[NÚMERO 20]

CORREO SEMANARIO DE MÉXICO(1)

Miércoles 4 de abril de 1827


El precio de la subscripción a este periódico serán 6 reales mensales en México y un peso fuera. Se reciben las subscripciones en esta capital en la Librería del difunto Ontiveros; en Durango,(2) en casa del ciudadano Pedro Carrasco; en Guadalajara,(3) en la del ciudadano José Ignacio Herrera; en Tlacotalpan,(4) en la del ciudadano coronel Joaquín García Terán; en Perote,(5) en la Administración de Correos, y se irá advirtiendo en qué otras de otros lugares, según se proporcionen correspondientes.

 

PAPAS

 

SIGLO XIV

194 BENITO XI

De 1303 a 1304

Nicolás Bocasin de Trebiso, general de la orden de frailes dominicanos, cardenal obispo de Ostia, fue elegido papa en 22 de octubre de 1303, y murió en 7 de julio de 1304. Se cree comúnmente que su muerte fue anticipada con veneno por disposición de algunos cardenales partidarios del sistema de Bonifacio VIII, porque Benito XI no lo siguió, aunque fuese criatura suya. Su espíritu fue pacífico, pues absolvió a los Colonas, y les restituyó parte de sus dignidades, dejándoles habilitados para las demás que con efecto recobraron. Levantó la excomunión y el entredicho de Francia, y recibió con agrado la felicitación que le dirigió el rey Felipe. Finalmente, se condujo bien como verdadero padre común de los fieles, por lo que Benito XIV lo ha colocado en el número de los santos, y no hay cosa particular que objetar contra su canonización.

 

214 SIXTO IV

De 1471 a 1484

Francisco Alvescola de la Rovere, fraile franciscano, hijo de un pescador de Celles de junto a Savona, en Italia, cardenal, fue elegido papa en 9 de agosto de 1471, y murió en 4 de agosto de 1484, teniendo setenta y un años de edad. En la obra intitulada Il nipotismo se afirma que Sixto fue el primer papa que lo redujo a sistema, declarando que fuesen príncipes romanos los sobrinos del papa. Algunos creyeron que Riario era hijo suyo, aunque sonaba sobrino. Wecelo de Groninga, conocido comúnmente con el renombre de Ley del Mundo, dijo en su libro de las Indulgencias papales: "que Sixto IV permitirá petición de sus sobrinos, cardenales Rovere y Riario,(6) y del cardenal de San Lucas, ejercer la sodomía en los meses calurosos de junio, julio y agosto, poniendo al margen de las preses fiat ut petitur, esto es, hágase como se pide." El mismo autor y Cornelio Agripa,(7) en sus Declamaciones a los de Lobaina, dice otro tanto; y en el capítulo 64 De la incertidumbre y vanidad de las ciencias, refiere que Sixto IV estableció lupanares públicos en Roma, con tributo anual a favor del erario pontificio, cuyo importe excedía de veinte mil ducados; con cuyas rentas premiaba el mérito algunas veces como si fuesen beneficios eclesiásticos. "Contándose —dice— las rentas de un clérigo se suele decir: Sempronio tiene un curato de veinte escudos de oro, un priorato de cuarenta y tres putas del burdel." Otros autores añaden que la enfermedad de que murió Sixto era efecto de la conducta desordenada que había tenido en materias de lujuria.

Un papa de esta clase fundó la Inquisición de España por su bula de 1478, que Fernando V puso en ejecución, año 1480, como consta de la Historia crítica de la Inquisición de España. Discúrrase cuál sería el verdadero celo que le moviese; pero ya se hace ver en dicha historia que fue beneficiar esta mina de oro para Roma, pues ella sola hizo extraer de España, para la capital pontificia, muchos millones con la segunda ventaja de aumentar su influjo, poder y jurisdicción, con daño incalculable de la monarquía.

También se dejó Sixto llevar de otras pasiones humanas muy aborrecibles, entrando en conjuración contra los Médicis de Florencia, por quitarles el mando de la República. Fomentó y dio motivo a varias guerras que costaron mucha sangre, sin utilidad alguna; y, por último, dio el mal ejemplo (después imitado muchas veces) de conceder el arzobispado de Zaragoza a Alfonso de Aragón, niño de edad de seis años, hijo natural no legítimo de Fernando V, rey de España. En compensación sacó de este monarca mucho partido para enriquecer a los sobrinos de su santidad, y aumentar su jurisdicción en Nápoles y Sicilia. De resultas de haber muerto Sixto, apenas se hizo la paz de Italia, turbada por él, se publicó este dístico.

Sistere qui nullo potuit cum federe Sixtus.
Audito tantum nomine pacis obit

Esto es en substancia:

 

Sixto que no subsistió
sino rompiendo tratados,
al punto que vio firmados
los de la paz, expiró.

