[NÚMERO 2]

EL AMIGO DE LA PAZ Y DE LA PATRIA


El gobierno monárquico, democrático y verdaderamente

moderado, puede llamarse gobierno

monárquico republicano(1)

 

En el número 1 de este periódico dije que había algunos temerosos y desconfiados con el gobierno en que nos hemos constituido, y que sus desconfianzas y temores no carecen de fundamento. En efecto, estos individuos nacieron, como yo, bajo el yugo de fierro de la monarquía absoluta, fueron educados en la más bárbara ignorancia y crecieron reducidos al más humilde vasallaje. Tienen bien advertido que los reyes abusan de la autoridad que les confirió el pueblo en daño del pueblo mismo, y que a vuelta de las dulces expresiones del amor paternal de su majestad, el interés que toma en la felicidad de sus vasallos, etcétera, se promulgan las leyes más odiosas, se expiden las órdenes más crueles y se multiplican los tributos y gabelas que oprimen a la nación vasalla. Estos procedimientos tiránicos han hecho que muchos aborrezcan hasta el nombre de reyes, como los romanos después de la expulsión de los Tarquinos,(2) teniendo por sinónimos los nombres de reyes y déspotas, y deseaban mejor el gobierno republicano que el monárquico, por moderado que se les ofreciera, y por más humano que fuera el monarca; de suerte que no temen ni odian a la persona coronada, sino al sistema de gobierno. La experiencia de tres siglos de opresión aleja de sus corazones toda esperanza de felicidad bajo la monarquía, porque no creen que dure mucho tiempo la moderación.

Ya les parece que se comienza religionando el corazón de nuestro emperador, esto es, que se apoderan los serviles de su entendimiento so capa de religión; que una vez conseguido este triunfo, ya somos esclavos sin remedio, pues lo primero que se hará es atacar la ilustración, porque ya se sabe que la nación ilustrada siempre es libre, así como es esclava la ignorante. Éste es el orden constante de la naturaleza. No nos sirviéramos de los caballos con tanta confianza, ni nos burláramos de los toros tan impunemente, si estos animales discurrieran como el hombre. En tal caso, a merced de la superioridad de sus fuerzas, ellos se harían servir de nosotros para sus comodidades y diversiones; mas como no discurren, no saben defenderse, y son sacrificados a nuestra barbarie y molicie.

Lo que sucede a los brutos con el hombre, sucede a las naciones bárbaras con las cultivadas. Éstas dominan a aquéllas, y un pueblo ignorante no sólo puede venir a ser esclavo de otro ilustrado, sino de un hombre astuto, de manera que la que voy a decir es la máxima fija de los tiranos: embrutece y dominarás sin riesgo. Por esto los tiranos han desterrado las ciencias de sus dominios, otros a los sabios, éstos han quemado las bibliotecas, aquéllos han prohibido las escuelas, y todos han tenido cuidado de obstruir el camino de las luces.

La libertad de la imprenta, como que es la roca más terrible en que se estrella el despotismo, y el canal más extenso por donde se derrama en torrentes la ilustración sobre los pueblos haciéndoles conocer sus derechos, e inspirándoles el espíritu público para sostenerlos y defenderlos con vigor, se ha tenido en las monarquías absolutas como licencia perniciosa contra la subordinación servil, y por tal ha sido desterrada. Luego que Fernando VII volvió a España, la prohibió; en México le declaró la guerra abiertamente Venegas suprimiéndola el año de [18]12,(3) y disimuladamente Apodaca el año pasado,(4) ayudándole la aduladora Junta de Censura y corrompidos fiscales, que no cesaban de acusar y perseguir a los escritores, hasta que, no bastando estos ruines medios, la proscribió de una vez con ultraje de las leyes juradas. ¿Pero qué tenemos que admirarnos de estos procedimientos de unos gobiernos despóticos y en unas naciones poco civilizadas, cuando en el pueblo culto de la Francia le declaró la guerra el duque de Angulema, el difunto Luis XVIII,(5) prohibiéndola como que no se contemplaba seguro en el trono de Napoleón? Por esto yo para graduar la ilustración, libertad y beneficencia del gobierno de una nación libre, me haría cargo del estado de su libertad política de imprenta, mientras ésta tuviera menos trabas; y mientras más libertad tuviesen los ciudadanos de explicar francamente sus ideas, diría que tanta mayor sería su ilustración, su libertad y la bondad de su gobierno.

