[NÚMERO 2]
DE AQUÍ A TRES MESES VEREMOS CÓMO
VA DE INDEPENDENCIA(1)
Sigue el diálogo del Payo y el Sacristán
PAYO: Compadre, usted más parece correo que sacristán.
SACRISTÁN: ¿Por qué, compadre?
PAYO: Porque el otro día vino usted de México, y ya está usted hoy de vuelta otra vez.
SACRISTÁN: Qué se ha de hacer. Cómo está tan cerca, me es fácil ir y volver seguido.
PAYO: ¿Y qué me cuenta usted? ¿Qué novedades hay?
SACRISTÁN: Pocas y buenas. La noche del 29 de éste, mataron a un hombre en una calle
PAYO: ¡Oh!, ésa no es novedad; todos los días se matan en México como perros.
SACRISTÁN: Pero las circunstancias de esta muerte la hacen ciertamente muy escandalosa.
PAYO: ¿Pues como fue, compadre?
SACRISTÁN: Oiga usted. Pasando por el Empedradillo(2) el coche con el Sagrado Viático, o no se hincó, o no se quiso hincar un inglés americano(3) que estaba en su accesoria, y habiéndole reconvenido un hombre para que se hincara, no queriendo hacerlo (según dicen), lo atravesó con la espada y huyó.
PAYO: Muy bien hecho, compadre, muy bien hecho. ¿No quieren hincarse los herejones?, pues matarlos, y matar a todo el que no profese nuestra santísima religión; al cabo se han de ir al infierno toditos ésos cuando se mueran, poco se pierde con despacharlos lo más pronto.
SACRISTÁN: ¡Ave María, compadre!, pues usted es tan animal y tan bribón como el asesino que hizo la muerte; y perdone usted que se lo diga.
PAYO: ¿Pero, por qué compadre?
SACRISTÁN: Porque sí. ¿Pues qué usted cree que estamos autorizados para matar a todo el que no profese nuestra religión? ¿En qué pulpito..., dije mal, en qué bodegón o tepachería(4) ha oído usted semejante doctrina? Ninguna ley divina ni humana permite tan escandaloso delito, ni aun la de Mahoma, con ser la más cruel y despótica en esa parte.
PAYO: Pero si el inglés le faltó al respeto a Dios...
SACRISTÁN: Más le falto el asesino al cristiano incomparablemente; porque el inglés no creía que bajo las especies sacramentales se le ocultaba toda la divinidad del Ser Supremo, y así, en su opinión, no le merecía aquel coche ningún respeto, de consiguiente no le faltó al debido al Ser Supremo, porque su mismo error lo disculpaba. Pero el cristiano que lo creía de fe, que sabe que Su Majestad prohíbe en su diez preceptos el homicidio, y más el alevoso, que él no tenía ninguna autoridad sobre la vida de aquel hombre, y que aun cuando la tuviera, debía probar los medios de dulzura para convencerlo, y jamás las armas para matarlo a guisa de inquisidor, ¿no es claro que incomparablemente ofendió más a Dios que el mismo inglés, y no sólo a Dios sino a las autoridades, a la Iglesia, a la nación americana y a la humanidad en general?
PAYO: ¡Caramba, compadre! ¡Qué tieso había usted de ser para juez o escribano! ¡Cómo acriminara usted a los reos! ¿Es posible que sólo con una muerte, que yo pensé que era muy justa, ofendió a tantos ese pobre?
SACRISTÁN: Sí, compadre, y oiga usted cómo no son acriminaciones las mías. Ofendió a Dios, porque le quitó la vida a una criatura suya y a un hermano y semejante de él, traspasando el quinto precepto de Dios, en que expresamente le manda no matar.