 

 

216 ALEJANDRO VI

De 1492 a 1503

Rodrigo de Borja, español, natural de Valencia, sobrino carnal materno del papa Calixto III, cardenal arzobispo de su patria, vicecanciller de la iglesia romana, fue elegido sumo pontífice día 11 de agosto de 1492, siendo de edad de sesenta y dos años, y murió en Roma día 18 de igual mes de 1503 con el nombre de Alejandro VI.

Muchos autores aseguran que compró con dinero los votos para su elección. A la verdad no pudo ser bueno el impulso que la promovió, porque la conducta de Alejandro no era buena, y siempre había sido escandalosa. Habiendo vivido en concubinato público con Catalina Vanoci,(8) mucho tiempo, y teniendo de ella varios hijos, le vivían cuatro y una hija.

Vendió todos los obispados y beneficios eclesiásticos al más dante para enriquecer y elevar los frutos de su escándalo. Luis de Borja, su hijo mayor, fue primer duque de Gandía; casó con una hija bastarda del rey de Nápoles, Alfonso II, y murió sin sucesión. Juan de Borja, segundogénito, fue duque de Gandía. César Borja, hijo tercero, fue primero cardenal, obispo de Pamplona y arzobispo de Valencia; después, dispensado por su padre, casó con Carlota de Albret, hermana del rey de Navarra, Juan de Albret, y fue duque de Valentinois, par de Francia. Jofré de Borja, hijo cuarto, fue príncipe de Esquilache, y casó con Sancha de Aragón, hija del rey de Nápoles, Alfonso II. Lucrecia de Borja, hija única, casó en primeras nupcias con Juan Estorcia, señor de Pésaro, hijo del duque de Milán; en segundas, con Luis de Aragón, príncipe de Tarento, hijo del rey de Nápoles, Federico III; y en terceras, con Alfonso de Este, duque de Ferrara. Ninguno de los cinco hijos desmintió la iniquidad del padre: todos fueron a cual peor, y escandalizaron a Roma, Italia y toda Europa. Sólo diré con respecto a Lucrecia, que Jacobo Sanázaro, poeta célebre de aquel tiempo, escribió este epitafio:

Hic yacet in tumulo Lucretia nomine, sed re
Thais
; Alexandri filia, sponsa, nurus.

El cual podía ser en español como sigue:

Aquí yace con nombre de Lucrecia,
la que mostró ser Thais en su vida;
hija, nuera y esposa de Alejandro.

 

La especie de nuera y esposa se funda en la opinión común de los escritores de aquel tiempo, que aseguran haber sido Lucrecia concubina de su padre Alejandro VI y de sus hermanos Luis y César Borja, de cuyas resultas éste hizo asesinar a Luis y arrojarlo al Tíber.

Siendo público el vicio de simonía en que Alejandro pecaba diariamente, vendiendo los obispados, las dignidades y los beneficios eclesiásticos, le satirizó el citado Sanázaro con este dístico:

Vendit Alexander sacramenta, altaria Christum
Emerat ille prius
. Non ipse vendere potest?

Cuyo concepto se puede manifestar en español de este modo:

Vende Alejandro por oro
las cosas espirituales.
¿Qué mucho habiendo comprado
primero las facultades?

 

La ambición de Alejandro y su perfidia le sugirieron proyectos encontrados con los cuales turbó la paz de España, Francia, Nápoles, Milán, toda Italia y aun Europa, de cuyas resultas persiguió a las familias de Ursinos, Colonas y otras patricias de Roma, para confiscar sus bienes, Estados y títulos, y darlos a sus hijos sacrílegos, por lo cual se le aplicó este otro dístico:

Sextus Tarquinius, sextus Nero, sextus est: ipse.
Semper sub sextis perdita Roma fuit.

Los cuales versos quieren decir en substancia:

Tarquino fue sexto rey;
Nerón sexto emperador:
Reina un sexto. Siempre Roma
Por los sextos se perdió.

Prosiguiendo el sistema de que los papas son dueños del mundo, adjudicó a los reyes de Castilla y Portugal todo lo que no estuviese poseído por príncipes cristianos, para lo cual mandó tirar de Norte a Sur una línea divisoria conocida vulgarmente con el nombre de línea alejandrina, la cual se hizo famosa por haber dado motivo a ella el descubrimiento de la América, y servido en los principios a los castellanos y portugueses en las empresas de conquista. ¿Quién dio semejante poder a los papas? Jesucristo no quiso ni aun partir una herencia entre dos hermanos.

Alejandro fue tan inicuo que llamó a los turcos a Nápoles por oponerse al rey de Francia, y le persuadió grande interés en ello, para lo cual le prometía firme amistad perpetua, como soberano del rey de Nápoles y de los otros soberanos.

El emperador Bayaceto le prometió auxilios y le pidió que hiciese cardenal a Nicolás Civo, arzobispo de Arlés, pariente del papa Inocencio VIII, que lo preparaba para el capelo. Le rogó también que procurase hacer que muriese Zizimo, hermano de Bayaceto, prisionero en Roma desde los tiempos del citado Inocencio, prometiendo dar al papa por esta perfidia trescientos mil ducados y amistad perpetua. Zizimo murióy varios autores dicen que envenenado por orden de Alejandro.

