[NÚMERO 2]

Jueves 20 de enero de 1814(1)

Indeciso sobre lo que escribiría para este jueves estaba el viernes anterior, porque es un oficio muy pesado el ser periodista autor, sin auxilios de la calle y en unos tiempos tan delicados, no menos que tiempos de conmociones intestinas, en las que sólo se debía hablar con mordaza y escribir con las narices para no exponerse; pero pues me he comprometido, he de cumplir mi palabra a toda costa.

Mas ¿qué escribiré yo, de modo que sin apartarme de la razón y la verdad puedan mis papeles agradar a ambas especies de lectores(a) y, lo que es más, pasar a la posteridad sin las notas de un partidario servil ni de un escritor lisonjero...?

Así discurría, cuando me sacó del apuro un negrillo (que se presentó a mi vista) vestido con su pantalón de cotonia,(2) su chaqueta de mahón,(3) su chinela, su arpón o arete, su sombrero en la mano izquierda y un pliego en la derecha, quien, saludándome con un champurro de francés y castellano, me entregó el papel, cuyo sobrescrito decía: "El Pensador Mexicano." Tenía el pliego un sello impreso en el que se veía un libro cerrado y sobre él una espada desnuda. Yo me sorprendí, pues creí eran las armas de Mahoma, y como no tengo correspondencia con los moros, dudaba si abriría o no la carta, pues aunque no hay Inquisición, debe servirnos de freno nuestra religión para no admitir entre nosotros aquellas comunicaciones que, directa o indirectamente, traten de extraviarnos de su legítima creencia; pero después de esto, yo volví a ver el sello, y leí una inscripción que tenía alrededor que decía: Custodiunt arma legem, lex autem populum, que en castellano dice: "Las armas sostienen las leyes y éstas (cuando son justas) favorecen a los pueblos." Cuando yo busqué al negro para que me sacara de la sorpresa que me causó este evento, ya había desaparecido de mi presencia, y así no tuve otra cosa que hacer que romper la nema y leer la carta, que decía:

Isla de Ricamea, noviembre 10 de 1813

Querido hermano:

Muy jóvenes éramos ambos cuando yo me separé de tu lado, acomodándome en clase de amanuense y mozo de comercio (con la anuencia de nuestro amado padre) con el caballero inglés Torneville, quien, como tú sabes, me llevó para Manila. En aquella ciudad estuve como seis años, y con mi honradez y aplicación logré, no sólo una perfecta instrucción en el comercio, sino también hacerme de un principal regular, porque mi amo, entre todas sus prendas recomendables, poseía la de tener un corazón grato, benéfico y liberal.

Yo, aunque ya no necesitaba de servirlo, pues poseía conocimientos sobrados de comercio, principal y créditos, advertía que mi amo (que era poderoso) no tenía quien desempeñara en aquel país extraño sus funciones ni quien pudiera ayudarle mejor que yo en el manejo de sus interesantes comisiones; y esta necesidad en que lo veía, me hacía servirlo sin necesidad, porque siempre he abominado aquella clase de dependientes que sirven únicamente por su particular beneficio, y que después que se ven instruidos y habilitados, abandonan a sus patronos, aun cuando más lo necesitan.

Por otra parte, mi amo, aunque al parecer era protestante, tenía unas virtudes morales muy recomendables, y cada día se hacía el ídolo de mi cariño. Tal vez tú, como buen mexicano, te escandalizarás de que yo abone y haya amado tanto a un hereje; mas ten entendido en que la diferencia de religiones, por sí sola, no debe hacer al hombre aborrecible. Las virtudes morales son acreedoras a la consideración del católico, aun cuando se hallen enzarzadas entre los errores de la herejía. Mi amo era hereje, es verdad, o a lo menos me lo parecía; ¡pero qué exacto en el cumplimiento de su secta! ¡Qué hombre de bien! ¡Qué fiel en sus palabras! ¡Qué piadoso con los pobres! ¡Qué amante de la razón y la justicia! ¡Qué fino, sin adulación, con sus amigos! ¡Qué prudente con los extraños! ¡Qué tierno con su familia! ¡Qué...! ¿Pero para qué te canso?, si mi amo (a excepción de su sistema religioso) pudiera ser modelo de la práctica del evangelio, y a su vista deberían correrse tantos inicuos que llaman cristianos entre nosotros.