Ofendió a las autoridades o a la justicia de la Tierra, porque también ésta prohíbe el asesinato. Ofendió a la Iglesia, no sólo porque ésta prohíbe lo que Dios prohíbe, sino porque perpetró su asesinato a la faz del mismo Dios, violando su sagrada presencia, lo mismo que si lo hubiera cometido en lugar sagrado. Ofendió a la nación americana, porque semejante barbaridad la va a pagar toda la nación en el concepto, no sólo de los ingleses, sino de cuantos extranjeros viven con nosotros. ¡Qué juicio se formarán de nuestra civilización y religión, cuando lean en la Europa el horroroso caso! ¿No dirán que somos unos idiotas, unos brutos, unos feroces caribes, sin sociedad, sin ley, sin religión? Sí, todo esto y más dirán los que lean este hecho vergonzoso.
¿Y qué dirán si al través de este, al parecer, celo exaltado, celo cruel y furioso por la religión católica, leen en nuestros periódicos en las noticiasdiarias de policía: "anoche robaron aquí y acullá esto y aquello, escalaron tal casa, hirieron a un hombre, mataron a una mujer, llevaron tantos ebrios a la cárcel, etcétera, etcétera, etcétera", y esto todos los días, todos los días, sin decirse lo que no se sabe? ¿No dirán que a más de fanáticos rematados, somos unos hipócritas sin vergüenza, ladrones, borrachos y matones? La pinturilla es desagradable, pro no hay que esperar la hagan mejor los extranjeros de nosotros, mientras no sean mejores nuestras costumbres.
Amo a mi patria como el que más, quisiera que su honor no padeciera la más leve nota, y más ahora que comenzamos a rozarnos con hombres finos, civilizados e ilustrados. Por esto, y en su obsequio, quisiera rogar así a los extranjeros de allá como a los de acá, que no confundan americanos con americanos. No, no son todos unos, ni piensan con una cabeza. Los hay fanáticos, viciosos, ignorantes e hipócritas; y también hay muchísimos despreocupados, hombres de bien, sabios y sinceros. Si aún nuestra totalidad no es como debe ser, es necesario disculparla con la mala educación que ha tenido sumida en la bajeza e ignorancia, y considerar que nuestra plebe es un muchacho malcriado, a quien ahora va a enseñar un buen gobierno justo y unas leyes sabias.
PAYO: Pero, compadre, el inglés hizo mal en no hincarse, pues debía saber que el refrán dice: "a la tierra que fueres , haz lo que vieres".
SACRISTÁN: Es verdad. Él anduvo imprudente e impolítico; pero el otro anduvo alevoso, criminal y sacrílego. Lo peor es que obró mal y con conocimiento. La prueba es clara: si él hubiera pensado que obraba bien con aquel asesinato, no hubiera huido; pero huyó, porque conoció su delito.
PAYO: ¿Y qué, no lo siguieron?
SACRISTÁN: No, porque dicen que el Sagrario no llevaba guardias de a caballo.
PAYO: Muy mal hecho.
SACRISTÁN: Ya se ve que sí. Estos soldados son, así para hacer que guarden todos la debida reverencia a Dios, como para castigar cualquier exceso que se cometa en su presencia. Si hubieran ido dragones de escolta, uno de éstos se hubiera destacado y habría aprehendido al agresor. Quizá este hecho atroz servirá de aviso al gobierno para que nunca salga el Viático sin escolta de caballería, lo que fuera muy fácil, previniendo a los señores curas y a sus vicarios que luego que se pida, envíen al mismo interesado con un papel a pedir dos dragones al cuartel más inmediato en que los haya, citando la hora en que deben estar. Dichos papeles pueden ser impresos y contener precisamente estas pocas palabras. Señor oficial de guardia: se necesita la escolta del Divinísimo para la parroquia N. a tal hora. La firma el cura. Con esta ligera licencia saldrá Su Majestad con más decoro y no se repetirán estos excesos.
PAYO: Bien, compadre, perdone que lo encuarto,(5) ¿dizque los españoles quieren volver a guerrear como el año de [1]810?
SACRISTÁN: No sólo quieren, hasta envidan tres más; y creo que ya dan por ganado el juego.
PAYO: Sí, que vengan y verán cómo les va con nosotros.
