[NÚMERO 20]
VIGÉSIMA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
SACRISTÁN: ¿Cómo te va, Rosita, de tarea? ¿Has contestado a la Pretendienta?
ROSITA: A costa de mil trabajos y de revolver mi Kempis, Villacastín,(2) mi Ejercicio cotidiano(3) y algunas novenas que son toda mi librería, parece que he logrado responder a ese buen hombre que nos habían dicho que era sinodal.
PAYO: ¿Pues que no lo es?
ROSITA: El duende me ha dicho que es un pobre hombre de campo sin ningunos estudios.
PAYO: Eso no puede ser, ¿pues cómo cita textos, echa latines, y habla de concilios y teologías?
SACRISTÁN: Eso prueba que la ignorancia es atrevida, pero no que el autor de ese folleto sepa lo que habla. Lo que me han dicho que hay en el particular es que un medio clérigo, antiguo enemigo de El Pensador, tan ignorante como fanático, y tan hipócrita como criminal, ha escrito esos desatinos trastornando la cabeza del señor F. para que tal vez suscriba a ellos, y costee la impresión. Si este medio clérigo se da por injuriado, y quiere saber las pruebas que tengo para hablar con esta firmeza, que se presente en juicio como quiera, que ya le hará ver El Pensador un molletito, que le tiene dispuesto desde el año pasado, por un papel injuriosísimo en que firma El Fanático y cuyo asunto no ha querido remover porque estaba dispuesto a perdonarlo; pero que removerá en el instante que lo vuelva a insultar por las prensas L. B.
PAYO: ¡Cáspita, compadre!, hasta los nombres de los enemigos de El Pensador sabe usted. ¿Es usted el diablo o tiene familiar?
SACRISTÁN: Yo no, El Pensador lo tendrá, que es quien me lo ha dicho.
PAYO: Yo no sé de dónde sabe tanto El Pensador. Ni les vale a sus enemigos el ocultar sus nombres, ni en las imprentas guardar el secreto que deben; ello es que él los conoce luego luego, conque seguramente tiene familiar; pero vamos, hija, a ver lo que has escrito a su favor.
ROSITA: Ya voy a leer, pero advirtiendo que aunque me dirijo a la Pretendienta, no es ella quien me ha de entender; y aunque parezca que defiendo a El Pensador, lo que defiendo son sus opiniones, por ser éstas sobre el voto de castidad, en obsequio de la moral, de la religión y de la humanidad. Comienzo a leer:
Señora Pretendienta con calzones. Amado hermano en Jesucristo: el furibundo papasal de usted, y el respetable encargo que tengo para rebatirlo de mi padre y padrino, me ponen la pluma en la mano, para ver si lo desempeño a pesar de la delicadeza del asunto y mis ningunas luces. Pare usted las orejas que ya comienzo.
Nada diré de que usted me acuse de que mis ideas son superficiales, porque ya no quiero ser monja, convencida de mi inclinación natural, de que me gustan los jóvenes bonitos, de que sé que he de quebrantar el voto de castidad y me he de condenar; y lo peor es que me he de condenar sin gusto y desesperada, por entrar sin vocación a un estado para el que no fui criada, y quiero más irme al Cielo con mi marido y mis hijos, con mi libertad, mis túnicos y zapatos de raso, que condenarme a dos infiernos, temporal y eterno, con mi obediencia, clausura y castidad perpetua y forzada. A esto llama usted ideas superficiales: luego sus contrarias son sólidas y seguras en concepto de usted; pero como ustedes los señores fanáticos no tienen consecuencia con sus mismos principios, por errados que sean, en la foja 5 de su papel, hablando a El Pensador dice estas formales palabras: Usted adelante en su diálogo asienta, que más vale que su Rosita entre al Cielo con túnico, tápalo y zapatos de raso, que al infierno con tocas y chapines. ¿Quién duda esto? Éstas son palabras de usted y ¿quién duda que al escribirlas y mandarlas imprimir, hizo usted traición a su corazón, pues conociendo la verdad que se le desprendió de la pluma, se produjo contra ella?, es decir, que conociendo usted que es mejor salvarse en el siglo, que condenarse en el claustro, siendo estas mis ideas, en el primer párrafo de su tonto papel, página primera, las llama superficiales, y en el 15, página quinta, las aprueba.
