[NÚMERO 2]
Jueves 9 de septiembre de 1813(1)
Concluye la materia del antecedente
Si con la facilidad que se arranca un puñado de malvas de la superficie de la tierra se pudieran arrancar las preocupaciones de los corazones de los hombres, teníamos hecho todo el costo para lograr nuestra felicidad; pero bien al contrario, las más veces nos encaprichamos, de tal suerte que nos es más fácil sufrir la pérdida de la hacienda, de la salud, del honor y quizá de la vida, que ceder al imperio de la razón.
Han errado los hombres, yerran y errarán constantemente hasta el último plazo de los tiempos, porque es forzoso que disfruten los gajes del pecado. Y siendo el error tan pernicioso, aún es más la tenacidad con que infinitas veces lo abrazamos.
Esta tenacidad, este capricho o manía perjudicial es tan ciega y vehemente, que no valen a desprendernos de ella los sentimientos de la naturaleza, los gritos de la razón ni el testimonio de la experiencia; antes con la mayor ingratitud suelen enconarse los miserables hombres contra sus mismos benefactores, confundiendo en el oprobio y la desgracia a aquellos que se fatigan por brindarles la luz del desengaño.
Esto no es ni ha sido nada nuevo. La historia nos presenta repetidos ejemplos de esta verdad. El sabio Foronda(2) trae una colección de ellos en una disertación que hizo sobre la materia, y consta en el tomo 6 del espíritu de los mejores diarios, de la que extractaremos algunos, para la comprobación de la verdad y satisfacción de la curiosidad de los lectores.
Casi todos los profetas fueron perseguidos. Isaías fue la risa del pueblo y de los reyes. Zacarías fue apedreado. Ezequiel estuvo rodeado de aflicciones. Jeremías fue perseguido de todos los males. Daniel se vio dos veces en medio de los leones.
Los apóstoles y los mártires fueron reputados por unos perturbadores del sosiego público; pero lo que es más, la suprema verdad, esto es, el hijo de Dios, fue tratado como embustero y murió en una cruz. Así, no nos admiremos de lo que vamos a decir.
Sócrates, el más sabio de los griegos, pretende desengañar a sus conciudadanos del error en que vivían de la existencia de muchos dioses, y porque publica que no hay sino uno solo, le condenan a muerte.
Platón esparce la verdad de la inmortalidad del alma, y Ptolomeo Filadelfo prohíbe su doctrina en Egipto bajo la pena capital.
En Roma desterraron a los rectores y filósofos como gente perniciosa, a instancias de Catón.
Vespasiano desterró a los filósofos como enemigos del gobierno monárquico.
Elvidio Prisco, sujeto irreprehensible en su conducta, fue desterrado porque predicaba el amor de la libertad.
Los atenienses quemaron las obras de Prótagoras y lo desterraron de la ciudad, porque decía que no sabía si había muchos dioses o si era uno solo.
Diágoras negó abiertamente la existencia de los dioses, y los atenienses prometieron un talento a quien lo matase y dos al que lo presentara vivo.
A Anaxágoras lo metieron en un calabozo y lo cargaron de cadenas porque les hacía ver su ceguera en muchísimos puntos.
Aristóteles fue acusado también por impío, porque trabajaba en desterrar las preocupaciones de sus compatriotas.
Acercándonos a nuestros tiempos, veremos la verdad igualmente afligida y desterrada la luz de las naciones más civilizadas.
Galileo, insigne físico que publica en Italia el movimiento de la Tierra descubierto por Copérnico, es metido en un calabozo y obligado a desdecirse de una verdad seguida en el día por los más célebres matemáticos de la Europa.
Rogerio Bacon, religioso franciscano, porque sabía un poco de matemáticas fue reputado por hereje y llamado a Roma por su general para justificarse.
El famoso marqués de Villena fue tenido por nigromántico, y mandados quemar sus libros físicos y matemáticos luego que murió.
Pedro Ramo fue reputado por hereje, y como tal pereció en la horrible matanza de San Bartolomé, sólo porque había levantado la bandera y hacía demostrables los desatinos de la filosofía de Aristóteles.