La muerte de este papa fue horrible. Su mal hijo César, de acuerdo con su mal padre, preparó veneno en una botella de vino para matar a tres cardenales ricos, y heredar sus caudales conforme al estilo de aquel tiempo. Antes de la hora de la mesa quisieron ambos beber, y el servidor, equivocando las botellas, dio el vino envenenado. César, como joven, salió del peligro de muerte a fuerza de robustez y remedios; Alejandro, como anciano, sucumbió a la fuerza del veneno. Por fin tuvo tiempo para recibir los Santos Sacramentos. Su memoria quedó infamada para todos los siglos.

 

218 JULIO II

De 1503 a 1513

Julián de la Rovere, sobrino del sumo pontífice Sixto IV, cardenal de san Pedro ad vincula, obispo de Aviñón, fue elegido papa en 1º de noviembre de 1503, y murió en 20 de febrero de 1513.

Muchos escritores respetables aseguran que compró los votos, unos al peso del oro, y otros con promesas de empleos y dignidades. Algunos añaden que se debe creer de Julio II esta maldad y otra cualquiera, porque su conducta fue relajadísima y que no se contentaba en la lujuria con solas mujeres, porque también era sodomita. Casó a su hija Felicia con Jordán(9) de los Ursinos, y a su sobrina Lucina(10) con Antonio Colona. Abusó de dos jóvenes enviados a Roma, por la reina Ana, mujer del rey de Francia, Luis XII. Después de subir al pontificado fue cruel, sanguinario, fiero, y más propio para general de ejércitos que para pastor pacífico de la Iglesia.

Metió en guerras a toda la Europa, particularmente al emperador de Alemania y reyes de Francia, España, Inglaterra y Nápoles, haciendo desgraciada la Italia que le sirvió de teatro, porque deseaba dominar él solo toda ella. Libró excomuniones contra los reyes de Francia y de Navarra y República de Venecia, y puso entredicho en los dominios de estas potencias por disputas únicamente seculares.

Declaró por cismático injustamente al rey de Navarra, Juan de Albret, y lo depuso de su corona, dando poder a cualquiera príncipe católico, para conquistar sus tierras. El cardenal Fleuri(11) no quiso creer la existencia de esta bula, pero la creería hoy si viviese, pues podía leer su contexto y su publicación en los apéndices a la Historia de España, escrita por Juan de Mariana,(12) publicados por los editores de la impresión de Valencia, en la Oficina de Monfort.(13) Aun estos literatos pudieron añadir otras pruebas si hubieran hecho leer los acuerdos capitulares de la iglesia Catedral de Calahorra, donde consta la publicación y fijación de copias en las puertas del templo.

La conducta de Julio II en el pontificado fue tan ajena de un sucesor de san Pedro, que saliendo a guerra contra varios potentados de Italia, echó al río Tíber unas llaves, símbolo de las espirituales, diciendo: Pues que no me valen nada las llaves de san Pedro, las arrojo y tomo la espada de san Pablo. Permitió que el duque de Urbino asesinase a presencia suya al cardenal de Pavía.

Prometió con juramento, antes y después de su elección pontifical, convocar Concilio General para la reforma de abusos en la cabeza y miembros de la Iglesia. Se le requirió muchas veces inútilmente para su cumplimiento, recordándole el decreto del Concilio de Constanza,(14) que mandó congregarlo de diez en diez años. En su falta lo hicieron los cardenales para la ciudad de Pisa, cuyos procedimientos llegaron a suspender a Julio del ejercicio de la potestad de sumo pontífice, y hubiese llegado a la deposición tal vez si el emperador Maximiliano I, no hubiese mudado de partido por intereses particulares. Julio II convocó entonces otro Concilio a San Juan de Letrán de Roma; pero convienen los escritores en que fue con mala intención y ánimo pérfido; pues en nada pensó menos Julio que en reformar los abusos de un poder arbitrario con que multiplicó el número de los desgraciados de Italia. Excomulgó al rey de Francia y a su ejército; al duque de Ferrara y los que lo auxiliasen: a los venecianos y sus adherentes. En fin, murió aborrecido y mirado como monstruo feroz, guerrero, díscolo, sanguinario, enemigo de la paz, por lo que nadie lloró ni manifestó pesar de su muerte.

 

219 LEÓN X

De 1513 a 1521

Juan de Médicis, natural de Florencia, cardenal diácono, fue elegido papa teniendo solos 36 años de edad, en 11 de marzo de 1513 y murió en 15 de abril de 1521. Se le atribuye la gloria de haber sido autor de la restauración del buen gusto de la literatura. No es cierto el elogio, aunque lo sería si solamente lo llamasen protector, porque antes eran ya sapientísimos críticos Antonio de Lebrija en España, Desiderio Erasmo en Rotterdam, y otros en otras partes; pero aun cuando lo fuese, jamás tales elogios pueden cubrir las iniquidades personales del papa, ni compensar los daños que produjeron sus pasiones.