Mas usted se disculpará con lo que sigue diciendo en el segundo párrafo, y puntualmente es una herejía. Oiga usted clarito sus palabras: ¿Será lo más probable? ¿Será lo más seguro y que más debamos esperar? (¿qué vale más, salvarnos con túnico y zapatos de raso, que condenarnos con tocas y chapines?) y responde usted magistralmente de ninguna manera. Esta es una herejía. Yo no tengo la culpa de que usted sea tonto, ni de que se contradiga cuando escribe; pero el que lea su papel de usted y vea sus mismísimas palabras en el mismísimo párrafo que cito, es fuerza que si no es un necio, que no sepa ni leer el castellano, le dé la razón a El Pensador.
Tampoco quiero hablar ahora sobre el pito que usted toca sobre su excomunión, excomunión indigna, sentencia injusta e ilegal más que la de Pilatos contra Cristo: por fin Pilatos sentenció a la inocencia con aparato de formalidad de juicio, pro tribunali y acosado de un pueblo que en tumulto le exigía esta cruel sentencia, pretextando los derechos del César, de quien decían que Jesús quería usurparle la dominación del pueblo judaico, y amenazándole de acusarlo de complicidad ante el mismo César, por lo que Pilatos protestó la fuerza que se le hacía, lavándose las manos; pero el señor provisor de México, Flores Alatorre,(4) que santa gloria haya, sentenció al inocente Pensador y le aplicó la pena más terrible de la Iglesia sin delito, sin la más mínima formalidad de causa, sin oírlo, sin citarlo, sin hacerle cargos, sin observar las tres reconvenciones canónicas, ni cerciorarse de su contumacia, requisitos indispensables para fulminar, según la Iglesia, una excomunión justamente, y también sin verse compulsado para cometer este atentado escandaloso, no sólo en la de México sino en toda la Iglesia universal.
Con razón no hubo en México, ni habrá ahora mismo quien le admitiera, ni admita a El Pensador el público desafío que por carteles en las calles propuso, y ahora por este papel repite a usted en que ofrece probar que la injusticia del señor provisor Flores fue peor que la de Pilatos. Ni me detendré en hacer a usted ver que El Pensador jamás se confesó delincuente, ni pidió la absolución, ni se retractó de errores no cometidos; todo lo que usted ha visto fue prudencia y generosidad de El Pensador, que quiso cortar este asunto odioso, sin degradarse; pero usted no lo ha entendido. Su papel titulado Defensa de los fra[n]masones,(5) está muy bien escrito, ni una palabra hay en todo él que se oponga a los dogmas católicos; refutar bulas de papas con razón, es cosa no sólo necesaria, sino corriente. ¿A que no ha menester usted la Bula de la Cruzada(6) para salvarse? Y ahora cinco años, ¿a que no absolvía a usted ningún confesor sin esa Bula? ¿Conque la misericordia de Dios se mide por el gusto de los papas, o el interés pecuniario de los reyes? Pero, no profundicemos más sobre este asunto, ni nos detengamos en las mentiras y calumnias que usted imputa a El Pensador, ni en todos los desatinos de su papel. Entremos al asunto de la cuestión.
Muy bien está que el celibatismo religioso sea un estado más perfecto que el del matrimonio, y que los que lo siguen debidamente se transformen en ángeles; pero siendo un estado de tanta perfección y jerarquía, Jesucristo no lo mandó observar en su Iglesia católica. San Pablo expresamente dice:acerca de las vírgenes no tengo precepto del Señor, y solamente lo aconsejo,(7)conque tenemos que el celibatismo religioso no es de precepto y el matrimonio es de derecho natural y divino; natural porque la naturaleza inspira a todo viviente el deseo de la propagación de su especie; y divino porque Dios mandó al género humano en la persona de Adán, que se reprodujera diciéndole expresamente creced, multiplicaos, y llenad la Tierra de vuestros hijos. Además de esto, siendo tan perfecto el estado de castidad no lo elevó Jesucristo a Sacramento, como el matrimonio, a quien el mismo san Pablo llama por excelencia Sacramento grande.