Todos conocen cuánto interesa que se nos conserve el don precioso de la libertad de explicar nuestras ideas, don concedido por el Cielo a los mortales, y como siempre se teme perder lo más precioso, temen muchos que, alucinando al emperador, so pretexto de religión, se comience trabando, y se concluya suprimiendo la libertad de imprenta; que a seguida, o antes si puede ser, se erija el tribunal de la Inquisición, bajo otro nombre, como que este negro triunvirato ha sido el más seguro antemural del despotismo. Y si tal sucede, los edictos y excomuniones se prodigarán sin término, se hará creer que la soberanía no puede residir en la nación, que esta máxima es herética, que nuestro Agustín es monarca único, absoluto y soberano, elegido por Dios para defensor de su santa Iglesia, que, en tal virtud, el Congreso es inútil y perjudicial a la religión y seguridad del Estado. Se apoyarán estas máximas con muchos textos de la Sagrada Escritura, doctrinas de santos padres, bulas y decretales de pontífices, etcétera, y he aquí demolido el Congreso, y a consecuencia embrutecido y esclavo el pueblo del Imperio mexicano. Esto es lo que temen muchos, lo que dicen con reserva, y lo que yo digo sin ella, así para que llegue a oídos de su majestad ilustrísima como para que ataquemos con tiempo a los enemigos de nuestra libertad, con lo que se tranquilizarán los descontentos y nos uniremos para defenderla, sosteniendo el gobierno monárquico moderado o semi-republicano, que es lo mismo.

El temor de que el príncipe abuse del poder que se le ha confiado, y se erija en absoluto cuando quiera, es lo que espanta a cualquier sensato, y con razón; pero tenemos a nuestro favor la augusta palabra que nuestro emperador nos ha dado de ser agradecido a la nación, subordinado a sus leyes, respetuoso a sus representantes, y adorador del Ser Supremo. No fueron estas palabras arrancadas por la ambición de reinar. Agustín I conoce bien el ímprobo peso que ha caído sobre sus hombros, desconfía de sus fuerzas, se apoya en las luces de los sabios, en los deseos de los buenos, en la docilidad del pueblo, en la fortuna de los opulentos, en los brazos del ejército, en las preces de los ministros del santuario, e invoca para que le ayuden la sabiduría de los padres de la patria.

Nada hay que desdiga en las palabras del emperador los sentimientos de un rey filósofo. Su majestad ha conocido cuán lisonjeras son las satisfacciones del trono, y a qué precio tan amargo se compran. Ha entrado a reinar por considerare útil a la patria en el trono; pero conoce el falso brillo de éste, y los peligros que le cercan, por eso dijo en su discurso al Soberano Congreso y al pueblo el día 21 de mayo, después de su juramento: "De una vez mexicanos; la dignidad imperial no significa más que estar ligados con cadenas de oro, abrumado de obligaciones inmensas: eso que llaman brillo, engrandecimiento y majestad, son juguetes de la vanidad."(a)¡Alma grande! ¡Libertador de la patria!, jamás olvides tan nobles y virtuosos sentimientos, nunca se apague en tu corazón tan sublime filosofía, y en ningún tiempo desdigan tus obras estas tus admirables palabras. Conserva, augusto joven, tan heroicos principios, y tú serás el modelo de los monarcas moderados, el primer ciudadano emperador, y el que sin una bayoneta reinará seguro en nuestras almas agradecidas y sensibles.