El gran Descartes, aquel que perfeccionó la aplicación del análisis algebraico y que, juntando a estos descubrimientos una excelente teoría de las curvas, dio, en algún modo, una nueva forma a la geometría; aquel atrevido filósofo que tuvo la noble osadía de ridiculizar la física de Aristóteles; aquel genio elevado que defendió la existencia de Dios con tanto ahínco; en una palabra, el célebre Descartes fue aborrecido de su patria, obligado a ausentarse de ella, mirado con tanto desprecio de sus interesados, que su mismo hermano miraba como una mancha a su familia el que fuera filósofo, y contaba en el número de los días desgraciados aquel en que nació Descartes para deshonrar su raza con un oficio semejante. Pero lo particular es que a este sujeto que fue el mayor enemigo de los ateístas, lo persiguieron como ateísta. Esta misma negra calumnia recayó también sobre Malebranche.
Los primeros que se resolvieron a hacer ver la extravagancia e inutilidad de la filosofía de Aristóteles fueron cruelmente perseguidos, mirados como enemigos de la religión; y al fin dio el Consejo de Francia una sentencia contra los que siguieran la doctrina del Estagirita; y en la actualidad se reputa en el mismo reino como el mayor improperio que se puede decir a un filósofo llamarle aristotélico. Así mudan todas las cosas, y lo que en un tiempo se tiene por verdad infalible en el que le sucede se proscribe como un abuso que envilece la razón.
Hasta aquí el ingenuo Foronda. Nada difícil me sería aumentar este catálogo con ejemplares más recientes. El mismo Foronda acaso estaría en él.
El discreto don Francisco Quevedo, que, opuesto siempre a los malos consejos de un ministro por cuanto propendían contra el bien de su nación, no cesaba de escribir contra los abusos que advertía por si lograba el remedio, padeció terriblemente y con constancia los rigores de la fuerza y autoridad del mismo que impugnaba, y cada rato se veía preso en su torre de Juan Abad.
Don Rafael Melchor de Macanaz,(3) excelente político, erudito cabal, fidelísimo vasallo y más que todo, acérrimo defensor así de los derechos de la corona como del alivio de sus conciudadanos (según que lo acreditan sus muchos y sapientísimos escritos), fue envuelto en las mismas desgracias que todos los desengañadores: tuvo enemigos, y enemigos tan poderosos, que a pesar del favor que disfrutaba del señor Felipe V y de la satisfacción con que este monarca leía sus escritos, lo persiguieron sangrientamente, lo hicieron apresar y, por último, lo desterraron con pretexto de convenir su separación al servicio de la corona.
El señor don Juan de Austria, tan conocido en el mundo así por lo ilustre de su sangre como lo esforzado de su brazo, tuvo que sufrir la persecución más desigual de un privado como fue el padre Everardo, confesor de la reina madre: tuvo que pasar por algunas cartas y expresiones agrias suyas, y por fin, el que no se acobardó a la presencia de enemigos formidables, temió el poder de un solo hombre y salió fugitivo de Madrid.
Los señores condes de Florida y Aranda, columnas de la monarquía española, padecieron la adversidad de la fortuna y hubieron de desamparar el gabinete y ceder al imperio de Godoy... pero ¡qué me fatigo en hacinar ejemplares desgraciados para corroborar una verdad tan irrebatible! Excusaré prolijidad, sin dejar de acordarme solamente de dos casos que por su tamaño deben tener lugar en la historia de nuestros días, y por lo nuevos desengañan completamente de lo que es el capricho y preocupación de los hombres.
El Soberano Congreso de las Cortes Generales y Extraordinarias, representando a toda la nación española, acaba de sancionar la Constitución, compuesta de unos sabios artículos, bajo cuya religiosa observancia no se puede esperar otra cosa que la defensa y seguridad del Estado, la libertad del ciudadano, la exaltación de las ciencias, los progresos de las artes, el aumento del comercio, el fomento de la industria, la perfección de la agricultura y, finalmente, la felicidad general de la monarquía. Pues ¿quién creerá que los desvelos, los estudios, afanes y trabajos de los señores diputados para constituirnos en la soberanía nacional, libertarnos del yugo de la tiranía y preponderancia de un mal valido, sobre el corazón de un rey débil o abandonado, etcétera, quién creerá, repito, que este amor decidido por el bien general hallase obstáculos que vencer y genios en oposición de parte de los mismos beneficiados? ¿Quién lo ha de creer, si no nosotros mismos que lo hemos visto?