Usted dirá que aunque la castidad es un puro consejo evangélico, se eleva a precepto por el voto. Aquí puntualmente quiero llamar la atención de los sensatos, preguntando ¿quién le dio al hombre facultad para disponer de su libertad de esa manera? Jesucristo no mandó hacer precepto la castidad, ni san Pablo su consejo. La libertad es un bien del Cielo concedido al hombre sobre la Tierra, lo mismo que la vida, lo mismo que los brazos, los pies y demás miembros de nuestro cuerpo; y así como a nadie le es lícito el privarse de su vida ni de ningún miembro de su cuerpo, con achaque de hacerse más perfecto, así tampoco a nadie es lícito el privarse para siempre de su libertad por el mismo pretexto, porque la libertad y la vida se nos han dado para conservarlas y no para perderla. Orígenes,(8) padre de la Iglesia católica, se castró él mismo para ser constantemente virgen, y el hecho fue reprobado por la misma Iglesia.
Yo leo la historia eclesiástica y veo que, en los tres primeros siglos de la Iglesia, la continencia de los ministros de la religión era un mero consejo que lo guardaba el que quería y por el tiempo que quería; pero no se obligaban a su observancia perpetua, por medio de un voto o una ley, porque en el momento que se contrae esta obligación, el consejo deja de serlo. Varias fatales consecuencias nacen de este trastorno, una de ellas es ser necesarias dos vocaciones, una para el celibato y otra para el ministerio, debiendo en conciencia resistir a una el que no se sienta con las dos, privándose la Iglesia, de este modo, de mil antorchas lucidísimas que podrían ser su ornamento y su apoyo. Pedro, por ejemplo, es muy ilustre, muy sabio y muy virtuoso, se siente con inclinación al sacerdocio; pero no lo abraza por no ligarse con el voto de castidad, porque como sabio conoce que no lo ha de cumplir. ¿Y qué sucede?, que en lugar de Pedro bien educado, lleno de erudición y letras y verdaderamente virtuoso, se ordena Juan, tonto, sin educación y sin virtudes, vota la castidad en barbecho, y resulta un cura soberbio, necio y escandaloso, sin religión, sin moral, lleno de orgullo y de codicia, que oprime al pueblo a quien por desgracia domina, hasta exasperar a sus vecinos y hacerlos venir a México a incomodar con sus quejas al provisor, y a las autoridades civiles. Ésta es una cosa tan frecuente y tan cierta, que no se puede desmentir.
La otra consecuencia funesta a la religión, y emanada de elevar el consejo a precepto es obligar a que muchos hagan en sí infructuosa la redención de Jesucristo cerrándose las puertas del Paraíso con el voto, y metiéndose a los infiernos porque se cargan con un yugo que su naturaleza no puede sufrir perpetuamente. ¡Cuántos clérigos, frailes, y monjas estarán ahora en los infiernos, que estarían en el Cielo si no se les hubiera obligado a hacer un voto que no fueron capaces de cumplir!
