Número 2.
IDEAS POLÍTICAS Y LIBERALES(1)
CAPÍTULO IV
De las cualidades que deben tener los diputados,
y cuánto conviene que los más sean seculares.
El común del pueblo cree que son muchas las cualidades que se requieren en el que ha de ser diputado a Cortes, y muchos piensan que son tales que pocas veces se reúnen en un mismo individuo, porque se persuaden que el que ha de ser diputado, debe ser muy sabio, rico y con alguna investidura o representación de carácter, de empleo o de literatura, como eclesiástico, licenciado o doctor.
De este error nacen muchos, no siendo los menos la vacilación de los electores, el desprecio de los beneméritos y la preferencia que conceden mil veces al rango de los que eligen sin considerar otra cosa.
Empero, ahora que tratamos de persuadir la justicia y la necesidad que hay de que el pueblo todo elija sus representantes, inmediatamente por sí, y sin el auxilio de intérpretes, que muchas veces no corresponden al idioma de su voluntad, es de nuestra obligación decir a este pueblo soberano y elector que para ser diputado sólo son necesarias tres circunstancias, de modo que el indviduo que las reúna será un excelente diputado. Las circunstancias o cualidades esencialmente necesarias son éstas:
1. Mucho amor a la patria.
2. Regular talento.
3. Firmeza de carácter.
Cualquiera del pueblo que posea estas prendas será un diputado digno de la confianza de la patria, sea quien fuere.
Como tenga mucho amor a su patria con un talento regular, aunque no sea sabio, se hará estudiando y consultando con los sabios y con la razón; y después de que esté asegurado de que a la patria le es interesante esta ley u [sic]aquella reforma, la sostendrá con firmeza de carácter que posee, sin que lo intimide la singularidad de su opinión, la preocupación general y contraria, ni la muerte misma.
Sí, nación americana: cuando tengas unos representantes adornados de tan nobles virtudes, descansa en ellos, y glóriate de que harán tu verdadera felicidad por muchos siglos.
Estas cualidades habréis de solicitar en vuestros diputados, pueblos todos de la América septentrional, y no el brillo del empleo, el aparato del dinero ni la distinción del traje. Donde se halle un hombre que os ame con decisión y que tenga valor de sacrificarse por vosotros en caso necesario, allí hay un diputado: elegidlo con los ojos cerrados, sin ver si es pobre o rico, noble o plebeyo, literato o lego. Os lo repito: amor a la patria, talento regular y firmeza de carácter es lo único, es todo lo que se necesita para ser buen diputado en Cortes, y no carácter espiritual, títulos ni condecoraciones civiles, ni suntuosos aparatos de ricos.
Dios da las cualidades que os digo a quien quiere; a vosotros toca elegir los que las tengan. ¿Y cómo podréis saber quiénes de vuestros conciudadanos las poseen y quiénes no? Os lo diré para que os aprovechéis. La comparación dicen los filósofos que es uno de los modos de saber; pues comparad entre éste, aquél y el otro, quién de los tres ha dado mejores pruebas del amor a su patria, y cuando la experiencia y la razón os persuada que Pedro Labrador es mejor para el caso que el cura Antonio y el conde Juan, elegid para diputado al labrador, sin acordaros del cura ni del conde.
No por esto digo que conviene excluir del Congreso a los eclesiásticos, a los nobles, a los letrados, ni a ninguna clase del estado.(2) La soberanía reside en la nación, y componiéndose ésta de varias clases, todas la representan, y excluir a alguna de la debida representación, sería agraviarla e incurrir en el mismo defecto de que acusamos a las Cortes españolas cuando excluyeron a las castas de la clase de ciudadanos.(3)
Pretendemos, pues, que el Congreso se componga de todas las clases del estado, mas con tal equilibrio que todas tengan igual representación, y nunca una clase sola pueda sobreponerse al Congreso, como sucedería si fueran eclesiásticos los más de los vocales. Lo mismo digo si fueran militares, mineros, labradores, etcétera.
Como los diputados siempre han de ser hombres, propensos a errar por ignorancia o por malicia, se seguiría, en el caso dicho, que aun cuando se propusiera un proyecto o reforma útil a la nación, pero desventajoso a la clase a que perteneciese la desproporción excedente de votos, claro es que, remitido a discusión, se había de desaprobar por los interesados: de que resultaba que el abuso quedaba en pie y perjudicada la nación.