¿Quién creerá, también, que cuando este mismo respetable Congreso trató de abolir el tribunal de la Inquisición y restituir a los obispos la jurisdicción de que se hallaban despojados, los mismos obispos representaran en su contra y en favor de la usurpación, y que el clero y cabildo de Cádiz pugnaran por sostener el error y dejarnos entregados en las garras de la violencia y opresión tiránica de las mil veces bien derrocada Inquisición? Todos lo han de creer sin duda, porque nadie puede desmentir el claro testimonio de sus ojos.
Ahora bien, si estos casos son suficientes para asegurarnos de que en todos tiempos se han pagado los hombres de sus equivocadas ideas hasta el extremo de conspirar contra los que han tratado de desengañarlos, pregunto: ¿cuál será el motivo de semejante ingrato proceder? El autor citado dice que la prohibición de decir la verdad. Óiganse sus palabras.
¿Cuál es el motivo de este lamentable trastorno? ¿Cuál es la causa que desordena tan monstruosamente los pensamientos de los hombres?... ¿La prohibición de decir la verdad? Sí, señores, no hay que dudarlo. ¡Ah, que felices seríamos si no se oprimiera con tantas cadenas!... Desengañémonos y convengamos de buena fe que mientras no haya libertad de escribir y de manifestar con franqueza aquellas opiniones extravagantes y primeras ideas que ha identificado con nosotros la educación, las cuales conservamos toda la vida, y no nos chocan porque las hemos mamado en nuestra infancia y las vemos autorizadas por el ejemplo, por la opinión pública, por las leyes y por la antigüedad, permanecerán siempre los reinos en un embrutecimiento vergonzoso.
Sin la noble libertad de decir cada uno su parecer y oponerse al torrente de las ideas admitidas en nuestra educación intelectual, todos nuestros conocimientos se mantendrán en un estado deplorable...
Todo perecerá; todo se aniquilará, ciertamente, si los conciudadanos, semejantes a aquellas aves nocturnas a quienes les incomoda la luz, se arrojan con furia sobre aquellos mortales bienhechores que les brindan con luces incombinables, con ojos acostumbrados a las tinieblas.
¿Es creíble, señores (continúa), que hemos de ser tan orgullosos y adictos a nuestro modo de pensar que no podamos ver con indulgencia al que lleva una opinión contraria y trabaja en destruir nuestras preocupaciones?... Convengamos graciosamente en que algunos escritores se oponen sin razón a las máximas dominantes; ¿pero por esto se les ha de obligar a que enmudezcan? ¿La verdad, sin otro auxilio que el que tiene en sí, no triunfará de la mentira? ¿Los que impugnen a semejantes atrevidos no bastarán para pulverizar todos sus falsos asertos? ¿No se ve que si se les trata con dureza resulta el inconveniente de que no se atreven ciertos espíritus a desplegar sus opiniones y armar la guerra al imperio de la ignorancia?...
No cerremos, pues, señores, el oído a la verdad... Concédasele la libertad que se le debe de justicia... Despedácense todos los grillos y cadenas con que está amarrada... Entonces el error huirá y se disipará delante de ella al aproximarse la antorcha del día: por todos los ángulos de los reinos derramará la razón, la virtud, los talentos, únicos móviles que pueden afirmar los tronos de los soberanos y la prosperidad de los imperios, pues es constante que sin el permiso de publicar la verdad no hay razón ni luces; que sin razón no hay costumbres, y que sin luces y sin costumbres no se puede ser feliz ni poderoso ningún Estado.
Toca en la evidencia lo que dice este profundo político; pero yo añado, si cabe la adición, que la causa de oponernos al desengaño es nuestro amor propio. Estamos tan adheridos a nuestras opiniones que se nos representa un enemigo cualquiera que pretende hacernos ver su extravagancia.
Todos los días tenemos a la vista ejemplos domésticos de esta verdad. De cada mil riñas que hay en el mundo, las novecientas se puede asegurar que provienen de porfías; y éstas ¿qué otra cosa son, sino el prurito de querer cada uno sostener su opinión, porque unos y otros de los contendientes se creen más autorizados para decir la verdad y, por consiguiente, menos falibles en sus caprichos?
Entre las mujeres, el privilegio que disputan de preferencia no es la honra, no la discreción, no la virtud; la hermosura: ésta sí pelean a capa y espada; cuenta con apocar a una mujer en esta cualidad ni alabar a otra delante de ella, porque ahí fue Troya; pues así ente los hombres hay algunas prendas que todos desean y nadie se cree desproveído de ellas: tales son el entendimiento y el valor.