No vaya usted a creer que éstas son herejías. En nada se ataca aquí el dogma de la religión, ni la autoridad del papa; éste es el vicelegislador de la Iglesia y puede, cuando quiera, variar su disciplina o policía interior. Todos los reyes de la Europa no pudieron quitarse la carga de los jesuitas sostenidos por Roma, unas veces por interés y otras por miedo, hasta que ocupó la silla de san Pedro el sabio Ganganeli,(9) liberal, despreocupado y de carácter; y éste quitó esa piedra de escándalo de la Europa, y la Iglesia católica quedó sin jesuitas con su misma pureza; así también quedará el día que haya un papa que, teniendo valor para arrostrar con preocupaciones ridículas y aun perniciosas, que fundan su justicia en su vejez, relaje la perpetuidad del voto de castidad en ambos sexos. Por el largo espacio de tres siglos, por trescientos años los obispos, los sacerdotes y los diáconos que querían conservaban sus mujeres, se les encargaba el cuidado de ellas y eran excomulgados los que las abandonaban a pretexto de religión. Por el canon 8º del Concilio Neocesarense(10) sabemos que se les permitía a los sacerdotes cohabitar con sus mujeres; pero a principios del siglo IV, el Concilio Iliberitano(11) convirtió el consejo de san Pablo en ley, en cuya virtud prohibió que se casaran los clérigos y si algún clérigo se casaba infringiendo esa ley, se declaraba el matrimonio sacrílego; pero no nulo. En los antiguos cánones ninguno se encuentra que irrite o anule el matrimonio contraído por clérigos mayores o in sacris, después de su ordenación, y aunque los deponen del clericato, no decretan la separación de sus mujeres. Este golpe lo dio el Concilio Lateranense Primero,(12) celebrado en tiempo de Calixto II,(13) el año de 1123; sin embargo, aunque los religiosos casados desde fines del siglo VI eran separados de sus mujeres y obligados a hacer penitencia en sus monasterios, sus matrimonios no se declaraban nulos. Este último golpe lo dio el Concilio Romano(14) en tiempo de Inocencio II,(15) celebrado el año de 1133; de manera que el celibato de los clérigos mayores y de los religiosos de ambos sexos en los mejores siglos de la Iglesia, fue solamente un consejo que lo observaba el que quería; se hizo precepto a principio del siglo IV, por consecuencia un impedimento impediente del matrimonio, y por fin, en el siglo XII un impedimento dirimente; siendo lo más notable que cuando todos los puntos de disciplina eclesiástica se han ido corrompiendo, este del voto de castidad se ha ido estrechando al tiempo de la relajación de las costumbres y del refinamiento de las pasiones. Éste es un enigma que yo no puedo comprender; pero volvamos al voto en general y a nuestras pobres monjas, consultando la naturaleza como es en sí, y no como la superstición ni el fanatismo la disfrazan.
Conque quedamos en que la castidad, por perfecta que sea, no mereció ser elevada por el Salvador a la dignidad de Sacramento como el matrimonio; que no es de derecho natural ni divino; que no es de precepto sino de consejo; que el consejo es voluntario; que si se ha elevado a precepto no ha sido de orden de Jesucristo, sino por voluntad de sus vicarios, y el que de éstos quiera, puede reformar esta materia de pura disciplina, reduciendo el celibatismo religioso a mero consejo, así como quiso Jesucristo, lo enseñó san Pablo y lo practicó la Iglesia en sus mejores siglos.
Pero usted dirá ¿y por qué no se les ha de dejar libertad a los dos sexos para hacer a Dios este sacrificio perpetuamente? Y respondo: porque los más y las más no tienen libertad para dejar de hacerlo, pues ya sabemos que el que quiere ser fraile, el que quiere gozar las rentas de una capellanía, colar un beneficio pingüe, la que quiere ser monja, no puede hacer nada, si no prestan el voto de castidad perpetuo; a esto yo no llamo libertad.
Yo convendré de buena gana en que ha habido y habrá sacerdotes castísimos y vírgenes perfectas, pero nunca convendré en que sean tales cuantos profesan castidad; muchos la prometen, pero ¡qué pocos la observan! Ésta no es temeridad ni impiedad, la experiencia convence la certeza de mi proposición, ¿y cómo puede ser de otro modo, cuando o por interés, o por capricho, o por seducción o fanatismo nos imponemos un yugo contra el que pugna no menos que la naturaleza corrompida? Me dirá usted, como ya lo dice, que bien podemos con la gracia de Dios. No sé de qué gracia habla usted; supongo que no será de la eficaz porque ésa no es muy barata, sino de la auxiliante; pero aun ésta no basta por sí sola, si nosotros no concurrimos a sus operaciones. ¿Y usted cree que es muy poco lo que tenemos que poner de nuestra parte para ser castos y aprovecharnos de esa gracia? ¡Ah! San Pablo, vaso de elección, apóstol destinado a la predicación del Evangelio, amantísimo de la virginidad y él mismo que la aconseja, no se podía averiguar con los estímulos de la naturaleza. Yo siento en mí, decía, dos leyes, una del espíritu y otra de la carne; el espíritu está pronto, pero la carne está enferma, y tengo en ella un demonio que sin cesar me abofetea.