SACRISTÁN: ¿Pues qué les haremos?
PAYO: Matarlos a toditos.
SACRISTÁN: Es que si vienen no han de ser muy pocos.
PAYO: ¿Cómo cuántos serán?
SACRISTÁN: Qué sé yo; pero ya por ahí se les designa hasta el número de veinte y dos mil.
PAYO: ¡Oh!, ésos son muy poquitos, son como mamón en boca de perro. Ya sabe usted, compadre, que los americanos semos muy bravos, no tenga usted miedo; acuérdese qué tal les fue con nosotros desde el año de [18]10 hasta el de [18]21.
SACRISTÁN: También me acuerdo qué tal nos fue a nosotros con ellos en ese tiempo, que mataron americanos como chinches.
PAYO: Eso no sólo ellos, sino los criollos que se les juntaron.
SACRISTÁN: ¿Y quién asegura que ahora no se les juntarán? ¿Qué ya se acabaron los criollos malos, los criollos interesables y chaquetas?(6) ¡Ojalá, compadre!
PAYO: Pero entonces cogieron al Ejército Insurgente sin armas, disciplina, ni dinero, sino hecho un barullo, que no se entendía.
SACRISTÁN: No parece que ahora nos hallarán en mejor disposición. Compadre, sea porque soy muy cobarde o por lo que usted quisiere, temo mucho que si llegan a desembarcar en nuestras costas veinte mil hombres, no tenemos fuerzas que oponerles; sino que se vendrán pian pian, así como quien no quiere la cosa, triunfantes hasta México. Dios quiera que me engañe; pero de aquí a tres meses, o cuando más de aquí al próximo enero, yo le preguntaré a usted ¿qué tal nos va con nuestra Independencia?
PAYO: Pero, ¿en qué funda usted esos temores?
SACRISTÁN: ¡Válgame Dios, compadre! ¿En qué los he de fundar? En tanto, que ni sé por dónde empezar. En primer lugar, los fundo en la necia confianza que tienen muchos de que la España está perdida y no puede enviar una expedición respetable para reconquistarnos, sin advertir que aun cuando así sea, no están con igual debilidad sus "santos aliados" los franceses, alemanes y rusos. Y ¿qué sería si el gabinete español tuviera habilidad o para meter en la Liga al inglés o, a lo menos, para hacer que no tomara cartas en nuestro favor, en lo que trabaja actualmente? Entonces es más gorda la polla.
No sólo a los españoles, a todos los reyes de la Europa les interesa que nos reconquiste y nos castigue Fernando VII por revoltosos y levantiscos; pues dejándonos así como estamos, no están muy seguros en sus tronos, porque mañana u otros día puede antojárseles a sus pueblos ser libres y seguir nuestro mal ejemplo, así como nosotros seguimos el de la América del Norte y de la isla de Haití. Ésta es la causa de que se hayan reunido esos justos varones, por esto no quiere ningún monarca reconocer nuestra Independencia, y los ministros españoles aún llaman a las Américas dominios de su majestad católica, y a nosotros sus vasallos.
Esta expedición se hará y con más empeño que la de las Cruzadas. Habrá miles de indulgencias plenarias que impetrarán de Roma los príncipes cristianos para todo el que se aliste en ella, o de algún modo la fomente.
Fuera de esto, no se descuidarán en enviar buenos generales, buena oficialidad y buena tropa, aguerrida y bien pagada, y entonces ya nos podemos confesar. Ya usted vio lo que hizo Mina(7) con un puñado de buenos soldados. Él solo le mató más gente al gobierno español que Hidalgo, (8) Matamoros(9) y Morelos.(10) Si como trajo pocos más de doscientos hombres, trae siquiera dos mil, se encaja en México y nada le deja que hacer a Iturbide; y entonces el gobierno español contaba con las tropas y recursos que en el día no tiene el nuestro.
Conque, ¿qué dice usted, estamos seguros?, ¿podemos rechazar a veinte mil hombres y a su ejército de reserva que ya tienen prevenido entre nosotros?