Hombres hay que sufrirán que les digan feos, inútiles, drogueros y hasta lenones; pero cuidado como se les dice tontos, porque entonces sí armarán una riña que llegará al extremo. Todos quieren ser sabios, todos quieren ser Salomones, y ninguno cede fácilmente a la opinión contraria. Están mirando la razón demostrada con evidencia; pero cejar de la primera idea, ¡Jesús! ¡Qué se dirá! Que me he convencido, que es preciso confesar que mi contrario ésta mejor instruido que yo en este punto. Éste sería caso de honor, y no puede ser.
Lo mismo sucede si se les nota de cobardes. "Nadie mejor que yo", dicen; "de hombre a hombre lo veremos", etcétera. Tales son los fundamentos en que estriba su razón, su fuerza y su destreza, y por esto se ven a cada paso doctores convencidos por un sumulista y valentones estropeados por un muchacho. Ésta es la preocupación, éste el amor propio.
Este amor propio desordenado, conocido con el nombre de egoísmo, ha sido el escollo donde en todos tiempos se ha estrellado la razón y la verdad. A éste se le deben las pérdidas de los reinos, los trastornos de las familias, y por él se ha visto entronizada la maldad sobre la inocencia y la ignorancia sobre la sabiduría.
La facilidad con que siempre sentenciamos en favor de nuestra opinión es la causa de que salgan tantas sentencias injustas. Como no consultamos a la razón cuando sólo atendemos a nuestros particulares, y éstos casi siempre se fundan únicamente en el interés de las pasiones, se sigue que, estando éstas satisfechas, poco se nos da que se quebrante la ley o se resienta la justicia.
En el fondo de nuestro espíritu hallamos dos tribunales para juzgar de todas las cosas: uno justo, y es el de la razón, porque en éste preside la verdad; cuando éste juzga, el hombre siempre dirige bien sus acciones y se maneja con tal equilibrio que se hace amable a Dios, útil a sí y apreciable a los demás hombres.
Pero el otro tribunal o desorganizado complot es terrible. Éste es de las pasiones y en él preside el egoísmo. El voto de éste siempre cede a favor de aquéllas, y con tal que no se descontenten, poco se le da de atropellar con lo más sagrado.
Nuestro amor propio nos pone ante los ojos una lente de aumento respecto de nuestras acciones y de disminución respecto de las ajenas. Con esto, como siempre vemos nuestras opiniones en grande, las preferimos a las ajenas, que las consideramos muy pequeñas; y por esto también tenemos por un criminal desacato el que otro quiera rectificar nuestras ideas haciéndonos ver su extravagancia; ¡cómo si no fuéramos tan susceptibles del error!
Del alto concepto que tenemos formado de nosotros mismos depende el encaprichamiento en nuestras opiniones, sean las que fueren; y ésta, tal vez, es la preocupación que con más perjuicio nos predomina.
Para desarraigarla se necesitan todas las luces de la razón y los esfuerzos de la verdad; pero para que éstos se pongan en acción es necesaria la libertad, y sin ella ni el prudente aconseja, ni el sabio escribe, y el vulgo siempre se queda vulgo, trasmitiendo su ignorancia de generación en generación, llegando el desconcierto al punto de verse sepultadas en un embrutecimiento vergonzoso naciones que algún día han merecido el nombre de sabias en el mundo. Tales han sido los egipcios, griegos y romanos, después de que sufrieron las calamidades de las guerras y la opresión de las conquistas.
¿Qué se podrá esperar en América, donde, aunque abundan los talentos, escasean los medios de cultivarlos? Es de creer que a pocos años de esta funesta apatía no habrá quien entienda un libro, ni quien lo lea, ni quien lo busque.
Yo no negaré la utilidad de la libertad de la imprenta; pero estando suspensa por el gobierno, no seré el primero en reclamarla: motivos habrá que no nos toca examinar. A más que, no siendo mi intención traspasar los límites de la justicia y prudencia, me es indiferente la tal libertad, pues no la necesito respecto a que lo que escriba no podrá ser tachable; y si lo fuere, tanto mejor para mi seguridad personal, pues la previa censura me quita la responsabilidad.
En esta inteligencia, no me embarazaré para procurar desterrar algunos abusos que advierto perniciosos. Si errare (¡qué es bien fácil!) otro me impugnará, y en estas contiendas es donde el pueblo se instruye y algunas cosas se remedian.
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(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.