(16) Por eso tan amante de la virginidad, como conocedor de la miseria humana, dice a los de Corinto, quiero que todos vosotros seáis como yo;(17) pero cada uno tiene su don propio. Esto es, cada uno tiene el don que le dio el Cielo; unos son, para vírgenes, otros para casados, quien para apóstol, quien para confesor o mártir. No todos reciben igual gracia, sino aquellos a quienes se les da, así lo dice Jesucristo por san Mateo en el capítulo 19, non omnes capiunt verbum istos; sed quibus datum est.(18)
San Jerónimo, ya muy viejo, prescribiendo reglas de castidad a la santa virgen Eustoquio, hablando de sí mismo, le dice. "Cuántas y cuantas veces estando yo en mi desierto y en aquella soledad ancha y espaciosa que abrasada con los ardores del sol es a los monjes una morada espantosa, me imaginaba enmedio de los regalos y pasatiempos de Roma... Mis miembros flacos y secos ponían horror y espanto a quien los veía envueltos en un pobre saco. Mi piel áspera y amarilla con los soles y aires parecía ya de un etíope. Cada día derramaba muchas lágrimas, y si alguna vez el sueño me vencía, mi cama era la tierra desnuda, y en ella revolcaba mis huesos tan secos que se juntaban unos con otros. No quiero decir nada de la comida y bebida, pues aun estando enfermos los monjes en aquella soledad, no bebían sino agua fría; y comer alguna cosa cocida se tenía por vicio y regalo demasiado; pues yo mismo que por huir del infierno me había condenado a vivir en aquella cárcel, siendo compañero de los escorpiones y de las bestias fieras, me hallaba muchas veces con el pensamiento en las danzas y compañías de las doncellas, y con tener el rostro amarillo por los grandes ayunos, con todo esto, en el cuerpo frío hervía el corazón y pensamientos con los malos deseos, y el hombre antes ya muerto con su misma carne sólo los incendios de los apetitos bullían y se sentían."(19)
Esto experimentaba un viejo de ochenta años, un macerado y débil con ayunos de semanas enteras, un hombre separado de la sociedad y un san Jerónimo. ¿Pues si un san Pablo, vaso de elección y santificación, apóstol de las gentes, si un san Jerónimo, anacoreta viejo y penitente, confiesan por su boca la guerra que les daba la naturaleza corrompida, ¿nos persuadiremos a que la guarda perpetua de la continencia sea cosa tan fácil que miles de hombres no la pierdan? ¿Creeremos que cuando un apóstol escogido y un viejo consumido a penitencias sentían estímulos de la carne y malos deseos sin cesar, creeremos, digo, que vivirá muy quieto y sosegado con la virginidad y que la guardará perfectamente el canónigo regalón, el fraile robusto y la jovencita de veinte años? Podrá ser: una zarza ardió sin quemarse;(20) Daniel estuvo seguro de las bocas de unos leones hambrientos,(21) y los tres niños de Babilonia no se quemaron en las llamas de un horno;(22) pero sin embargo, estos milagros, estos trastornos de la naturaleza no son comunes de hacer por su Criador; lo contrario es lo corriente, esto es, que el hombre frágil y miserable caiga a cada paso. David, hecho a la medida del corazón de Dios, apenas vio a la hermosa Betsabé desnuda en el baño, cuando se enamoró de ella locamente, adulteró y para coronar la obra le quitó la vida al pobre de Urías.(23) Salomón, su hijo adulterino, tan amado de Dios que lo llenó de ciencia y de riquezas, que contaba sus mujeres propias y concubinas por miles, llegó a idolatrar en ellas.(24) Sansón... pero para qué nos hemos de cansar cuando sabemos que en esta materia el mundo ha sido la casa del jabonero.(25) Sale de todo, que si un san Pablo y un san Jerónimo sentían y se quejaban de los estímulos de la carne, los demás aullarán, amigo mío. El mismo san Jerónimo confirma mi verdad; oiga usted lo que le dice a la virgen Eustoquio: Si tan grande batería padecen los que teniendo consumido el cuerpo solamente son combatidos de los malos pensamientos, ¿qué padecerá la doncella que goza de regalos y gustos? La respuesta es fácil entender: si el soldado veterano y aguerrido lloraba al frente de un enemigo tan formidable como la carne, ¿será temeridad pronosticar el vencimiento de este enemigo sobre el bisoño recluta y sobre la mujercita débil? Hemos de estar en que aquellos soldados valientes contaban con el auxilio de la gracia.