Aún puede ser que algunos no lo entiendan. Nos valdremos de los ejemplos. Supongamos que el Congreso se compone por la mayor parte de eclesiásticos, y que un secular propone que, respecto a las actuales indigencias del estado y al mejor alivio de los pueblos, convendría que se reformasen los diezmos,(4) que se acortasen las rentas de los canónigos, que se aumentasen los curatos, y que se pusiesen a tasación los curas. Es más claro que la luz que todo esto le es utilísimo a la nación, pero respóndaseme con verdad e imparcialidad: si la mayor parte del Congreso se componía de eclesiásticos poseedores o aspirantes a esta clase de beneficios, ¿habría muchos que dieran su voto contra su propio interés? El canónigo que tenía tres mil pesos de renta, ¿daría su voto para que le cercenaran dos? El cura que contaba en su curato en el pie actual con cinco o seis mil pesos, ¿daría su voto para quedar sujeto a recibir de la tesorería nacional dos mil pesos, perdiendo los otro cuatro que estaba acostumbrado a percibir? Puede que ganase la votación el del proyecto, pero yo no lo he de creer hasta no verlo, porque a todos nos acomodan las reformas, mientras no nos llegan a la bolsa. Este mismo inconveniente se notaría si la excedencia de votantes fuera militar, letrada, labradora, etcétera.
Así es que convendría que en la elección de diputados hubiese tal equilibrio, o por mejor decir, en su número, que al dar su voto cada individuo no tuviera más interés que el bien de la nación, y que aun cuando lo negase por parecerle que darlo era desventajoso a su clase, no hiciera falta, pues sobreponiéndose la pluralidad de las demás clases de votantes, la nación quedaría aprovechada. Me explicaré.
Ocho, me parece, son los objetos principales a cuyo florecimiento deben atender las Cortes para la prosperidad del estado, y son éstos:
1. La religión.
2. La milicia.
3. La marina.
4. La agricultura.
5. Las ciencias.
6. Las artes.
7. El comercio.
8. Las minas.
Hombres inteligentes en algo de esto deben componer el Congreso, pues si no entienden de nada, harán en el salón tanto papel como las sillas o las mesas.
Ahora bien, supongamos que de toda la población del imperio, deducidos los eclesiásticos, solteros y viudos, mujeres y niños, nos quedan tres millones de ciudadanos útiles para votar, que son treinta cien miles. Si a cada cien mil almas le damos diez diputados, el número de éstos será el de trescientos. Si se repartiesen entre los ocho órdenes señalados, tocarían a treinta y siete a cada orden, y tendríamos treinta y siete eclesiásticos, otros tantos militares, e igual número de labradores, comerciantes, artesanos, etcétera, etcétera; por manera que, aun cuando a una clase los cuatro sobrantes de la partición, resultaría, a lo sumo, compuesta de cuarenta y un individuos, pero siempre se verificaría el equilibrio apetecido, pues cuarenta y uno jamás en votación podrían contra doscientos cincuenta y nueve de las demás clases componentes del Congreso.
Desde luego aparece una objeción en este proyecto, bastante difícil de resolver, y es que, no siendo dable equilibrar el número de habitantes de las provincias, no es dable tampoco proporcionar el número de diputados con semejante exactitud.
Convengo en que la dificultad es indisoluble, a lo menos para mis cortas luces, mas yo propongo esta idea hipotéticamente, para que sobre ella discurran los sabios el mejor modo de que en las Cortes entren individuos de las principales clases del estado, de suerte que no falte una, ni haya en ninguna tal preponderancia de votos que haga sucumbir a las demás con ultraje de la justicia y de la razón, y sólo por la ventaja que le ofrezca la mayoría.
Lo mismo que siempre temimos y experimentamos los americanos de las Cortes de España por la desventaja de nuestros representantes, debemos temer en nuestra misma casa respecto de alguna clase del estado, o de todas, si la mayor parte del Congreso se compone de una sola clase. Por ejemplo, de eclesiásticos.