Bastaban estas expresiones del emperador, proferidas con la mayor ternura y entusiasmo en los momentos en que podía disponer a su arbitrio de la voluntad del pueblo mexicano, para asegurarnos de la rectitud de su corazón, que se derramaba por su boca; mas aún le parecieron obscuras o poco persuasivas; y así, agobiado de su misma sinceridad, echó el resto diciendo: "Quiero, mexicanos, que si no hago la felicidad del Septentrión, si olvido algún día mis deberes, cese mi Imperio: observad mi conducta, seguros de que si no soy por ella de vosotros, hasta la existencia me será odiosa. ¡Gran Dios!, no suceda que yo olvide jamás que el príncipe es para el pueblo, y no el pueblo para el príncipe."

Semejantes expresiones vertidas en los momentos más críticos y con la sinceridad de un hombre de bien, bastan para alejar toda desconfianza de los espíritus más pusilánimes. Es claro que la opinión del republicanismo tenía muchos partidarios, y creo que no me equivoco en pensar que su majestad era uno de ellos; pero no es menos cierto que era mucha la opinión que había a favor de su majestad, la que vimos publicarse en momentos con un entusiasmo increíble. Y pregunto: si el Congreso se hubiera declarado por el republicanismo, ¿lo habrían adoptado sin oposición los iturbidistas?, o antes bien ¿se hubieran chocado las opiniones con grave daño de la paz?, esto segundo parece natural.

Por otra parte, sólo en México fermentaba la opinión republicana, en las demás provincias era la que tenía menos secuaces. Acostumbrados los pueblos a ser gobernados por monarcas, sin ideas de otros gobiernos, y recelando que peligrase la religión con el tolerantismo de cultos, no podían ver el sistema republicano sino como incomprensible y peligroso. En tal concepto es probable que se hubieran opuesto a tal género del gobierno. De que se sigue que el paso que se ha dado es el más seguro, cuando no sea el de moda en el siglo presente.

Yo confieso que después que vi la repugnancia del héroe de Iguala en admitir la corona del Imperio, y el empeño con que se trataba de traer a los Borbones para que quedásemos más esclavos que antes, me decidí por la república y era uno de sus primeros partidarios, porque sólo así consideraba la nación segura de la tiranía de los monarcas que ya nos amenazaba muy de cerca, mas luego que vi la rapidez con que se desenrolló la opinión a favor de su majestad en la noche del 18 y la mañana del 19 de mayo, fui también uno de los primeros en seguirla con tanto más gusto, cuanto que yo había sido de ella desde septiembre, y sólo había variado, porque nos querían dar Borbones, lo que jamás me pareció bien.

He considerado que hemos perdido un bien dudoso, y hemos ganado un bien real. El sistema de república es muy benéfico a la igualdad y libertad del ciudadano; pero nos era muy dudoso si esta república sería como debía ser, federada y no central, si las provincias la admitirían sin repugnancia y si nuestro pueblo no abusaría de esa absoluta igualdad. Los acaecimientos del 19 nos indicaron con bastante claridad que nos hubiera sido por ahora peligroso tal gobierno; y en cambio conseguimos instalarnos de una vez, librarnos de la anarquía, y de volver a ser esclavos de un monarca español. El nuestro americano no puede ser mejor, ni nos aventajan en la Europa. Un Borbón habría recibido la corona como restituida, pues se creen dueños de ella por los derechos de conquista, donación y prescripción: nuestro emperador la ha recibido como un don hecho por los americanos en premio de sus muy señalados servicios. ¡Qué diferencia! Con un Borbón siempre estaríamos temerosos de que se cumpliera lo pronosticado en mi Sueño,(6) y con Agustín I viviremos descansadamente confiados en que es nuestro compatriota, que nos ha de amar naturalmente, y que ha de ver por la felicidad de su patria, de una patria en que vio la luz primera, que es su madre, que acaba de hacerla libre, y que hacerla feliz es honor suyo.

