[NÚMERO 19]

EL CONDUCTOR ELÉCTRICO(1)

Tenemos a la vista copia del siguiente reglamento acerca de las religiones,
que damos a
l público por curiosidad y sin constituirnos responsables
de si se realizará o no, aunque es de creer lo primero cuanto antes


Razón del nuevo arreglo de las comunidades religiosas, que pondrá en práctica el eminentísimo señor arzobispo de Toledo como delegado de su santidad, con el fin de poner límites al excesivo número de religiosos.

1. Los religiosos se sujetarán a los obispos.

2. En cada religión se nombrará un vicario general que resida en Madrid, por cuyo medio harán sus representaciones.

3. Se suprime la autoridad del general.

4. Habrá prelados vocales, y éstos se nombrarán por los individuos de comunidad y su elección la presidirá el obispo.

5. Para que los prelados puedan mudar y disponer de los religiosos será preciso grandes motivos y, en todo caso, la aprobación de los obispos.

6. No se darán más hábitos a los extranjeros y, los que subsistan, no podrán obtener empleo alguno.

7. Los novicios no profesarán hasta los 25 años de edad, y el noviciado será de 4.

8. Los conventos se arreglarán al número de su fundador.

9. En todos los pueblos donde haya más conventos que uno de una misma religión, se reducirá a uno, que, si el número de vecinos no pasa de 500, tampoco pasarán de 5 los conventos; sólo en la Corte se permitirán 12 y, en el pueblo cuyo número de vecinos no pase de 300, quedará uno solo y el más antiguo.

10. Todas las rentas formarán una masa al cargo del gobierno, el que satisfará seis reales por cada religioso sin distinción y cinco reales para hábitos y necesidades.

11. Se extinguirán varios conventos y monasterios de varios pueblos aunque estén solos; el tratamiento será uno mismo: el hábito igual, capote largo, bata, bonete cuadrado y un escudo alegórico a su primer instituto.

12. Las rentas sobrantes se aplicarán a los mendigantes y, lo que faltare, lo suplirá el erario, para que no se molesten los pueblos.

13. A unos y a otros se les tomarán cuentas semestres por un diputado que nombre el obispo.

14. No habrá donados ni legos; el servicio lo harán los novicios y los nuevos.

15. Los sobrantes se aplicarán a los ministros o capellanes de ejército, marina, hospitales, seminarios y los de vida ejemplar, curas párrocos.

16. Los que quieran restituirse a sus casas lo podrán hacer con cinco reales atenientes a una parroquia, de las que se les aplicará la sexta parte para que ayuden al monasterio.

17. Todos los religiosos y eclesiásticos deberán asistir a los entierros de los pobres a distancia de media legua, sin interés alguno; por pobres se entienden los que no tengan mil ducados, con hijos, y doscientos sin ellos.

18. Los obispos harán visitas con frecuencia.

19. La reunión de conventos será de los de un instituto.

20. Para predicar y confesar serán examinados.

21. Los que formen comunidad no saldrán del convento sino a predicar y confesar, pero se retirarán al toque de la oración.

22. En cada provincia habrá un colegio para todas clases y, concluidos los estudios, a su respectivo convento.

23. Los obispos en Cuaresma repartirán por los pueblos confesores que ayuden a los curas.

24. Los novicios entrarán a ocupar las plazas de los muertos y no se admitirán hasta que haya vacante.

25. No podrán poseer bienes raíces.

26. Sólo podrán pedir cera y pan cocido.

 

REFLEXIONES INTERESANTES

Días ha que corre la noticia de un acaecimiento funesto sucedido en La Habana por la debilidad o mala fe de un impresor, y fue el caso: publicó un escritor un papel, tal vez injurioso, contra un oficial o paisano residente en aquel puerto, quien, juzgándose agraviado o estándolo en realidad, fue a casa del impresor, le exigió el nombre y conocimiento del autor; el impresor le dio recta noticia de todo, no debiendo, y las resultas fueron que el agraviado buscó al escritor y alevosamente lo mató. Me aseguran que el impresor y el agresor están presos. Ambos serán castigados según la ley.

He aquí el hecho según me lo han contado. Tres individuos, sin contar sus familias, se han perdido por la mala fe o debilidad del impresor.

De estos excesos no es causa la santa libertad de imprenta, como falsamente dicen sus enemigos; las Cortes, al instituirla, muy bien examinaron las utilidades que trae su uso digno y los perjuicios que puede traer su abuso y, para evitar éstos, formaron detenidamente el acertado arreglo de imprenta. Si los impresores lo observaran religiosamente como debían, no fueran tan mezquinos y serviles para imprimir las producciones literarias, ni expondrían, como el de La Habana, a ningún autor a ser víctima de un cobarde alevoso y vengativo, pues deberían tener presente el artículo de la libertad de imprenta que dice: "Antes de la censura de un impreso, sea el que fuere, ninguna autoridad puede obligar a que se le haga manifiesto el nombre del autor o editor. Todo procedimiento contrario a esta resolución es un atentado, de que será responsable el que lo cometiere con arreglo al decreto de 24 de marzo del presente año." (Reglamento de la libertad de imprenta).