Siendo cardenal aficionado sumamente a la poesía, música, festines y todo género de placeres, consiguió el pontificado por conspiración de los otros cardenales jóvenes que querían y lograron papa joven. Los historiadores contemplativos de Roma dicen que no intervino simonía, pero su coetáneo Pico de la Mirandola, examinando la cuestión de si los pontífices y los Concilios pueden errar, en su libro de Fide et ordine credendi, habló de León X, en estos términos:

Nos acordamos de haber tenido y adorado por pontífice a quien, no creyendo la existencia de Dios, llegó a la cúspide de la infidelidad, y daba testimonio de ello, ya en la compra del pontificado, ya en la práctica de todo género de iniquidades, pues confesó delante de algunos domésticos que ni antes ni después de ser papa no creía la existencia de Dios.

Por eso el autor de la Recusación del Concilio Tridentino escribió que León X hizo disputar dos filósofos en su presencia sobre la inmortalidad del alma, después de comer; y que habiendo ellos dejado la decisión al sumo pontífice, dijo éste: "Muchas y muy agradables razones ha dado el defensor de la inmortalidad, pero me parecen más fuertes las de su adversario." El erudito Bembo,(15) que después fue cardenal, le quiso persuadir una vez en confianza cierta proposición con un texto del Evangelio, y León X le dijo enfadado: "¿Qué, me quieres convencer con textos de novelas?" Si a esto agregamos la venta de las indulgencias con título de gastos de la fábrica de la iglesia de San Pedro, no deberemos hacer el retrato político de León X, por las narraciones de las bulas pontificias ni por los elogios nacidos del miedo a Roma. Sus obras, su conducta y los testimonios públicos de su magnificencia toda secular, nos deben suministrar los colores.

Su ambición de mandar en toda Italia, y de ensalzar su casa de Médicis, como lo hizo, al rango de los soberanos de Europa, le hizo ser injusto, promovedor de guerras, derramador de la sangre humana, empobrecedor de la Italia, fomentador de las guerras entre Carlos V, emperador de Alemania, rey de España y de las dos Sicilias, y Francisco I, rey de Francia; y pérfido en sus tratos con uno y otro monarca.

Se suele ponderar el celo que manifestó de la pureza de la religión católica contra Martín Lutero, y sus sectarios. Yo tendría por justo el elogio, si viese que León había quitado la materia de las declamaciones de Lutero y demás protestantes, reformando su curia eclesiástica, y las reglas de cancelaría conforme a los decretos de los Concilios de Constanza, Basilea(16) y Pisa; pero nada de esto hizo, sino irritar más a los que, saltando por despecho la valla del dogma, pusieron el asunto en peor estado después de las bulas de León X contra Lutero. ¿Cuáles son los efectos de su conducta? Los que vemos en Inglaterra, Suiza, Sajonia, Baviera, Holanda, Alemania, Wurtemberg, Hannover, Prusia, Suecia, Dinamarca, Rusia y parte de Francia, Estados Unidos de América y otros varios países ultramarinos subordinados a las potencias indicadas. El catolicismo romano se ha reducido a un tercio de la Europa, sin otro principio verdadero que los abusos de Roma, no remediados por León X, aun en medio de la tempestad.

Desde el siglo XII comenzaron las separaciones de la iglesia romana hechas por los waldenses, continuadas por los albigenses, los wiclefistas, los husitas y otros hasta Lutero. Todas fundaban su origen en el desorden de ambición, avaricia y despotismo de los papas adictos al sistema de Gregorio VII, en fines del siglo XI. Todas publicaban que Roma se había convertido en Babilonia y el papa en anticristo. Todos los varones piadosos exclamaban pidiendo, respetuosamente, la reformación de los abusos a fin de que los herejes no tuviesen pretexto para separarse de la Iglesia. Los Concilios de Constanza y Basilea trataron seriamente del asunto. Sin embargo, los papas habían despreciado la ejecución de los decretos, pensando sólo en aumentar su grandeza temporal.

Yo creo, pues, que León X es el autor de todo cuanto vemos. Si él hubiera sido como debía ser, hubiera conocido que fray Martín Lutero tenía razón en el principio para declamar contra las indulgencias vendidas. Sin el sonido de venta, y deseoso de evitar consecuencias ulteriores, hubiera mudado todo el sistema, volviendo al modo de gobernar la Iglesia en la primera mitad del siglo XI, ya que no fuese, como debía ser, al modo de los siglos IV y V respecto a los soberanos temporales, la de los siglos I y II respecto a los obispos y negocios eclesiásticos. Lutero, Calvino, Zuinglio,(17) Ecolampadio,(18) Melancton,(19) Bucero(20) y otra multitud de disidentes del siglo XVI hubieran permanecido en la Iglesia. Los husitas(21) de Bohemia y de otros países se hubieran reconciliado. Los rusos y todos los griegos estarían reunidos. Los reyes de las monarquías protestantes no tendrían interés en formar iglesias desunidas de Roma.