Si en el Congreso que deba componerse, verbigracia, de trescientos individuos, son eclesiásticos ciento sesenta, faltará la proporción y lugar a las demás clases, y su legítima representación, pues, en queriendo, instaurarán las leyes que quisieren, fiados en la mayoría: el Congreso que debe representar la soberanía general de la nación no representará sino a lo más, una clase de ella, y las leyes que dictaren serán nulas por falta de aprobación legítima. Lo mismo digo si la mayoría de votos estuviere en letrados, militares, etcétera, etcétera. Faltando el equilibrio de las clases, de modo que una sola no pueda sobrepujar a todas, podrá hacer una Constitución excelente, pero creo que tal acierto tocará en lo maravilloso. Vaya, entre otras, una razón que creo que convence con sencillez y claridad mi proposición:
Si la mayor parte del Congreso se compone de militares, aunque sean muy instruidos en su arte, harán unas buenas ordenanzas militares, pero ¿qué tales saldrán las leyes civiles de sus manos? Si la mayoría del Congreso fuere de comerciantes, ¿qué tales saldrían las reformas eclesiásticas?, y así de todo.
De lo que es preciso concluir que conviene procurar que en el Congreso entren de todas las clases del estado, conservando entre ellos el equilibrio posible.
Hay en mi patria todavía mucho fanatismo, que convendrá ir desterrando poco a poco, haciendo entender al pueblo que no es lo mismo ser fanáticos y tontos que católicos; ni supersticiosos que devotos. Hasta hoy no hemos sido sino unos ciegos imitadores de las preocupaciones y costumbres de los españoles, hayan sido las que hayan sido. Hay mucha ignorancia en nuestro suelo, especialmente en lo que no debía haber ninguna: es decir, en puntos de religión, y esta ignorancia no se estrecha en el círculo del pueblo bajo, que llaman vulgo. Entre los que no quieren entrar en este círculo he oído desatinar sin temor de Dios ni de los sabios sobre puntos de religión.
Aun hay más: he oído disparates groserísimos y los he visto impresos por... Si digo que por eclesiásticos y doctores, dirán que soy fra[n]cmasón, jansenista, jacobino, y espíritu maligno, pero otros que no son yo, los han oído y visto. Puedo manifestar algunos impresos. Si esto se ve y se oye entre el vulgo decente, ¿qué no se oirá y se verá entre el vulgo pobre y haraposo?
Disculparé de buena gana esta ignorancia, confesando que no tenemos toda la culpa ni los españoles tampoco. En algún tiempo fueron éstos los padres de las ciencias y del catolicismo depurado de supersticiones y errores, según Mariana,(5)Masdéu(6) y otros; pero la continuación de las guerras, la irrupción de naciones enemigas y la posesión de las Américas, desterraron las ciencias de España, corrompieron sus mejores costumbres, enervaron su valor y la redujeron al estado bárbaro de la voluptuosa Sibaris.
¿Qué cosa más natural sino que las colonias imitaran el ejemplo de la metrópoli, así como los hijos imitan el de sus padres? Pues esto nos sucedió puntualmente. La España era apática, indolente, floja, supersticiosa e ignorante, y la América lo mismo que la madre.
Así hubiera permanecido eternamente aquella parte de la Europa, si unos virtuosos españoles no hubieran procurado desde el año de [18]12 apartar de su patria cuanto se oponía a su libertad e ilustración.
Instalaron sus Cortes en efecto, llamando a ellas a los hombres más sabios, y sancionando una Constitución que, aunque no carece de defectos, siempre será un documento seguro de que en España nunca han faltado sabios en todas líneas, héroes amantes de su patria y cristianos viejos, desnudos de superstición y fanatismo.
Cuatro bribones, engañando al rey, turbaron la felicidad que se iba labrando la nación. A los primeros de que hablé, llamaron filósofos libertinos, a los segundos,traidores, y a los terceros, herejes. El rey llegó, se disolvió el Congreso, se asesinaron y expatriaron a los más beneméritos españoles, se levantó la Inquisición, baluarte seguro de la tiranía y el despotismo, y volvió España con América a recibir las duras cadenas, de que aún no se desprendieran si otros nuevos héroes, Quiroga, Arco Agüero, etcétera, etcétera, no se hubiesen decidido a libertar a su nación; mas como ésta se hallaba envejecida en mil errores, necesitaba mucho tiempo para irlos olvidando.(7) Uno de ellos era creer que había existido para dominar a los americanos, según la duración de los siglos, y que éstos siempre doblarían la cerviz a su yugo.
Este equivocado concepto hizo que no se cuidaran de estrellarse contra nosotros, quitándonos allá la representación correspondiente y alucinándonos acá con las huecas voces de libertad, igualdad y ciudadanía.