Por otra parte, las monjas en tiempo de san Jerónimo, no conocían ese nuevo voto de clausura que ni por señas se halla en el Evangelio, y este voto no es tan suave como se cree; es condenarse a una prisión perpetua, de por vida, sin esperanzas de salir jamás de ella.
De todo lo dicho, no se puede inferir que El Pensador aborrece el estado religioso, ni menos el de castidad como usted falsamente ha dicho. Vuelva usted a leer las Conversaciones 16 y 17 de este periódico que no dejan duda de esta verdad. Lo que ese autor aborrece y detesta es la opresión, violencia y tiranía a que se hallan reducidas algunas pobres monjas, por haber hecho con indiscreción unos votos que Dios no les mandó, que la naturaleza repugna, y que no se rompen sino con el terrible golpe de la muerte. No se opone, pues, El Pensador a que haya vírgenes ni castos: seánlo enhorabuena los que recibieron de Dios esa gracia tan particular; pero no lo sean cuantos engañados por el fanatismo, seducidos por el interés y amenazados por la fuerza, abrazan un estado para el que no fueron llamados. Corresponda enhorabuena a la vocación de Dios el que se halle asegurado de ella. Hodie si vocem Domini audieritis nolite obdurare corda vuestra; mas no se introduzca nadie al convite del padre de familias sin llamado y sin llevar la vestidura nupcial, pues atado de pies y manos será arrojado a las tinieblas exteriores ibi erit fletus et stridor deutium.(26)
Yo le dijera a una verdadera pretendiente del estado religioso: cuidado, hermana, ved lo que vais a hacer; el estado que queréis abrazar es el más perfecto, pero no siempre lo más perfecto es lo más seguro para todos. El Señor dice por el profeta Amós: las vírgenes buenas faltarán y se descuidarán.(27) Vírgenes fueron a las que les dio el esposo con las puertas en la cara, pero vírgenes necias. Ved, no se os diga con Isaías: "Siéntate en la tierra, virgen hija de Babilonia, que no hay silla para la hija de los caldeos; no te llamarán de aquí delante blanda y delicada, ni tratarán como a virgen, pues no lo mereces; antes te dirán, toma la piedra, muele harina, quita tu velo, descalza tus pies, pasa los ríos, se descubrirá tu afrenta, parecerán tus oprobios y sabrá todo el mundo quién has sido, y esto te sucederá después de haber estado en el tálamo del hijo de Dios como esposa suya."(28) Conque, hermana mía, consultad con mucho cuidado vuestras inclinaciones y pasiones, vuestro genio y carácter, vuestra constancia y virtud. Medid las fuerzas de los enemigos con quienes tenéis que combatir, y examinad cuidadosamente si la inclinación que tenéis al claustro, es verdadera vocación de Dios, o ilusión y falso celo vuestro.
Que hay y haya habido monjas desesperadas y arrepentidas de su estado, es cosa tan notoria que para negarla es menester renunciar a la experiencia diaria. Hoy mismo tenemos a sor Joaquina T., monja de Santa Inés, víctima que sé yo si de su inconsideración o de la tiranía; pero tan forzada en el convento como un galeote en un barco. Ella no trata de dejar de ser monja, porque no puede; sino siquiera de variar de clausura, pasándose al convento de Santa Clara, y ni aun esto puede conseguir. ¿De qué sirve aquí la gracia sin nuestra voluntad? ¿Dios se ha comprometido de forzarnos al albedrío? No, la gracia nos ayudará a moderar nuestras inclinaciones naturales para que no declinen hacia el vicio; pero no puede quitárnoslas. En tal caso la gracia mudaría nuestra ausencia, lo que es un absurdo contra el autor de la naturaleza.
Conque, tiernas doncellas, jóvenes inexpertas, cuidado con hacer tan fácilmente unos votos que para que los observéis como se debe, necesitáis hacer mil sacrificios de vuestra parte y esperar de la gracia casi milagros. Tened presente el refrán que dice, que el prometer no empobrece, el dar es lo que aniquila.(29) Para hacer unos votos tan terribles como los de clausura ycastidad perpetua, basta una lengua y un momento de ilusión; para cumplirlos se necesita lo que Dios sabe y las monjas conocen.