Te acabé de decir que mi amo, por su dulce genio y recomendables virtudes, se hizo el ídolo de mi corazón; con esto, a mí me era grato y lisonjero su servicio. Muchas veces me decía:

Antoñico, yo te quiero llevar a Londres porque veas una ciudad de las primeras de la Europa, y acaso la única en su numerosa población. Yo te amo mucho; estoy viejo; tengo una hija hermosa que ahora ocho años tenía cuatro; ella vive; tú me has ayudado a buscar mi caudal; soy agradecido; te conozco; he penetrado el fondo de tu corazón, y quisiera... ¡oh, Antoñico!, que tú fueras el dueño de mi casa.

¿Dime tú, hermano, si tan halagüeñas esperanzas parecerían desabridas a un joven de veinte años? Yo me resolvía acompañarlo hasta la muerte. Desde aquel día lo miré como padre y le tributé mis respetos como a mi más tierno benefactor.

En efecto, a poco tiempo realizó su hacienda y nos embarcamos para Londres con tres buques propios de transporte. Nuestra navegación fue favorable; pero luego que arribamos a la gran capital se nos convirtió en pesar el gusto con que desembarcamos, pues había tres meses que había muerto lady Isabel, que era la señora mi ama. Entre tanto que mi buen amo recibía los pésames y cumplidos de estilo, yo me entretenía en ver y admirar aquella ciudad en compañía de un inglesito deudo de la casa, que me dispensó particular cariño.

¿Qué te podré decir de Londres, la mayor y [más] populosa ciudad de la Europa? Su situación es a la izquierda de la corriente del Thames; su figura la de una media luna; su extensión, por lo largo, cerca de tres leguas, y por lo ancho, una bien larga. El número de sus habitantes por lo menos es de un millón: cualquiera de sus calles está siempre muy poblada de concurrencia, y en muchas de sus principales parece una feria continua. Casi toda Londres está en llano. Hay en la ciudad ciento treinta y cinco parroquias, una catedral magnífica que es San Pablo y la abadía de Westminster (que es como decir la iglesia colegial de Guadalupe). Además de esto, habrá como cien iglesias para los de secta diferente de la anglicana, y un competente número para los católicos.

Las calles y callejuelas, dicen, llegan a 8 000; las casas a 150 000, en cuyo caso, es muy moderado el millón de habitantes que se le calcula a esta ciudad.

Hay dos palacios reales, dos episcopales, trece hospitales, cien casas de caridad... Aquí es menester que te admires, enternezcas e incomodes: ¿cuántas de éstas hay en México?

Hay diez y seis mercados o plazas grandes y veinte y tres más pequeños, quince colegios de abogados, ocho seminarios donde se enseña gratis, una casa que llaman de la ciudad, otra muy suntuosa para el Lord mayor, la Bolsa, el Banco, la Aduana, la Torre, etcétera.

Yo no trataré de hacerte una exacta descripción de Londres; lee si quieres a los viajeros que la han visto, en especial el tomo 2 de los Viajes de Ponz fuera de España.(4)

Volviendo a mi asunto principal, has de saber que, luego que pasaron los últimos días de la tristeza, me llamó mi amo y me introdujo en una de las salas de la casa, donde yo no había entrado, y haciéndome sentar, me dijo:

Antoñico, habrás extrañado que en quince o veinte días que vives en mi compañía aún no has visto a mi hija Jennis, de quien te tengo hablado varias veces; pero has de saberte que luego que murió su madre la llevó a su casa una tía suya, y la ha tenido en ella hasta hoy que la he mandado traer. Ella están en casa; tú la vas a comunicar desde hoy; yo deseo que unas tu mano con la suya y seáis ambos el báculo de mi cansada vejez; como buen padre y buen amigo, yo ni debo ni puedo forzarla su voluntad ni a ti estrecharte a un compromiso de que mañana puedes arrepentirte; sé muy bien que tu religión es una barrera que te impide este enlace; pero también sé hasta dónde se extiende la jurisdicción del amor. No es esto decirte que deseo que te seduzcas por casarte con mi hija; pero si ella te amare y adoptare tu creencia, no seré yo quien se lo impida, porque no me será desagradable; bien que estas materias deben tratarse con la mayor reserva.

Esto y ciertas ocurrencias devotas que le observé en Manila, me hicieron creer que era cristiano oculto, lo que no es raro en Londres.

Después de esta conversación, se salió mi patrón, diciéndome: "Yo te amo y creeré que mi confianza la corresponderás con honor. Ya me entiendes." Fuese y quedé suspenso, pensando en la futura suerte que me esperaba, los inconvenientes que se debían atravesar y, sobre todo, deseando ver a mi prometida Jennis, a la que ya quería sin conocerla, y sólo temía no fuera su hermosura ponderada, y tal vez mi amor se entibiara a la presencia del desengaño.