En fin, sean los papas como los doce primeros, y no habrá soberano, nación, ni patriarca que tengan reparo en confesar el primado de Roma, reducido a los verdaderos límites resultantes de los libros canónicos del Testamento Nuevo, de los cuatro primeros Concilios Generales y de la historia eclesiástica de los seis primeros siglos.

Continuación de la tolerancia religiosa

Don Alfonso, cuando tomó a Cuenca en 1167, ofreció vecindad y privilegios a los judíos y moros que quisieran residir en dicha ciudad. Lo mismo hizo don Jaime I con los moros de Peñiscola y de Valencia: omnes ille mauri qui remanere voluerint,maneant salvi et securi.(a) En el fuero de Alcalá, se estableció que todo judío que quisiere morar a foro, more; y el de Salamanca añadía que los jodíos hobiesen foro como cristianos. El rey San Fernando miraba como hijos a los moros que permanecían en los pueblos reconquistados, a pesar del celo iracundo que descubrió contra los herejes. Aunque el rey don Alfonso X, dirigido por letrados imbuidos en las máximas ultramontanas, derramó en las Leyes de las partidas el espíritu de intolerancia, cuando previno que los reyes debían poblar la tierra con buena genteporque los de diferentes costumbres y religión, no eran vecinos sino enemigos,(b)y aunque en el año de 1315 expidió el papa una bula contra ellos,(c) prohibiéndoles el ejercicio de varios oficios; no por eso se abolió la tolerancia religiosa, la cual continuó, a pesar del odio que se habían granjeado los hebreos con sus usuras y manejos torpes.

Don Alfonso XI mandó recoger la referida bula, prohibiendo su ejecución; don Pedro I de Castilla dio permiso a los judíos de Toledo para construir una nueva sinagoga(d) y don Enrique II se resistió a acceder a las súplicas que las Cortes de Toro de 1371, le hicieron contra los enemigos de la fe.(e) Antes de esto, el rey de Aragón, Jaime I, autorizó las célebres controversias sobre puntos de dogma entre el rabino de Gerona, Moisés,(22) y dos sabios religiosos dominicos; y habiéndose quejado aquél de la persecución que le habían suscitado Raymundo de Peñafort(23)y otros religiosos de la orden de predicadores, dio el rey un decreto prohibiendo que se le incomodara por los argumentos que había empleado en la discusión. La crónica dice que al entrar en Bribiesca don Juan de Navarra en 1440, lo salieron a recibir los oficios con su pendón; los judíos llevaban la Tora, y los moros el Alcorán.(f) Fernando el Católico, cuando conquistó a Granada, capituló con juramento que los moros que se quedaran en España profesarían con entera libertad su religión; y los judíos gozaron los derechos de ciudadanos,(g) disfrutaron consideraciones en la sociedad, ejercieron empleos lucrativos, y se enlazaron con las familias ilustres: a tal extremo llegaba el espíritu tolerante de la nación en dicha época.

Así como el sistema de la tolerancia religiosa ha dependido enteramente en España de la autoridad temporal, el de la intolerancia no tuvo otro origen. El predominio de los papas y el clero no ejerció en ello otro influjo que el que iba envuelto con las opiniones equivocadas, y con el auxilio a las demandas de los príncipes, los cuales se valieron no pocas veces del absoluto poder de la curia para romper los vínculos que los juramentos y la honradez les imponían. ¡Ojalá no hubiera servido de pretexto la intolerancia para cometer crímenes con salvedad! Para echar a los moros de Valencia y Aragón, relajó el papa el juramento que de lo contrario hiciera el rey,(h) el cual se apoderó en seguida de los haberes de más de 3 500 que fueron lanzados de Granada.

Hemos visto que Ricaredo y Sisebuto expidieron los primeros decretos deintolerancia. El rey don Enrique II mandó, en 1371, que los moros trajeran señal para ser conocidos:(i) primer rasgo de intolerancia en la época posterior a la invasión agarena. La reina gobernadora en 1411, a súplica de san Vicente Ferrer,(24) previno que en los lugares se separaran los moros y los judíos, usando de ciertos distintivos.(j) Prueba de que al santo no le ofendía la tolerancia, y de que los términos de ésta pendían de la autoridad civil. Lleno Fernando el Católico de enojo verdadero o aparente contra los judíos y los moros, y acalorado por el celo atrabiliario de los cardenales Mendoza(25) y Cisneros(26) (el último de los cuales había descubierto un genio tan intolerante, como lo manifiesta la quema que hizo de más de ochenta mil volúmenes de obras de los sabios árabes) pidió al papa el Tribunal sangriento de la Inquisición, para perseguir a los que no profesaran la religión de Jesucristo;(k) y en el año de 1492 el mismo monarca expelió del reino a todos los judíos que no se convirtieran en el término de tres meses,(l) quedando con estos dos golpes maestros arraigada la intolerancia en España con daño de sus intereses.