Dios os crió libres y Dios no quiere esclavos, ni exige de nosotros sacrificios desmedidos a nuestra miserable naturaleza. La que sea llamada de Dios al monasterio corra a él; pero la que no logre tal llamamiento, cásese; ella será feliz y complacerá al Ser Supremo en este estado... Pero, papá, ya me cansé de leer.
PAYO: Pues hija, anda, toma algún alimento, que el sábado concluirás.
SACRISTÁN: Dios te guarde, mi querida Rosita, A Dios.
México, noviembre 17 de 1824.
El Pensador
NOTA. El autor de este periódico, deseoso de que no se quede oculto el mérito de algunas señoritas americanas que en la pasada insurrección prestaron a la patria servicios muy recomendables, ha compuesto un Calendarito que les dedica. Saldrá adornado de seis láminas y noticias curiosas.
Se reciben suscripciones a él en la imprenta del ciudadano Mariano Ontiveros, siendo éstas a 4 reales.
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.
(2) Tomás de Villacastín (1570-1649). Escritor ascético español de la Compañía de Jesús. Escribió: Manual de consideraciones y exercicios espirituales para saber tener oración mental, Valladolid, 1612; Apostólica vida, virtudes y milagros del santo padre y maestro Francisco Xavier della Compañía de Jesús, Valladolid, 1622 y Práctica para ayudar a bien morir, Valladolid, 1630.
(3) Ejercicio cotidiano. Hay varias obras a las que puede aludir: Ejercicio quotidiano a San Vicente Ferrer, Valladolid, Thomás de Santander, 1769; Ejercicio quotidiano con diferentes oraciones y devociones para antes y después de la Confesión y comunión,Madrid, Imprenta de J. Ibarra, 1776; Ejercicio cotidiano, añadido el ejercicio cristiano para la santa misa, Barcelona, Piferrer, fines del s. xviii; Ejercicio cotidiano, o diferentes oraciones para oír misa, confesarse y recibir la comunión, Valencia, Estevan, 1813 (otra edición es de 1814) y Ejercicio cotidiano, oraciones y devociones para antes y después de la confesión y sagrada comunión, Manresa, Abadal, 1817.
(4) Félix Flores Alatorre. Tuvo los cargos de canónigo doctoral de la Catedral, provisor y vicario general del Arzobispado. Excomulgó a Fernández de Lizardi por suDefensa de los francmasones, con el pretexto de que ese folleto iba contra los mandatos que, bajo pena de excomunión, hizo la silla apostólica
(5) Defensa de los francmasones. O sea observaciones críticas sobre la Bula del señor Clemente XII y Benedicto XIV contra los francmasones, dada la primera a 28 de abril de 1738, la segunda en 18 de mayo de 1751, y publicadas en esta capital en el presente de 1822, México, Imprenta de don Mariano Ontiveros, 1822.
(6) Bula de la Cruzada. Documento pontificio por el que se concedían indulgencias y privilegios a quienes tomaran parte en la conquista de la Tierra Santa.
(8) Orígenes (185-254). Padre de la Iglesia católica. Ascético cristiano que se castró para evitar las tentaciones de la carne. Renombrado escritor de obras exegéticas.
(9) Juan Vicente Ganganeli. Pontífice romano (1769-1774) conocido como Clemente XIV. Cardenal en 1750. En 1773 suprimió la Compañía de Jesús por medio de la Bula Dominus ac Redemptor.
(10) Concilio Neocesarense. El primero se celebró en 261, y el segundo en 314.
(11) Concilio Iliberitano. Se celebró en 302.
(12) Concilio Lateranense. El primero se celebró en 1123; el segundo, en 1139; el tercero, de 1179 a 1180; el cuarto 1215; y el quinto, de 1511 a 1517.
(13) Calixto II. Papa que ocupó la Santa Sede de 1119 a 1124. Antes de su cargo se llamó Guido, era benedictino. Quinto hijo de Guillermo el "Atrevido" o el "Grande", conde de Borgoña. En su pontificado logró la concordia con el emperador Enrique V, gracias a la cual se consiguió la paz y libertad de la Iglesia. Se le atribuyen Vida de Carlomagno y tratados, sermones y cartas.