PAYO: ¡Cáspita, compadre!, ahora sí me ha puesto usted en cuidado. Pero, ¿no dicen que nos van a auxiliar los ingleses?
SACRISTÁN: Del dicho al hecho hay mucho trecho. Días hace que se dice, y lo cierto es que la ayuda no parece.
PAYO: Como de repente no se vuelva jeringa.(11)
SACRISTÁN: No es difícil, y más si siguen granjeando su protección nuestros paisanos, robando y matando cristianamente a los que no profesan su religión. ¡Qué bonita república es la de los americanos, dirán los señores, en donde no sólo son intolerantes, sino asesinos a título de religión! No hay duda, son dignos de nuestra consideración. Esto va malo, compadre.
PAYO: Tocan a estación.
SACRISTÁN: Pues ya vuelvo.
México, 1 de septiembre de 1824.
El Pensador
NOTAS. El primer número de estos diálogos se hallará en esta Oficina.
Después de puesto en la planta este papel, leímos en El Sol que el angloamericano se hincó dentro de su casa, y porque no lo hizo en la puerta de su taller, lo mató el otro, lo que acrimina más el hecho.
(1) Oficina de don Mariano de Ontiveros.
(2) Empedradillo. Hoy calle del Monte de Piedad.
(3) un inglés americano. Referencia de Seth Hayden. El Sol de 31 de agosto de 1824 dice: "Anteayer, poco antes de las oraciones de la noche, se ha cometido en esta ciudad un asesinato por todas sus circunstancias atroz: un zapatero, natural de los Estados Unidos del Norte de América, poco tiempo hacía avecindado en esta ciudad con tienda de zapatería en una accesoria de las casas del Estado en el Empedradillo, estaba muy tranquilamente en su accesoria, a tiempo que pasó delante de ella el Divinísimo que salía del Sagrario con dirección a la calle de Santo Domingo. Un hombre vestido con una esclavina se arrodilló delante de la puerta de la zapatería y el zapatero lo hizo, es dudoso si antes o después de haberlo requerido el de la esclavina, en una silla del interior de su casa; el de la esclavina exigía que se viniese a arrodillar al umbral de la puerta, con lo que se hicieron de razones, siendo el resultado caer atravesado por una estocada el infeliz zapatero y ponerse en salvo con la fuga del bárbaro asesino. Sólo la historia de las guerras de religión de Francia y Holanda puede presentar algún hecho comparable con esta atrocidad que prueba evidentemente el errado principio de instrucción religiosa que se ha seguido por desgracia en nuestro país, haciendo consistir la religión en puras prácticas y olvidando casi del todo la moral cristiana..." El gobierno publicó un aviso que decía que el cónsul de Estados Unidos y el cónsul general de Inglaterra ofrecían dos mil pesos por la denuncia del paradero y aprehensión del asesino.
(4) tepachería. Lugar donde se vende tepache: bebida fermentada que se prepara con el jugo de la caña, la piña u otras plantas y con azúcar prieta. A veces se prepara con pulque. Cuando se desea retrasar la fermentación, se le agregan cabellos de ángel. Es un refresco o embriagante, según el grado de fermentación. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(5) encuarto. Interrumpir la palabra al que la tiene.
(6) chaquetas. Apodo con el que eran conocidos los partidarios de los españoles. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(7) Francisco Javier Mina. Cf. nota 16 al núm. 4 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(8) Miguel Hidalgo y Costilla (1753-1811). Padre de la patria e iniciador de la Independencia de México.
(9) Mariano Matamoros (1770-1814). Caudillo de la guerra de Independencia.
(10) José María Morelos y Pavón (1765-1815). Caudillo de la Independencia. Su obra más importante es la Constitución de México independiente, del 22 de octubre de 1814 en el pueblo de Apatzingán.
(11) jeringa. Molestia, impertinencia tenaz. Cf. Santamaría, Dic. mej.