Bien advertíamos que, en el sonido de estas voces, jamás habíamos de hallar nuestra felicidad, si no nos separábamos de España, pues los intereses de ella, bajo su sistema, estaban y debían de estar siempre en oposición con los nuestros; pero para desatar este nudo sin romperlo, para hacernos independientes sin reconocernos enemigos, era menester un genio superior y que pudiese combinar la opinión pública con el interés de España y la ilustración del siglo.
Hallóse este genio bienhechor en el heroico Iturbide, quien trazó su plan de regeneración política y, auxiliado con los inmortales Guerrero,(8) Bustamante,(9)Quintanar,(10) Negrete,(11) Chávarri,(12) Victoria;(13) Santa-Anna,(14) Filisola,(15)Epitacio,(16) Bravo,(17) Zarzosa(18) y los demás jefes, oficiales y soldados beneméritos que conocemos, llevó al cabo la grande obra en siete meses, y de un modo maravilloso: ya se ve, como visiblemente auxiliado del dios de las batallas.(19)
Ya oigo que algunos me preguntan que ¿a qué viene tamaña digresión? A esto. Ya somos independientes, ya somos libres,(20) en nuestra mano está ser felices. Si con nuestra desunión, flojedad y confianza dejamos que se nos vuelva a escapar la libertad que apenas acabamos de adquirir, y con nuestro fanatismo oponemos barreras impenetrables a la ilustración, siempre seremos ignorantes, pronto volveremos a ser esclavos, y entonces no habrá España a quien echarle la culpa: toda será nuestra, como también la pena.
Por tanto, no hay que llamar díscolo, traidor ni sedicioso a ninguno que respetuosamente proponga alguna reforma civil, o advierta con solidez algunos abusos que exijan pronto remedio del gobierno. Tampoco deben llamar fra[n]cmasones, jacobinos ni herejes a los que propusieren algunas reformas sobre abusos que se noten en ambos cleros.
Cuando los abusos son ciertos y las reformas con arreglo a los cánones y antigua disciplina de la Iglesia, es laudable el espíritu de los proponentes. Con semejantes reformas no se destruye la religión, antes se depura de los vicios que la afean, y quien las propone no debe reputarse su enemigo, así como no se tendrá por enemigo del enfermo el médico que le prescriba el régimen dietético que debe guardar para que se restablezca su salud.
He dicho que convendría que los eclesiásticos no votasen diputados, para que las elecciones sean más libres, y porque no se diga, como se ha dicho, que influyen mucho en las elecciones, que por esto salen los más diputados eclesiásticos, y que si se sigue ahora el mismo sistema, nuestras Cortes no serán sino concilios.
En consideración a esto creo que será útil que no voten: lo uno porque de no votar no se les sigue ninguna degradación, ni dejan de ser ciudadanos, ni de estar en aptitud para ser elegidos diputados, y lo otro porque de este modo jamás se desconfiará de los que salgan electos, ni se dirá que los hizo el influjo eclesiástico y no el mérito propio.
Más liberal yo que las Cortes de Cádiz, creo que pudieran y debieran ser elegidos diputados a las nuestras los religiosos, pues, habiendo entre ellos muchos sapientísimos y decididos amantes de su patria, no sé por qué motivo se nos haya de privar de sus luces, no dándoles lugar en el Congreso sólo por frailes. Cualquiera objeción que se quiera poner contra esto, me parece muy fácil resolverla.
Dije que no votarían los solteros, y los viudos. Sobre éstos puede y aun debe haber su consideración, pues muchos viudos son padres de familia, y los que no, pusieron sus medios necesarios para serlo.
A los solteros se les podría privar del voto para hacer más odioso el celibato, amado por razón del libertinaje. Entre los antiguos lacedemonios y romanos, gozaban los casados de algunas distinciones públicas, como más útiles al estado. Así es que en ciertas fiestas y templos sólo los casados tenían asiento.
Éstas no son leyes, son ideas políticas, adaptables o no, según la voluntad del gobierno. No solamente Platón pudo hacer repúblicas imaginarias, ni utopías Tomás Moro,(21) cualquiera puede hacer lo mismo en su escritorio.
(1) México, Imprenta Imperial de don Alejandro Valdés, 1821.