(14) Concilio Romano. Se celebraron: Romanun en 313; I, 315; II, 324; III, 325. Romanun I en 337; II, 341; III, 342. Romanun, 532; I, 368; II, 369; III, 373; IV, 382. Romanun, 386. Los otros tuvieron lugar en los años: 430, 444, 445, 449, 483, 484, 487, 494, 495, 499, 500, 501, 502, 503, 504, 518, 530, 532, 590, 595, 601, 606, 610, 640, 648, 667, 680, 721, 724, 726, 731, 732, 743, 745, 759, 766, 799, 800, 826, 853, 861, 863, 864, 865, 868, 879, 881, 897, 901, 949, 963, 964, 965, 971, 984, 989, 993, 996, 1046, 1050, 1051, 1053, 1063, 1065, 1074, l075, 1076, 1078, 1079, 1080, 1081, 1083, 1089, 1099, 1102, 1119, 1122, 1123, 1210, 1234 y 1302.
(15) Inocencio II. Gregorio de Papi o Papareschi. Pontífice romano (1130-1143). Elegido por el Sacro Colegio. Una parte del cónclave designó papa a Pietro di Leone, que tomó el título de Anacleto II. El cisma terminó en 1138 con la muerte del antipapa. Inocencio II vivió en Lorena, donde fue protegido de Lotario, al que coronó emperador una vez restituido a la silla pontificia. Murió en una sublevación de los romanos partidarios de instaurar la república.
(17) Algunas traducciones consignan "quisiera más bien que todos los hombres fueran conmigo", Cor. 7, 7.
(19) La primera parte de este párrafo dice en latín: "O quoties ego ipse in eremo constitutus, et in illa vasta solitudine, quae exusta solis ardobirus, horridum Monachis praestat habitaculum, putabam me." Migne, cursuum completarum in singulos scientiae ecclesiestae. Ramos Editore, París, 1845.
(20) EI pasaje bíblico a que alude es "Apacentaba Moisés el ganado de Jetró, su suegro, sacerdote de Maclián. Llevóle un día más allá del desierto; y en llegado al monte de Dios, Horeb, se le apareció el ángel de Yavé en llama de fuego de en medio de una zarza. Veía Moisés que la zarza ardía y no se consumía, y se dijo: 'Voy a ver qué gran visión es ésta, y por qué no se consume la zarza.' Vio Yavé que se acercaba para mirar, y Dios le llamó de en medio de la zarza: '¡Moisés! ¡Moisés!' Él respondió: '¡Heme aquí!' ¿Dios le dijo: 'No te acerques. Quita las sandalias de tus pies, que el lugar en que estás es tierra santa'" Ex. 2, 31-5.
(22) Se refiere a los tres mancebos: Sidray, Misaj y Abed-Negro, arrojados al horno por órdenes de Nabucodonosor al haberse negado a adorar la estatua de oro que había mandado hacer y colocó en el llano de Dura, provincia de Babilonia. Efectivamente los jóvenes no se quemaron. Dan. 3, 99-100.
(23) David. Rey y profeta de Israel (fines del S. XI a principios del X a. C.). Durante la guerra con los amoniatas, cometió adulterio con Betsabé, esposa de Urías, a quien David provocó la muerte. Su contrición por estos pecados fue tan intensa, que Dios lo perdonó, Reyes I, 16-Reyes III, 2.
(24) Salomón tuvo seiscientas mujeres en calidad de reinas y trescientas mujeres a las que les daba menor importancia.
(25) el mundo ha sido la casa del jabonero. Lugar donde la gente fácilmente se resbala. En este caso en cuestiones de carne.
(27) Tenemos dos partes denotativas: "En aquel día desfallecerán de sí las hermosas doncellas y las jóvenes", Am. 7, 5 y "Cayó la virgen de Israel, no podrá ya más levantarse. Yace en tierra abandonada, no habrá quien la levante", Am. 5, 2.
(29) el prometer no empobrece, el dar es lo que aniquila. En México se censura con esta expresión a quienes hacen promesas que no cumplen.