No tardé mucho en esta duda, pues a poco rato entró (con una señora de edad) la inglesa joven, cuya vista no sólo desmintió mis temores, sino que satisfizo mis deseos aun más de lo que yo esperaba. Representaría de edad como trece a catorce años; su vestido era honesto y decente; su belleza no te la puedo descifrar, porque toda pintura me parece abatida. Aquello de soles, luceros, rosas, jazmines, rubíes, alabastros y marfiles que habrás leído en los poetas, no son sino disparates adoptados por la mezquindad de los idiomas, incapaces de explicar con propiedad las ideas que concibe nuestra alma. Baste decirte que la amaba antes de verla, y que cuando la vi me pareció la criatura más hermosa de la Tierra y la más digna de mi amor. Las gracias de su cuerpo las realzaba un semblante modesto y agradable, junto con un genio hechizador. "Indiano, me dijo, luego que entró (hablándome en idioma español), seáis bien venido a vuestra casa; mi padre me ha mandado que os entre a saludar, y me ha hecho vuestro mejor elogio." Yo me sorprendí al oírla hablar tan bien el castellano, porque estaba en el error de que las señoras extranjeras eran como las más de nuestras forliponas,(5) que viven demasiado satisfechas con hablar el español salpicado de mil barbarismos, pleonasmos, etcétera, y se tienen por unas literatas las que saben mal traducir el francés.

Aquí no hay de eso, hermano; las señoras principales son muy instruidas, porque sus padres se dedican a hacerlas útiles, no sólo para el bastidor y fortepiano, sino para cuanto son capaces en su línea.

Finalmente, yo la respondí con urbanidad, y desde aquel día fueron nuestras visitas repetidas, sin faltar de su lado la matrona, la que no me estorbó para entablar mi pretensión; porque fuera cierto o no lo fuera, Miss Jennis me hizo creer que no sabía el idioma castellano. A muy pocas semanas yo ya era dueño del corazón de mi inglesita, y lo más estimable, ya había conseguido atraerla a nuestra religión, en cuya conquista me parece tuvo mucho influjo el buen viejo.

Luego que tuve a mi joven bien dispuesta, lo avisé a su padre, quien me abrazó y me dijo: "Todo está hecho." En efecto, a pocos días nos casó secretamente un sacerdote católico, cumpliendo después con las ceremonias de la iglesia anglicana.

Cátame aquí, ya casado a lo católico y a lo protestante, enlazado con una buena moza, lleno de satisfacciones en la casa de mi suegro y dueño presuntivo de un grueso capital.

Así viví como cuatro años, en cuyo tiempo dio a luz mi esposa un gracioso niño, que era el embeleso de la casa y el ñudo más firme de nuestro conyugal cariño; pero la suerte, que pocas veces es constantemente feliz a los mortales, comenzó a agriarme mis dichosos días y a desabrirme mis inocentes gustos.

El buen viejo, de resultas de la caída de un caballo, murió dentro de tres días, en el último de los cuales nos dejó con el mayor consuelo a mí y a su hija, pues me mandó que con el mayor disimulo le trajese al sacerdote católico que nos había casado, y éste (según después me dijo) lo auxilió y administró de occultis nuestros sacramentos, habiendo antes otorgado su testamento con las formalidades del derecho, en el que dejaba a su hija única por señora y heredera de su grueso caudal.

Expiró y fue sepultado con la pompa correspondiente a su virtud y riqueza. Mi amable esposa, no pudiendo su corazón sensible resistir tan pesado golpe, se rindió a una vehemente hipocondría, que en Londres llaman spleen, y siguió la sombra de su padre. Después de estos sentimientos, cerró el número mi querido hijito, abandonado por necesidad al cuidado o descuido de unas amas mercenarias.

Se continuará

 


(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.

(a) Se entiende a los sabios; porque a los necios no trato de agradarlos, y nada se me da de sus tontas (si no depravadas) calificaciones.

(2) cotonia. Tela blanca de algodón comúnmente labrada en cordoncillo.

(3) mahón. Tela fuerte de algodón escogido.

(4) Cf. t. I, núm. 2, nota 4.

(5) forliponas. Señoras que se dan mucha importancia en traje y maneras. Cf. Santamaría, Dic. mej.