocencio puso aun la reserva de un canon anual, pues había resuelto no ser carga para la Santa Sede, ni siquiera en el terreno de sustento personal." Cf. Carlos Castiglioni, op. cit., t. II, p. 439.
(13) masones. Cf. nota 23 al núm. 4.
(14) gachupines. Cf. nota 36 al núm. 4.
(15) Santa María del Río. Cf. nota 22 al núm. 13.
(16) dervis. Derviche, del persa dervis, significa fraile mahometano que ha hecho voto de pobreza.