Las Cortes de Castilla y de Aragón se quejaron de una novedad que perjudicaba altamente al bien público; pero el empeño del fanatismo llegó hasta el punto de que, a pesar de haberse despoblado en pocos meses más de cuatro mil casas en Córdoba y Sevilla, la reina Isabel, por otra parte discreta y humana, dijo que:prefería aquel descalabro a que se dejase de limpiar la tierra de la mala raza.(m) Sin embargo, aunque el rey Fernando recomendó en su testamento la subsistencia del Santo Oficio, la reina nada dijo en el suyo, convencida sin duda de los daños que ocasionaba.

Éstos fueron tales, tantas las quejas que suscitó su conducta, y tan terrible el choque que produjo en la opinión y tamaños los perjuicios que causó en las fortunas el tránsito violento de la conciliadora tolerancia, a la más feroz exclusiva religiosa, que Carlos I se decidió a abolir el Santo Oficio; pero estrechado por las sugestiones de los interesados, y conociendo el apoyo que en él hallaría el despotismo, desistió de la idea, ratificando de tal modo el sistema intolerante, como que se negó a recibir una gran suma de dinero que le ofrecieron los judíos por el permiso de volver a España.(n)

Felipe II, tan fanático como iluso, que se valió de las artes inquisitoriales para perder a un célebre secretario suyo, que honraba la silla del ministerio, que derribó con mano osada la sabia Constitución Aragonesa, hollando las justas libertades de un pueblo de héroes; que autorizó y aplaudió las hogueras santas; que, no contento con destruir por el fuego a sus súbditos, influyó cerca de María, reina de Inglaterra, para que hiciera perecer en las llamas a muchos de sus vasallos que profesaban diferente religión; y que, llevando su furor a los Países Bajos, provocó con sus atrocidades su levantamiento, aseguró en España la intolerancia, realizando el juramento que hiciera a los pies de un crucifijo de exterminar el corto número de herejes que había en la Península, y vinculó en sus descendientes el espíritu maligno que le animaba, y el cual le hizo decir al desgraciado Sesé, en el momento de ser arrojado al fuego en premio de la entereza con que sostuvo las regalías de la corona: yo traería la leña para quemar a mi hijo, si fuera tan malo como vos,(o) dicho que degradó la majestad que le circula, favoreciendo las usurpaciones de Roma, noblemente combatidas por aquel sabio.

Imbuidos los monarcas españoles en estas ideas, dieron nuevos decretos deintolerancia, sin atender al verdadero móvil que los impulsaba, a los efectos que producían, ni a la divergencia que mediaba entre su conducta en esta parte y la de la corte de Roma, a la cual no le era dado asegurar su preponderancia en la Península, mientras permaneciera en su integridad la tolerancia religiosa.

Asustados los curiales con la firmeza que los prelados españoles desplegaron en Trento, y recelosos de que un país que producía tales atletas pudiera desentenderse algún día de su mando abusivo, se dedicaron a destruir la base de las contradicciones. Con este objeto predicaron la intolerancia, hicieron concebir miedos pueriles del sistema opuesto, exageraron las utilidades que los monarcas sacarían de la opresión de las conciencias, y las luces, las virtudes, el poder y las riquezas se hundieron en las mazmorras inquisitoriales; y la verdadera ilustración civil y religiosa, la majestad del trono, la santidad inmaculada del templo, la patria, la libertad y el honor perecieron a manos de la intolerancia.

Deseoso Felipe III "de llenar la obligación en que estaba de conservar la seguridad de sus reinos... mandó que se sacaran de ellos todos los moriscos para que, cesando la herejía y apostasía, se lograra aquel objeto."(p) Decreto de intolerancia expedido por la autoridad civil, con pretextos puramente civiles, que ocasionó muchos males económicos a la nación, y que fue vigorosamente resistido (aunque sin fruto) por los grandes.

No contento el imbécil y endiablado Carlos II con dejar en su testamento la semilla de la guerra civil que debía destruir la España, nos legó un fatal pretexto para acabarla de destruir en la explícita y encarecida recomendación de laintolerancia. "Guardando —dijo— en todos mis reinos y señoríos la religión católica romana, como mis gloriosos progenitores la habían guardado y sostenido, ruego y encargo a mis sucesores que, cumpliendo con ello, hagan ejecutar lo mismo: y si alguno de mis sucesores profesare alguna secta de herejía, le doy y declaro incapaz e inhábil para el gobierno de estos reinos."(q)

A pesar de esta disposición y del celo sanguinario con que se ha mantenido la intolerancia, el señor don Carlos IV, previo dictamen del Consejo de Estado, celebrado en 27 de marzo de 1797, a propuesta de don Pedro Varela, secretario de Hacienda, mandó admitir la nación hebrea en España. Prueba clara y reciente de que la potestad temporal es árbitra para establecer o derogar la tolerancia.