(2) El gobierno independiente del Primer Imperio estuvo formado por la Junta Provisional gubernativa y la Regencia, compuesta por Agustín de Iturbide, Juan de O'Donojú, Manuel de la Bárcena, Manuel Velázquez de León e Isidoro Yáñez. A la muerte de O'Donojú (1821), éste fue reemplazado por el obispo de Puebla, Antonio Joaquín Pérez.
(3) Título I, capítulo II: De los españoles. Artículo 5. Son españoles: Primero: Todos los hombres libres nacidos y avecindados en los dominios de las Españas y los hijos de éstos. Segundo: Los extranjeros que hayan obtenido de las Cortes carta de naturaleza. Tercero: Los que sin ella lleven diez años de vecindad, ganada según la ley en cualquier pueblo de la monarquía. Cuarto: Los libertos desde que adquieran la libertad en las Españas. Título II, Capítulo IV. De los ciudadanos españoles. Art. 18. Son ciudadanos aquellos españoles que por ambas líneas traen su origen de los dominios españoles de ambos hemisferios, y están avecindados en cualquier pueblo de los mismos dominios. Art. 22. A los españoles que por cualquier línea son habidos y reputados por originarios del África, les queda abierta la puerta de la virtud y del merecimiento para ser ciudadanos: en su consecuencia, las Cortes concederán carta de ciudadano a los que hicieren servicios calificados a la patria, o a los que se distingan por su talento, aplicación y conducta, con la condición de que sean hijos de legítimo matrimonio de padres ingenuos, de que estén casados con mujer ingenua y avecindados en los dominios de las Españas, y de que ejerzan alguna profesión, oficio o industria útil con un capital propio [...]. Art. 25. El ejercicio de los mismos derechos se suspende: Segundo: Por el estado de deudor quebrado, o de deudor a los caudales públicos. Tercero: Por el estado de sirviente doméstico. Cuarto: Por no tener empleo, oficio o modo de vivir conocido. Constitución Política de la Monarquía Española, en Felipe Tena Ramírez, Leyes fundamentales..., pp. 60-61, 62 y 63. "Completan el cuadro social del período prerrevolucionario, la mayoría de los mestizos, los indios y las castas. Estos últimos rescataban los minerales, y cultivaban los campos sin lograr salir de su clase miserable. Eran la fuerza de trabajo necesaria para que el virreinato, en su capa social superior, mantuviera inalterables su control y sus privilegios. Sin instrucción, viviendo en absoluta miseria e ignorancia, seguirían a sus líderes criollos en busca de su redención y de la emancipación política." Romeo Flores Caballero, La contrarrevolución en la independencia, op. cit., pp. 11-12.
(4) diezmo. Derecho eclesiástico consistente en el pago de la décima parte de los frutos o bienes adquiridos por los fieles a la Iglesia. Hacia 1854, la ciudad de México contaba con catorce curatos: el Sagrario; San Miguel, San Pablo, Santa Cruz Acatlán, La Palma o Santo Tomás, Santa Cruz y Soledad o Soledad de Santa Cruz, San Sebastián, Santa Catarina Mártir, Santa Ana, Santa María, Santa Veracruz, San Antonio de las Huertas, Señor San José, Salto del Agua. Cada uno de ellos tenía un señor cura, a excepción del Sagrario que mantenía tres, y Santa Catarina Mártir y San Pablo, dos. Existían además, los curatos de cordillera, que estando cerca de la capital carecían de vicario foráneo, y estaban sujetos al provisorato: Acolman, Ayotzingo, Azcapotzalco, Chautla, Chalco, Chimalhuacán Atenco, Coatlinchan, Coatepec Chalco, Culhuacán, Coyoacán, Cuautitlán, Santa Fe, Tepexpan, Tecamac, Tepetlaxtoc, Texcoco, Tlahuac, Tlalpan, Temamatla, Tacubaya, Tepotzotlán, Tultitlán, Tlalnepantla Corpus Christi, Huisquilucan, Huehuetoca, Huexotla, Ixtapaluca, Ixtapalapan, Ixtacalco, Mexicalzingo, Mixquic, Milpa Alta, Mixcoac, Naucalpan, San Ángel, San Cristóbal Ecatepec, San Juan Teotihuacán, Tacuba, Villa del Carbón o Peña de Francia y Xochimilco. Las rentas destinadas al sostenimiento del culto y del clero podían dividirse en cuatro clases: primera, las que corresponden a los cabildos y a las catedrales; segunda, las particulares o de los capellanes; tercera, la de obvenciones parroquiales; cuarta las que resultan de la propiedad de las iglesias y de los monasterios. Pertenecían a los obispos y a los clérigos los diezmos y primicias, o la décima parte de los frutos que se cosechan y están afectos al pago, y las primeras crías de los ganados. Les correspondían también las cantidades que personas devotas dejaron fincadas para hacer cada año las funciones que llamaban de "Aniversarios", en los que se invertían los réditos anuales. Los capellanes se sostenían con el rédito de los capitales impuestos con el nombre de capellanías,comúnmente de tres mil pesos cada una, y de las limosnas que recibían de los fieles por las misas que mandaban decir por su intención. Las rentas de los curas las componían los derechos de estola por bautismos, casamientos y entierros; los responsos, actos piadosos y funciones que en sus iglesias hacían los creyentes; y en la venta de novenas, medallas, etcétera. Los monasterios vivían, además de los productos de las funciones religiosas y de los entierros, del rédito de los capitales que tenían impuestos, del arrendamiento de sus fincas y de las limosnas de los bienhechores.