Pero para esto necesita de que le ayuden los interesados. La nación por sus representantes y cada ciudadano de por sí. Los representantes dictando buenas leyes, y los pueblos obedeciéndolas. Todos saben que no hay un gobierno perfecto administrado por hombres, y ni con la pluma se ha podido fingir al gusto general: de aquí proviene que a unos les gusta la República de Platón, a otros la Utopía de Moro, a éstos el Romance de Fenelón, a aquéllos la Corte Santa del padre Cansino, y a ninguno todos estos gobiernos imaginarios.

Sin embargo de estas imperfecciones necesarias que se notan en todos los gobiernos, pueden algunos descargarse de las más que la experiencia y el estudio manifiestan. Esto pertenece a nuestros diputados, lo mismo que el dictar leyes benéficas y liberales. Estamos en el tiempo más oportuno que es el de nuestra constitución política. Se hallan nuestros representantes en verdadera libertad, en quieta y pacífica posesión de sus derechos: su majestad ilustrísima ha jurado obedecer al Soberano Congreso y sostenerlo. Ya no tienen coco que los espante, pueden muy [d]espacio hacer las leyes fundamentales del código mexicano, y en conciencia deben así hacerlas, para no exponerse a errar en tan gravísima materia. Por ahora tienen un presidente muy a propósito, que los deja disputar o discutir cualquier proposición a su entero gusto, sin sonar la campana a cada instante. No me canso en repetir que el negocio es el más delicado. Si las leyes fundamentales son malas, todo el código saldrá igual, pues sobre cimientos falsos no hay arquitectura que levante un edificio sólido.

Por esto me parece que convendría (y aun, creo que todo lo que voy a decir, obligatorio bajo culpa grave y responsabilidad a la patria); me parece, digo, que deben los señores diputados no faltar jamás del Congreso sin necesidad grave: que estando en el salón no deben salirse a conversas, fumar, etcétera, en montoncitos, pues lo primero que repugna esta conducta es que no pueden votar con ciencia cierta de obrar bien, no estando impuestos de las razones que se han dado en pro ni en contra de la proposición discutida, y lo segundo, que puede alegarse de nulidad por falta de suficiente representación. Ha sucedido comenzarse el acta con 113 señores, y votarse una proposición con cincuenta o cincuenta y dos.

Tampoco creo arreglado que estén leyendo mientras se discurre, pues el hombre distraído es lo mismo que el ausente, para no hacerse cargo de lo que se habla, y por consiguiente para votar como en barbecho.

Últimamente, creo del mayor interés que antes de admitirse a discusión un proyecto de ley presentado por las comisiones, se dé al público, y se oiga a los escritores sabios, pues las reflexiones de éstos coadyuvarían mucho para el acierto en la discusión, esto es, si los señores vocales leen, como deben, los papeles públicos, pues de otro modo jamás podrán hacerse cargo de la opinión. Diráse que así se dilatará mucho la formación del código fundamental, y yo digo que es mejor hacerlo bien y [d]espacio, que malo con precipitación.

Nuestro amado emperador, por dicha, es de lo más humano y liberal. Le son repugnantes las sumisiones serviles de obra y de palabra; porque las almas grandes no se pagan de abatimientos. A cada uno trata según su clase, sin abusar de su alta dignidad, ni hablar de  y vos a todo el mundo; estilo dominante, acostumbrado por cuantos monarcas nacieron mandando esclavos viles y no ciudadanos libres e ilustrados. Asimismo, se ha manifestado desinteresado hasta lo sumo, como lo prueba el caso siguiente, que no debe quedarse en el silencio. Un señor diputado propuso que al digno hijo de su majestad, el señor don Agustín, se le nombrase príncipe de Mechoacán,(7) al excelentísimo señor don Joaquín, padre de nuestro héroe, se hiciese duque de Iguala,(8) y a la señora doña Nicolasa, su digna hermana, duquesa de Córdoba(9) y Orizaba.(10) El Soberano Congreso mandó pasase a comisión la propuesta, que el señor diputado tuvo que retirar, entendido del desagrado que manifestó su majestad luego que lo supo, porque no quiere nada de feudalismo. ¡Loor y prest sin medida a tan magnánimo y desinteresado monarca! Las naciones de la culta Europa envidiarán nuestra suerte, y los monarcas extranjeros aprenderán, de nuestro amado Agustín, a ser los primeros ciudadanos de sus naciones, conciliándose la benevolencia de los pueblos con la humanidad, popularidad y desinterés, ya que muchos se han granjeado la desconfianza y odio con el orgullo y ambición monacal.