Las preocupaciones antiguas —decía aquel ministro— ya pasaron; el ejemplo de todas las naciones, y aun el de la misma silla de la religión, nos autoriza, y, finalmente, la doctrina de san Pablo a favor de este pueblo proscripto puede convencer a los teólogos más obstinados en sus opiniones y a las conciencias más timoratas de que su admisión en el reino es más conforme a las máximas de la religión que lo fue la expulsión.

 


(1) México: 1827. Oficina de la Testamentaría de Ontiveros.

(2) Durango. Cf. nota 2 al núm. 1.

(3) Guadalajara. Cf. nota 3 al núm. 1.

(4) Tlacotalpan. Cf. nota 4 al núm. 1.

(5) Perote. Cf. nota 5 al núm. 1.

(6) El pontífice Sixto IV, en el momento de su elección, contaba con quince parientes, que tenían diversos grados eclesiásticos. A dos de ellos —Pietro Riarlo y Giuliano de la Rovere—, los nombró obispos y luego los promovió a cardenales (diciembre de 1471).

(7) Enrique Cornelio Agripa (1486-1535). Médico y filósofo alemán. Su obra se titula De incertitudine et vanitate scientiarium et artium, sátira contra todas las ciencias y defensa del primitivo cristianismo.

(8) La madre de los Borgia se llamaba Vanozza Catanei.

(9) Jordán. "El primer Orsino conocido es Jordano, que hizo grandes servicios como general, á la corte de Roma: fué nombrado cardenal en 1145 y legado cerca del emperador Conrado en 1152." Cf. Diccionario universal de historia y geografía, México, Imprenta de F. Escalante, 1855, p. 176.

(10) Lucina. Quizá Lucrecia Gara della Rovere, esposa de Marco Antonio Colonna.

(11) FIeuri. Cf. nota 10 al núm. 1.

(12) Juan de Mariana. Cf. nota j al núm. 19.

(13) Benito Besades Montfort (1757-1785) tenía una imprenta en Valencia, que estaba en la calle de Gedrea núm. 21.

(14) Concilio de Constanza (1414-1418). A propuesta de Juan Gersón se aprobó la doctrina de que la autoridad del Concilio proviene directamente de Cristo. Terminó el Cisma de Occidente.

(15) Pedro Bembo (1470-1547). Prelado y humanista italiano. Secretario de León X y cardenal en 1539. Autor de una Historia de Venecia, que abarca de 1437 a 1537.

(16) Concilios... de Basilea. Convocado en 1431 por Martín V. Sus principales objetivos fueron: reformar la Iglesia, resolver el problema de los husitas, acabar con el Cisma de Occidente y conseguir la paz de Europa.

(17) Zuinglio Ulrico (1484-1531). Reformador religioso suizo. Fundador de la iglesia reformada. Tuvo influencia del erasmismo.

(18) Ecolampadio. Juan Ocklampidius (1482-1531). Reformador religioso alemán. Ayudó a Erasmo a la primera edición griega del Nuevo Testamento.

(19) Melancton. Felipe Melanchton (1497-1560). Humanista y teólogo alemán. Su verdadero nombre era Schwarzerd. Amigo de Lutero y su principal colaborador en la Reforma. Autor de Loci communes (1521), primera Dogmática protestante.

(20) Matín Bucer (1491-1551). Reformador alemán que redactó la Confessio tetrapolitana.

(21) husitas. Cf. nota 17 al núm. 1.

(a) Ortiz, Idem, libro 9, capítulo 3 [Cf. nota k al núm. 19].

(b) Ley 1, título 2, partida II [Ley I. Como el Rey deue conoscer a Dios, e por que razones.
"Seso de ome non puede conoscer, que cosa es Dios, complidamente segund natura: pero el mayor conoscimiento que del puede auer, es veyendo las sus maravillosas obras, que fizo, e faze cada día: ca por aquello pueden entender, que el es comienço, e medio, e fin de todas las cosas; e en quien ellas se encierran, e el las mantiene ca cada vna en aquel estado en que las ordeno, e todas han menester del, e el non de ellas, e el puede mudar todas las cosas, cada ora que quiera segund su voluntad: e esto non puede auenir, que se mude, nin que se cambie en su ninguna manera. E aun deue el Rey conoscer a Dios por creencia, segund manda la Fe Catholica de Santa Eglesia, assi como se muestra en la primera Partida deste libro. Ca si destas maneras non le conosciere, non sabra conocer a si mismo, ni el nome que ha, nin el lugar que tiene para fazer justicia e derecho." Cf. Los códigos españoles concordados y anotados. Madrid, Imprenta de la Publicidad, 1848, t. II, p. 332.]