(5) Juan de Mariana (1536-1624). Jesuita e historiador español. Fue autor del tratado De rege et regis institutione, y de la Historia de España (1592-1601).
(6) Juan Francisco Masdéu (1744-1817). Jesuita e historiador español. Fue nombrado por Carlos IV investigador del archivo de la catedral de León. Al. decretarse la expulsión de los jesuitas partió a Ferrara. Restablecida por Pío VII, en 1815, la Compañía de Jesús, Masdéu volvió a España para establecerse en Valencia. Ahí desarrolló una valiosa labor intelectual; investigador concienzudo y prosista excelente, entre sus obras destaca la Historia crítica de España y de la cultura española, de 1783 a 1805, donde enmendó errores de la interpretación de la historia de su patria.
(7) "La proclamación hecha por Riego de la Constitución en todos los lugares a su paso, había decidido realmente la cuestión [sobre el programa político] a que servía el levantamiento y, no sin que se manifestase el disgusto de Quiroga y hasta Arco Agüero, que debía encontrar comprometida semejante filiación política. Éste, en una carta que días después dirigió al general Freire, nuevo comandante de las fuerzas fieles al régimen, afirmó que su intención se reducía a que Fernando VII abandonase el sistema de gobierno que venía practicando 'y adoptar la monarquía moderada y representativa que hacía la felicidad de otros países, curando, como en Francia, las profundas llagas que había abierto el sistema tiránico de Napoleón'. A pesar de estas reservas hechas públicas por la lectura y publicación del manifiesto que escribiera Alcalá Galiano, se proclamó igualmente la Constitución en San Fernando y se restableció el Ayuntamiento constitucional." Miguel Artola Gallego, La España de Fernando VII, introd. por Carlos Seco Serrano, Madrid, Espasa-Calpe, 1968 (Historia de España, dirigida por Ramón Menéndez Pidal, t. XXVI), p. 643. El 6 de enero Arco Agüero publicó una proclama en el Puerto de Santa María donde se lee: "El ejército nacional, al pronunciarse por la Constitución de la Monarquía Española, promulgada en Cádiz por sus legítimos representantes no trata de atentar a los derechos del legítimo monarca que ella reconoce... No trata el ejército de atentar a las propiedades ni a las personas, ni tampoco de hacer innovaciones que la equidad, la justicia y la religión de nuestros padres no autorice." Ibidem, nota 108 a la p. 668.
(8) Vicente Guerrero (1783-1831). Uno de los más grandes héroes de la guerra de independencia. Estuvo en las filas de Morelos y fue uno de los pocos que siguieron en armas después de la muerte de este último. Fue presidente de la República Mexicana.
(9) Anastasio Bustamante. Cf. nota 5 de A las valientes tropas...
(10) Luis Quintanar. Cf .nota 4 de A las valientes tropas...
(11) Pedro Celestino Negrete. Cf. nota 7 a Ni están todos los que son...
(12) José Antonio Echávarri. Cf. nota 6 a Ni están todos los que son...
(13) Guadalupe Victoria (1786-1843). Su nombre verdadero era Miguel Félix Fernández. Primer presidente de la República Mexicana.