Con esto quedan a cubierto y asegurados para no descubrir el nombre del autor en ningún caso.

El mismo sigilo que deben guardar los dueños y administradores de imprenta, deben observar los cajistas y tiradores, no solamente no publicando los nombres de los escritores, pero ni dejando que otros se acerquen a ver lo que están haciendo, pues puede suceder que por la letra vengan en conocimiento del autor y, de ahí, se originen mil desgracias o, cuando menos, odios y enemistades excusadas.

Acerca de esto, es necesario que los impresores de México se manejen con más prudencia que hasta aquí, advirtiendo que serán siempre responsables a Dios, a la ley y al pueblo de sus debilidades o malicias y, por lo mismo, si acaeciere en esta ciudad (lo que Dios no permita) una desgracia como en La Habana, deberán ser castigados públicamente siempre que se averigüe que ellos fueron la causa directa o indirectamente de que se descubriera el escritor.

También deben advertir los impresores de esta ciudad que, pues el público los mantiene y enriquece, están estrechamente obligados a servir a este público de quien dependen, sin quedarles arbitrio el más mínimo para preferir la publicación del papel que les acomode ni repeler el que no les guste, bajo el especioso pretexto de que tienen que hacer, de que otras cosas le producen más, ni de que el papel les parece duro; porque ellos no son censores ni calificadores de las obras y, para quedar cubiertos de toda responsabilidad, les basta la firma y conocimiento del autor.

La disculpa de que tengan que hacer, no es bastante cuando no se la justifiquen al autor para excusarse de imprimirle su papel, pues siempre que el escritor pueda probarles la falsedad, haciendo ver que han recibido otro papel después del suyo, tiene derecho para reclamar el que le asiste ante un juez de letras y acusarlos al público por medio de la, prensa y si, por ser las imprentas tan pocas en México y los impresores compadres, no quisieren imprimir en ninguna parte la acusación, queda el recurso judicial de los jueces de letras para obligarlos, y mientras hay esquinas, tinta y papel para que no se pierda tiempo.

Los periódicos también merecen una particular consideración a los impresores, así porque son más interesantes, por lo regular, en sus materias, como porque los autores están comprometidos con el público, a quien en ningún caso se debe engañar ni burlar por ser muy respetable y componerse de todas las clases y jerarquías del Estado.

Esto es por lo que toca a los impresores; pero los escritores también deben advertir que, si son periodistas, están obligados a dar con tiempo original en la imprenta y a satisfacer como es justo los costos de la impresión. Haciendo esto, tienen todo el derecho necesario para reclamar el que se les dé el debido cumplimiento.

Los escritores que no quieran dar su nombre al público deben ser los primeros que lo oculten, pues he advertido que muchos con continuación van a las imprentas, hablan de su papel, lo ven, lo releen, lo corrigen, acaso están, al tiempo de su venta, en la misma librería, en donde también hacen la cuenta de las utilidades que les produjo, públicamente y sin la menor reserva. Con este método, no es extraño que se conozcan todos o los más escritores, ni que sepamos muchas veces quiénes son, aun antes de que salgan sus papeles.

Si sólo fueran a franquear su firma y hacer su ajuste privadamente con el administrador, si no se volvieran a aparecer en la imprenta, si ésta, cumpliendo con su obligación, les enviase la prueba a sus casas con un oficial de confianza y secreto, sería inaveriguable en el público el nombre de un escritor; pero querer que esté oculto cuando ellos mismos se están dando a conocer, es una bobería y es lo que se llama tener el gato escondido con la cola de fuera; en este caso no son culpables los impresores de que se conozca al autor; pero jamás están en libertad de decir quién es por su propia boca, si no fuere cuando lo exige la ley. Basta de advertencias generales y vamos a una particular que a mí me toca.

 

CARTAS SELLADAS

A ejemplo del padre Lequerica,(2) me han dirigido algunas cartas selladas en la estafeta de México, haciéndome lastar los portes sin necesidad; pues para dirigirme semejante clase de papeles friones y nada interesantes no es necesario hacerme gastar el dinero, pues tengo casa a donde me lo envíen o alacena en el Portal donde me las dejen; advierto, pues, que no pagaré jamás ninguna carta sellada en México. Si quisieren por este conducto dirigirme alguna, que sea franca, y si no, ya pueden contar sus autores con que las quemarán en el correo, pues no las he de pagar, repito, aunque vengan con más Méxicos que letras.

