[NÚMERO 2]
EL CONDUCTOR ELÉCTRICO(1)
En el que se destruyen las más comunes preocupaciones que sordamente
minan nuestra sabia Constitución, al menos entre los ignorantes
CARTA DE UN PAYO AL EDITOR
Tontonatepeque, junio 15 de 1820
Señor Pensador. Mi muy estimado señor de todo mi aprecio: he leído el papel de usted titulado El Conductor, en el que dice usted que todo el que quiera favorecerlo con sus producciones literarias, puede hacerlo, escribiéndole a esa ciudad.
Yo, señor mío, no puedo enviarle cosa que le haga favor, sino que le acarree molestia; pues aunque no soy muy payo, no soy nada adelantado en conocimientos políticos, y así necesito aprender de quien más sabe.
Soy un hombre de bien, casado, con cinco hijos y una doncella bien parecida, a los que deseo instruir en cuanto pueda, ya que por la misericordia de Dios, no carezco de proporciones.
Todos mis hijos, yo, mi esposa y muchos vecinos de estos lugares estamos con mil temores y dudas acerca de las novedades del día.
Hemos sabido que se ha jurado otra vez la Constitución de marras, y esto nos ha llenado de confusión; porque dicen que se quita el Santo Tribunal de la Inquisición, con lo que todos nos volveremos herejes a querer o no. Nos dicen que al rey se le perjudica demasiado con este nuevo gobierno y se le quita la autoridad. Nos aseguran que con la libertad ya nadie puede decir este peso es mío, ni esta vida es mía pues como todos pueden hacer lo que quieran, es de temer que nos maten y roben el día que menos lo pensemos; y mucho más que añaden que ya todos somos iguales, lo mismo el blanco que el prieto, el amo que el criado, el tuno que el hombre de bien y de obligaciones.
Todo esto será muy bueno, y más que el señor cura nos predicó el domingo primores de la Constitución, y ya usted sabe que cuando el padre lo dice, estudiado lo tiene; pero, la verdad, a mí no me parece nada bien; ni ¿a quién le ha de parecer bien que al rey le usurpen sus derechos, que todos seamos iguales, a la fuerza? Sin eso ya usted ve qué osada y qué malcriada es la gente ordinaria de nuestra tierra, ¿qué será así que sepan bien que el indio gañán es lo mismo que el administrador de la hacienda, el topile(2) lo propio que el cura y el cochero lo mismo que el que va dentro? Seguramente que como por acá ellos son muchos y la gente decente poca, dentro de cuatro días nos comen por esa maldita Constitución.
¿A quién le parecerá justo tampoco esa libertad tan grande que a todos nos concede, y con la que cada cual hará lo que se le diere la gana, sin que haiga quien se pueda meter con él?
Pero todo esto es fruta y pan pintado, respecto a la quita del santo Tribunal. Eso sí que me ha llegado al alma; porque por fin esta vida como quiera se pasa; pero esto de que seamos herejes y después nos lleve el diablo, eso sí que me aturde demasiado.
Al cura de aquí lo trato con mucha confianza porque es mi compadre, me debe dinero y me quiere mucho. El otro día le hablé sobre esto mismo, y me dijo que la Constitución era buena. Yo le porfié que me dijera en qué consistía su bondad con tantas lacras como tiene y el santo padre no salía de que era buena, y que era buena.
Entonces me enfadé y le dije: pues si es tan buena ¿por qué usted la otra vez rajó tanto contra ella en el púlpito, dijo que toda era un hato de herejías, y aún no ha ocho días que pensaba contra ella? ¿Conque usted hoy dice una cosa y mañana otra? ¿Hoy alaba lo que ayer reprobaba? Vamos, compadre, que es menester no tener ni pizca de vergüenza para perjudicarse tan seguido.
Mi buen compadre se encogió de hombros, y no tuvo más remedio que confesármela redonda.
Es cierto compadre, me decía, la Constitución es endiablada, todo cuanto usted dice es la purísima verdad; yo no la puedo ver, porque dentro de pocos años es regular que se pongan los curatos a dotación... Aquí le interrumpí preguntándole ¿que qué era eso de dotación? Cómo qué, compadre, decía él: poner a los curas asalariados por el gobierno, y entonces nos vamos a freír chongos. ¿Pues que ya no habrá emolumentos, ni derechos de arancel? ¿Qué diablos ha de haber? El cura ha de bautizar, casar, enterrar, predicar, y todo sin más premio que la dotación que tenga.