(14) Antonio López de Santa-Anna (1794-1876). Ingresó a la carrera militar en 1810. Incorporado al 2º Batallón de Granaderos residente en Veracruz, y contando con la protección del general José Dávila, gobernador de ese puerto, combatió a los insurgentes y a los ladrones de los caminos a Veracruz. En 1821 se adhirió al Plan de Iguala, combatiendo en las filas insurgentes desde entonces. En 1822 Iturbide decidió quitarle el mando de la provincia de Veracruz por las quejas e informes acerca de su conducta; el 2 de diciembre Santa-Anna, al mando de cuatrocientos hombres, levantó la bandera de la República contra el Imperio. A partir de esa fecha se inicia para él una larga carrera que iría a culminar en la dictadura que le llevó a ocupar la presidencia de la República en numerosas ocasiones: de 1853 a 1855, en 1839, 1841-1842, 1843, 1844, 1846-1847 y 1853 a 1855.
(15) Vicente Filisola. Cf. nota 12 a Ni están todos los que son...
(16) Epitacio Sánchez. Jefe distinguido entre los insurgentes. En 1813 estaba a lasórdenes de Rayón. En el segundo período de la guerra de independencia estuvo a las órdenes de Pedro Celestino Negrete, que se adhirió al Plan de Iguala.
(17) Nicolás Bravo. Cf. nota 44 a Chamorro y Dominiquín... independencia...
(18) Pedro Zarzosa. Antiguo jefe realista incorporado en 1821 a las fuerzas de Nicolás Bravo en favor del Plan de Iguala. Se unió al ejército insurgente el 18 de julio en Tlaxcala, con ciento cincuenta hombres pertenecientes a los Fieles del Potosí y los Dragones de México; al mando de un destacamento de caballería participó en el sitio de Puebla.
(19) "El 10 de enero de 1821, Iturbide sometía una proposición al desconfiado general Guerrero invitándolo a deponer las armas, protestando obsequiar los anhelos de los insurgentes en un régimen monárquico a cargo de un miembro de la familia real española. Era el primer capítulo de una técnica que tan buenos resultados le daría al lisonjear con refinado arte, en sus múltiples cartas, las aptitudes del jefe rebelde y de cada una de las fuerzas que con gran sagacidad y halago supo reunir, al redactar el trascendental documento conocido en la historia mexicana por el Plan de Iguala de 24 de febrero de 1821. En este documento, era natural que se adoptara como religión de Estado la católica, con todas sus consecuencias en bien de los intereses de la iglesia, cuya defensa no fue loúnico que expresó el Plan de Iguala, ya que aparte de estas realidades sociales que no podían ignorarse, concurrieron inevitablemente otras ambiciones y futuros propósitos. El clero quedaba satisfecho al sentir garantizada su situación; las tendencias monárquicas también, con la declaración de reservar el gobierno del Imperio a Fernando VII o a un miembro de la casa real, que llegado elmomento vendría a México; el grupo más avanzado ideológicamente, se satisfacía a su vez con el ofrecimiento de formar un Congreso que le permitiera participar activamente en la vida pública y, por último, el pueblo, veía convertido en realidad su sueño de emancipación que esperaba desde hacía tanto tiempo, y con ello, logrado el mejoramiento de la injusta situación que padecía. El país acogió a los españoles deponiendo de momento la pasión política desatada en su contra, y por primera vez se pretendió integrar a México bajo el símbolo de la Religión, la Independencia y la Unión, creyendo que el poderoso país que acababa de nacer constituiría propiamente el Imperio Mexicano, cuyas fuerzas militares se ocuparían desde entonces en la defensa de aquellos tres valores capitales representados por los colores de nuestra enseña nacional." Catalina Sierra, El nacimiento de México, op. cit.,pp. 25-26.
(20) En la "Proclama en la cual va inserto el plan de Independencia, de que se ha hecho mención [Plan de Iguala]" Iturbide expresó: "Al frente de un ejército valiente y resuelto he proclamado la independencia de la América Septentrional. Es ya libre, es ya señora de sí misma, ya no reconoce ni depende de la España, ni de otra nación alguna." Fechado en Iguala, 24 de febrero de 1821. F. Tena Ramírez, Leyes Fundamentales de México..., op. cit., p. 114.
(21) Utopía. Del griego utopos (sin lugar), descripción de un Estado ideal. Aunque el término fue acuñado por Tomás Moro (1480-1535) en su libro De optimo statu rei publicae deque nova insulta Utopia, editado por Erasmo en 1518, la palabra puede aplicarse a todas las teorías de un Estado ideal a partir de La República o de la Justicia, de Platón.