(c) Rodríguez de Castro, Biblioteca rabínica española, página 224 [José Rodríguez de Castro (1739-1799). Erudito español. Su obra Biblioteca española, Madrid, 1781-1786, en 2 vols. El primer vol. contiene la noticia de los escritores rabinos españoles desde la primera época hasta fines del siglo XVIII, y el segundo de los escritores gentiles españoles y de los cristianos hasta fines del siglo XIII.]

(d) Rades. Crónica de Calatrava, folio 24 [Francisco de Rades y Andrada. Su obra se titula Chrónica de las tres órdenes y caballería de Sanctiago, Calatraua y Alcántara; en la qual se trata de su origen y succeso, y notables hechos en armas de los Maestres y caualleros de ella: y muchos Señores de Título y otros nobles que descienden de los Maestres y de muchos otros linages de España, Impresa con licencia de Toledo en casa de Juan de Ayala, 1572].

(e) Colmenares, Historia de Segovia, capítulo 26 [Diego de Colmenares (1586-1651). Escritor español que publicó la Historia de Segovia, su lugar natal, el 1637.]

(22) Moisés. Moisés Ben Nachman. Rabino del siglo XIII que nació en Gerona. Practicó varios métodos interpretativos de la ley del Talmud. También practicó la medicina. Sus contemporáneos le llamaron padre de la elocuencia y la sabiduría.

(23) Raymundo de Peñafort. San Raimundo de Peñafort (1175-1275) nació en el castillo de Peñafort, cerca de Villafranca del Penedes, Cataluña. Fue confesor del rey Jaime I; general de la orden de dominicos, cargo al que renunció después de dos años. Junto a san Pedro Nolasco, obispo de Barcelona, asesoró al rey y obtuvo que Jaime I fundase la orden de la Merced para la redención de cautivos. Fue inquisidor general del reino de Aragón y Cataluña. El papa Gregorio IX lo hizo su confesor y le encargó que recopilase la parte del código de derecho canónico que se llamóDecretales de Gregorio IX.

(f) Crónica de don Juan II, capítulo 13 [Obra concerniente al periodo de ese monarca que abarca de 1406-1454. Publicada parcialmente en 1517 por Lorenzo Galindez de Carvajal, escrita en gran parte por Alvar García de Santa María.]

(g) Marina, Ensayo de la legislación, folio 143 [Francisco Martínez Marina (1754-1833). Sacerdote español, rector del Colegio de San Ildefonso de Alcalá. Miembro de la Academia de Historia y de la Academia de la Lengua. Su obra que cita Fernández de Lizardi se titula Ensayo histórico-crítico sobre la antigua legislación de los reinos de León y Castilla.]

(h) Sayas, Anales de Aragón, tomo I, capítulo 13 [Francisco Diego de Sayas (¿-1680). Desde 1654 fue cronista de Aragón y prosiguió los Anales de Argensola, en una obra que vio la luz en 1666 y que abarca el periodo de 1521-1525.]

(i) Don Diego [Hurtado] de Mendoza, Historia de la guerra de Granada.

(24) San Vicente de Ferrer (1350-1419). Dominico español.

(j) Colmenares, idem, § 26.

(25) Mendoza. Pedro González de Mendoza (1428-1495). Llamado el "Gran cardenal de España". Hijo del Marqués de Santillana. Fue canónigo de Toledo, obispo de Calahorra, obispo de Sigüenza y de Osma, arzobispo de Toledo y primado de España. A partir de 1473, canciller del rey Enrique IV de Castilla. En las rivalidades de éste con Isabel la Católica, Mendoza fungió como mediador. También fue canciller de los reyes Católicos a la muerte de Enrique IV. En 1474 compuso unCatecismo de la vida cristiana. Hizo edificar varias iglesias y fundó varios colegios.

(26) Cisneros. Francisco Ximénez de Cisneros. Sobre este personaje existe el libro de Juan de Cisneros Real chronología del Excelentísimo señor cardenal don fray Francisco Ximénez de Cisneros, Madrid, 1716.

(k) Crónica de don Juan II, capítulo 22.

(l) Núñez, Historia de Guadalajara, libro 2, capítulo 6 [Alonso Núñez de Castro. Cronista español. La obra aludida se titula Historia eclesiástica y seglar de Guadalajara.]

(m) Pisa, Historia de Toledo, libro 4, capítulo 36 [Cf. nota n al núm. 19.]

(n) Nebrija, Crónica de los reyes católicos, capítulo 27.

(o) Feclaer, Historia del cardenal Cisneros.

(p) Colmenares, Historia de Segovia, capítulo 42.

(q) Fonseca, Expulsión de los moriscos de Valencia, libro 4, capítulo 4 [Damián Fonseca. La obra citada se titula Relación de lo que passó en la expulsión de los moriscos del Reyno de Valencia. En la qual juntamente se trata del fin que hizieron estos miserables desterrados, Roma, 1612.]