Eso será mucho beneficio para los pueblos; especialmente, le dije, para los pobres. ¿Y qué tenemos con eso?, me respondió mi compadre el cura, poniéndose colorado como una grana. ¿Qué beneficio me resultará a mí ni a otros infelices curas como yo, a quienes si hoy les rinden sus curatos, seis, ocho y diez mil pesos anuales, mañana les cercenan las tres partes? ¿Qué esperanza nos queda a más de cuatro de ser canónigos si nos quitan los pies con que deberíamos andar ese camino? Y por último, ¿qué provecho me resulta de que los pueblos se beneficien? No otro que muchísimo daño.
¡Vea usted y qué contento estaré yo con la maldita Constitución! Sí, maldita, excomulgada y herética en todas sus partes, pues por ella se prepara el modo para atacar a los sacerdotes del Señor.
Pero, señor cura, cómo con esos conocimientos la juró usted y nos predicó que era muy buena, y que estuviéramos todos obedientes a ella porque éste era el voto general de la nación y la voluntad del rey.
De fuerza la había de jurar, si me lo manda mi superior, y la misma Constitución manda que el inmediato domingo a la jura exhorte el cura después del ofertorio de la misa al pueblo a su observancia brevemente.
En verdad, compadre, que la exhortación de usted fue tan entredientes que apenas la oímos los que estábamos más cerca, y tan breve, que no duró cuatro minutos. Bien se conoce que lo hizo usted de mala gana.
¿Pues no lo había de hacer, si me coge el daño tan de cerca? Le aseguro a usted compadre, que si cogiera a Ballesteros,(3) a Quiroga,(4) a Espoz y Mina(5) y a todo cuanto zaragate tuvo parte en trastornarle la cabeza a nuestro soberano, los había de descuartizar y hacer cenizas.
¿Pero, compadre, sabiendo usted cómo andaba la bolada, para qué juró? ¿Cómo para qué, compadre? ¿Ya no dije que me lo mandó el arzobispo? Eso es no tener carácter. Yo, a ser usted, no juro, aunque me lo mande el Papa. Vea usted quién jura una herejía tan clara sólo porque le dicen que jure en medio pliego de papel. ¿Conque si mañana le mandan a usted jurar el Alcorán, lo jurará con la misma facilidad que la Constitución y nos exhortará a su observancia?
¿Y qué quería usted que hiciera, cuando por ahí anda un run, run, de no sé qué decreto del rey por el que manda que todo español que se resista a jurar la Constitución, o al jurarla use de protestas, reservas o indicaciones contrarias al espíritu de la misma, sea indigno de la consideración de español, desterrado de los dominios de España, y si es eclesiástico, ocupadas sus temporalidades, que es lo que yo más defiendo. ¿Y qué son temporalidades, compadre? ¿Cómo qué? Mi curato nada menos.
Pues cierto que la Constitución es endiablada. De los demonios. Yo no la puedo ver, y hay infinitos que la detestan más que sus pecados; pero es menester ver cómo se habla de esto, porque sus apasionados, que son muchísimos y se llamanliberales, casi todos son entusiastas de la Constitución, y es menester refrenarse delante de ellos, aunque se nos rebanen las tripas.
Ya conozco que por acá los más son liberales, y así me guardo de hablar sino con el subdelegado, alcabalero y comandante, pues éstos sí son fieles al rey como yo y usted.
Pues y ¿qué no son constitucionales? No, compadre: realistas, realistas; y lo cierto es que no sólo el subdelegado, el comandante y el receptor de aquí son enemigos de la Constitución, sino que seguramente lo serán todos los subdelegados y alcabaleros del mundo, pues también les alcanzará el ramalazo lo mismo que a los curas.
Pero ¿cómo, compadre? Muy bien. Se han de quitar los jueces legos y se han de poner en su lugar jueces letrados; asimismo, se dice que con la reforma o disminución que habrá de alcabalas en lo interior del reino, deben quedar suprimidos estos destinos, y ya verá usted que en no teniendo los subdelegados y alcabaleros otro arbitrio, habilidad o destino con qué buscar el pan, se verán en precisión de arar la tierra. ¿Qué dice usted compadre, y cuánto trastorno nos ha causado esta maldita Constitución?
Mucho efectivamente, señor cura, le contesté a mi compadre. Yo luego dije que era endiantrada en cuanto vi que quitaron el Santo Tribunal, pues es como de necesidad que faltando este escudo de la religión, falte la fe.
Así seguimos lamentándonos del nuevo gobierno, y yo salí más confundido al ver que un santo sacerdote apoyaba mi modo de pensar; y por acabarme de cerciorar de si mis temores son fundados, le escribo a usted ésta, suplicándole se sirva decirme su parecer con la ingenuidad que acostumbra, pues si piensa lo mismo que yo y mi compadre el señor cura, desde luego que juro por los huesos de mi madre ser enemigo de la Constitución hasta la muerte, pues yo he de morir como dicen las espadas: por mi ley y por mi rey.