La carta del padre Lequerica la puse porque el asunto importaba, porque sabía dónde estaba su autor y porque vino firmada con su nombre y apellido; pero estas otras de que hablo, sin contener sino frivolidades, vienen anónimas, motivo justo para que jamás las pusiera.

Con que ya quedan prevenidos todos para no dirigirme ningún papel por este camino y, los oficiales del correo, para no tener el trabajo de sellarlo, porque no lo he de pagar, no lo he de pagar, repito, y donde hay advertencia no hay engaño.

 

COMUNICADO

Señor Pensador Mexicano: Tenga usted buenos días, buenas tardes y buenas noches de una vez por si no me acomodare la opinión que dicte sobre lo que le voy a preguntar.

Acabo de llegar de Durango, donde no había ni una escuela hasta que llevó el señor don Diego García Conde(3) un maestro de aquí; el deseo de toda aquella gente que tenía hijos, lueguito, luegito corrió a poner a sus muchachos; yo también iba, pero mi mujer me dijo: no seas tan violento, espera, veremos si es hombre que desempeñe nuestro cargo, porque muchos hablan y no hacen obras. Convencido, esperé cinco meses y vi que, de ochenta niños que le pusieron, le quedaron diez; y tratando mudar de mejor suerte he venido aquí a poner un tratito: tengo cinco hijos varones y, deseando ponerlos en una escuela, le pregunté a varios amigos que dónde habría una buena para ponerlos, a tiempo que pasó un muchacho vendiendo un papel titulado educación pública, etcétera, por don Andrés González Millán(4) y, tratando de comprarlo, me dijo uno que estaba cerca de mí: compre usted también el Noticioso del 18, que trata de educación; corrí a comprarlo a la imprenta de don Juan Arizpe,(5) y habiendo leído uno y otro, como que no sé discernir bien, me he quedado como tonto en ayunas y, así, quiero, ya que todos, como he sabido, le pregunten a usted me responda ingenuamente para decidirme sobre el particular; pues unos dicen que el método de la enseñanza mutua lo estableció su autor para poder enseñar un solo maestro a muchos niños pobres, y que el estudio de la calle de San Agustín, dicen otros que es para ricos, porque allí se enseña por un método (que ha sido bien recibido por los sensatos) que dio su autor al público; semejante a los seminarios de Madrid, Francia y otros países cultos; con que así, le suplico, para acertar, me saque de esta duda, mediante a que deseo para mis hijos lo mejor. Puede que algún día nos veamos y le dé las gracias; entre tanto es de usted su afectísimo que le ama, El que solicita lo mejor.

 

RESPUESTA

Tanto el método de Lancaster(6) como el adoptado por don Ignacio Paz son buenos. En punto de enseñanza me parece que no es infalible la secuela de un método determinado; cada nación que tiene su carácter y cada maestro su estilo, que se conforma a las circunstancias; y así, tal vez aprenden unos niños mejor y más breve con un método complicado, que otro con otro más sencillo. Si se pregunta en qué consiste esta diferencia, yo diré que en el genio del maestro, en lo claro de su explicación y en el carácter del discípulo; por manera que una cosa difícil será comprendida más fácilmente si se explica con claridad, que una cosa fácil explicada con términos obscuros o mal método; concluyendo de aquí que, aquel sistema de enseñanza sea cual fuere, es mejor para los niños, que efectivamente les enseñe. Lo que importa es que aprendan bien, no que aprendan breve y, siempre que esto se logre, ya llenaron sus deberes los maestros y los padres de familia.

Ésta es mi opinión; cada uno seguirá en esta parte la que le parezca. De usted su afectísimo. J. F. L.

 


(1) México, Imprenta de Ontiveros, año de 1820.

(2) Lequerica. Cf. nota 3 al número 15 de El Conductor Eléctrico.

(3) Diego García Conde (1760-1825). Español que combatió a los insurgentes. Comandante general de la provincia de Zacatecas. Dirigió la construcción del camino de Veracruz a Jalapa. Hizo un magnífico plano de la ciudad de México.

(4) Andrés González Millán (¿-1830). Educador y periodista mexicano. Con Eulogio Villaurrutia, Agustín Buenrostro, Manuel Fernández Aguado y Manuel Codorniu fundó la escuela lancasteriana. Abogó por la enseñanza gratuita. Su discurso más famoso se titula Educación pública, única base en que debe descansar la grandiosa obra de la Independencia mexicana como único medio de la prosperidad imperial.

(5) Juan Bautista Arizpe. Fue un editor de renombre en la época de Fernández de Lizardi. José Toribio Medina lo cita en La imprenta en México.

(6) El método Lancaster. El sistema, siguiendo las normas de José Lancaster, consistía en que los alumnos mayores y más adelantados enseñaran a sus condiscípulos bajo la vigilancia del maestro. El colegio, en la época de Iturbide, se llamaba El Sol, y ocupaba el local de la extinta Inquisición.