Contando como cuenta nuestro Soberano Congreso Nacional con semejante emperador, nada le falta para dictarnos las más benéficas y liberales leyes. ¿Y por qué no podrán éstas ser tales que, en lo posible, sea nuestro gobierno monárquico-republicano? Yo creo que bien puede ser, y que será el mejor. Ni se me ocultan las dificultades que se oponen al paso; pero como tienen más de aparentes que de reales o verdaderas, omito el trabajo de indicarlas para rebatirlas. Los hombres mil veces hacemos más caudal de lo material de las voces que del formal sentido de ellas; y por eso no es extraño que disputemos con acaloramiento cuestiones que bien examinadas son de nombre. Si no me engaño, lo mismo dice gobierno moderado con emperador, que república con presidente. El caso es que las leyes sean liberales y el que las haga ejecutar se considere sujeto a la ley, igual a sus semejantes y atado para obrar con despotismo, y llámese el gobierno como quiera; los resultados siempre serán proficuos a la patria.

NOTA

No me he determinado a abrir suscripción a este periódico por no tener imprenta propia, ni contar con las ajenas. El público es muy respetable, y se debe temer el no cumplirle lo que se le ofrece, pues, aunque sin culpa muchas veces, se expone el autor a sufrir sus reclamaciones imperiosas. Sin embargo, los señores que quieran tener todos sus números podrán dejar sus nombres en la alacena de Sánchez en el Portal de Mercaderes, y las señas de sus casas, y el día que salga el número, se les llevará, pagándole entonces al repartidor.

 


(1) México: 1822. Oficina de Betancourt.

(2) Tarquinos. Alude a los siguientes personajes que llevaron el nombre de Tarquinos: Sexto, Colantino, Prisco y el Soberbio.

(3) Francisco Javier Venegas. La supresión de la libertad de imprenta se debió en buena parte a la edición del número 9 del periódico de Fernández de Lizardi El Pensador Mexicano. Asimismo, Fernández de Lizardi sufrió siete meses de prisión por haber dado a las prensas ese número.

(4) Juan Ruiz de Apodaca, conde del Venadito (1754-1835). 61° virrey de la Nueva España.

(5) Luis Antonio de Borbón, duque de Angulema (1775-1844), al frente de los "Cien Mil Hijos de San Luis" invadió España, en 1823, para ayudar a Fernando VII.

(a) Este discurso de su majestad le hará siempre el mayor honor y a la nación americana. Los monarcas pueden aprender en él lecciones de liberalismo, moderación y amor a sus conciudadanos.

(6) Sueño. Alude a El sueño de El Pensador no vaya a salir verdad. Dedicado al Soberano Congreso de Cortes, México, Oficina de Betancourt, 1822. También se editó el Segundo sueño de El Pensador Mexicano. El decir la verdad de varios modos es por guisarla al paladar de todos, México, Oficina de Betancourt, 1822.

(7) Agustín de Iturbide. Suponemos que era hijo de José Joaquín de Iturbide y de su esposa Ana María Huarte. Mechoacán por Michoacán. Estado de la República Mexicana.

(8) Joaquín de Iturbide. Los padres del emperador fueron Joaquín de Iturbide y Josefa de Arámburu. Al padre del emperador se le concedieron los honores de regente. Iguala es una municipalidad del distrito de Hidalgo, en el estado de Guerrero.

(9) Córdoba. Ciudad cabecera del municipio del mismo nombre, en el estado de Veracruz.

(10) Orizaba. Ciudad del municipio del mismo nombre en el estado de Veracruz.