Suplico a usted también que si se digna de responderme, sea clarito, clarito, porque acá los payos no entendemos de gorigoris, ni de estilos figurados, sublimes y elocuentes; y con esto y ofrecerme a su disposición, concluyo como su afectísimo que besa su mano. Marcos Martín Moreno.
CONTESTACIÓN
Muy señor mío: con mucha complacencia tomo esta vez la pluma para manifestarle mi opinión y la de todo buen español acerca del nuevo Código que hemos jurado, así para que usted se aquiete, como para que se desengañen cuantos pensaren como usted y ese párroco. Esto lo haré en pocas palabras y con la claridad que usted me pide y exige la materia.
La Constitución, amigo mío, es un conjunto de los fundamentos sobre que se han de sancionar las leyes más bastantes para constituir feliz la monarquía española.
El objeto con que se hizo y el que se tendrá al establecer las leyes, ni fue ni será otro que hacer feliz a la nación en todos y en cada uno de sus individuos, pues este objeto tan sagrado es la ley suprema en todo gobierno bien dirigido.
Sin embargo de las prontas y visibles ventajas que este Código nos ofrece, hay algunos, y mejor diré, hay muchos que, o por ignorancia o por malicia, o por ambas cosas, no sólo no son adictos a la Constitución, sino que la procuran malquistar entre la gente sencilla sembrando unas opiniones subversivas y calumniantes, denigrándola de cuantos modos pueden, y haciendo una guerra sorda, pero activa, a este precioso sistema de gobierno, siendo lo peor, y siento decirlo, que los confesonarios son unos teatros muy a propósito para desfigurarla enteramente, y hacer pasar sus santos principios por erróneos y escandalosos. Tengo infinitas y evidentes pruebas con qué sostener esta verdad en caso necesario; y si no se ocuparan las temporalidades ya se hubiera profanado la cátedra del Espíritu Santo por muchos que piensan como el cura de Tontonatepeque.
No lo dude usted, amigo; se hubieran dicho blasfemias y herejías en los púlpitos, como se han dicho en nuestros días en asuntos de insurrección; pues no hay cosa más común que volver causas de religión las del Estado, y entonces se blasfema y se delira libremente cuando el egoísmo aconseja que conviene.
Por tanto, esté usted sobre aviso en esta materia, que es harto delicada, y haga que lo esté su buena esposa y sus inocentes hijos.
Prevéngales usted que la Constitución fue hecha por hombres muy sabios de acreditada justificación, decididos amantes de su religión católica, de su rey y de su patria, y elegidos entre millares de sujetos recomendables, así de la Península como de este Continente, y por una regla de justa crítica debemos persuadirnos a que sin disputa, es bueno lo que hacen muchos buenos.
Advierta usted y enseñe a su familia que aunque haya quien hable mal de la sabia Constitución y sujetos tal vez condecorados, no lo hacen éstos sino por una de dos razones: o porque no la entienden, o porque les duelen algunas de sus determinaciones. De manera que sólo dos clases de personas odia la Constitución: los necios y los egoístas. Aquéllos por preocupación, éstos por malicia.
Dejaremos el interés de los últimos y combatiremos las preocupaciones de los primeros con la posible brevedad y claridad, entendidos de que combatidas para unos quedan inútiles para servir de armas de seducción a otros.
Cuatro son las preocupaciones cardinales que ponen en equilibrio a lo menos la opinión de la gente sencilla y la previenen en contra de nuestro sabio Código, y son éstas.
1ª Que es contra el rey.
2ª Que es contra la religión, porque quita el Santo Oficio, que es lo mismo que abrirle la puerta a la herejía.
3ª Que es contra la buena sociedad, porque concede una igualdad completa a todas las clases del Estado.
4ª Que es contra la seguridad personal, porque franquea una libertad sin límites.
Esta confusión de ideas y voces es la enorme bestia de cuatro pies sobre que caminan los ignorantes necios y los egoístas maliciosos; pero si a esta bestia le desjarretamos los pies uno por uno vendrán a dar a tierra sus señorías, y confesarán mal que les pese, que la Constitución es sabia y justa, y ellos son los idiotas y perversos. Manos a la obra. S[e] C[ontinuará].
(1) Imprenta de don Mariano Ontiveros.
(2) topile. Indio encargado del cuidado de las iglesias en los pueblos. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(3) Francisco López Ballesteros. Cf. nota 7 al número 1 de El Conductor. Eléctrico.
(4) Antonio Quiroga. Cf. nota 2 al número 1 de El Conductor Eléctrico.
(5) Francisco Espoz y Mina (1781-1836). General español. En el reinado de Fernando VII hubo de emigrar a causa de sus ideas liberales, pero regresó en 1820,al ser restablecido el régimen constitucional, al que apoyó con las armas contra facciones absolutistas y luego contra las tropas francesas, en 1823, enviadas para restaurar el absolutismo.